miércoles, 29 de agosto de 2018

La Impotencia, en su falta de fuerza necesaria para el cambio, reorganiza constantemente nuestro universo personal


El viejo maestro Aristóteles, en su obra de Metafisica, distinguía tres aspectos de la potencia: como fuente de cambio, como capacidad de la ejecución, y como estado en virtud del cual las cosas son en si mismas inmutables (la cual descarto entrar de antemano). Dejando de lado, asimismo, la potencia como fuente de cambio, -no me interesa en estos momentos ni su variedad según sus diferentes acciones (activas, receptivas, remotas, etc), ni el origen de sus fuentes (por facultad natural, de autoridad por derecho, etc)-, que dio mucho juego a los empiristas Hobbes y Locke que rompieron radicalmente con la metafísica clásica y, por tanto, repudiaron de su filosofía cualquier idea de trascendencia o de verdad eterna, me centraré en esta breve reflexión en la potencia como capacidad de ejecución.

Sin intención de llegar al reductio ad absurdum del también empirista Hume que intentó demostrar que la potencia como facultad de efectuar o recibir un cambio es una ilusión, rápidamente refutado por los primeros destellos del positivismo y la psicología experimental, me interesa la impotencia -entendida como incapacidad- como una diferencia de grado de la potencia. O, en otras palabras, ¿por qué la fuerza de cambio de la potencia puede transformarse en impotencia?.

Si existe alguna palabra que define la capacidad ejecutiva de la potencia que me agrada particularmente es, justamente, el vocablo griego dynamis, concepto que utilizó el propio Aristóteles para referirse a la capacidad activa de una cosa de pasar a un estado distinto, de transformarse en algo nuevo. Pues la impotencia no encuentra su clave de descifrado (manifestación) en la potencia como fuente de cambio, sino en la ejecución de su dynamis. Ya que es en el proceso de desarrollo de la dynamis en que la potencia puede llegarse a transmutar en su grado opuesto como impotencia.

Si la impotencia es la falta de fuerza necesaria para efectuar o recibir un cambio, dicha carencia de facultad ¿se haya implícita en la potencia como fuente de cambio o en el dynamis como capacidad de ejecución?. La respuesta, como es obvia, es doble: la impotencia (que se manifiesta en la dynamis) puede estar subyacente en la propia potencia, lo que por extrapolación contagia a su propia dynamis condenándola al fracaso; o puede surgir en el proceso de la propia dynamis con independencia de la fuerza de cambio necesaria y suficiente de la potencia. De ambos casos se deducen dos premisas: uno, que existe una potencia de fuerza de cambio mayor que tiene la capacidad de resistir al intento de efectuar o recibir un cambio por parte de otra potencia; y dos, que o bien la potencia no ha verificado adecuadamente su capacidad de fuerza de cambio, o bien no ha analizado correctamente la efectividad de la capacidad ejecutiva de la potencia en su proceso de dynamis. En todo caso, toda potencia, con su dynamis incluida, está sujeta a unos parámetros de interrelación con otras fuerzas de cambio potenciales que la condicionan. La acción de limitación que ejerce este entorno interrelacionado de potencialidad sobre una potencia en concreto genera los estados de impotencia.

En un universo a escala -creemos que prácticamente infinito (al menos para nuestro entendimiento)-, siempre nos encontraremos con una potencia mayor y menor a otra, en un juego de parámetros de referencias.Y en un entorno donde las fuerzas de cambio se hayan interrelacionadas en una red vital, existencial y cósmica en continuo cambio y transformación, las distorsiones en la capacidad ejecutiva del dynamis representa un valor tan indeterminable como constante. Por lo que la impotencia deviene en un principio natural en la lógica de la relación entre potencialidades.

Si la vida es un flujo en continuo cambio, las potencias no son más que unidades esenciales de esa fuerza de cambio vital, donde la impotencia reorganiza constantemente y por decantación la relación de poder entre las diversas potencias y, por ende, reestructura continuamente el diagrama que dibuja nuestro universo. Por lo que en este mundo, la Razón, la Verdad, la Justicia o la Autoridad Moral no tienen efecto alguno si no cuentan con la fuerza necesaria, como potencias, para ejecutar de manera efectiva el dynamis que provoque el cambio que buscan. En caso contrario, solo queda la impotencia como grado de refugio de las potencias débiles. La vida, objetivamente, es un continuo enfrentamiento entre potencias de intensidades diferentes.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano