lunes, 6 de agosto de 2018

La naturaleza de la Suerte y nuestra capacidad de obtenerla


Reconocer la buena o mala suerte es fácil, ya que no hay más que aplicar una comparativa de referentes en un contexto determinado que hasta un niño puede resolver. Lo difícil es saber cómo obtener el privilegio de gozar de la buena suerte, si es que es posible (puesto que nadie en su buen juicio quiere tener mala suerte, pues equivale a penurias). Para ello debemos diferenciar la manifestación bicéfala de su naturaleza, ya que la buena suerte tanto puede mostrarse en la vida de los mortales de manera súbita e inesperada, como puede mostrarse como resultado de un esfuerzo previo por ganarla. En ambos casos, el factor clave es la ocasión.

Entendemos como ocasión el momento favorable para conseguir una cosa, pero este momento favorable, en términos de la buena suerte, está más vinculado a la aleatoriedad del azar que a una acertada planificación intelectual. No en vano las antiguas representaciones de la divinidad de la Fortuna siempre van acompañadas tanto de la rueda de la fortuna que no es más que una especie de la ruleta del azar, como de otros elementos simbólicos propios de la casualidad. Y adjunta a la Fortuna, en el universo mitológico clásico, siempre le acompañaba la deidad de la Ocasión (¡qué casualidad!), presentada con una iconografía que hacía entender que la Fortuna era una Ocasión difícil de atrapar (y posteriormente de mantener). De hecho, en la antigüedad romana se confundían ambas divinidades en materia de buena suerte.

Por tanto, si la ocasión viene determinada por el azar, que es una causa o fuerza que determina que unos hechos imprevisibles se desarrollen de una manera u otra, alcanzar la buena suerte parece presentarse como una empresa altamente complicada (por no decir imposible). Así pues, la pregunta obligada es: ¿podemos acotar el campo de actuación del azar a nuestro favor para forzar la ocasión favorable que nos permita alcanzar la buena suerte?

Dejando a un lado la buena suerte inesperada y repentina, que comporta un alto grado de azarosidad no controlable, centrémonos en la buena suerte como manifestación de un trabajo previo para alcanzarla. Está claro que aquella persona que genera las condiciones apropiadas para que se dé, en un momento u otro, la ocasión favorable, estará más cerca de conseguir la buena suerte. Es la idea de estar preparado para subirse al tren cuando pase. Lo cual nos conduce a la idea de que a mayor capacidad de gestión de recursos y oportunidades, mayor posibilidad de obtener la buena suerte adquirida por (mayor o menor) esfuerzo propio. En este sentido, la escalabilidad del azar parece reducirse a un juego estadístico. Pero no es menos cierto que muchos son los que aun con capacidad de generar circunstancias favorables no son tocados por la gracia de la diosa Fortuna. Por lo que debemos entender que el azar es una fuerza causal de la naturaleza que combina un número ingente de determinismos que no podemos llegar ya no a controlar sino incluso a percibir. Quien la persigue, no siempre la consigue.

Si bien entendemos que la buena suerte viene determinada por la ocasión, y ésta por el azar, hasta que no lleguemos a controlar el azar no podremos gestionar la buena suerte a voluntad. La dificultad del azar radica, justamente, en que su manifestación deviene de infinitas variables opcionales para un contexto finito, donde dicho contexto finito está interrelacionado, a su vez, con realidades espacio-temporales infinitas que configuran el gran potencial en continuo flujo de movimiento que llamamos vida, de la que desconocemos asimismo si está determinada incluso por otras dimensiones (universo multidimensional). O, dicho de otra manera, el azar es solo materia de dioses.

Mientras tanto, de vuelta al mundo de los mortales, todos soñamos en uno u otro momento de nuestra existencia con esa ocasión favorable que nos permita alcanzar un estado de buena suerte, desconocedores tanto de si en un pasado más o menos reciente tomamos una decisión que nos apartó del lugar y momento propicio para que se dieran las circunstancias, como de los pasos que debemos dar en un futuro próximo para ser tocados por la gracia de la afortunada providencia. Nunca lo sabremos. Por algo a la divina Ocasión se la representa con alas en los pies simbolizando la velocidad con la que pasa, encima de un gran balón significando su inestabilidad, con una larga cabellera que le tapa los ojos porque no sabe por dónde va, y calva por la nuca porque es escurridiza de atrapar. Y es que “a la Ocasión la pintan calva”. Así pues, más que concluir con el deseo de que la Suerte nos acompañe, me siento más riguroso afirmado -mal nos pese- que la Suerte está echada. Alea iacta est.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano