lunes, 24 de septiembre de 2018

Soy un Arjeano, ¿y tú?

Imagen de Geralt.

En este mundo existen dos tipos de seres humanos, los Arjeanos y todos los demás, que se clasifican en diversas categorías más o menos de cognoscibilidad superficial. Debo confesar que desde que tengo uso de consciencia me considero un Arjeano, quizás porque en la huella energético-genética que hila la humanidad a lo largo del Tiempo me conecto en descendencia directa con la familia de nuestros ancestros los presocrátricos. Un Arjeano, para aquellos que aún no lo hayan relacionado, es una persona que busca el arjé o arkhé, del griego antiguo “principio” u “origen”. El arjé es el primer elemento de todas las cosas, por lo que un Arjeano es una persona que, por naturaleza, busca de manera innata y casi convulsivamente la esencia de todo aquello que conforma la existencia para dar sentido y lógica a su realidad, de manera equiparable a aquellas otras personas que viven con el filtro en sus vidas de contar numéricamente todo a su paso, u ordenar de manera lógica (por colores, tamaños, funcionalidad, etc) el desorden aparente o el caos manifiesto, por poner algunos ejemplos.

Si tuviéramos que describir las características de un Arjeano, podríamos destacar que:

-Necesita buscar la esencia última de las cosas, ya sean objetos, sujetos, circunstancias, ideas o conceptos, para entender desde la lógica su propia experiencia vital.

-Observan el mundo a través de la mirada de la conexión de las esencias (invisibles a primera vista) de lo observable por perceptibles.

-Les gusta de relacionar la diversidad de esencias, como primeros elementos de todas las cosas, con el Todo para tener una visión holística de la realidad tanto existente como posible en su potencialidad.

-Dan sentido a sus vidas, en medio de las sombras del mundo, a través de la luz del logos (palabra razonada).

-En su búsqueda natural, por innato, de la esencia de las partes y del Todo en su mismidad, son personas espirituales; estableciendo puentes entre el mundo material de las formas y el mundo indeterminado de las ideas.

-Viven desde la firme convicción de que el ser humano no puede renegar de su naturaleza pensante (sobre la esencia última de las cosas), ya que ello equivale a renegar de su propia transcendencia humana. Pues si algo caracteriza un Arjeano es, justamente, su trascendencia como ser pensante.

En una sociedad construida y vivida sobre la patina de la superficialidad de las cosas, el Arjeano puede parecer un rara avis que aparece y desaparece de la superficie visible en su necesidad de sumergirse en el mundo de los pensamientos al encuentro de la esencia de todo aquello que sustenta nuestra realidad. Y en dichas inmersiones es capaz de ver, y consiguientemente entender, las relaciones invisibles que causan y dan consistencia al mundo que se hace cognoscible a la simple vista de todos. Como el que es capaz de ver la relevante parte del iceberg sumergido bajo el agua, en su estructura y composición, y asimismo su relación singular con su hábitat natural y en relación a otros icebergs que conforman un sistema propio, que a su vez se encuentra en codependencia interrelacionada con otros sistemas de diferente naturaleza. Es entonces que el Arjeano, al regresar a la superficie de las cosas visibles, vuelve con una mirada y concepción de la realidad cambiada, lo que provoca que la comunicación con los no-arjeanos sea dificultosa por incomprensión, pues socialmente el arjé de las cosas y su universo relacional se considera -en un mundo de ciegos, donde el tuerto es el rey- de nula utilidad práctica y aún de menor interés social. En el mundo de la superficie, el ser humano vive su mundana existencia sobre una cinta corredera movida por impulsos de efectos continuos a espaldas de las causas que lo provocan, en agónica lucha continua contra las sombras proyectadas sobre una pared más que en buscar, para su inteligente gestión, el foco de origen que provoca dichas sombras.

Sí, soy un Arjeano, y no solo no me interesa lo superficial como hábito de conducta vital, sino que incluso su alardeo me produce un profundo rechazo (y más cuando se trata de exhibiciones de pavoneo manifiestas), aunque he aprendido a vivir socialmente con ello. Ser un Arjeano no equivale a ser un insociable. Es tan fácil como desconectar, en un momento dado, del entorno en el que te encuentras mediante un sencillo ejercicio de inmersión en uno mismo en búsqueda de un mar de pensamientos más interesantes, pudiendo estar en un lugar sin estar en él. No obstante y por otro lado, un Arjeano, aunque por naturaleza busca de manera innata la trascendencia de la existencia hasta en las cosas más simples y pequeñas de la cotidianidad, no es más que un filósofo efímero, pues efímero es el ovillo de causas y efectos de la vida del hombre en un universo que per se es impermanente. Pues si bien las esencias de las cosas son inmutables por trascendentes (arquetipos), no lo son así su sistema de relaciones que por ser espacio-temporales son impetuosamente relativos. Y es justamente este contexto relativista de las coordenadas espacio-temporales de la existencia del hombre lo que no solo es capaz de ver un Arjeano, sino a su vez de relacionarlas con la inmutabilidad de sus esencias emanadas. Pues un Arjeano es de naturaleza un conector entre la dimensión impermanente y la dimensión substancial de la realidad de las cosas, mediante el relato de sus reflexiones efímeras por humanas, profundamente humanas. Y expuesta esta reflexión, ¿eres tú un Arjeano?.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano