lunes, 19 de noviembre de 2018

La desmemoria son las alas de mi libertad


Bendita desmemoria,
que borras mi densa pesadez existencial,
y en mi periódica ligereza me permites volar,
para nuevamente ser libre de mi propia historia.

Esta es una reflexión que bien podría tratarla poéticamente, pero como puede evidenciarse mi ars poetica requiere de un proceso previo de desoxidación incluso en el verso libre. Y eso que antes que filosóficamente mi espíritu juvenil primero se expresó poéticamente, aunque realmente la poesía no es más que filosofía encorsetada en una estética musical. Pero no me pregunten sobre los contenidos de mis primeros libros, ni de los segundos o de los últimos, pues no los recuerdo sin un esfuerzo previo de repaso introspectivo (y de obligada relectura). De hecho, por no recordar no recuerdo a veces ni el último artículo publicado, y lo mismo me sucede con materias que he expuesto decenas de ocasiones en conferencias o impartiendo clases, las cuales al cabo de un tiempo de no tratarlas se desvanecen en mi mente como niebla que se disipa. Es por ello que de manera recurrente Teresa, mi pareja, me llama Dory(-to) en alusión al amable pez de dibujos animados de Disney Pixar caracterizado por su mala memoria a corto plazo.

Pero no hay motivo para alarmarse, la desmemoria no es amnesia. Es decir, el caldo de cultivo cultural aprehendido a lo largo de mi vida siempre está latente, por lo que si bien los conceptos concretos se me presentan como escurridizos entre el tupido bosque del conocimiento acumulado, no así su esencia, lo cual me permite realizar con plena normalidad un acurado proceso lógico-reflexivo propio del pensamiento crítico fruto de una rica interrelación de ideas, en el que mi espíritu de poietes (el que crea) se manifiesta ampliamente. Y respecto al etiquetaje de los conceptos, resulta muy fácil reencontrarlos cuando se sabe dónde buscar. Nada que no se pueda solucionar, con un poco de tiempo, eso sí. Además, ahora la neurociencia apunta que la mala memoria es signo de inteligencia, para tranquilidad del ego de los desmemorizados [:-)] frente a aquellas personas que son enciclopedias andantes, y más aun en una sociedad dada a elevar a categoría de inteligencia superior la habilidad memorística (un valor más propio de las culturas educativas de los siglos XII a XIX, en choque frontal con la evidencia empírica de las inteligencias múltiples del siglo XXI).

No obstante, soberbias a parte, la desmemoria tiene grandes ventajas, pues el reseteo periódico de recuerdos te permite afrontar la vida siempre de manera nueva, ya que no se parte de rígidas estructuras mentales que determinan de modo sine qua non el pensamiento y condicionan por contagio la acción vital. Lo que no solo representa una ventaja a la hora de reinventarse en un entorno actual altamente volátil por cambiante que exige adaptabilidad, o a la hora de afrontar creativamente el enfoque discursivo de un nuevo tema a desarrollar, sino que lo más relevante es que permite rellenar de refrescantes contenidos el sentido mismo de la vida a cada nuevo día desde un sentimiento de libertad personal. Lo cual no implica la inexistencia de un sistema de pensamientos perennes que persisten de manera sostenible a lo largo de la existencia singular de una persona, pero sí que éstos evolucionan gracias al efecto actualizador (por acción de reseteo mental) propio de la desmemoria. ¡Bendita desmemoria!.

Sí, la desmemoria son las alas de mi libertad. Y su campo de influencia abarca tanto la memoria perceptiva, aquella que nos permite conocer sin interferencias objetos percibidos en el pasado, como la memoria introspectiva, aquella que nos permite conocer sin interferencias emociones, sentimientos o estados de conciencia pasados a nivel personal. Por lo que la desmemoria es la interferencia misma que se crea tanto en la memoria perceptiva como en la introspectiva. Es por ello que siempre he creído que la desmemoria es una medicina beneficiosa para la salud psicoemocional -a la que también se puede denominar medicina del alma-, ya que permite liberarnos en el presente de recuerdos dolorosos del pasado, lo cual posibilita el desapego necesario (desde un cierto estadio de paz interior, aunque sea por agotamiento) para la aceptación como punto de partida de una nueva, actualizada y mejor versión reinventada de nosotros mismos. En este sentido, la desmemoria es la puerta que da acceso a un futuro individual como segunda o enésima oportunidad de ser mejores personas (desde la conciencia despierta y la práctica activa de la higiene emocional). Pues el pasado no se puede cambiar, pero sí el futuro desde el trabajo presente.

Quizás sea debido a la bendita desmemoria, que cada día me obliga a enfrentarme a un lienzo prácticamente en blanco roto de mi propia vida, de la necesidad existencial de escribir mis reflexiones de manera recurrente. Puesto que mediante el hábito de los artículos, no solo me reencuentro conmigo mismo en la reafirmación de una identidad de flujo tan discontinuo como evolutivo, sino que me permite renovar los votos de ilusión del propio sentido por la vida, lo cual creo que -aun a pesar de poder estar errado- yace aquí la razón de ser, junto a la curiosidad, de mi particular naturaleza polímata.

Bendita desmemoria,
que sin dilación limpias lo viejo
para dejar entrar lo nuevo,
pues entiendes que mi alma clama libertad
por disfrutar de un inexplorado horizonte en el que respirar.

Bendita desmemoria,
que cada día me obligas
-aun si ganas-
a una nueva vida reencarnatoria.




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano