lunes, 29 de octubre de 2018

La falacia inversamente verdadera del “todo pasa por algo ”


Estamos imbuidos en la filosofía positivista del “todo pasa por algo”, como aceptación proactiva ante los revés de la vida. Un recurso de gestión psicoemocional que si bien puede ser beneficioso para la salubridad mental de una persona que experimenta un proceso de cambio, nada tiene que ver con el cumplimiento de ninguna expectativa futura más o menos profética. Es decir, el sentido tácito de esperanza por alcanzar un estadio de vida mejor que destila la muletilla “todo pasa por algo” no tiene más correlación con la realidad de un escenario futuro próximo que la puramente estadística, siendo conscientes que ésta es el resultado de un cálculo de probabilidades de la que participan innumerables variables, muchas de las cuales escapan a nuestro control.

La única certeza de la filosofía positivista del “todo pasa por algo” es, justamente, la temporalidad de ese algo que, desde el momento que temporalmente ya es pasado, es de naturaleza circunstancial en nuestras vidas. Una circunstancia pasajera que nos descubre tres dimensiones bien definidas, a su vez que descriptivas del fenómeno:

La primera, la asombrante capacidad humana por establecer patrones singulares de relaciones de hechos aparentemente inconexos entre sí sucedidos en tiempo pasado mediante una subjetiva y analítica mirada retrospectiva. Lo que significa que el hombre, por un lado, tiene la imperiosa necesidad de justificarlo todo desde su particular nivel de capacidad perceptiva y de raciocinio personal e intransferible (Cada cual en su grado de madurez intelectual). Y, por otro lado, que el hombre da sentido a su vida presente desde el marco referencial de su pasado.

La segunda, la paradoja capacidad predictiva del hombre por entender que tras el final de un episodio existencial le sucede uno nuevo, tras el insalvable duelo que debe transitar del desapego a la aceptación y de éste a la reinvención, a la vez que manifiesta su terca capacidad de resistencia al principio de impermanencia de la vida misma.

Y la tercera, la inagotable capacidad de esperanza que tiene el ser humano de alcanzar, siempre en un horizonte no muy lejano (por más que éste se distancie a cada nuevo paso), un futuro mejor. Un impulso de las personas por levantarse de nuevo tantas veces como haga falta, tras reponerse de una caída, ad hoc a la fuerza propia emanada por el aliento vital personal (del individuo) o como respuesta a una obligación emocional contraída con y para terceros (los seres queridos más allegados).

Pero con independencia de la expuesta trilogía dimensional que caracteriza el recurso psicoemocional del “todo pasa por algo”, el resultado pragmático solo da opción a dos escenarios factibles: a un nuevo estadio sostenible en el tiempo, o a la sucesión de nuevos estadios intermitentes en el tiempo. En otras palabras, hay personas (las menos) cuyas vidas transcurren como si de una línea continua de carretera se tratase; y las hay (las más) cuyas vidas transitan en un continuo salto entre las diferentes líneas discontinuas consecutivas de su carretera particular.

Por otra parte, cabe apuntar de manera complementaria que la fenomenología del “todo pasa por algo” tanto puede ser percibido como el preludio de una singularidad anunciada, como la reafirmación de dicha singularidad ya consumada. Entendiendo singularidad en su dimensión de punto y final de una circunstancia o hecho. En tal caso, la capacidad del ser humano de pronosticar el fin a corto, medio o largo plazo del estado concreto de una situación, o de comprender las circunstancias a posteriori respecto a un final sobrevenido de la misma, vine determinado por el grado de conocimiento que las personas podemos llegar a tener sobre la sucesión de acontecimientos que desde la lógica abocan irremediablemente al fin de dicha singularidad. Por lo que podemos afirmar que cuando usamos el recurso de “todo pasa por algo” como anuncio del desenlace de un acontecimiento, no estamos más que expresándonos desde la lógica de la ecuación de una suma de historias interrelacionadas entre sí y con un resultado común racionalmente posible. Es por todo ello que podemos concluir que el fenómeno del recurso “todo pasa por algo” tanto es una falacia en sí misma como, a su vez, es una verdad en sí misma. Todo depende del punto de referencia del observador respecto al sistema de referencias de la singularidad observada.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano