domingo, 21 de octubre de 2018

Los Zoos deben erradicarse por no ser ni éticos ni pedagógicos en pleno siglo XXI

Gorila y cría, Uganda 2018. (c)Teresa Mas de Roda

El hecho que a estas alturas de la historia del errático y egoísta ser humano seamos capaces de ver un reflejo de apariencia de los animales en nosotros mismos, a través de los millones de vídeos sobre fauna tanto salvaje como doméstica que corren por las redes sociales, es una evidencia de que el resto de seres vivos con los que compartimos el mismo planeta tienen sentimientos. Una afirmación tan evidente como irrefutable. Otra cuestión es poder calibrar, desde nuestro limitado etnocentrismo -o mejor dicho especientrismo-, el nivel de desarrollo de los sentimientos animales. Pero lo que es indiscutible es que sentimientos como alegría, tristeza, solidaridad, rabia, malestar, compasión, miedo, o amor, e incluso estados emocionales como la depresión, entre otros, nos son perceptibles ahora quizás más que nunca por parte del mundo animal observable. Además de capacidades antaño consideras exclusivamente humanas como la inteligencia animal en su justa medida, como por ejemplo el caso de la inteligencia del cerdo -superior a la de un chimpancé o un perro-, y que se equipara científicamente a un niño humano de tres años capaz incluso de resolver un problema de rompecabezas o laberintos, manipular un control remoto y reconocerse en un espejo.

Esta evidencia, fruto por un lado del nivel de evolución y desarrollo psicoemocional del ser humano con su entorno y de la globalización de la información en la era del conocimiento y de la tecnología por otra parte, nos fuerza a que nos planteemos seriamente la relación que tenemos con los animales. Si los animales, con independencia de su grado de inteligencia, tienen sentimientos, ¿podemos continuar tratándolos como seres no sensibles? La respuesta obviamente es que no, teología del alma de los seres vivos a parte, pues la teología no es más que un dogma de fe, y por tanto una disciplina no empírica de creación humana, profunda y exclusivamente humana.

Si aceptamos que los animales tienen sentimientos, debemos poner en revisión ciertos comportamientos que los humanos tenemos aun hoy en día con ellos, como por ejemplo la existencia de los zoos. Puesto que desde un punto de vista ético, ¿podemos condenar a un ser vivo con sentimientos al cautiverio de por vida en unas instalaciones pequeñas, por bien acondicionadas que sean, sujeto a la estresante exposición continua frente a un público extraño?. ¿Practicaríamos el mismo grado de cautiverio a un niño de tres años, y en muchos casos sin el calor emocional de la compañía de un semejante?. Y desde un punto de vista pedagógico, ¿tiene sentido la existencia de recintos de exposición de animales en un tiempo en que las tecnologías de la comunicación y la información (TIC) nos permiten acceder al conocimiento global de todas las especies vivas existentes en el planeta a través de nuestros dispositivos móviles domésticos, prácticamente en tempo real, y sin abducirlos de sus hábitats naturales?. Un alegato de defensa que antaño, cuando popularmente no se podía acceder al mundo de la fauna exótica, aún podía entenderse desde un enfoque divulgativo, pero que en la actualidad cae por su propio peso. Es por ello que los zoos contemporáneos ni son éticos ni pedagógicos y, por tanto, han quedado obsoletos en el tiempo. Siendo tan solo admisibles los recintos de animales virtuales mediante la tecnología de los hologramas (como es el caso del zoo de Japón), que además de poder conocer la vida y costumbres de los animales en su entorno natural recreado nos permite interactuar con ellos sin intromisión nociva alguna por nuestra parte. Lo contrario es, simple y llanamente, maltrato de seres sintientes.

Los animales, como seres sintientes, deben vivir en su hábitat natural del que el ser humano no solo debe respetar sino también proteger. Pues solo el hombre es el causante del posible maltrato animal y de la posible extinción de ciertas especies y de su medio ambiental, ya que la naturaleza por sí misma ya establece los principios de equilibrio básicos entre los diversos ecosistemas interrelacionados en el mundo animal sin la fatídica mano humana.

Pero a nadie se le escapa que otro aspecto espinoso de nuestra relación con los animales es el trato al que les sometemos como objeto de nuestra dieta carnívora, en el contexto de un mercado de consumo de masas. Hay que tener mucho estómago para poder presenciar, ya sea en directo o en diferido, los programas generalizados de crianza y engorde de los animales de granja, así como los procesos industriales de su posterior sacrificio para la elaboración de paquetes cárnicos consumibles. Toda una cadena de horrores, en la mayoría de los casos, maquillado por la estética marquetiniana de los puntos de venta de tiendas y supermercados bajo la máxima de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Una filosofía de vida de desconocimiento consciente colectivo convertido en credo en el mundo occidental de Mercado. Una realidad, no obstante, que en un futuro no muy lejano será resuelto mediante el consumo de carne elaborada por laboratorio sin necesidad del sacrificio animal, y con máximas garantías sanitarias y alimentarias, dando solución a su vez al serio problema medioambiental global de consumo de agua, deforestación del mundo vegetal, y emisiones de dióxido de carbono que conlleva la práctica ganadera.

El hombre, como ser sintiente en la cúspide de la inteligencia animal del planeta, debe hacerse responsable de su relación con el resto de animales, ampliando su concepto humanista al conjunto de animales que, como seres vivos, son seres sintientes al igual que nosotros. La buena noticia es que, aunque de manera lenta pero progresiva, vamos avanzando en la protección y respeto animal como lo evidencia la normativa legal existente sobre maltrato animal que penaliza al ser humano maltratador por acción u omisión. Pero aún queda mucho camino que recorrer, y una de las medidas a tomar a corto plazo es, sin lugar a dudas, la erradicación de las cárceles animales a las que eufenísticamente denominamos como zoológicos. Pues los zoos no tienen cabida en un sistema educativo avanzado en valores respetuosos medioambientalmente, siendo contrarios a los principios rectores de la ética y la docencia propia del ser humano del siglo XXI.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano