sábado, 6 de octubre de 2018

El troglodita urbano

"Civismo, por favor". Foto de Inés Baucells
En nuestras ciudades existe el troglodita urbano, una especie de homo sapiens no evolucionado que impone sus necesidades primarias, por antisociales que sean, al respeto de la convivencia armoniosa de sus vecinos. El troglodita urbano se caracteriza por su personalidad energúmena que se autojustifica públicamente al amparo de ideales pseudopolíticos, mediante el exceso y transgresión de los límites que contemplan el uso del derecho de libertad de expresión en la vía pública que, por definición, es de todos. Un troglodita urbano que, en el ejercicio legítimo del derecho de reunión y asociación (Dios los crea y ellos se juntan), encuentra en la celebración de las fiestas populares de barrios y ciudades su hábitat natural para manifestar su bárbara naturaleza reivindicativa, ruidosa e incívica respeto a los más mínimos modales de decoro exigibles en la calle, reinventando y capitalizando el trasnochado lema de “la calle es mía”.

El troglodita urbano, que enarbola la bandera del progresismo aun siendo -sin ser consciente de ello- un analfabeto en los principios rectores de la Libertad y la Democracia en un Estado Social y de Derecho, no atiende al respeto ni por la propiedad privada (que desprecia) ni por la propiedad pública (que en su corta inteligencia cree que por ser la administración el proveedor del mobiliario público no nos cuesta dinero al conjunto de los ciudadanos). Un troglodita urbano que, asimismo, siente hastío por el descanso vecinal, mientras él se regocija en sus jaleosos ritos trivales callejeros en un intento de emular el espíritu cavernícola.

Pero si algo le gusta en especial al troglodita urbano, más allá de su algarabía vida nocturna (propia de quien no tiene oficio ni beneficio) y de la jarana que le proporciona el bullicio “legal” de las fiestas populares (donde exalza sin pudor su retrógado legado identitario), son las concentraciones de corte político donde puede manifestar la esencia de su naturaleza en su máxima expresión, y más aun si cabe al burladero (*) de algún dirigente político tan irresponsable como intelectualmente tarado.

Otra de las características comunes del troglodita urbano es que no razona, sino que desprecia, necesitando de una bandera o un símbolo para canalizar sus confusos argumentos exaltados en un sentimiento disfuncional. Y ello sin que tenga necesidad existencial alguna por conocer el significado real de la bandera o símbolo que abraza, aunque éstos contradigan su propio dogma autoinventado en un imaginario ficticio.

Pero lo más preocupante no es solo que el troglodita urbano campe a sus anchas entre nuestras ciudades, con el beneficio de una especie de halo de completa impunidad, sino que esta especie involutiva del homo sapiens contemporáneo se multiplica, lo cual nos debe poner en alerta sobre nuestro sistema educativo y sobre un modelo político que, en el desarrollo de su actividad, antepone unos intereses partidistas a la luz de la propia Razón.

A falta que la cordura se imponga entre nuestros representantes públicos, que parecen haber perdido de vista su misión como garantes de las res publica, los trogloditas urbanos aun siendo minoría se han hecho con las calles imponiendo su ley para desesperación de los pacientes, contenidos y resignados (al menos hasta la fecha) cívicos ciudadanos de bien. Pero como dice el refranero, tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe.

No nos dejemos engañar por los trogloditas urbanos que se camuflan bajo el ropaje de actividades culturales, más o menos de tradición popular, o de hábitos de comportamiento “progresistas” que tienen más de libertinaje que de libre manifestación del uso de la libertad personal. Son pocos, sí, pero los necesarios para hacer el suficiente estruendo callejero -música, petardos, tambores, cazuelas, alborotos y voceríos reivindicativos mediante-, y por ende con consentimiento institucional incluido, para impedir el descanso exigible de una vida tranquila por derecho adquirido de todo ciudadano tanto en la calle como en el interior de las propias casas.

Que devuelvan a los trogloditas urbanos a sus cuevas, por favor.

Reflexión consumada en plenas fiestas del barrio de Sarrià de Barcelona.


(*)Valla en la que se refugian los toreros.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano