lunes, 27 de agosto de 2018

Pensar, la gastronomía del alma que no sirve para comer


“Mi nieta, que es ingeniera electrónica, me dice que es impresionante todas las cosas que sé que no sirven para nada”, me comentaba una mujer mayor con una sonrisa en la cara hace unos días. “Y yo le contesté -continuó explicando la mujer-, que forma parte de la gastronomía del alma”. Una anécdota que me ha venido a la memoria cuando, justamente ayer, una conocida le preguntó a mi pareja qué es un filósofo. De hecho, si nos paramos a reflexionar, no hay necesidad de saber lo que es un filósofo en una sociedad como la actual donde todos deben pensar igual, lo que significa por otro lado que nadie está pensando, por lo que un filósofo debe ser alguna especie de patología de disfuncionalidad social, seguramente.

Si observamos a nuestro alrededor el funcionamiento de nuestra sociedad, todo el engranaje en el que se sustenta está orientado hacia la estandarización de un pensamiento único y la potenciación de una vida enajenada mediante hábitos de consumo impulsivo compulsivos, en relación a un modelo de vida estándar prefijado por un ente superior al que llamamos Mercado (dirigido por personas, no lo olvidemos). Una vida en el que el pensamiento, más que regalado, se nos entrega adecuadamente etiquetado y paquetizado sin esfuerzo previo alguno para nuestro tranquilo consumo particular en el sofá de casa (como una sopa instantánea de microondas). Sin más margen de pensamiento individual que aquel que solo está focalizado en generar dinero (productividad), que es lo único que le interesa a un sistema de organización social diseñado por el Mercado. A partir de aquí, como tristemente afirma una persona que aprecio, todo lo demás no son más que elucubraciones mentales. Por ello no solo son prescindibles las facultades de Filosofía, algunas ya desaparecidas en los últimos años, sino todas las profesiones vinculadas a las Humanidades. El pensamiento que no da para comer no es pensamiento, podríamos sintetizar.

La purga del pensamiento no productivo, es decir, de aquella actividad intelectual que no tiene como objetivo último generar dinero (unidad elemental de energía consumible del sistema), llega a los extremos de barrer del mercado laboral cualquier resquicio de actividad remunerada (trabajo) que pueda sustentar económicamente a un profesional del pensamiento no productivo. La consecuencia no es otra que la condena al ostracismo de los pensadores -y por extensión del conjunto de humanistas- fuera del circuito laboral del sistema, lo que les aboca a la pobreza social convirtiéndoles en indigentes ilustrados con techo, en el mejor de los casos, pues las estructuras familiares proveen la cobertura del hábitat doméstico.

El Mercado, que ha encontrado en la tecnología su panacea a la productividad de una sociedad competitiva con la que se retroalimenta y asegura la sostenibilidad del modelo, considera al Humanismo su opuesto, y en consecuencia desechable. Cuando justamente del espíritu humanista surgió la chispa ilustrada que iluminó el anhelo tecnológico. Y asimismo considera la Filosofía, particularmente, como una caja de grillos locos, y por tanto propia de ser ignorada. Cuando la Filosofía es la madre de todas las ciencias. Si los grandes pensadores humanistas de antaño levantaran cabeza, verían horrorizados al actual homo tecnológico como un ser ciego, con una lógica mental obsesionada por el dinero, de terminales conectadas a dispositivos varios como extremidades, exento de una gastronomía del alma en su hábitat alimenticio existencial en sustitución por una gastronomía ociosa-productiva, y por tanto como un ser vacío de humanidad en su interior. Escalofriante imagen.

Cuando todos piensan igual, es que nadie está pensando. Y ese pensamiento único se convierte en un encefalograma plano en las personas no pensantes. El arquetipo de ciudadano perfecto para el sistema creado por el Mercado, donde el código binario resultante de algoritmos informáticos programados ya piensa por las personas, suministrando en tiempo y medida justa y necesaria las cápsulas de pensamiento ingeribles a consumir. Por lo que cualquier otra opción de pensamiento posible, fuera de la estandarizada, no solo es desechable sino combatida por potencialmente peligrosa. La criba de los pensadores no productivos en el sistema social contemporáneo es una evidencia, expulsándolos de cualquier opción de vida digna al restringirles el acceso a las fuentes de ingresos normalizadas (sus labores, como actividades profesionales, son eliminadas de las ofertas laborales). La conversión al pensamiento único y productivo, acorde a los cánones de productividad del Mercado, es una exigencia purgatoria de corte inquisitorial. La gastronomía del alma queda prohibida más allá de la propia intimidad. Y con ello el vaciado del pensamiento crítico, y por ende el empobrecimiento del hombre como especie reflexiva, se consuma a cada nueva generación.

La tendencia clara del pensamiento único y estandarizado solo lleva a la endogamia intelectual, en éste caso de las mentes tecnopensantes productivas, que ya se atreven a sustituir la mano de obra humana de los trabajos considerados de bajo valor diferencial por la robótica (más o menos inteligente) capacitada incluso para crear “obras de arte”, entre ellas pinturas, novelas o películas. Lo cierto es que no me apetece en absoluto poder llegar a ver el futuro de una humanidad vacua por desarrollada ajena a las artes humanistas, por muy avanzada que pueda llegar a ser tecnológicamente. Mientras tanto, ya no por rebeldía sino por necesidad existencial del espíritu, continuaré alimentándome de la gastronomía del alma, aunque ello me convierta en un indigente ilustrado con techo, pues el sentido de la vida no se compra con dinero sino que se adquiere pensando, aunque sea improductivamente. Los pensadores humanistas, aun a peligro de parecer disfuncionales sociales patológicos a los ojos del Mercado, existimos, aunque no tengamos cabida en la sociedad productiva para el empobrecimiento de ésta. Oscuros tiempos nos ha tocado vivir donde para existir no se necesita pensar. Descartes, y su racionalismo, ha muerto. Pero los filósofos, aun desnutridos, resisten en existir pensando.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano