miércoles, 21 de noviembre de 2018

Hay que redefinir el concepto del dinero y actualizar los políticos en términos de gestores públicos


Vivimos en un mundo rico en recursos, pero aun así caracterizado por grandes desequilibrios sociales, por lo que el problema no es si hay o no suficientes recursos para todos, que de haberlos haylos (como diríamos en español antiguo), sino en la distribución de dichos recursos. Ante esta situación, la mayoría de las personas se preguntan el por qué los gobiernos, como representantes de la soberanía popular, no hacen nada al respecto. La repuesta es doble, por un lado porque no pueden hacer nada, ya que los gobiernos están supeditados a un poder superior y de ámbito global que es el Mercado cuya ley es el dinero; y por otro lado, y derivado del primero, porque los señores diputados de las cortes generales de sus respectivos estados, en su inutilidad de poder generar ningún cambio sustancial al respecto, la única función verdadera a la que están entregados -porque en ella les va los privilegios del status quo- es la de mantener las estructuras de poder de la clase política dentro de la sociedad, mediante la técnica del despiste haciendo ver que hacen sin hacer nada, es decir, mareando la perdiz y a cuerpo de rey a costa del dinero del resto de los conciudadanos.

Respecto a la clase política, es evidente que en este contexto se requiere con urgencia de una profunda redefinición de su peso estructural en el conjunto de la sociedad. Porque ya me dirán ustedes, por ejemplo, por qué debemos mantener a cualquiera de esos 610 políticos entre senadores y diputados de las Cortes Generales que tenemos en España, la gran mayoría anónimos (escondidos) que no conoce prácticamente nadie ni en sus localidades de origen, cuyo sueldo es de 5.000€ de media (casi 4 veces superior a la media de un trabajador nacional), y cuya función generalista es apretar el botón del voto pertinente que el presidente de su grupo parlamentario le ha mandado apretar, por supuesto sin derecho de réplica puesto que va con el sueldo. Una sencilla tarea que bien la puede realizar el portero de un bloque de viviendas con apariencia de honorable tras una buena sesión de sastrería y peluquería, o un sistema íntegramente virtual basado en algoritmos de representación electoral. Mientras tanto, el puñado escaso de voceros visibles por mediáticos de los diversos partidos políticos se dedican cada día a fabricar humo -desde las plantas de producción de sus respectivas sedes centrales-, que dispersan como densas nubes de polución tóxica sobre las atmósferas de todas las ciudades del país mediante los conductos de ventilación de los medios de comunicación, para que los ciudadanos no tengan otra ocupación trascendental a lo largo de su jornada que intentar vislumbrar cierta visibilidad entre medio de la humareda, cuyo color, textura, olor y dirección será nuevamente modificado puntualmente al día siguiente por los mismos políticos expertos en producción de humo, en un ciclo tan bucleriano como inútil con el único objetivo de que el humo -por sí mismo carente de consistencia socioeconómica y política- no permita ni ver ni pensar al conjunto de la ciudadanía. En este sentido, la política ha pasado de ser el arte de lo posible a convertirse en el arte de la hipnosis de masas por inhalación de humos alucinógenos con edulcorantes artificiales, capaces de alterar el nivel de conciencia de las personas para un mayor control de las mismas.

Entretanto el poder político se resigna a concentrar sus energías en salvaguardar a toda costa su peso específico como clase social, aun prostituyendo el espíritu democrático de la soberanía popular (recordemos que Democracia significa el poder del pueblo) y renegando del ejercicio responsable sobre la res publica, por su parte el poder económico del Mercado gobierna el mundo mediante el gobierno efectivo sobre los Gobiernos. Y en este nuevo contexto el dinero, que es ley suprema del Mercado, ha dejado de ser un medio equitativo de intercambio para el pago de bienes y servicios (y por tanto para el desarrollo digno de la vida de las personas), para adoptar un rol discriminatorio de distribución de recursos. O dicho en otras palabras, el dinero representa hoy en día el máximo exponente del símbolo de la desigualdad social. Lo cual no solo tiene una afectación directa sobre el nivel de la calidad de vida de las personas, provocando la creación de sociedades con estratos colectivos cada vez más desequilibrados (en las que incluso se produce la extinción de ciertas clases sociales como en la actualidad ha sucedido con la ya desaparecida clase media trabajadora), sino que incluso tiene importantes implicaciones en la redefinición de los valores que constituyen la Moral de una sociedad y, por extensión, de las personas a título individual que la componen. Por lo que la Moral surgida de la filosofía humanista que dio luz a los Gobiernos de las Democracias como organización social, está siendo substituida -a marchas forzadas y sin reparos ni miramientos- por la Moral surgida de la filosofía capitalista que ha dado luz al Gobierno del Mercado como nueva organización social. El Gobierno ya no está en manos del pueblo, sino en manos del dinero. Y asimismo, la Moral ya no es creada por el humanismo, sino por el capitalismo.

Y aun así, muchas son las personas que se preguntan cómo es posible que, en un mundo con recursos suficientes para todos, estemos sumergidos en un estado de crisis económica que no tiene velos de solucionarse y que agrava, a cada nuevo día que pasa, la brecha de desigualdad y desequilibrio social. Si entendemos que el dinero, así como el marco de organización social global al que denominamos Mercado, no es de origen natural sino fruto de la creación artificial, por propia, del ser humano; entenderemos que es el mismo ser humano a quien no le interesa resolver la situación para bien común. Sabedores que al referirnos al ser humano en términos genéricos, nos estamos refiriendo tácitamente a esa pequeña colectividad de hombres que ostentan el poder económico en el actual orden mundial, y que bajo el credo del sancta sanctorum del neoliberalismo dan rienda suelta a pasiones y sentimientos de baja talla moral como son el egoísmo, la mezquindad, el desprecio, la avaricia, la falsedad, la codicia, la hipocresía, el cinismo, la traición, el engaño, la deshonestidad, la insolidaridad, o la injusticia, e incluso la maldad, entre otras características definitorias, todas ellas dirigidas al insaciable engorde de un beneficio exclusivamente personal. Y todo ello sin desengominarse.

Sí, la humanidad debe redefinir el contenido simbólico del dinero y su rol en la sociedad, para lo cual los Estados Democráticos deben recuperar prioritariamente el gobierno sobre el Mercado, lo que imperativamente requiere una profunda revisión y actualización de la clase política en términos de gestores públicos eficientes (capaces de lograr los fines sociales de la mejor manera posible), eficaces (capaces de lograr los efectos sociales esperados) y efectivos (capaces de cuantificar los logros sociales realizados), si es que queremos apostar por sociedades más equitativas para la construcción de un mundo cada vez más humano.

Y es que a estas alturas de la Historia como especie, hemos tenido tiempo holgado de recopilar los suficientes elementos para un juicio de valor crítico respecto a los polos opuestos, que siempre acaban tocándose, de modelos humanos posibles de organización social: el comunismo y el neoliberalismo. Es por ello que, por ultimátum improrrogable, nos ha llegado la hora de diseñar un nuevo modelo social que sea capaz de pivotar sobre el justo equilibrio entre desarrollo económico y bienestar colectivo, para protección de la vida digna de las personas. Pues como decían los romanos: In medio virtus, la virtud se haya en el punto medio.




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano