miércoles, 19 de septiembre de 2018

Vivimos un tiempo en continua transitoriedad


Esta mañana, dentro de la hora matutina de paseo para desoxidar un poco el cuerpo, me he encontrado con un libro de música sumergido en uno de los dos estanques que dan entrada a los jardines del Palacio Real de Pedralbes en Barcelona. El libro, cuya portada muestra la ilustración de un metrónomo, parece que mantenga en transición perenne el tiempo musical, un efecto ilusorio reforzado, si cabe aun más, por el hecho de encontrarse suspendido dentro del agua. Una imagen que me ha evocado la idea de la transitoriedad de la vida, y más particularmente la idea de una vida en continua transición casi perpetua, al igual que le sucede al metrónomo congelado en el tiempo impreso sobre la portada del libro que se ve incapacitado por completar su pulsación rítmica.

Si bien es cierto que la existencia universal en su mismidad es transitoria, por impermanente -un principio ampliamente asumido con mayor o menor conocimiento por parte de todos-, ello no invalida la certidumbre, por otra parte, de que las personas esperamos disfrutar de una existencia vital lo más estable posible a escala humana. El problema se presenta cuando la búsqueda de dicha estabilidad, por parte de un individuo dentro de una sociedad, se convierte en un proceso de impermanencia normalizada a lo largo de un interminable periodo de tiempo. Pues si algo es permanente en este tiempo que nos ha tocado vivir es, justamente, la impermanencia; entendiendo ésta como la transitoriedad por la que transita la naturaleza de un sujeto, objeto o circunstancia en su cambio de un estado inicial de partida hacia otro estado final de destino potencial.

Sí, vivimos en un continuo y renovado estado de transición. Tanto es así que vivimos en la permanente transición de una crisis financiera global que no acaba, y que parece volver a entrar en un nuevo ciclo de recaída a dos años vista, hacia la anhelada recuperación económica doméstica. Vivimos en la permanente transición de la construcción de una Unión real Europea que, ahora más que nunca, intenta redefinirse para no desmembrarse. Vivimos en la permanente y cansina transición hacia una renovada clase política, viciada en valores inmorales, que lucha sonrisa estética en boca por no ser renovada. Vivimos en la permanente transición de la agotadora búsqueda de trabajos dignos, por parte de valiosos talentos de una población activa desempleada, que solo encuentra sueldos precarios y un alto nivel de temporalidad laboral en el mejor de los casos. Vivimos en la permanente transición, ya no de la consecución, sino de la recuperación de los derechos sociales en un menguado Estado de Bienestar desatendido, por no decir ignorado. Vivimos en la permanente transición de adquirir una vivienda, como pilar fundamental para el desarrollo natural de cualquier proyecto familiar, en un mercado inmobiliario en progresivo auge especulativo que sin limitación alguna registra precios de acceso prohibitivos. Vivimos en la permanente transición hacia una cultura productiva basada en la emprendedoría que impone corsés de crecimiento al mismo emprendedor. Vivimos en la permanente transición hacia un mercado innovador en un contexto de investigadores penalizados en recursos. Vivimos en la permanente transición de la sociedad del conocimiento generando socialmente un número cada vez mayor de pobres ilustrados. Vivimos en la permanente transición hacia una economía productiva musculada desde el socavamiento de una profunda brecha de desigualdad y desequilibrio social. Vivimos en la permanente transición de alargar la vida de las personas en una sociedad que contrariamente desecha a los profesionales experimentados por superar la barrera de los 40 años de edad y que, bajo la bandera del egoísmo individual, se desentiende de sus ancianos. Vivimos en la permanente transición de crear una identidad española como país, en un país que no tiene normalizado ni el sentimiento común y generalizado hacia su propia bandera. Vivimos en la permanente transición de construir un sistema de organización social basado en la Democracia, contraviniendo por activa y pasiva los propios principios rectores de un estado democrático. Vivimos en la permanente transición hacia la protección del medio ambiente en un mundo que sistemática y obstinadamente continua maltratando hasta la saciedad el propio planeta. Vivimos en la permanente transición hacia una sociedad cada vez más humana, desterrando socialmente a los humanistas. Vivimos en la permanente transición de una interminable transitoriedad, como el metrónomo sumergido en el estanque que no acaba por marcar ritmo alguno.

Y en esa vida en transición, todo el mundo se encuentra en modo de espera. Y quien espera, si la espera se hace interminable, ya se sabe que desespera. La desesperanza, como bien indica su palabra, es la carencia de esperanza. Un estado de la situación socialmente generalizado imperdonable para aquellos que, con los recursos a costa de todos, viven sobradamente bien como responsables últimos del bien común. Pero aun en la desesperanza, el hombre anónimo de a pie, en su grandeza, aguanta contra viento y marea. En un tiempo en continua transición, el hombre contemporáneo aguanta estoicamente. Pues más allá de la esperanza se encuentra el instinto de supervivencia, que es aquella fuerza interna ancestral motivada por salvaguardar la vida propia y de los seres queridos. Como el libro sumergido bajo el agua, que igual ya ha perdido toda esperanza de completar el tránsito de su metrónomo para realizarse en su fin: marcar el pulso rítmico de la música, pero que aun y así aguanta todo lo aguantable por sobrevivir en su integridad a la erosión que le produce el ambiente acuoso. Quién sabe si mañana, bajo los rayos de un nuevo sol, el destino le regala el fin de la transitoriedad tan deseada. Mientras tanto, en su singular existencia de transición, el libro -a imagen y semejanza del hombre actual- aguanta. […] El hombre, es su interminable transición, está aguantando.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano