domingo, 7 de octubre de 2018

Respuesta del hombre a la reflexión de Dios sobre la humanidad

Foto de Joycelyn Loh

El ser humano, en respuesta a la Reflexión de Dios sobre la humanidad, es el ser más inteligente del Universo hasta la fecha conocido, y nuestra naturaleza, como ser cognoscente dotado de conciencia y raciocinio, no puede equipararse a una partícula cósmica. Nuestro nivel de trascendencia sobre la Creación es tal que ya no evolucionamos biológicamente por adaptación al medio como el resto de seres vivos, sino que desde nuestra alta capacidad de gestión del conocimiento evolucionamos culturalmente adaptando el medio a nuestras necesidades como especie. Y llegados a éste punto, si bien aún nos queda mucho por avanzar en la mejora y actualización científico-tecnológica de nuestra propia estirpe como organismos dotados de inteligencia, ¿quién necesita a Dios?.

La concepción de Dios para la humanidad es tan diversa y heterogénea como personas y sociedades existen con un amplio espectro de madurez individual y colectiva. Es cierto que para unos es un ser al que hay que temer (y por tanto exige obligada obediencia ciega), para algunos es una entidad de amor sublime (como un padre bondadoso que nos redime de cualquier pecado cometido desde el arrepentimiento sincero), para otros Dios ha muerto (al menos desde Hegel y popularizado por Nietzsche), e incluso los hay quienes viven desde la indiferencia a su posible existencia (substituyéndolo por otra divinidad más terrenal como es el Dinero). Pero lo que realmente nos importa a los humanos, por encima de la idea metafísica de Dios, son los episodios cotidianos de justicia o injusticia en los que debemos vivir, los cuales suelen ser un efecto directo de nuestras imperfectas sociedades reflejo de la naturaleza dual del hombre -como criaturas que siempre nos debatimos entre el bien y el mal-, pero que en otras ocasiones son producidos por una fuerza mayor que escapa a nuestro control y que por tanto presumimos como divina. En este caso, ¿cómo puede Dios desentenderse de circunstancias de injusticia que claman a gritos una respuesta que como hombres no llegamos a alcanzar por inteligible?. ¿Cómo podría decir Dios que las condiciones de justicia e injusticia humanas no son más que juicios de valor a imagen y semejanza del modelo de vida que hemos creado, cuando en el mundo se producen injusticias que no dependen de nosotros?. ¿A caso nuestra idea de Justicia no es un arquetipo de idea apriorístico a nuestra naturaleza que emana de una fuente superior?. ¿Es que Dios no atiende a las necesidades humanas?. O, ¿es que, en definitiva, Dios no existe?.

Como hombres somos conscientes que participamos de un Todo, el cual anhelamos comprender y deseamos controlar para nuestro beneficio, y si bien somos seres espirituales con potencial para participar en comunión con ese Todo que nos trasciende como parte del mismo, nuestra naturaleza es imperantemente lógico-empírica, y por tanto pragmática (pues de pan vive el hombre), en una dimensión material en la que existimos, nos desarrollamos y evolucionamos como individuos, como sociedad y como especie. Una densa dimensión fenomenológica, propia del mundo de las formas, finita por los extremos del nacimiento y la muerte dentro de una tiempo limitado en el espacio, que si por un lado nos lleva a preguntarnos de la existencia e idiosincrasia de Dios más allá de nuestra propia singularidad -especialmente cuando estamos próximos a la muerte-, por otro lado podemos perfectamente vivir nuestras existencias mortales sin necesidad de la idea preconcebida de Dios.

Sí, categóricamente el hombre no necesita a Dios para vivir, y menos aún un imaginario de Dios creado por hombres -y sus miserias- en un juego secular por jerarquizar los niveles de poder dentro de una sociedad (otra cosa es que el hombre no necesite de sociedades jerárquicas como homo social que es, aunque esta es harina de otro costal), con independencia que Dios como entidad creadora pueda o no existir. Cada persona, desde su libre albedrío, decide en la intimidad de su conciencia si acoge en su vida la idea de Dios o por contra la descarta, de acuerdo a las necesidades personales y sus determinismos psicológicos y culturales, pero no es menos cierto que tanto en uno como en otro caso la Vida prosigue indiferentemente como agua que fluye por un río sin fin. Por lo que si Dios existe, el hombre puede vivir sin él. Y aun si Dios no existe, el hombre igual y paradógicamente puede vivir con él. Tan solo encontraremos la certeza tras la muerte, pero ya entonces poco importará si hemos vivido desde la creencia de la existencia o no de Dios. Pues nadie ha regresado para explicarnos si trascendemos a una nueva dimensión o, por el contrario, nos fundimos en la no-existencia.

Lo único que nos queda como especie es la guía de inspiración en nuestras existencias cotidianas de unos valores universales insertados en nuestro adn, que desde nuestra naturaleza racional nos permiten transcendernos en vida para mejorar socialmente como personas. Sabedores que cada uno de nosotros somos responsables de nuestros actos tanto a nivel individual como colectivo, a falta que Dios, si existe, nos demuestre de manera patente su intervención en asuntos humanos. Mientras tanto, carentes de onus probandi, continuaremos trabajando por nuestro concepto de Justicia dentro del Universo percibido en el que existimos. Que Dios en su indefinible existencia siga mirándonos, si es el caso, que los hombres continuaremos viviendo indiferentemente según nuestro particular credo.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano