miércoles, 10 de octubre de 2018

El gato que ladra, y no pierde su identidad


Si ponemos a un gato entre perros, al cabo del tiempo quizás el gato se crea un perro hasta el punto de adaptar diversos hábitos caninos e incluso, quien sabe, puede que llegue a aprender a ladrar. Pero por mucho que el gato quiera ser como un perro, el gato no dejará de moverse, anhelar, intuir y soñar como un felino. Y si bien el resto de perros podrá acabar aceptándolo en su jauría, esto no significa que dejen de verlo como un gato. Pues un perro es un perro y un gato es un gato.

En el caso que el gato se adapte al mundo de los perros, diremos del gato que tiene un alto nivel de inteligencia emocional, pues ha sabido resolver óptimamente su coyuntura existencial para beneficio propio y en relación al nuevo entorno a priori extraño. Y aún más, determinaremos que entre sus capacidades destaca la competencia profesional canina. Un punto en el currículum a su favor en un contexto de y para perros. Pero aunque el felino tenga el don natural de la inteligencia emocional suficiente para adaptarse frente a nuevos retos en un mundo de podencos, así como una competencia profesional canina aprehendida y progresivamente perfeccionada, el gato no dejará de ser gato en la intimidad de su vida privada.

De esta pequeña pseudofábula introductoria, y continuando con el juego de símiles, podemos deducir que tanto un gato continua siendo un gato aunque ejerza de perro, como que un gato, en un mundo de perros, tiene difícil su supervivencia si no acaba por adaptarse al entorno canino. Dos axiomas que si bien son obvios para el entendimiento de todos, paradógicamente no se contemplan como reglas normalizadas y menos aún estandarizadas en el mercado laboral. Puesto que nos hayamos inmersos en la rueda productiva de una sociedad que exige, para poder subsistir, competencias profesionales homogeneizadoras y una exigente capacidad de adaptación personal a éstas como reflejo de un entorno laboral con efecto embudo, con independencia del perfil ocupacional y de la singular conjugación de inteligencias múltiples que definan el talento individual de cada persona.

Así pues, el gato, aun sin quererlo, se ve abocado a aprender a comportarse y ladrar como un perro. Pero no le sucede solo al gato, sino también al resto del bestiario que no procede de la familia canina. Ya que tocan tiempos donde impera el ladrido, y tan importante como ser un perro es aparentarlo. Un dilema existencial para los no-perros que no solo nos enfrenta a un problema de conciencia individual que pone a examen de pragmatismo nuestro libre albedrío, sino que afecta de lleno a la ética de la coherencia del comportamiento humano con su propia naturaleza como ser individual. ¿Hasta dónde deben llegar los límites del gato por actuar como un perro sin traicionarse a sí mismo? ¿Y si los límites no los marca el gato, sino el entorno canino que por definición ya extramilitan el umbral de la ética felina?. Está claro que ante esta tesitura el horizonte del planteamiento -como metáfora de la realidad social- no es si comportarse o no como un perro, problema de fácil resolución desde un punto de vista ético, sino el hecho que optar por una u otra opción equivale a integrarse (y por extensión beneficiarse materialmente) del sistema o exiliarse del mismo. Y ya sabemos todos que el gato gusta de comer al menos tres veces al día, y no cualquier comida (pues es por naturaleza sibarita), y de disfrutar de la calidez de un hogar que le proporcione una existencia cómoda.

La buena noticia es que en la vida no todo es blanco y negro, pues nuestra capacidad racional nos permite desarrollar intelectualmente, desde la lógica más convincente (al menos para nosotros mismos), el concepto del gris en su justa y extensa gama manifestable entre los opuestos cromáticos. Tanto es así que, como en la paradoja física de Schrödinger, el gato tanto puede ser un perro como no serlo a la vez. Una vía existencial que resuelve el problema de la ética del gato en un mundo de perros, pero cuyo estado de conciencia -que no físico- depende del trabajo de madurez y crecimiento personal de cada gato en su individualidad.

Y así, el gato dejó de ladrar al finalizar su jornada laboral para volver a maullar una vez traspasó la puerta de su casa. Y subido a la repisa de la ventana, tras relamerse orejas y ocio, fijó como cada atardecer la mirada en la calle para filosofar felinamente, pipa en boca, sobre la vida y sus misterios.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano