miércoles, 26 de septiembre de 2018

Cuando la Fortuna se presenta, tan importante es poder verla como la valentía de aceptarla


El tiempo se detiene, y con él las partículas que confieren densidad al ambiente quedan suspendidas indeterminadamente en medio de una nada que es el Todo. La joven de veinte años tiene frente a sí un regalo que le ofrece la caprichosa diosa Fortuna: poder adquirir un conocimiento que le capacite para alcanzar su sueño profesional y poder disfrutar de una existencia de mayor calidad de vida personal. Un regalo en forma de pastilla verde, a diferencia del dilema clásico de las píldoras rosada y azul de Neo, que solo tiene dos condiciones: la primera es que debe ser ingerida en el momento en el que se manifiesta frente a ella, en caso contrario la cápsula se descompone y con ella se esfuma la oportunidad de recibir el preciado regalo; mientras que la segunda condición es que a cambio, la Fortuna exige que para no olvidar el alto valor del presente que se ofrece la joven debe depositar en el altar de la divinidad una pequeña moneda a lo largo de todos los días durante un total de 36 meses. La joven veinteañera, a la que no le supone un problema la ofrenda diaria de una pequeña moneda, duda en aceptar el regalo caído del cielo que le asegura un camino de prosperidad en su vida. Y en su recelo hacia las decisiones que reclaman premura, propio de su naturaleza dubitativa y de su carencia de visión de futuro por falta de experiencia vital, rechaza con tanta firmeza como terquedad el regalo. Por lo que la píldora verde desaparece como un sueño frente a ella tan rápido como la esquiva Fortuna sigue su azaroso camino.

El tiempo se detiene, y con él la luz que entra en el habitáculo se congela en su intensidad lumínica sobre todos los objetos colindantes en los que se reflecta. La joven de cuarenta años tiene frente a sí un regalo que le ofrece la caprichosa diosa Fortuna: poder adquirir un conocimiento que le capacite para alcanzar su sueño profesional y poder disfrutar de una existencia de mayor calidad de vida personal. El regalo, en forma de pastilla verde, enciende el fuego interior de la esperanza en la joven por escapar de una vida limitada por demasiadas cargas familiares que le condenan a la penuria. Las ansias por ingerir sin demora la gragea aumentan, con la mirada clavada en la verde cápsula, al ritmo en que se acelera las pulsaciones de su corazón expectante. Pero la diosa Fortuna exige un pago que, aun pequeño por simbólico que sea, se le escapa de sus posibilidades. Y con profundo desasosiego, la joven de cuarenta años -en cuya piel curtida se puede leer el relato de una existencia abrupta-, rehúsa con los ojos cerrados el regalo de una vida mejor para no ver como éste desaparece con la misma celeridad como apareció.

El tiempo, liberado de su pausa casi eterna por la presencia fugaz de la diosa de la Fortuna se apresura por retomar su flujo continuo, haciendo que las partículas del ambiente prosigan en su juego de densidad alrededor de la joven de veinte años, y que la luz reflectante en los objetos del habitáculo de la joven de cuarenta años tomen nuevas tonalidades desde nuevos ángulos iluminados. La vida, sin cambios, continúa tejiendo la historia personal de ambas jóvenes desde la misma puntada de hilo en la que estaba.

Es curioso observar como por inconsciencia o incapacidad, como es el caso de las jóvenes protagonistas de este pequeño relato, en demasiadas ocasiones dejamos escapar una ocasión única en la vida como es que en nuestro breve y caduco camino mortal se nos cruce la diosa de la Fortuna, la cual si por algo se caracteriza es por su presencia tan azarosa como difícil de encontrar, y más si cabe de repetir un posible nuevo encuentro futuro. Pero así es la naturaleza humana. Estoy convencido que la joven veinteañera se irá a dormir esta noche sin ser consciente de la gran oportunidad perdida que la divinidad de la buena suerte le ha ofrecido para cambiar hacia mejor su vida, una experiencia que quizás recuerde con sentimiento retrospectivo de culpa dentro de unos años no muy lejanos. Mientras que la joven de cuarenta años no pegará ojo durante varias noches, con toda probabilidad, pensando en lo que podía haber representado un cambio a mejor en su vida y no será, quizás atrapada por un bajo sentimiento de autoestima que le ha impedido luchar por buscar alternativas que dieran con la solución a tan insignificante pago reclamado por la caprichosa Fortuna. En todo caso, si alguien es indiferente a los estados de ánimo de los mortales, esta es justamente la diosa de la opulencia que con su cornucopia va regalando prosperidad a aquellos que, sin dilación y con firme y valiente determinación, aceptan con agrado su pastilla verde tan pronto como el azar se la ofrece, aunque el regalo conlleve un pequeño pago. Pues pequeño es el pago, por esfuerzo personal que nos represente, de alcanzar una vida a mejor. Aunque para prosperar primero hay que poder ver (ser conscientes de) el camino que nos conduce a la prosperidad. Y aquí la madurez personal es un grado, que en muchos casos se adquiere mediante el coste de la experiencia vital.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano