sábado, 6 de octubre de 2018

¿Dónde van los pensamientos que desechamos?


Cierto es que hay pensamientos que podemos desechar de nuestra mente para que no produzcan ningún tipo de influjo en nuestras vidas. De hecho, los pensamientos pueden substituirse a voluntad, pero lo que no podemos es eliminarlos, pues una vez que el pensamiento se ha manifestado no puede dejar de existir. Y si no podemos eliminar los pensamientos, ¿a dónde van aquellos que desechamos en beneficio de otros nuevos?. Ante este dilema tenemos cuatro opciones posibles (pongámosle un poco de imaginación):

1.-Los pensamientos desechados van a parar a un mundo intermedio de las ideas donde vagan hasta consumirse por inanición.

2.-Los pensamientos desechados se centripitan hacia un nodo concentrador de energía en nuestra dimensión que, alcanzada la masa crítica necesaria, dan forma a un ser inanimado e independiente que se proyecta sobre el mundo de las sombras humanas.

3.-Los pensamientos desechados acaban almacenados en el interior de una caja estanca de naturaleza invisible, en una dimensión paralela, de donde no pueden volver a salir.

4.-Los pensamientos desechados, por ser una manifestación de la energía, se transforman en otro tipo de energía (pues la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma) que tiene un impacto directo en nuestra realidad.

De los diferentes escenarios posibles (entre otros muchos imaginables), fantasías a parte, considero que la opción cuarta es la que más se ajusta a nuestra realidad. Así pues, si los pensamientos desechados, que son energía, se transforman en otra fuerza de acción que como tal tiene capacidad de obrar, surgir, transformar o poner en movimiento -en la justa medida de su escala-, ¿dónde van a parar o en qué se convierten los pensamientos desechables?. En este punto solo podemos encontrar respuesta echando mano del efecto mariposa propia de la teoría del caos, el cual nos dice que si en un sistema se produce una pequeña perturbación inicial, como pueda ser un pensamiento que desechamos, mediante un proceso de amplificación, éste podrá generar un efecto considerablemente mayor a corto o medio plazo, al igual que las ondas expansivas generadas por una piedra lanzada sobre las aguas de un lago.

Si bien la física de sistemas complejos y dinámicos como es la propia Vida nos ayuda a entender el principio de causalidad, en el que por pequeñas que sean las causas iniciales éstas pueden comportar grandes efectos futuros diferentes entre sí y respecto a su causa originaria que per se son impredecibles a largo plazo (toda causa tiene un efecto multiplicador en un contexto interrelacionado e impermanente), lo relevante de la presente reflexión es evidenciar que los pensamientos desechables -actividad propia de la naturaleza humana- tienen de facto algún tipo de incidencia más o menos destacable en nuestra realidad percibida.

Frente a la pregunta de ¿a dónde van los pensamientos que desechamos?, la respuesta no puede ser otra que: a transformar nuestra realidad que, por ser humana, es pensante. Es por ello que debemos ser conscientes del hecho que cuando una persona como individuo desecha un pensamiento, éste puede aumentar a escala social en cualquier parte del planeta, a corto o medio plazo, hasta alcanzar el punto de inflexión suficiente para generar un movimiento colectivo en uno u otro sentido que transforme el concepto que tenemos actualmente de sociedad. El juicio de valor sobre la positividad o negatividad de dicho efecto para el conjunto de la sociedad ya irá a cargo del nivel de madurez y entendimiento de cada tiempo presente o futuro que lo estudie. Siendo sabedores que la humanidad avanza -lo cual no es sinónimo de evolución-, por la transformación continua de pensamientos desechables que periódicamente remueven y redefinen los equilibrios de los statu quo de las sociedades.

¿Dónde van los pensamientos que desechamos?: A cambiar el mundo, comenzando por nosotros mismos. Y ante este principio natural de la existencia humana solo espero, aunque peque de iluso, que tengamos la luz de la Razón suficiente para no desechar aquellos pensamientos que más nos convienen por su alta carga de beneficio social. Aunque viendo los tiempos que corren, faltos vamos de lucidez racional. Tempus narrabo!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano