martes, 21 de agosto de 2018

Esta tarde he viajado en el tiempo


En esta calurosa tarde de verano me he regocijado imaginando que en el salón de mi casa había un gran giroscópio de Foucault, en el cual podía introducirme en el interior sus aros giratorios. Sé que el giroscópio pretende confirmar la primera ley del ya clásico físico al que le cayó una manzana sobre la cabeza: “un cuerpo tiende a continuar en su estado de reposo o movimiento uniforme si no está sometido a fuerzas externas”, aunque personalmente no me creo la condición de reposo o movimiento de un cuerpo sin una fuerza externa en un universo donde la energía está interrelacionada. Pero en este caso, mi giroscópio particular podía hacerme viajar a través del tiempo -como la máquina del tiempo de HG Wells-, llevándome a nuevas y diferentes dimensiones, mediante la distorsión del espacio-tiempo conocido a través de la velocidad de sus aros giratorios, y todo ello sin salir de mi salón.

La velocidad de mi resistente giroscópio cogía progresivamente una aceleración que llegó a alcanzar la velocidad superlumínica, por encima de los 300.000 kilómetros por segundo (velocidad de la luz), gracias al haber subsanado -no me preguntéis cómo- la necesidad de obtener una energía infinita para lograr acelerar los aros giratorios, conmigo en su interior, para burla de la ecuación de relación energía-momento de la teoría de la relatividad espacial del físico con pelos de loco que creía que Dios no jugaba a los dados. Y todo ello sin morir en cuestión de segundos en la aceleración, ya que el giroscópio me protegía de la radiación generada por la inmensa cantidad de energía producida por la super aceleración de las partículas, cuya radiación ionizante generada no solo me hubiera frito literalmente sino que incluso me hubiese roto los enlaces químicos de mi adn dañándolo irreversiblemente. Un verdadero desperdicio, créanme. :-)

La velocidad superlumínica convirtió al giroscópio en el que me hallaba en una gran burbuja blanquecina que curvó el espacio-tiempo (burbuja de curvatura), pero al doblar el tiempo en el propio círculo del giroscópio en el que me encontraba en vez de doblarlo sobre una línea recta, no me propulsó de un punto del universo a otro más lejano -a imagen y semejanza de los viajes interestelares del Enterprise en Star Trek-, sino que generó una burbuja de la geometría espacio-tiempo que me transportó hacia atrás y hacia adelante a través de diversos espacios y tiempos diferentes mientras los aros giratorios recorrían su camino circular. Tal y como el joven profesor de matemáticas y física de la Universidad de British Columbia, Ben Tippet, había premonizado hace un año atrás en su modelo matemático Tardis (Traversable Acausal retrograde Domain in Space-time) en una nueva teoría de la máquina del tiempo.

La aceleración del giroscópio no generó una propulsión de curvatura interestelar, sino que causó un movimiento hiperespacial haciéndome entrar en nuevos universos de más de cuatro dimensiones. El tiempo, alineado con las múltiples dimensiones espaciales de los diversos universos, amplió para mi su significado extendiéndose en todas direcciones imaginables excepto en la lineal. Fué entonces que percibí que mi comunicación interneuronal se había acelerado aumentando considerablemente su techo de velocidad de más de 100 metros por segundo en condiciones normales, provocando que mi red neuronal construyera ingentes estructuras geométricas en mi cabeza que hacían sonrojar a las once dimensiones cerebrales registradas -mediante topología algebraica- por el equipo de científicos del Blue Brain Project de Suiza el año pasado. El universo multidimensional no solo era una realidad externa observable, sino una evidencia casi insondable percibida en mi propio cerebro. La vastitud del nuevo concepto de tiempo lo abarcaba todo, y con él el acceso a un conocimiento ilimitado donde pasado, presente y futuro se diluían en una nueva naturaleza tan indefinible como innombrable. Un estado de excitación embriagaba todo mi ser, fuera lo que fuera mi ser en ese nuevo estado y condición de cuerpo cognoscente.

El giroscópio fue desacelerando progresivamente, y con él mi actividad cerebral fue decayendo como un castillo de arena multidimensional que se materializa fuera de la arena para luego desintegrarse. El espacio-tiempo dejó de estar curvado y el regreso a la linialidad del universo tridimensional se me antojó casi vacuo y carcelero. La vuelta a la realidad desvaneció la imagen que tenía del magnífico giroscópio en el salón, y con él también se esfumó -quizás para descansar- mi imaginación. Aunque quién sabe si la imaginación no es más que un portal interdimensional, y tras ella siempre queda un poso de conocimiento adquirido en el viaje, atrapado en una mente limitada que no sabe explicar lo inabarcable.


En memoria de un alter ego veinteañero 
autor de “La Velocidad, Señora del Espacio-Tiempo”.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano