viernes, 10 de agosto de 2018

¡Exalcemos los vicios, pues las virtudes son castigadas con el menosprecio social!

Dante y Virgilio en el Infierno (Barca de Dante). E.Delacroix

Uno de los primeros pensadores que reflexionaron sobre la virtud y el vicio fue Aristóteles, para quien ambas actitudes son intencionadas, y así pues voluntarias del ser humano. Del viejo filósofo heredamos la concepción del vicio como un hábito malo, pernicioso, inmoral o insano tanto por exceso como por defecto, así como conceptualizamos la virtud como un término medio entre éstos, siendo dicho proceder moral más bueno, acertado y positivo individual y socialmente. In medio virtus (la virtud está en el punto medio). En este sentido es clásico el ejemplo del valor como virtud, en contraposición de los vicios de la temeridad (exceso) y la cobardía (defecto).

Entendemos como vicio todo aquello reprobable desde un punto de vista moral, por lo que hay tantos vicios como actos reprobables moralmente podamos listar (conscientes que existen tantas morales, asimismo, como contextos socio-temporales habidos y por haber. Pues es el hombre, en cada época, quien determina qué es el bien y qué el mal). No obstante, si alguien consiguió sintetizar el conjunto de vicios de manera atemporal a la historia del hombre fue Dante en su Divina Comedia (s. XIV), y más particularmente en siete de los nueve círculos del que se compone su famoso infierno: lujuria, gula, avaricia y prodigalidad, ira y pereza, violencia, fraude, y traición. (Dejamos de lado el limbo -en el que me gustaría acabar para debatir con Homero, Sócrates, Platón, entre otros- y la herejía). Vicios que, a su vez, se ramifican en subgrupos por singularidad. Por ejemplo, en el octavo círculo del infierno en el que se castiga el fraude, éste está dividido a su vez en diez recintos, en cuya quinta bolgia se encuentran los políticos corruptos inmersos en brea hirviente.

Dejando tranquilos a los políticos corruptos donde deban estar, si bien las grandes categorías de vicios constituyen la estructura del infierno dantesco, es curioso observar como en nuestra sociedad esta misma estructura de vicios definen el concepto contemporáneo del cielo en la Tierra. Es como si, tras siete siglos de diferencia, hubiéramos volcado el universo de Dante para hacer del Infierno el Cielo, y del Cielo el Infierno. Pues a nadie se le escapa que hoy en día el concepto que tenemos de alcanzar el éxito en la vida va íntima y generalizadamente ligado con la exaltación individual de los vicios, castigando por contra los comportamientos virtuosos. Y todo ello enmascarado en la cultura de la competitividad en un mercado de libre competencia, que no es más que el encumbramiento del individualismo. Quizás siempre haya sido así, pero quizás nunca como hasta ahora habíamos manifestado tanta ostentación pública de los vicios como sociedad, al menos como medio legítimo para obtener un fin beneficioso: una vida exitosa (solo hay que poner atención a las películas y canciones de moda). Un cambio de equilibrios en la balanza de las virtudes y los vicios que, sin lugar a dudas, representa una reorganización en la escala de valores sociales. ¿O a caso no es premiar al vicio sobre la virtud el hecho que se permita, por ejemplo, adquirir bloques de viviendas sociales a grupos inversores buitre que obligan a desahuciar a sus inquilinos, mercadeando así con uno de los derechos constitucionales de nuestro Estado de Bienestar Social?. Un escueto ejemplo sustraído de una de las noticias de actualidad de hoy mismo en nuestro país, de la que los medios de comunicación van repletos. De ejemplos, tristemente, no faltan.

No obstante, siendo sincero, la presente reflexión viene motivada por el caso particular de un viejo amigo Historiador del Arte y Doctor Arquitecto, autor de diversos libros de historia del arte, excelente profesor universitario y un gran especialista como pocos en el mundo clásico, del que he tenido conocimiento recientemente del hecho que se haya en una situación personal de precariedad económica grave por falta de trabajo, lo cual afecta irremediablemente a su estado emocional de dignidad como persona. Las barreras artificiales del mercado laboral por edad, así como las corruptelas y el tráfico de influencias en los procesos de selección y oposición de la administración pública, provocan que una vez más, en éste como en muchos otros casos de rabiosa y anónima actualidad, las actitudes que promueven los vicios sean premiadas por encima de las virtudes. ¿Dónde ha quedado relegado el concepto platónico en el que la sabiduría y la prudencia son las virtudes más elevadas del alma racional, tras la justicia?.

La Virtud (areté) es el camino hacia el Bien y la Justicia, fundamento de cualquier Estado que se precie velar por el bien común (res publica) de sus conciudadanos. Si denostamos socialmente la Virtud, ¿qué tipo de Bien, de Justicia y, por extensión, de Estado estamos promulgando? No hay más respuesta que aquella donde, como decía Hobbes, el hombre es un lobo para el hombre.Y ya se sabe que en tierra de lobos, donde prima la fuerza, el pillaje y la inteligencia pícara, no hay lugar para la serena experiencia propia de la entrada madurez, ni para las almas sensibles que cultivan la belleza de la sabiduría en sus diversas disciplinas, ni mucho menos para la virtud de la prudencia del saber comportarse a la luz de obsoletos cánones de la buena educación.

No es intención de esta breve artículo, fruto de la pequeña llama de indignación que flamea en mi interior, hacer ningún discurso moralista. Tan solo poner el enfoque en un aspecto sociológico que merece, a mi irrelevante parecer, una reflexión. Aunque este no son tiempos ni para reflexiones ni para pensadores. El carpe diem de Horacio, cueste a quien cueste, impera.

Con afecto, para mi ilustrado amigo JOB


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano