martes, 27 de noviembre de 2018

El mañana no existe, ni lo necesitamos para vivir


El mañana no existe y nunca ha existido, pues el mañana como futuro tan solo es una proyección mental de algo que no es, y si en tiempo y forma llega a ser solo puede ser presente. Paradógicamente, la mayoría de las personas solemos vivir en ese mañana inexistente -en muchos casos sin permitirnos vivir en el presente mismo-, lo que acarrea cuadros de angustia y de estrés mental, ¿pues, cómo se puede alcanzar un espejismo que tan solo es un reflejo en el camino cuya aproximación conduce a nuevos espejismos?.

Cuando hacemos alusión al mañana como futuro temporal, no nos estamos refiriendo a un espacio temporal de una o dos semanas vista (que es el presente inmediato), sino a un espacio futuro que comprende meses e incluso años por delante respecto a nuestro instante presente. Un mañana futurible que las personas somos capaces de crear en nuestro imaginario mental personal a través de dos métodos de raciocinio: la imaginación y el pronóstico. La diferencia entre ambos radica en el grado de cumplimiento de las posibilidades reales objeto de las expectativas creadas, es decir, en sus probabilidades estadísticas. Mientras la imaginación se fundamenta en una ensoñación fantástica que transgrede la lógica de la realidad, el pronóstico se cimienta en la predicción de la evolución de un proceso o de un hecho posible futuro a partir de criterios potenciales en su cumplimiento lógico.

Imaginación a parte, pues pertenece al mundo de los sueños (más propio de la juventud), el mañana como futuro basado en el pronóstico en un entorno altamente volátil e incierto por cambiante como es la sociedad actual, deja de ser una predicción lógica posible para convertirse en pura adivinación. Y si a ello le sumamos que dicha predicción se fundamenta sobre la evolución de procesos o hechos con bajo grado de probabilidad, por escasos o restrictivos -como sucede en un contexto de crisis socioeconómica-, hacer cualquier pronóstico sobre un mañana futurible resulta un ejercicio tan imposible como ingenuo. Por lo que, a la luz (o las sombras) de estas premisas, el mañana tampoco existe.

No obstante, si alguna virtud otorga la madurez por la gravedad de los años es, justamente, el conocimiento por percibido del Principio de Realidad. Y la realidad dictamina, en estos tiempos opacos que nos ha tocado vivir, que centrar nuestras energías vitales en un mañana inexistente solo conduce a estados psicoemocionales de ansiedad frente a la impotencia de no poder, desde la tranquilidad existencial que da la seguridad y que en antaño disfrutaron nuestros padres, planificar a medio y largo plazo nuestras propias vidas personales.

Pero la buena noticia es que siempre nos queda el presente, que es el tempus en el que transcurre la vida. Y la esperanza, como esencia motivacional que da sentido a la existencia humana, no requiere de futuros inexistentes, pues se despliega allí donde se manifiesta la vida, que no es otro que el tiempo presente. Siendo la característica mágica principal del tiempo presente su continuo fluir. Pues la naturaleza del presente no es estática y finita, sino móvil y perenne, pues impermanente y eterna es la vida en su continuo fluir desde el presente.

Sí, el mañana no existe. Pero tampoco lo necesitamos para vivir. Por lo cual, ¿qué sentido tiene obcecarse, hasta la extenuación personal, en proyectar la idea de una vida propia sobre un tiempo futuro inexistente y por tanto inplanificable?. Si la vida transcurre a través del viaje del presente continuo, que no es más que el resultado de la suma de “ahoras” infinitos, podemos perfectamente prescindir del adictivo ilusorio del mañana. Pues el presente contiene en sí mismo no solo la esperanza por la vida, sino todos los ingredientes necesarios para experimentar la curiosidad y la ilusión por la misma. Solo hace falta readaptar la mirada, reeducar el enfoque, y amansar una mente desbocada acostumbrada a correr fuera de tiempo.

Frente a un mañana inexistente, vivamos la vida a conciencia desde el momento presente existente. Ya que no encontraremos mayor estado de paz y felicidad personal que armonizándonos con el flujo continuo de la vida, que es lo mismo que desapegarse tanto de un pasado vivido como de un futuro por vivir. Respiro, luego existo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano