lunes, 3 de septiembre de 2018

Vivimos en una sociedad en la que valemos más por ser clientes/consumidores, antes que ciudadanos y personas


Tanto tienes para consumir, tanto vales. Una premisa sobre la que se cimienta la totalidad de la estructura de la sociedad en la que vivimos, organizada por la lógica de un sistema de desarrollo económico que denominamos capitalismo, el cual se fundamenta -por si lo hemos olvidado- en la privatización de los instrumentos de producción (tierra, fábricas, materias primas, recursos naturales, etc) para interés y beneficio privado (que porcentualmente son unos pocos). Pero para que el capitalismo sea, ya no solo sostenible, sino rentable (para aquellos que controlan los instrumentos y recursos de producción), debe contar con plena libertad de gestión para su desarrollo. Es por ello que el modelo económico del capitalismo necesita de la implantación social de un sistema comercial (de Mercado) de libre competencia, que no es más que un eufemismo para decir que ostenta la capacidad de libre movimiento. Es decir, el capitalismo, como idea de teoría económica, necesita de sociedades liberales.

Pero ¿liberales en qué?, pues justamente en el tipo de relaciones comerciales entre los propietarios de los instrumentos de producción (a quienes les mueven intereses personales de beneficio económico) y el resto de personas como consumidoras de sus productos y servicios. Una relación que, para el imaginario capitalista, sería perfecta en un contexto carente de limitaciones. Y no existe más limitador para el desarrollo del modelo económico capitalista que los propios Estados como garantes del bienestar común. ¿La solución?, nada más sencillo que limitar la intervención del Estado en asuntos jurídicos y económicos para que sus políticas no sean contrarias a los intereses del Mercado. Que es precisamente la situación en la que nos encontramos, habiendo pasado de vivir en sociedades liberales a las actuales sociedades neoliberales en menos de un siglo.

Sí, nuestra sociedad es neoliberal. Lo que significa que el egoísmo del beneficio propio se impone al bien colectivo, la máxima del individualismo. En este contexto, donde los Estados de Bienestar Social y democráticos de Derecho están sometidos a los intereses partidistas del Mercado (donde el único credo es el Dinero), ¿en qué nos hemos convertido los ciudadanos?.

La ciudadanía es una categoría de protección de las personas otorgada por el Estado, e inspirado por el espíritu humanista, al amparo de los derechos sociales que busca proteger la dignidad de la vida de las personas. Pero desde el preciso momento en que el Estado ha sido suplido por el Mercado, en una sociedad neoliberal, el ciudadano se convierte en cliente/consumidor. Y por tanto las relaciones entre los propios ciudadanos también se transforma entre nosotros mismos y con respecto al conjunto de la sociedad en la que nos desarrollamos como personas, convirtiéndonos todos en potenciales clientes y/o consumidores de todos. Circunstancia a partir de la cual los valores sociales se transmutan, primando lo que se tiene (capacidad de consumir) en detrimento de lo que se Es. Tanto tienes para consumir, tanto vales.

El valor de la capacidad de consumir como máxima social redefine toda la escala de valores sociales, manifestando una clara, descara y ostentosa tendencia individual en las relaciones interpersonales, pues todos buscan su beneficio personal. Afectando, de manera inclusiva, a conceptos tan trascendentales para el hombre como la justicia individual o la justicia social, las cuales solo se conciben bajo el barómetro de la capacidad de consumir. O, en otras palabras, solo hay justicia individual y social para aquellos que tienen recursos económicos para cumplir con los cánones de la idea de éxito definida por la lógica del Mercado. Para el resto, no hay cabida para la justicia individual ni social.

El valor del ciudadano, y por extensión de la persona, se han devaluado frente a una sociedad neoliberal que solo protege al cliente/consumidor. El capitalismo está borrando cualquier resquicio de humanismo de los valores de nuestra sociedad, redibujando el papel de los Estados -como gestor garante de los derechos sociales- a una mera herramienta facilitadora para el buen engranaje del Mercado. El ciudadano, si no tiene recursos, no existe, ni se le espera. Una nueva casta de apestados en pleno siglo XXI que se ven abocados a vivir en el submundo, donde las personas no tienen dinero pero vuelven a recuperar su valor por lo que son, más allá del pensamiento único impuesto por el alegato consumista de turno del Mercado en complicidad con un Estado difuminado. Los ciudadanos, desterrados del bienestar social capitalista (con todas sus trampas), regresan a su condición natural de personas. A la espera que, un día en un futuro no muy lejano, el Estado despierte de su encantamiento, al igual que hicieron los heroicos argonautas tras su paso por la hechizadora isla de Circe.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano