miércoles, 26 de septiembre de 2018

Cuando la Fortuna se presenta, tan importante es poder verla como la valentía de aceptarla


El tiempo se detiene, y con él las partículas que confieren densidad al ambiente quedan suspendidas indeterminadamente en medio de una nada que es el Todo. La joven de veinte años tiene frente a sí un regalo que le ofrece la caprichosa diosa Fortuna: poder adquirir un conocimiento que le capacite para alcanzar su sueño profesional y poder disfrutar de una existencia de mayor calidad de vida personal. Un regalo en forma de pastilla verde, a diferencia del dilema clásico de las píldoras rosada y azul de Neo, que solo tiene dos condiciones: la primera es que debe ser ingerida en el momento en el que se manifiesta frente a ella, en caso contrario la cápsula se descompone y con ella se esfuma la oportunidad de recibir el preciado regalo; mientras que la segunda condición es que a cambio, la Fortuna exige que para no olvidar el alto valor del presente que se ofrece la joven debe depositar en el altar de la divinidad una pequeña moneda a lo largo de todos los días durante un total de 36 meses. La joven veinteañera, a la que no le supone un problema la ofrenda diaria de una pequeña moneda, duda en aceptar el regalo caído del cielo que le asegura un camino de prosperidad en su vida. Y en su recelo hacia las decisiones que reclaman premura, propio de su naturaleza dubitativa y de su carencia de visión de futuro por falta de experiencia vital, rechaza con tanta firmeza como terquedad el regalo. Por lo que la píldora verde desaparece como un sueño frente a ella tan rápido como la esquiva Fortuna sigue su azaroso camino.

El tiempo se detiene, y con él la luz que entra en el habitáculo se congela en su intensidad lumínica sobre todos los objetos colindantes en los que se reflecta. La joven de cuarenta años tiene frente a sí un regalo que le ofrece la caprichosa diosa Fortuna: poder adquirir un conocimiento que le capacite para alcanzar su sueño profesional y poder disfrutar de una existencia de mayor calidad de vida personal. El regalo, en forma de pastilla verde, enciende el fuego interior de la esperanza en la joven por escapar de una vida limitada por demasiadas cargas familiares que le condenan a la penuria. Las ansias por ingerir sin demora la gragea aumentan, con la mirada clavada en la verde cápsula, al ritmo en que se acelera las pulsaciones de su corazón expectante. Pero la diosa Fortuna exige un pago que, aun pequeño por simbólico que sea, se le escapa de sus posibilidades. Y con profundo desasosiego, la joven de cuarenta años -en cuya piel curtida se puede leer el relato de una existencia abrupta-, rehúsa con los ojos cerrados el regalo de una vida mejor para no ver como éste desaparece con la misma celeridad como apareció.

El tiempo, liberado de su pausa casi eterna por la presencia fugaz de la diosa de la Fortuna se apresura por retomar su flujo continuo, haciendo que las partículas del ambiente prosigan en su juego de densidad alrededor de la joven de veinte años, y que la luz reflectante en los objetos del habitáculo de la joven de cuarenta años tomen nuevas tonalidades desde nuevos ángulos iluminados. La vida, sin cambios, continúa tejiendo la historia personal de ambas jóvenes desde la misma puntada de hilo en la que estaba.

Es curioso observar como por inconsciencia o incapacidad, como es el caso de las jóvenes protagonistas de este pequeño relato, en demasiadas ocasiones dejamos escapar una ocasión única en la vida como es que en nuestro breve y caduco camino mortal se nos cruce la diosa de la Fortuna, la cual si por algo se caracteriza es por su presencia tan azarosa como difícil de encontrar, y más si cabe de repetir un posible nuevo encuentro futuro. Pero así es la naturaleza humana. Estoy convencido que la joven veinteañera se irá a dormir esta noche sin ser consciente de la gran oportunidad perdida que la divinidad de la buena suerte le ha ofrecido para cambiar hacia mejor su vida, una experiencia que quizás recuerde con sentimiento retrospectivo de culpa dentro de unos años no muy lejanos. Mientras que la joven de cuarenta años no pegará ojo durante varias noches, con toda probabilidad, pensando en lo que podía haber representado un cambio a mejor en su vida y no será, quizás atrapada por un bajo sentimiento de autoestima que le ha impedido luchar por buscar alternativas que dieran con la solución a tan insignificante pago reclamado por la caprichosa Fortuna. En todo caso, si alguien es indiferente a los estados de ánimo de los mortales, esta es justamente la diosa de la opulencia que con su cornucopia va regalando prosperidad a aquellos que, sin dilación y con firme y valiente determinación, aceptan con agrado su pastilla verde tan pronto como el azar se la ofrece, aunque el regalo conlleve un pequeño pago. Pues pequeño es el pago, por esfuerzo personal que nos represente, de alcanzar una vida a mejor. Aunque para prosperar primero hay que poder ver (ser conscientes de) el camino que nos conduce a la prosperidad. Y aquí la madurez personal es un grado, que en muchos casos se adquiere mediante el coste de la experiencia vital.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 24 de septiembre de 2018

Soy un Arjeano, ¿y tú?

Imagen de Geralt.

En este mundo existen dos tipos de seres humanos, los Arjeanos y todos los demás, que se clasifican en diversas categorías más o menos de cognoscibilidad superficial. Debo confesar que desde que tengo uso de consciencia me considero un Arjeano, quizás porque en la huella energético-genética que hila la humanidad a lo largo del Tiempo me conecto en descendencia directa con la familia de nuestros ancestros los presocrátricos. Un Arjeano, para aquellos que aún no lo hayan relacionado, es una persona que busca el arjé o arkhé, del griego antiguo “principio” u “origen”. El arjé es el primer elemento de todas las cosas, por lo que un Arjeano es una persona que, por naturaleza, busca de manera innata y casi convulsivamente la esencia de todo aquello que conforma la existencia para dar sentido y lógica a su realidad, de manera equiparable a aquellas otras personas que viven con el filtro en sus vidas de contar numéricamente todo a su paso, u ordenar de manera lógica (por colores, tamaños, funcionalidad, etc) el desorden aparente o el caos manifiesto, por poner algunos ejemplos.

Si tuviéramos que describir las características de un Arjeano, podríamos destacar que:

-Necesita buscar la esencia última de las cosas, ya sean objetos, sujetos, circunstancias, ideas o conceptos, para entender desde la lógica su propia experiencia vital.

-Observan el mundo a través de la mirada de la conexión de las esencias (invisibles a primera vista) de lo observable por perceptibles.

-Les gusta de relacionar la diversidad de esencias, como primeros elementos de todas las cosas, con el Todo para tener una visión holística de la realidad tanto existente como posible en su potencialidad.

-Dan sentido a sus vidas, en medio de las sombras del mundo, a través de la luz del logos (palabra razonada).

-En su búsqueda natural, por innato, de la esencia de las partes y del Todo en su mismidad, son personas espirituales; estableciendo puentes entre el mundo material de las formas y el mundo indeterminado de las ideas.

-Viven desde la firme convicción de que el ser humano no puede renegar de su naturaleza pensante (sobre la esencia última de las cosas), ya que ello equivale a renegar de su propia transcendencia humana. Pues si algo caracteriza un Arjeano es, justamente, su trascendencia como ser pensante.

En una sociedad construida y vivida sobre la patina de la superficialidad de las cosas, el Arjeano puede parecer un rara avis que aparece y desaparece de la superficie visible en su necesidad de sumergirse en el mundo de los pensamientos al encuentro de la esencia de todo aquello que sustenta nuestra realidad. Y en dichas inmersiones es capaz de ver, y consiguientemente entender, las relaciones invisibles que causan y dan consistencia al mundo que se hace cognoscible a la simple vista de todos. Como el que es capaz de ver la relevante parte del iceberg sumergido bajo el agua, en su estructura y composición, y asimismo su relación singular con su hábitat natural y en relación a otros icebergs que conforman un sistema propio, que a su vez se encuentra en codependencia interrelacionada con otros sistemas de diferente naturaleza. Es entonces que el Arjeano, al regresar a la superficie de las cosas visibles, vuelve con una mirada y concepción de la realidad cambiada, lo que provoca que la comunicación con los no-arjeanos sea dificultosa por incomprensión, pues socialmente el arjé de las cosas y su universo relacional se considera -en un mundo de ciegos, donde el tuerto es el rey- de nula utilidad práctica y aún de menor interés social. En el mundo de la superficie, el ser humano vive su mundana existencia sobre una cinta corredera movida por impulsos de efectos continuos a espaldas de las causas que lo provocan, en agónica lucha continua contra las sombras proyectadas sobre una pared más que en buscar, para su inteligente gestión, el foco de origen que provoca dichas sombras.

Sí, soy un Arjeano, y no solo no me interesa lo superficial como hábito de conducta vital, sino que incluso su alardeo me produce un profundo rechazo (y más cuando se trata de exhibiciones de pavoneo manifiestas), aunque he aprendido a vivir socialmente con ello. Ser un Arjeano no equivale a ser un insociable. Es tan fácil como desconectar, en un momento dado, del entorno en el que te encuentras mediante un sencillo ejercicio de inmersión en uno mismo en búsqueda de un mar de pensamientos más interesantes, pudiendo estar en un lugar sin estar en él. No obstante y por otro lado, un Arjeano, aunque por naturaleza busca de manera innata la trascendencia de la existencia hasta en las cosas más simples y pequeñas de la cotidianidad, no es más que un filósofo efímero, pues efímero es el ovillo de causas y efectos de la vida del hombre en un universo que per se es impermanente. Pues si bien las esencias de las cosas son inmutables por trascendentes (arquetipos), no lo son así su sistema de relaciones que por ser espacio-temporales son impetuosamente relativos. Y es justamente este contexto relativista de las coordenadas espacio-temporales de la existencia del hombre lo que no solo es capaz de ver un Arjeano, sino a su vez de relacionarlas con la inmutabilidad de sus esencias emanadas. Pues un Arjeano es de naturaleza un conector entre la dimensión impermanente y la dimensión substancial de la realidad de las cosas, mediante el relato de sus reflexiones efímeras por humanas, profundamente humanas. Y expuesta esta reflexión, ¿eres tú un Arjeano?.



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domingo, 23 de septiembre de 2018

¿Pensar o evadirse (no-pensar)?

Foto de Anthony Samaniego

Responder a la pregunta sobre pensar o evadirse es equiparable a la pregunta que se hizo Sartre sobre actuar o no-actuar, a cuya conclusión el filósofo francés del existencialismo dedujo que ambas posturas eran imperfectas en sí mismas. Imperfectas, sin duda, por las limitaciones cognitivas propias que condicionan la naturaleza humana, pero ¿correctas?, ese es el quid de la cuestión. Pues tanto actuar como no-actuar, o pensar como no-pensar, y por tanto evadirse (del pensamiento), deben observarse siempre dentro del contexto de referencia para poder enjuiciar el valor positivo o negativo de la conducta tomada.

A nadie se le escapa, por simple observación del entorno más inmediato, que la tendencia actual en un modelo de vida acelerado -por no decir estresado- por producir los recursos necesarios para subsistir en el día a día es la de evadirse, lo que significa evitar cualquier reflexión sobre de dónde venimos, dónde y cómo estamos, y hacia dónde nos dirigimos a nivel individual y colectivo. Una evasión del proceso reflexivo, por otro lado, como efecto directo por economizar el gran desgaste de fuerza vital que cada individuo debe asumir a la hora de poder ser partícipe del modelo de vida imperante. Un alto grado de desgaste de la fuerza vital individual derivado de la desequilibrada relación existente entre el desproporcionado coste material que tiene la vida humana y las precarias rentas de trabajo generalizadas. En resumidas cuentas, el fruto del trabajo que debe liberar al hombre en los modernos Estados de Bienestar Social, contrariamente lo condena a la esclavitud de una productividad insaciable en el seno de un agresivo e inestable mercado de libre competencia. Por lo que al final de la jornada, si al hombre alguna fuerza le queda no es precisamente para ponerse a pensar.

No obstante, si bien la tendencia del hombre contemporáneo es la de evadirse de cualquier tipo de pensamiento reflexivo, el hombre, como ser racional que es, no puede escapar a su naturaleza pensante. Otra cosa es que, en una cultura que acepta la evasión mental como una conducta normalizada, el pensar esté mal visto. Si la actitud activa de pensar, que conlleva un proceso lógico-reflexivo que puede llegar a generar un estado intelectual denominado como pensamiento crítico, se encuentra mal visto, e incluso reprobado socialmente, significa por un lado que nos hallamos ante una sociedad que no admite disidencias de pensamiento (pues ello supone admitir las deficiencias del sistema y la probabilidad de enfrentarlas), así como por otro lado significa que nos hallamos ante una sociedad que ya se encarga de suministrar las líneas de pensamiento oportunas a través de los medios disponibles para la evasión mental (estados de opinión paquetizados en televisión y redes sociales, filosofía existencial reglada mediante ofertas de ocio consumibles, etc). De ahí que nos encontremos en una sociedad que se esfuerza por desterrar y eliminar generacionalmente a los humanistas, que son hombres pensantes, y más especialmente a los filósofos.

La última frontera de libertad de una persona no es otra que sus pensamientos. Por lo que si esterilizamos mentalmente al hombre en su capacidad de pensar fuera de la caja social en la que se desarrolla como persona, ¿qué nos queda?. La respuesta es simple: limitamos la existencia del hombre a una unidad de fuerza de trabajo para intereses de terceros, más inspirado en la naturaleza robótica pero, peligrosamente en el contexto de un mercado altamente competitivo, menos eficaz y eficiente que un robot.

El hombre pensante, en su acto libre y voluntario de pensar, se mira reflexivamente en los espejos que crean su realidad para extraer sus conclusiones a la luz de la razón. Y dependiendo del reflejo cognoscente que percibe extraerá pensamientos positivos o negativos sobre aquello donde focaliza su reflexión. Por lo que frente al juicio incisivo y mayormente malintencionado, por parte de observadores evadidos externos, de que las reflexiones filosóficas de un hombre pensante suelen ser negativas, lo más inteligente no es ensañarse contra el dedo que señala (propio de un sistema represivo), sino cuestionarse sobre la naturaleza y estado de la situación de la realidad señalada. Pero ya se sabe que el que vive evadido, evadido está. Y no hay más ciego que aquel que niega su propia realidad.

Todo y así, el mecanismo de evasión mental del sistema productivo de organización social actual, en su propio funcionamiento de erradicar del sistema tanto a los excedentes de mano de obra como a los hombres pensantes como unidades operativas prescindibles y/o defectuosas, ha generado una brecha de seguridad en el interior del propio sistema. Puesto que ante la imposibilidad de eliminar del sistema, vía erradicación, a las personas de la población activa en estado de desempleo por prescindibles y/o defectuosas, éstas han creado sus propios subecosistemas de ángulo muerto, como invisibles oasis diseminados a lo largo y ancho de un desierto no-pensante, donde la dignidad de las personas desterradas se redime -en el propio interior y a espaldas del sistema- alcanzado la libertad individual a través del pensamiento crítico. Ya que cuando el hombre no puede comer de su trabajo, solo le queda comer de su pensamiento.

El hombre no puede escapar a su naturaleza pensante, tanto si le gusta como si no a un sistema que se esfuerza por obligar a evadirnos de cualquier pensamiento que escape a su lógica. Y ante esta realidad sustancial confrontada, es el hombre a título individual, en última instancia, quien debe decidir si pensar o evadirse.



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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Vivimos un tiempo en continua transitoriedad


Esta mañana, dentro de la hora matutina de paseo para desoxidar un poco el cuerpo, me he encontrado con un libro de música sumergido en uno de los dos estanques que dan entrada a los jardines del Palacio Real de Pedralbes en Barcelona. El libro, cuya portada muestra la ilustración de un metrónomo, parece que mantenga en transición perenne el tiempo musical, un efecto ilusorio reforzado, si cabe aun más, por el hecho de encontrarse suspendido dentro del agua. Una imagen que me ha evocado la idea de la transitoriedad de la vida, y más particularmente la idea de una vida en continua transición casi perpetua, al igual que le sucede al metrónomo congelado en el tiempo impreso sobre la portada del libro que se ve incapacitado por completar su pulsación rítmica.

Si bien es cierto que la existencia universal en su mismidad es transitoria, por impermanente -un principio ampliamente asumido con mayor o menor conocimiento por parte de todos-, ello no invalida la certidumbre, por otra parte, de que las personas esperamos disfrutar de una existencia vital lo más estable posible a escala humana. El problema se presenta cuando la búsqueda de dicha estabilidad, por parte de un individuo dentro de una sociedad, se convierte en un proceso de impermanencia normalizada a lo largo de un interminable periodo de tiempo. Pues si algo es permanente en este tiempo que nos ha tocado vivir es, justamente, la impermanencia; entendiendo ésta como la transitoriedad por la que transita la naturaleza de un sujeto, objeto o circunstancia en su cambio de un estado inicial de partida hacia otro estado final de destino potencial.

Sí, vivimos en un continuo y renovado estado de transición. Tanto es así que vivimos en la permanente transición de una crisis financiera global que no acaba, y que parece volver a entrar en un nuevo ciclo de recaída a dos años vista, hacia la anhelada recuperación económica doméstica. Vivimos en la permanente transición de la construcción de una Unión real Europea que, ahora más que nunca, intenta redefinirse para no desmembrarse. Vivimos en la permanente y cansina transición hacia una renovada clase política, viciada en valores inmorales, que lucha sonrisa estética en boca por no ser renovada. Vivimos en la permanente transición de la agotadora búsqueda de trabajos dignos, por parte de valiosos talentos de una población activa desempleada, que solo encuentra sueldos precarios y un alto nivel de temporalidad laboral en el mejor de los casos. Vivimos en la permanente transición, ya no de la consecución, sino de la recuperación de los derechos sociales en un menguado Estado de Bienestar desatendido, por no decir ignorado. Vivimos en la permanente transición de adquirir una vivienda, como pilar fundamental para el desarrollo natural de cualquier proyecto familiar, en un mercado inmobiliario en progresivo auge especulativo que sin limitación alguna registra precios de acceso prohibitivos. Vivimos en la permanente transición hacia una cultura productiva basada en la emprendedoría que impone corsés de crecimiento al mismo emprendedor. Vivimos en la permanente transición hacia un mercado innovador en un contexto de investigadores penalizados en recursos. Vivimos en la permanente transición de la sociedad del conocimiento generando socialmente un número cada vez mayor de pobres ilustrados. Vivimos en la permanente transición hacia una economía productiva musculada desde el socavamiento de una profunda brecha de desigualdad y desequilibrio social. Vivimos en la permanente transición de alargar la vida de las personas en una sociedad que contrariamente desecha a los profesionales experimentados por superar la barrera de los 40 años de edad y que, bajo la bandera del egoísmo individual, se desentiende de sus ancianos. Vivimos en la permanente transición de crear una identidad española como país, en un país que no tiene normalizado ni el sentimiento común y generalizado hacia su propia bandera. Vivimos en la permanente transición de construir un sistema de organización social basado en la Democracia, contraviniendo por activa y pasiva los propios principios rectores de un estado democrático. Vivimos en la permanente transición hacia la protección del medio ambiente en un mundo que sistemática y obstinadamente continua maltratando hasta la saciedad el propio planeta. Vivimos en la permanente transición hacia una sociedad cada vez más humana, desterrando socialmente a los humanistas. Vivimos en la permanente transición de una interminable transitoriedad, como el metrónomo sumergido en el estanque que no acaba por marcar ritmo alguno.

Y en esa vida en transición, todo el mundo se encuentra en modo de espera. Y quien espera, si la espera se hace interminable, ya se sabe que desespera. La desesperanza, como bien indica su palabra, es la carencia de esperanza. Un estado de la situación socialmente generalizado imperdonable para aquellos que, con los recursos a costa de todos, viven sobradamente bien como responsables últimos del bien común. Pero aun en la desesperanza, el hombre anónimo de a pie, en su grandeza, aguanta contra viento y marea. En un tiempo en continua transición, el hombre contemporáneo aguanta estoicamente. Pues más allá de la esperanza se encuentra el instinto de supervivencia, que es aquella fuerza interna ancestral motivada por salvaguardar la vida propia y de los seres queridos. Como el libro sumergido bajo el agua, que igual ya ha perdido toda esperanza de completar el tránsito de su metrónomo para realizarse en su fin: marcar el pulso rítmico de la música, pero que aun y así aguanta todo lo aguantable por sobrevivir en su integridad a la erosión que le produce el ambiente acuoso. Quién sabe si mañana, bajo los rayos de un nuevo sol, el destino le regala el fin de la transitoriedad tan deseada. Mientras tanto, en su singular existencia de transición, el libro -a imagen y semejanza del hombre actual- aguanta. […] El hombre, es su interminable transición, está aguantando.



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sábado, 15 de septiembre de 2018

Bloqueado, el síndrome de la rueda de hamster


Cuando se piensa en búsqueda de caminos alternativos, y aun dislumbrándolos no se perciben como posibles por falta de puentes que nos permitan acceder a ellos, es como acelerar las revoluciones de un motor sin que genere movimiento. Es pensar sin poder pensar. Pues el pensamiento discurre infinitamente hasta el agotamiento por el espacio finito en si mismo de la rueda del hamster, siendo la mente el pequeño roedor que corre por escapar y la estructura de pensamiento la rueda viciosa que cierra una y otra vez el recorrido del circuito neuronal. Es entonces cuando nos sentimos bloqueados mentalmente. Un bloqueo que en su esfuerzo por encontrar una salida va consumiendo progresivamente el aire que respiramos, convirtiendo en asfixiante el espacio vital, lo que provoca una reacción involuntaria del organismo en forma de ansiedad, que no es más que la angustia que se mira en el espejo de la impotencia. Llegados a este punto solo queda reaprender a respirar, aunque sea a través de aspirar grandes bocanadas de aire, como un náufrago que lucha por no ahogarse. Inspirar y expirar.Y dejar de pensar para, desde la abrupta respiración consciente, solo ser.

El sentimiento de bloqueo mental no solo pone en duda la capacidad del libre albedrío, sino la idea misma de libertad individual. ¿A caso no somos libres para tomar las acciones necesarias que nos permitan escapar de la rueda de hamster personal? A todas luces, no. Pues somos nosotros mismos quienes saboteamos nuestra posible fuga hacia un nuevo horizonte condicionados por deudas familiares, sociales o profesionales autocontraidas con nuestro entorno más inmediato. Inhibidores de libertad personal integrados en el adn de nuestras estructuras de pensamiento, como férreas cadenas que mantienen preso al reo en su celda.

Pensar dentro de la rueda del hamster, un día tras otro, sin poder pensar, hasta caer abatidos por el agotamiento. Solo queda dejar de pensar, respirar, y solo ser. Lo contrario solo aboca a la locura o ver arrastrado al frágil espíritu humano a los confines emocionales de lo sombrío. Toda una prueba de fuego para la fortaleza mental de las personas. ¿Es que no hay salida posible al bloqueo mental sin romper las limitaciones de libertad personal que nos hemos autoimpuesto por responsabilidad del deber asumido frente a terceros?. La respuesta es que sí, sí que hay salida, pero solo hay una: romper la estructura de pensamiento, que es lo mismo que liberar al hamster de su rueda. Pero para romper la estructura personal de pensamiento no solo se debe ejercitar el estado de abrir la mente, sino que se requiere de la fuerza interior suficiente para reinventarnos en el mundo.

Abrir la mente conlleva valorar opciones que o bien no se contemplaban con anterioridad, o bien se desestimaban de antemano por la rigidez mental respecto a la idea de identidad que tenemos de nosotros mismos en relación al lugar que creemos que debemos ocupar en el mundo. Pero la dificultad no se haya en pensarnos de manera diferente a como nos pensábamos hasta el momento, sino en asumirlo emocionalmente. Pues abrir la mente sin alinearlo con el sentimiento de aceptación de nuestro potencial nuevo yo, no genera ningún cambio de estructura de pensamiento que nos permita reinventarnos. Una cosa es pensarlo, y otra muy diferente es sentirlo para poder llevar a la acción el pensamiento de cambio.

Pero si bien es cierto que el factor emocional es clave para la motivación personal que genera el movimiento en el mundo material -o de las formas como diría Platón-, dicho movimiento requiere de la fuerza interior suficiente para romper el bloqueo que podamos sufrir en cualquier dimensión de nuestras vidas cotidianas. Pues como reza el refranero, del dicho al hecho hay un gran trecho. El reto, en este punto, resulta especialmente significativo para aquellas personas que sienten el alma cansada, fruto de innumerables batallas existenciales a sus espaldas propio de la edad. Es entonces cuando la fuerza interior puede flaquear, o incluso aparecer y desaparecer intermitentemente, lo que dificulta la posibilidad de romper el bloqueo mental y, por extensión, dar salida a una vida estancada. Frente a la imposibilidad de entrar en batalla, solo queda dejar de pensar, respirar, y volver a ser en una redefinición tanto de la identidad de uno mismo, como de una actualización del sentido que se otorga a la vida. Mientras que frente a la posibilidad de entrar en batalla, solo cabe la determinación y el coraje de luchar sin tregua por alcanzar nuevos horizontes o, en su defecto, hasta que las fuerzas nos abandonen. Que no te puedas a llegar a decir, al final de tus días, que no hiciste lo imposible por escapar de la rueda del hamster. Libertas capitur (la libertad se conquista).



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¿Trabajo o bombas? ¿Pan o moral?: Un dilema ético de rabiosa actualidad


Hace escasos días la opinión pública española se expuso a un doble juicio moral en el que debía decantarse o bien por mantener los puestos de trabajo para los próximos cinco años de un millar de familias trabajadoras del sector naviero militar del país, o bien por entregar un paquete de 400 bombas -llamadas desde el buenismo “de precisión”- destinadas a su inexorable uso inmediato contra una población étnica minoritaria en estado de continua represión bélica por parte de un relevante socio comercial extranjero. El dilema, sin entrar en detalles de las circunstancias del relato, se circunscribía al hecho de que no existía posibilidad alguna de elección por separado puesto que ambas opciones eran codependientes la una de la otra, como dos caras de una misma moneda. La resolución final del Gobierno de España, como todos sabemos, fue la de entregar las bombas -aun a sabiendas de su finalidad- para poder salvaguardar los puestos de trabajo de sus conciudadanos. Ante la dicotomía social del ¿trabajo o bombas?, la sociedad española optó por el trabajo, y al hacerlo asimismo asumió la complicidad del fin último de las bombas. Frente a la cuestión de Estado de ¿pan o moral?, la balanza se decantó por el pan en detrimento de la moral (al menos en una primera lectura superficial).

Si bien este caso, para regocijo intelectual de Kant en su Crítica de la Razón Práctica, ha sido un claro ejercicio práctico de conflicto moral al que la sociedad española del año 2018 -siempre es importante no perder la referencia del marco contextual socioeconómico- se ha visto sometida a reflexión, la pregunta que debemos hacernos es si la decisión tomada, por ineludible resolución, ha sido moral o inmoral con independencia de su evidente pragmatismo. La respuesta debemos buscarla en el escrutinio de la propia pregunta de origen: ¿pan o moral?.

Si aceptamos la pregunta objeto de análisis stricto sensu, damos por hecho que la actitud moral es aquella que opta por no entregar las bombas aun a costa de perder los puestos de trabajo, por lo que la resolución final tomada resulta como inmoral. He aquí un camino sin salida. Pero si nos planteamos sobre la correcta formulación de la pregunta, sustituyendo la conjunción “o” por “y”, se nos abre todo un ámbito de desarrollo ético. Pues ante la pregunta reformulada ¿pan y moral?, la salvaguarda de los puestos de trabajo es tanto moral per se, así como inmoral alium (por otros). En este sentido, la defensa y promoción del trabajo, como elemento esencial para el desarrollo digno de las personas, es un valor moral en sí mismo indiscutible. No obstante dicha moral puede transmutarse en un valor inmoral para otros según la finalidad última del trabajo, dimensión en la que no vamos a entrar, o según la escala de referencia de valores morales a la que se contraponga. Por ejemplo, si enfrentamos los valores morales de la Justicia y la Libertad, ¿la Justicia puede convertirse en inmoral si ataca la Libertad como moral, o viceversa?. ¿Y si la Justicia se contrapone a la Vida como valor moral?. De lo que se deduce, como bien supo distinguir el filósofo alemán hace ya tres siglos, que una cosa es la razón pura de los valores morales (teoría), y otra bien distinta, la razón práctica de dichos valores morales (realismo). Así como que en el mundo de los valores morales existe una jerarquía, la cual depende de la capacidad mental preclara del hombre de su tiempo, puesto que la moral, más allá de los arquetipos platónicos a los que aspira el ser humano como especie, no deja de ser un conjunto de usos y costumbres aceptados socialmente a la luz de la razón y reglada por las correspondientes legislaciones multiculturales. Pues el hombre, naturaleza trascendente a parte, es un producto cultural desde el momento incluso anterior a su propio nacimiento. Otra cosa es su potencial en poder transgredir su determinismo cultural en aras de la evolución humana, que no vamos a desarrollar en esta breve reflexión.

Llegados a este punto, queda evidenciado el posible conflicto entre valores morales, así como de escalas de jerarquización de las mismas, cuando confrontamos parámetros culturales diferentes, como pueda ser el caso de occidente versus oriente. Pues en definitiva, la cultura no es más que la particular visión cosmológica de la vida sobre la que se sustenta la identidad y la lógica relacional de una sociedad en concreto. Por lo que frente a la pregunta originaria de ¿pan o moral? que tanto conflicto ético nos ha traído en las últimas semanas, lo más inteligente es trabajar, desde nuestra visión humanista del mundo, para evitar la confrontación de valores morales en un mercado tan multicultural como global mediante la búsqueda de alternativas económicas y, por extensión, laborales. Un tránsito de economía productiva y de modelo de vida que sin lugar a dudas requiere de su tiempo. Pues es justamente con tiempo, y mediante el trabajo indelegable de los hombres, que se construye la Moral a la que como sociedad humanista debemos aspirar. Siendo conscientes, asimismo, que toda moral debe poder ejecutarse con pragmatismo en la realidad de un mundo tan rico en belleza como en peligrosidad.


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martes, 4 de septiembre de 2018

Oda a la vida vivida desde la música


¿Qué magia tiene la música que es capaz de hechizarnos? Entrar en conexión con la música es sumergirnos en el interior de una burbuja insonorizada en el que la vida, en una dimensión atemporal, toma un nuevo sentido a espaldas de la realidad. Donde todo es posible y los sueños más íntimos, sin saber que estaban encarcelados, son liberados. El mundo desaparece, el mundo ha desaparecido. Y en su lugar solo queda la esencia de uno mismo transfigurado en un lenguaje sonoro de armonías, melodías y ritmos. ¿A caso nuestra substancia, como seres que formamos parte del cosmos, es la música?. Si es así, entonces nuestra forma es de matemáticas, donde tiene cabida la geometría, la física y la química que describen la lógica de nuestra manifestación orgánica corporal.

Pero, ¿qué fue primero, la música o las matemáticas?. Aunque en nuestra realidad la música se construya a partir de las matemáticas, para regocijo de Pitágoras donde los cd's son la máxima expresión de su filosofía, y asimismo para la física cúantica la respuesta sean ambas opciones a la vez (como respuesta a la paradoja del huevo y la gallina, por el principio del orden causal indefinido), es la música la que no solo transforma el mundo de las formas, sino que nos permite acceder a un conocimiento metafísico -como bien decía Schopenhauer-, pues su fuente de creación se inspira más allá del umbral de los números y su relación aritmética. Nadie piensa en matemáticas cuando genera música, aunque la manifieste matemáticamente a posteriori como paso de tránsito necesario entre el mundo de las ideas musicales al mundo de la forma musical, para disfrute de todos.

Entrar en conexión con la música es sumergirnos en una burbuja, en cuyo interior se produce un estado de trance, donde lo abstracto se hace cognoscible diluyendo la mirilla cartesiana de la realidad conocida. Una burbuja catártica que surge, nos envuelve y absorbe desde nuestros sentidos, permitiendo que la música reajuste el ritmo de vibración de nuestras propias células, transformando -aunque sea temporalmente- la estructura de nuestra efímera biología humana. Y en esa metamorfosis fisiológica nos permite reconectar con la fuente de energía del universo: la vida misma. Una experiencia adictiva por transcendente tan embriagadora como deslumbrante, donde la racionalidad queda relegada a un espacio estanco y desconexo por innecesaria, pues el arjé de la vida solo se percibe a través del desbloqueo de las emociones. Sí, la música nos conecta con la esencia de la vida misma. Es por ello que hay personas que viven la vida, y el sentido de la misma, a través de la música las 24 horas del día (en un claro escape de una realidad ficticia). Y entre ellos, y con más fuerza si cabe, los adolescentes cuya chispa vital orgánica se alinea con la arrolladora fuerza creadora de la existencia manifestada en la cotidianidad del mundanal ruido.

La observación de la manifestación formal de la música, así como su intelectualización, nos alejan tanto de su fuente de origen, como de su experiencia mística y de acceso al conocimiento metafísico, en un mundo profundamente mental y, por extensión, racional. Y es justamente desde la racionalidad que no hay posibilidad de generar el flujo mágico de la burbuja atemporal, como acto creativo de combustión espontánea, que nos conecte con la música; pues para ello debemos abandonar nuestro espíritu a la dimensión de las emociones, y todo abandono es antagónico al control propio de la naturaleza del raciocinio. He aquí la causa de la desconexión progresiva de los hombres, a medida que con la edad se productivizan, con la música como substancia de la vida en un mundo ontológicamente racional.

¿Que cuál es la magia de la música que es capaz de hechizarnos?. Sencillo: la magia de la propia vida. Pues la vida es música, y la música (aunque ya no podamos percibirla), vida es. Una fuerza ancestral anterior al génesis del propio cosmos. Y la música se hizo carne, y la carne que creó el verbo percibió la poesía matemática de la creación.



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lunes, 3 de septiembre de 2018

El homo selfies, el alter ego virtual


La actual sociedad tecnológica de las redes sociales ha creado una nueva variedad de ser humano, el homo selfies, el cual experimenta la vida como un decorado permanente para sus autorretratos, donde no solo es importante el ángulo, la exposición de luz o el entorno encabido en el encuadre fotográfico, sino sobre todo la pose facial y corporal, más conocida como “postureo”. Un homo selfies como resultado del fenómeno social del culto a la imagen -en una sociedad enajenada en cánones estéticos de moda consumible-, hasta tal punto que se valora más a una persona por la imagen que expone virtualmente en las redes sociales, que por su vida real propia, la cual en la mayoría de los casos es diametralmente opuesta. Por lo que el homo selfies vive su existencia, prácticamente las 24 horas del día, desde la ficción de su segunda vida narrada virtualmente en una secuencia de fotogramas digitales.

De la naturaleza brevemente expuesta del homo selfies podemos destacar varios rasgos relevantes:

1.-El rasgo característico del “postureo”, junto a la exaltación de la imagen como eje vertebrador del sentido de la vida misma, denota una personalidad superficial que valora al mundo por lo que se tiene, y no por lo que se es, en una clara actitud arraigada al consumismo (que por esencia es egoísta).

2.-La característica de vivir desde una segunda vida virtual proyectada en las redes sociales, vivir desde un alter ego, potencia que el homo selfies se reafirme en la fantasía de la vida imaginaria que quiere vivir con el objetivo de percibirla como más real, frente a una realidad sustancial y de facto que no le gusta o no acepta. Un rasgo característico que se agudiza en los adolescentes como personas en plena fase de desarrollo y búsqueda de una identidad individual propia.

3.-La necesidad del culto a la imagen personal expuesta socialmente a través de la experiencia de un alter ego virtual viene inducido por un modelo de felicidad impuesto por el entorno, en el que la felicidad personal se equipara al éxito social, y éste se fundamenta asimismo en el cumplimiento de los cánones de consumo hedonistas marcados por referentes de moda (influencers). La felicidad deja de ser un estado de conciencia individual, como proceso de crecimiento interior y personal, para convertirse en un estado de exposición pública de la imagen individual, como necesidad exterior de agrado y aceptación social. Una necesidad de aparentar ser feliz y exitoso, en una vida real vacía de contenido (en la mayoría de los casos), que vivida desde una segunda vida virtual proyectada en las redes sociales provoca una obsesiva adicción a la conexión con los dispositivos móviles tecnológicos, pues fuera de ellos no se puede “sentir” la felicidad.

4.-Las relaciones entre homo selfies a través de sus alter egos como hábito normalizado socialmente, en un mundo tan virtual como ficticio, obviamente afecta de manera directa a las relaciones interpersonales de éstos en la vida real. El homo selfies, desprovisto de su alter ego y enfrentado a la realidad, tan solo puede mostrarse -por falta de un desarrollo adecuado y naturalizado como ser humano- tal y como es: una persona superficial (pues su relación con el mundo se basa en el continente y no en el contenido), egoísta (ya que busca la felicidad a través de la exaltación de un ego individualista), con carencias emocionales (puesto que reafirma su autoestima mediante el barómetro de aceptación de los demás: los “likes”), y exenta de una actitud hacia el compromiso (pues su concepto de éxito personal, y por extensión social, se fundamenta en la cultura hedonista de la obtención inmediata del placer a través del consumismo, que por ser efímera por naturaleza siempre requiere de una continua actualización de experiencias novedosas). Un perfil psicológico que hace del homo selfies una persona disfuncional mental y emocionalmente en la vida real. Unos rasgos generales de personalidad que, cabe remarcar, se muestran con diferente grado de intensidad en cada persona a título individual, según determinismos culturales-ambientales, de edad, desarrollo de madurez, etc.

Si bien el ser humano se manifiesta como polifacético, en tanto en cuanto su actitud viene determinada tanto por el conocimiento subjetivo percibido y por tanto aprehendido en un contexto ambiental concreto, como por la voluntad formal de relacionarse con el mismo, dentro de la lógica de la singularidad de la circunstancia experimentada en primera persona -lo que explica los rasgos característicos del alter ego en las nuevas generaciones de homo selfies-, la sustanciabilidad de la naturaleza humana del hombre se basa en valores arquetípicos objetivamente sólidos, atemporales y apriorísticos frente a cualquier moda pasajera a lo largo de la historia de la humanidad. Por lo que son estos valores universales humanistas del mundo real los que deben hacer contrapeso a los valores volátiles y temporales del homo selfies que lo aleja de su verdadera naturaleza humana, mediante una adecuada educación en desarrollo moral que permita al homo selfies alcanzar un lúcido razonamiento ético, mediante el uso del pensamiento crítico, en su relación cotidiana con la vida real. Ya que por el bien del conjunto de la humanidad, más nos vale transmutar una sociedad de homo selfies en una sociedad de homo humanistas (y por tanto éticamente racionales) que hacen selfies.

Enséñame que selfies estás compartiendo, y te diré qué sociedad estás construyendo. Que los likes no sean moneda de cambio, en un mundo altamente mecartilista, en detrimento de la dignidad de los valores universales del ser humano.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

Vivimos en una sociedad en la que valemos más por ser clientes/consumidores, antes que ciudadanos y personas


Tanto tienes para consumir, tanto vales. Una premisa sobre la que se cimienta la totalidad de la estructura de la sociedad en la que vivimos, organizada por la lógica de un sistema de desarrollo económico que denominamos capitalismo, el cual se fundamenta -por si lo hemos olvidado- en la privatización de los instrumentos de producción (tierra, fábricas, materias primas, recursos naturales, etc) para interés y beneficio privado (que porcentualmente son unos pocos). Pero para que el capitalismo sea, ya no solo sostenible, sino rentable (para aquellos que controlan los instrumentos y recursos de producción), debe contar con plena libertad de gestión para su desarrollo. Es por ello que el modelo económico del capitalismo necesita de la implantación social de un sistema comercial (de Mercado) de libre competencia, que no es más que un eufemismo para decir que ostenta la capacidad de libre movimiento. Es decir, el capitalismo, como idea de teoría económica, necesita de sociedades liberales.

Pero ¿liberales en qué?, pues justamente en el tipo de relaciones comerciales entre los propietarios de los instrumentos de producción (a quienes les mueven intereses personales de beneficio económico) y el resto de personas como consumidoras de sus productos y servicios. Una relación que, para el imaginario capitalista, sería perfecta en un contexto carente de limitaciones. Y no existe más limitador para el desarrollo del modelo económico capitalista que los propios Estados como garantes del bienestar común. ¿La solución?, nada más sencillo que limitar la intervención del Estado en asuntos jurídicos y económicos para que sus políticas no sean contrarias a los intereses del Mercado. Que es precisamente la situación en la que nos encontramos, habiendo pasado de vivir en sociedades liberales a las actuales sociedades neoliberales en menos de un siglo.

Sí, nuestra sociedad es neoliberal. Lo que significa que el egoísmo del beneficio propio se impone al bien colectivo, la máxima del individualismo. En este contexto, donde los Estados de Bienestar Social y democráticos de Derecho están sometidos a los intereses partidistas del Mercado (donde el único credo es el Dinero), ¿en qué nos hemos convertido los ciudadanos?.

La ciudadanía es una categoría de protección de las personas otorgada por el Estado, e inspirado por el espíritu humanista, al amparo de los derechos sociales que busca proteger la dignidad de la vida de las personas. Pero desde el preciso momento en que el Estado ha sido suplido por el Mercado, en una sociedad neoliberal, el ciudadano se convierte en cliente/consumidor. Y por tanto las relaciones entre los propios ciudadanos también se transforma entre nosotros mismos y con respecto al conjunto de la sociedad en la que nos desarrollamos como personas, convirtiéndonos todos en potenciales clientes y/o consumidores de todos. Circunstancia a partir de la cual los valores sociales se transmutan, primando lo que se tiene (capacidad de consumir) en detrimento de lo que se Es. Tanto tienes para consumir, tanto vales.

El valor de la capacidad de consumir como máxima social redefine toda la escala de valores sociales, manifestando una clara, descara y ostentosa tendencia individual en las relaciones interpersonales, pues todos buscan su beneficio personal. Afectando, de manera inclusiva, a conceptos tan trascendentales para el hombre como la justicia individual o la justicia social, las cuales solo se conciben bajo el barómetro de la capacidad de consumir. O, en otras palabras, solo hay justicia individual y social para aquellos que tienen recursos económicos para cumplir con los cánones de la idea de éxito definida por la lógica del Mercado. Para el resto, no hay cabida para la justicia individual ni social.

El valor del ciudadano, y por extensión de la persona, se han devaluado frente a una sociedad neoliberal que solo protege al cliente/consumidor. El capitalismo está borrando cualquier resquicio de humanismo de los valores de nuestra sociedad, redibujando el papel de los Estados -como gestor garante de los derechos sociales- a una mera herramienta facilitadora para el buen engranaje del Mercado. El ciudadano, si no tiene recursos, no existe, ni se le espera. Una nueva casta de apestados en pleno siglo XXI que se ven abocados a vivir en el submundo, donde las personas no tienen dinero pero vuelven a recuperar su valor por lo que son, más allá del pensamiento único impuesto por el alegato consumista de turno del Mercado en complicidad con un Estado difuminado. Los ciudadanos, desterrados del bienestar social capitalista (con todas sus trampas), regresan a su condición natural de personas. A la espera que, un día en un futuro no muy lejano, el Estado despierte de su encantamiento, al igual que hicieron los heroicos argonautas tras su paso por la hechizadora isla de Circe.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano