Educar a un adolescente
es uno de los grandes retos que tiene todo padre. Pero, ¿qué es
educar?. Educar no solo se circunscribe al ámbito de enseñar
conocimientos, facultad que ostentan -no en exclusividad- los
profesores de los centros educativos en sus diversos niveles, sino
que educar significa fundamentalmente promover el desarrollo de las
potencialidades psíquicas y cognitivas del adolescente, lo que
abarca tres ámbitos de trabajo muy concretos: las facultades
intelectuales (mente), las facultades morales (valores), y las
facultades afectivas (sentimientos) de acuerdo con la cultura y las
normas de la sociedad a la que se pertenece.
No obstante, no hay
capacidad de educar sin la facultad de la autoridad para educar. La
autoridad es un derecho natural en el caso de los padres sobre sus
hijos hasta que éstos, por ley, adquieren el derecho de autoridad
propia sobre sí mismos. Un derecho de autoridad propia que es
parcial en los adolescentes entre los 14 a los 18 años, pudiendo en
España a partir de los 14 años solicitar el DNI (que es
obligatorio), obtener el permiso de conducción de ciclomotores,
otorgar testamento abierto ante notario, ser testigo en un juicio,
denunciar ante la policía y, a partir de los 16 años poder trabajar
con el permiso de los padres e incluso emanciparse mediante
comparecencia ante un juez y bajo el consentimiento de los padres.
Fuera de ello, la responsabilidad y obligaciones legales de los
adolescentes como menores de edad son la de obedecer y respetar
siempre a sus padres mientras permanezcan bajo su potestad, mientras
que por su parte los padres tenemos la obligación legal de vigilar a
nuestros hijos menores hasta el punto que somos responsables civiles
de los daños causados por ellos, de los derivados de delitos y
faltas penales e, incluso, desde el año 2005, de las multas de
tráfico.
Pero como todos los
padres con adolescentes sabemos, una cosa es la autoridad legal y
otra la autoridad real. Pues el quid de la cuestión en materia de
educación se presenta cuando el adolescente se rebela contra la
autoridad paternal, preguntándonos los padres ¿dónde está el
hijo/a que conocíamos y quién es ese extraño/a que ha poseído su
cuerpo de un día para otro, verdad?. Que la rebeldía, como
comportamiento humano, profundamente humano, de resistencia, desafío
e incluso desobediencia a la autoridad es algo innato a la
adolescencia es por todos conocido, pero otra cosa es cuando la
rebeldía se manifiesta a través de nuestros hijos. Ya que si la
rebeldía por esencia ataca directamente la autoridad, ¿cómo
podemos los padres educar sin autoridad frente a los hijos?. La
respuesta no da lugar a equívocos: no podemos. Por lo que si
rechazamos renunciar a nuestra obligación legal y moral de educar
como padres a nuestros hijos adolescentes debemos reafirmar nuestra
autoridad, pues lo contrario es dejación de funciones.
La pregunta del millón
que acontece, llegados a este punto, no es otra que dilucidar ¿cómo
podemos mantener el status quo de la autoridad parental frente
a un adolescente rebelde que rehúsa y lucha contra la misma? Si
entendemos que la autoridad paternal es el medio para conseguir el
fin de educar intelectual, moral y afectivamente a nuestros hijos,
debemos entender asimismo que el nivel de intensidad de la autoridad
aplicada siempre debe velar por no quebrar el fin que persigue. Pues
ningún padre diligente, en su buen juicio, desea que la aplicación
de su autoridad provoque un efecto contrario en el adolescente a los
principios y potencialidades educativas que, desde el amor de padres,
desea para sus hijos. Dicho lo cual, al contrario de tiempos pasados,
queda descartado en el contexto social contemporáneo el ejercicio de
la autoridad desde el autoritarismo (sometimiento absoluto a una
autoridad totalitaria).
Los tres niveles de
fuerza de la educación
El nivel o grado de
intensidad de la autoridad paternal debe depender, en cada momento de
su aplicación, a tres niveles de fuerza de presión determinantes:
1.-La fuerza de
presión del Adolescente: La rebeldía del adolescente está
caracterizada por factores neurobiológicos y psicológicos marcado
por una crisis de identidad (que suele ir acompañado de una
alteración en la conducta) y un desapego parental en busca de una
personalidad propia y singular que de sentido a su vida.
2.-La fuerza de
presión Ambiental: La rebeldía del adolescente se retroalimenta
no solo en el contexto de unas amistades también adolescentes (donde
nos guste o no aparecerán los primeros amores), sino también en un
contexto social marcado por una cultura consumista del hedonismo (que
conlleva la búsqueda del placer inmediato, la exaltación de los
sentidos, la promoción del individualismo y un comportamiento
socialmente laxo), y la violencia mediática (difundida en películas,
canciones o videojuegos) como alegato del camino para la consecución
del éxito en la vida.
y, 3.-La fuerza de la
presión de los Padres: La educación paternal que debe cumplir
con el proceso de desarrollo de las facultades intelectuales, morales
y afectivas de los hijos, condicionadas por una conceptualización
arquetípica de las mismas nunca acordes a los tiempos que corren
(pues los padres, como seres humanos, somos hijos de nuestra propia
época y educación concreta, y el mundo se haya en un vertiginoso
proceso de cambio y transformación continuo -no siempre, ni en todos
los casos, a mejor-), y limitadas por una inadecuada disciplina
familiar por el cambio que el mercado sociolaboral ha generado sobre
el modelo familiar tradicional, con mayor afección si cabe en los
modelos de familia de padres separados.
Tres fuerzas de presión
que determinan, queramos o no, el nivel de intensidad de la autoridad
paternal a aplicar, y sobre las cuales los padres no podemos más que
buscar el mejor equilibrio posible para la obtención de una
educación efectiva y eficiente. Cegarnos a la evidencia de la
interrelación de la triada de fuerzas que participan en el
desarrollo educativo de un adolescente es abocarnos al fracaso.
Los cuatro enfoques de
la autoridad de educar: prohibir, acompañar, negociar y supervisar
Pero, ¿qué significa
encontrar el mejor equilibrio entre las fuerzas de presión que
determinan el grado de intensidad del acto de la autoridad
educativa?. Pues significa que la autoridad de educar debe conjugar,
de manera alternativa y diferente para cada circunstancia concreta,
con cuatro enfoques posibles: prohibir, acompañar, negociar y
supervisar, siempre -en el caso de los adolescentes- bajo el enfoque
de inculcar conductas de responsabilidad. Pues los seres humanos si
bien solo aprendemos mediante la experiencia, la buena educación
requiere de una experiencia que conlleve la consciencia de la
responsabilidad de los actos. Una consciencia que solo los padres
podemos iluminar a unos hijos adolescentes que, aun creyéndose
prepotentemente conocedores del funcionamiento de la vida, carecen
del conocimiento suficiente por falta de experiencia. Pues los
adolescentes, como el pez de la pecera, no saben quién le cambia el
agua.
De los cuatro enfoques
posibles de la autoridad de educar (prohibir, acompañar, negociar y
supervisar), es evidente que la prohibición es el acto que genera
mayor confrontación contra la actitud de rebeldía del adolescente.
Pero no es menos cierto que aunque a los padres nos duela crear
situaciones de enfrentamiento con nuestros amados hijos (¿a qué
padre no se le rompe el corazón tras un desencuentro con su hijo?),
en materia de educación deben existir líneas rojas que no pueden
ser traspasadas, siendo el Respeto la línea roja por excelencia. La
prohibición -que puede derivar en un castigo, siempre proporcionado
y mesurado- busca potenciar el desarrollo de la facultad moral del
adolescente, educándole en valores que, más tarde o más temprano,
integrará en su escala personal de principios existenciales. Pero la
prohibición, asimismo, debe estar equilibrada, en su justo tiempo y
forma, con la potenciación del desarrollo de la facultad afectiva,
para que el adolescente pueda integrar un valor educativo (no
aceptado inicialmente) desde la salud emocional y, por extensión,
mental. Puesto que la educación busca hacer crecer a nuestros hijos
como personas saludables, y lo último que queremos es que nuestra
acción educativa genere patologías de comportamiento en nuestros
hijos que los convierta en adultos disfuncionales emocionalmente el
día de mañana. Es por ello que junto a un acto de autoridad de
prohibición, proporcional en tiempo y medida, se acompañe con un
acto de autoridad de acompañamiento afectivo, también en tiempo y
medida, donde la comunicación verbal y no verbal es especialmente
importante. A partir de aquí, la potencialidad del desarrollo de la
facultad intelectual del adolescente es posible, puesto que tan
importante como enseñar en valores es racionalizar sobre los mismos,
y más si cabe en una generación de adolescentes que solo aceptan
aquello que entienden intelectualmente.
Nadie dijo que enseñar a
nuestros hijos adolescentes fuera fácil, y menos desde la distancia
de personalidades marcadas. Pero como dijo el viejo sabio
Aristóteles: educar la mente sin educar el corazón, no es educar en
absoluto. Desde la imperfección de seres humanos que ejercemos como
padres deseo que, el sabor amargo de educar desde una autoridad
incomprendida nos sea recompensado, el día de mañana, por la honra
sentida de nuestros siempre pequeños hijos que serán adultos.
Mientras tanto, aun si que ellas (mis hijas) puedan percibirlo y
menos conocerlo, amorosamente continuaré cambiando el agua de sus
peceras para que crezcan como personas en un entorno de referencias
educativas saludables.