miércoles, 29 de agosto de 2018

El juego de las ocho puertas de la vida


He aquí que hay ocho puertas en la vida. Cada una de las puertas da acceso a un modelo de existencia diferente: 1) tranquila, aburrida y feliz; 2) tranquila, divertida e infeliz; 3) tranquila, aburrida e infeliz; 4) tranquila, divertida y feliz; 5) intranquila, aburrida y feliz; 6) intranquila, divertida e infeliz; 7) intranquila, aburrida e infeliz; y, 8) intranquila, divertida y feliz. Entendiendo la tranquilidad/intranquilidad como un grado de sentimiento respecto al nivel de confort de bienestar de vida personal (bienes materiales), el estado de aburrimiento/diversión como un grado de sentimiento respecto al nivel de actividad personal, profesional y social experimentada; y la felicidad/infelicidad como un grado de sentimiento respecto al nivel de percepción de alegría con uno mismo y su entorno ambiental.

Frente a las cuatro puertas, una persona -en la dulce y temprana edad de tomar su primera decisión como adulto con plena potestad sobre su libre albedrío- debe elegir entrar en una de ellas siendo consciente que la decisión que tome determinará el rumbo de su vida a rasgos generales, sabiendo que toda persona cambia de prioridades a lo largo de su propia vida, y que no podrá cambiar de decisión a posteriori. ¿Cuál de las puertas elegirías tú?.

Está claro que la respuesta diferirá no solo dependiendo de la personalidad de cada cual, sino de su visión particular de qué es la vida (influenciada por el entorno cultural) y, sobre todo, por su experiencia. Pues no es lo mismo la respuesta que puede ofrecer un joven recién salido del cascarón familiar, que una persona madura con diversas experiencias a sus espaldas. El espectro de referencias a valorar condiciona el resultado.

Pero la vida nunca es estática, sino que siempre se encuentra en un continuo flujo de cambio y transformación. Así pues, si bien la persona no puede cambiar la decisión inicialmente tomada -siguiendo con este entretenimiento hipotético-, las puertas sí que tienen la capacidad de moverse a capricho y sin aviso previo como en el juego ilusionista del vaso y la bolita (el trile), haciéndonos experimentar la vida propia de otra puerta diferente a la seleccionada a antojo. En este caso, ¿en qué puerta te gustaría estar?. La respuesta, como es obvia, solo es apta para iniciados e experimentados en elecciones de vida. (Aunque ojo, hay trampa: Elegir una puerta deseada conlleva enfrentarse a la definición de la puerta en la que uno se encuentra, lo cual a veces no resulta agradable).

Con independencia de la estancia en la que nos hallemos, cabe destacar que el movimiento tan inherente como indeterminable de las puertas no es inocuo, sino que en cada traslación de las mismas se produce un efecto de pérdida en alguno de los estados de tranquilidad/intranquilidad, aburrimiento/diversión, y felicidad/infelicidad. Un proceso de pérdida que produce un sentimiento de ausencia en nuestras vidas. Una ausencia que unas veces podemos suplirlo con algo nuevo, y otras no. En el caso del fenómeno de la ausencia que no se puede suplir, es curioso como, en la mayoría de los casos y con diferente intensidad en cada persona, el movimiento de traslación de las puertas entre sí activa un inicio de borrado de nuestra cinta de memoria individual, haciendo de la ausencia algo prácticamente inexistente y, por tanto, no añorable hasta el punto de poder continuar con cierta normalidad con la cotidianidad de nuestras vidas. Como canta el refranero, el tiempo todo lo cura, o mejor dicho, todo lo borra (prácticamente). De ahí que las personas que hemos vivido muchas y diversas experiencias percibamos el pasado no ya como un tiempo anterior, sino verdaderamente como otras encarnaciones pasadas.

Aunque lo relevante del juego de las puertas no es tanto el efecto secundario que tienen sobre el efecto de la ausencia, sino su movimiento propiamente dicho. Ya que, ¿son las puertas las que se mueven aleatoriamente?, o ¿su movimiento manifestado en múltiples secuencias combinatorias posibles es el resultado de un ajuste o desajuste interior entre nuestra naturaleza como individuos y las características naturales de cada puerta? Al igual que sucede con un engranaje que busca, en un tasteo continuo y periódico, el ajuste adecuado de sus piezas. Seguramente se trata de las dos posibilidades a la vez. Ya que pretender afirmar que las puertas de la vida se mueven solas sin nuestra intervención (consciente o inconsciente) resulta tan ridículo como afirmar que solo con nuestra intencionalidad (activa o pasiva) se genera el movimiento de las mismas. La interconexión es evidente.

He aquí pues el gran misterio y enseñanza de la vida: la alineación de la naturaleza de la puerta como modelo de vida deseado con nuestra propia naturaleza como individuos, requiere previamente de un trabajo personal de alineación con nosotros mismos. Pues no es posible ajustar un mundo exterior anhelado con la realidad de nuestro mundo interior, cuando éste está desajustado por volátil y, en muchos casos, por incoherente. Podremos optar por la elección de una de las ocho puertas, pero si no estamos preparados para afianzarla (mental y emocionalmente), las puertas iniciarán el movimiento de traslación forzando la combinación en busca de la que mejor nos encaje, acorde al grado de madurez de nuestra naturaleza en el preciso momento de la vida en el que nos encontramos. Mal nos pese, nuestro mundo exterior es un reflejo de nuestro mundo interior, condicionado además por las diversas secuencias combinatorias de puertas por las que hemos transitado. Como en un laberinto efímero de humo, a cada puerta abierta se desvanece la puerta anteriormente cerrada, sin que podamos deshacer nuestros pasos. Por lo que solo nos queda continuar adelante confiando en nuestro ápice de lucidez, que se adquiere con la experiencia, y entregados a los designios de la Fortuna a la espera de poder ya no solo entrar, sino perdurar, en el interior de la puerta deseada.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano