martes, 6 de noviembre de 2018

La bugambilia de Barcelona: la importancia de los detalles en la vida


Esta mañana, paseando por la ciudad del Modernismo por excelencia, me he encontrado de repente y para mi grata sorpresa bajo el manto mágico de una bugambilia en medio de la Barcelona más urbanita, en la calle justo detrás del edificio de la Diputación que hace esquina con Rambla de Cataluña. Lo cierto es que la experiencia sensorial me hubiera podido pasar desapercibida si no fuera porque desde pequeño mi madre, involuntariamente, influyó positivamente en mi aprecio por el mundo vegetal al hacerme crecer entre decenas de plantas y árboles varios. Un aprecio, mimo y cuidados prodigado a una amplia diversidad de especies vegetales, que forma parte de su hábito de comportamiento cotidiano y que me ha acompañado desde que tengo uso de memoria y de razón.

Pero si bien todas las plantas son especiales, la bugambilia, una enredadera con flor originaria de los bosques tropicales húmedos de América del Sur que se ha convertido en arbusto de estética común en parte del Mediterráneo europeo, es una de mis preferidas desde siempre. Quizás la predilección se deba a que se trata de una planta, para mi subjetiva percepción, que convierte en bucólico cualquier espacio que toca. Y una pizca de magia en la vida diaria nunca viene mal.

La anécdota de la bugambilia no es más que una bella excusa para reflexionar sobre la importancia de los detalles en la vida. Pues los detalles, por pequeños que sean, no solo dotan de significado nuestras vidas, sino que son anclajes psicoemocionales que nos permiten trabajar la presencia y la sensibilidad. Lo contrario es recorrer nuestros personales viajes existenciales sin vivir el presente y a espaldas de la belleza que nos aporta el paisaje del camino, lo cual empobrece el sentido propio de la vida y, por extensión, endurece la sensibilidad empática por la vida ajena. Una tendencia ésta tristemente normalizada en las aceleradas sociedades contemporáneas regidas por un consumismo hedonista compulsivo y altamente competitivo.

Los detalles como proveedores de significado vital son inherentes a la naturaleza humana, pues la identidad del ser humano se reafirma, en el mundo de las formas, por partes de formas -ya sean de origen animal, vegetal, mineral, o de esencia orgánica, inorgánica, animada o inanimada- que complementan una visión personal de la vida aun no siendo imprescindibles para ello. Ya que los detalles, en definitiva, no son más que símbolos corpóreos representativos de una idea preconcebida en nuestro particular mundo conceptual. Por lo que los detalles que pueden ser válidos para una persona, en la estructuración de su realidad identitaria, no tienen que serlo para otra, y viceversa. Puesto que la vida no tiene más sentido que la que cada cual le otorga desde su individualidad, siendo conscientes que nadie puede vivir la vida por nadie.

Los detalles, a su vez, son un medio excelente para trabajar la presencia, que es lo mismo que anclarse en el continuo eterno del tiempo presente, que es donde transcurre la vida. La trascendencia de este hecho no solo abarca la capacidad que tiene una persona de poder disfrutar o no del flujo continuo de la vida, ya que la vida no puede vivirse desde un tiempo pasado o futuro, sino de experimentar la maravilla de una vida mortal y por tanto caduca de manera consciente. Pues el ser humano solo puede ser consciente de una circunstancia o hecho desde el tiempo presente (Presencia es Conciencia y Conciencia es Presencia), y es justamente el estado de conciencia que permite al hombre racional por pensante desarrollar su capacidad lógico-reflexiva sobre su propia vida, y respecto a la vida misma.

Y los detalles, asimismo, nos permiten trabajar la sensibilidad sobre aquello que observamos por perceptible. Un hecho cuya importancia radica, más allá de que la sensibilidad se manifieste como un medio de valoración natural del hombre frente al amplio espectro estético que nos brinda la vida, como el canal indispensable sobre el que se construyen los juicios de valor propios de la moral. Y ya sabemos todos que la moral atiende al comportamiento humano en cuanto al enjuiciamiento del bien y el mal tanto individual como colectivo.

Pero a veces, seguramente en demasiadas ocasiones, los detalles nos pasan desapercibidos delante de nuestras propios ojos. Pues nos asemejamos más a personas que deambulan corriendo por sus vidas mortales como hormigas sin antenas, mirando sin ver en modo estampida, que a seres humanos que viven su existencia desde una experiencia consciente, y por tanto lúcida. Por lo que, volviendo a la anécdota de la bugambilia, es recurrente la necesidad de reclamos llamativos para poder ver los detalles en medio del bosque tupido que son nuestras vidas, como es el caso de los carteles que cuelgan de las ramas del arbusto tropical en medio de Barcelona reclamándonos atención sobre la magia y la naturaleza viva que tenemos el privilegio de contemplar (ver foto del artículo).

Los detalles marcan el ritmo de instantes de los que se compone la vida, y si no disfrutásemos de esos pequeños detalles, que es la vida misma, no nos quedaría más que una vida vivida desde el vacío del sinsentido.

A los protectores anónimos de la bugambilia, mil gracias por reconectarme con el instante presente de la vida en una mañana enajenada por el delirio de una sociedad productiva.




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano