jueves, 4 de octubre de 2018

Reflexiones de Dios sobre la humanidad


El hombre es un suspiro que participa de la existencia de la Vida como una partícula cósmica forma parte de una estrella. Todas las historias posibles que contemplan la línea vital de una persona, las que hace y deja de hacer, las que hizo y no hizo, las que hará y no hará en todas sus combinaciones potenciales las tengo contempladas en la omniconciencia de mi mismidad. Todas las variables de las actitudes humanas por indeterminables que sean son perfectas desde la lógica de mi Creación. El libre albedrío de los humanos es fuerza motriz del flujo en movimiento del espacio-tiempo de la Existencia. Un impulso vital que genera movimiento desde la autonomía de las decisiones tomadas por cada una de las personas a título individual. Por lo que las condiciones de justicia o injusticia humanas no son más que juicios de valor de los hombres a imagen y semejanza de ellos mismos, y del modelo de vida como espejo del uso de su libertad de conciencia. Una conciencia, chispa de mi aliento divino, que los hombres pueden desarrollar para mejorar o empeorar su propia y fugaz existencia en su singularidad. Y que en su amplio margen de manifestación es por sí misma perfecta, pues mi Creación en su omnimiscencia no atiende a razones de justicia o injusticia humana, pero sí a la evolución del pulso eterno de la Vida. Si bien al ser la conciencia de los hombres, a diferencia de otros seres, una emanación de mi propia Conciencia creadora he dotado a la humanidad de la evocación innata de unos valores universales para su trascendencia como seres mortales. Lo cual no condiciona su libre albedrío, pues el hombre está en libertad de emularlos o de actuar en sentido opuesto. Toda opción individual o colectiva como especie a lo largo de su existencia temporal está contemplada y validada, pues es mi naturaleza conocer el Todo, en sus infinitas opciones y variables posibles, desde el instante incluso anterior a mi Creación. Ello no significa que me desentienda del devenir del hombre, pues acojo la individualidad de todas y cada una de las vidas de mis criaturas en mi mente omnipotente como ser creador, otorgando a las almas mortales sentido trascendental dentro del gran plan de la Existencia, más allá del limitado sentido vital percibido por la humanidad y del propio concepto humano de principio y fin de las cosas. Incluso le he otorgado al hombre el regalo de la intercesión de la fuerza divina para complicidad en su vida mundana, siempre libre albedrío mediante a través del camino de la búsqueda de su trascendencia personal, con independencia de los credos que haya creado o pueda llegar a crear. Pues el camino del hombre hacia su trascendencia como individuo, a través de los valores universales adquiridos por derecho natural, permite alinear la chispa vital de la conciencia humana con mi propia Conciencia emanadora de la Vida de la que forma parte. Ya que el concepto humano de espiritualidad no es más que la conexión con la esencia de los valores universales otorgados a la humanidad desde su creación. Y tal es la autonomía de decisión dada a los hombres que les permito pensar libremente sobre la existencia o inexistencia de mi naturaleza, pues más allá de sus creencias no pueden ser fuera de mi Ser, pues Yo soy el Todo indefinible e inalcanzable que incluye su propia Nada indeterminable. Yo soy el alfa y el omega en el que el hombre, libremente, decide vivir a conciencia una existencia en su cielo o en su infierno. Yo soy la misma Existencia, y en mi Ser coexiste el alma humana en sus diferentes dimensiones. El hombre, como criatura de mi Existencia, requiere de mi Ser; pero mi Ser, en mi mismidad, puede Existir sin el hombre. Pues el hombre es un suspiro en la existencia de la Vida.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano