domingo, 23 de septiembre de 2018

¿Pensar o evadirse (no-pensar)?

Foto de Anthony Samaniego

Responder a la pregunta sobre pensar o evadirse es equiparable a la pregunta que se hizo Sartre sobre actuar o no-actuar, a cuya conclusión el filósofo francés del existencialismo dedujo que ambas posturas eran imperfectas en sí mismas. Imperfectas, sin duda, por las limitaciones cognitivas propias que condicionan la naturaleza humana, pero ¿correctas?, ese es el quid de la cuestión. Pues tanto actuar como no-actuar, o pensar como no-pensar, y por tanto evadirse (del pensamiento), deben observarse siempre dentro del contexto de referencia para poder enjuiciar el valor positivo o negativo de la conducta tomada.

A nadie se le escapa, por simple observación del entorno más inmediato, que la tendencia actual en un modelo de vida acelerado -por no decir estresado- por producir los recursos necesarios para subsistir en el día a día es la de evadirse, lo que significa evitar cualquier reflexión sobre de dónde venimos, dónde y cómo estamos, y hacia dónde nos dirigimos a nivel individual y colectivo. Una evasión del proceso reflexivo, por otro lado, como efecto directo por economizar el gran desgaste de fuerza vital que cada individuo debe asumir a la hora de poder ser partícipe del modelo de vida imperante. Un alto grado de desgaste de la fuerza vital individual derivado de la desequilibrada relación existente entre el desproporcionado coste material que tiene la vida humana y las precarias rentas de trabajo generalizadas. En resumidas cuentas, el fruto del trabajo que debe liberar al hombre en los modernos Estados de Bienestar Social, contrariamente lo condena a la esclavitud de una productividad insaciable en el seno de un agresivo e inestable mercado de libre competencia. Por lo que al final de la jornada, si al hombre alguna fuerza le queda no es precisamente para ponerse a pensar.

No obstante, si bien la tendencia del hombre contemporáneo es la de evadirse de cualquier tipo de pensamiento reflexivo, el hombre, como ser racional que es, no puede escapar a su naturaleza pensante. Otra cosa es que, en una cultura que acepta la evasión mental como una conducta normalizada, el pensar esté mal visto. Si la actitud activa de pensar, que conlleva un proceso lógico-reflexivo que puede llegar a generar un estado intelectual denominado como pensamiento crítico, se encuentra mal visto, e incluso reprobado socialmente, significa por un lado que nos hallamos ante una sociedad que no admite disidencias de pensamiento (pues ello supone admitir las deficiencias del sistema y la probabilidad de enfrentarlas), así como por otro lado significa que nos hallamos ante una sociedad que ya se encarga de suministrar las líneas de pensamiento oportunas a través de los medios disponibles para la evasión mental (estados de opinión paquetizados en televisión y redes sociales, filosofía existencial reglada mediante ofertas de ocio consumibles, etc). De ahí que nos encontremos en una sociedad que se esfuerza por desterrar y eliminar generacionalmente a los humanistas, que son hombres pensantes, y más especialmente a los filósofos.

La última frontera de libertad de una persona no es otra que sus pensamientos. Por lo que si esterilizamos mentalmente al hombre en su capacidad de pensar fuera de la caja social en la que se desarrolla como persona, ¿qué nos queda?. La respuesta es simple: limitamos la existencia del hombre a una unidad de fuerza de trabajo para intereses de terceros, más inspirado en la naturaleza robótica pero, peligrosamente en el contexto de un mercado altamente competitivo, menos eficaz y eficiente que un robot.

El hombre pensante, en su acto libre y voluntario de pensar, se mira reflexivamente en los espejos que crean su realidad para extraer sus conclusiones a la luz de la razón. Y dependiendo del reflejo cognoscente que percibe extraerá pensamientos positivos o negativos sobre aquello donde focaliza su reflexión. Por lo que frente al juicio incisivo y mayormente malintencionado, por parte de observadores evadidos externos, de que las reflexiones filosóficas de un hombre pensante suelen ser negativas, lo más inteligente no es ensañarse contra el dedo que señala (propio de un sistema represivo), sino cuestionarse sobre la naturaleza y estado de la situación de la realidad señalada. Pero ya se sabe que el que vive evadido, evadido está. Y no hay más ciego que aquel que niega su propia realidad.

Todo y así, el mecanismo de evasión mental del sistema productivo de organización social actual, en su propio funcionamiento de erradicar del sistema tanto a los excedentes de mano de obra como a los hombres pensantes como unidades operativas prescindibles y/o defectuosas, ha generado una brecha de seguridad en el interior del propio sistema. Puesto que ante la imposibilidad de eliminar del sistema, vía erradicación, a las personas de la población activa en estado de desempleo por prescindibles y/o defectuosas, éstas han creado sus propios subecosistemas de ángulo muerto, como invisibles oasis diseminados a lo largo y ancho de un desierto no-pensante, donde la dignidad de las personas desterradas se redime -en el propio interior y a espaldas del sistema- alcanzado la libertad individual a través del pensamiento crítico. Ya que cuando el hombre no puede comer de su trabajo, solo le queda comer de su pensamiento.

El hombre no puede escapar a su naturaleza pensante, tanto si le gusta como si no a un sistema que se esfuerza por obligar a evadirnos de cualquier pensamiento que escape a su lógica. Y ante esta realidad sustancial confrontada, es el hombre a título individual, en última instancia, quien debe decidir si pensar o evadirse.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano