miércoles, 29 de agosto de 2018

Dar un salto de fe: saltar o no saltar, he aquí la cuestión


Dar un salto de fe es como lanzarse por un acantilado desconocido con la esperanza que al sumergirnos en el agua no hayan rocas que nos maten. Tal acto cargado de imprudencia no lo mueve la razón, sino justamente la fe. Y, ¿qué es la fe que acciona en una persona la firme voluntad de llevar a cabo una temeridad que puede llegarle a costar la vida? Como diría Kant, la fe es la aceptación de ideas que son teóricamente indemostrables, aunque impuestas necesariamente por la realidad indudable de la libertad. Es decir, la fe es el anhelo ciego de la libertad, y un acto de fe no es más que la acción para alcanzar ese anhelo liberador.

Pero claro, como todos sabemos, una cosa es la creencia ciega que podamos tener sobre una realidad imaginada, y otra bien distinta la realidad en si misma. Por lo que, metafóricamente hablando, muchos son los que han dado un salto de fe sobre el acantilado, y pocos los que no se han estampado contra la rocas. Y aún así, el hombre continúa saltando. Y es que la verdadera fuerza de un salto de fe en la vida no se haya ni en la firme voluntad por saltar, ni en la inquebrantable creencia de unas ideas apriorísticamente indemostrables, sino en el impetuoso e irrefrenable anehlo de alcanzar la libertad.

La libertad, he aquí uno de los elementos esenciales -tan misteriosos como reales- que constituyen la naturaleza propia del fenómeno que conocemos como ser humano. Pero no libertad en el sentido de capacidad de libre albedrío, sino en el concepto más amplio de autonomía e independencia individual. En este contexto, los saltos de fe que a veces las personas realizamos a lo largo de nuestra vida son saltos en busca de una plena libertad personal, en contraste opuesto con la realidad percibida como carente de libertad suficiente de la que partimos. Como podemos entender, la falta de experimentación de libertad en una vida, ya sea objetiva o subjetivamente, es un sentimiento íntimo y muchas veces intransferible percibido por parte de una persona. Por lo que solo cada cual sabe cómo de libre se siente en el momento concreto de su vida.

Por lo general, los saltos de fe de un estado existencial a otro diferente se producen por la impetuosa necesidad de alcanzar la libertad, empujados por una situación o circunstancia que ahoga existencialmente a la persona, ya sea mental, emocional, espiritual o materialmente. El problema reside en que, justamente, estos saltos -de gran fuerza con carga impulsiva- se basan en el principio de la fe frente a una realidad imaginada e indemostrable. Es decir, nadie puede asegurar si el salto es la decisión correcta hasta haberlo realizado.

Por otro lado, por mucho que nos esforcemos en preveer el desarrollo de la historia que se desarrollará tras el salto, para validar la oportunidad de dar o no el paso, resulta imposible ver más allá del precipicio al que nos vamos a lanzar. En caso contrario, si tuviéramos la capacidad de preveer al menos el futuro inmediato a corto y medio plazo, ya no se trataría de un salto de fe, sino de una decisión personal controlada y, por tanto, gestionable con ciertas garantías desde el momento incluso anterior al salto.

La gracia del salto de fe es preciosamente su impredecibilidad real. Y no es ninguna realidad que tras el salto tengamos el 50 por ciento de posibilidades de acertar o equivocarnos en la decisión tomada. Pues en el mundo real, donde los experimentos no se realizan en un espacio seguro y al vacío exentos de condicionantes, son muchas y múltiples las variables sociológicas que interactuan, haciendo que nuestro porcentaje de éxito pueda variar del 1 al 99 por ciento (en valores absolutos). Por lo que el salto de fe en busca de una mayor libertad individual es, por definición, un acto de fe.

El que no se haya encontrado ante la tesitura de dar un salto de fe en algún momento de su vida, que lance la primera piedra. No obstante, también son muchos los que ante la íntima necesidad imperiosa y la posible oportunidad de dar un salto de fe se han visto cohibidos por el miedo de enfrentarse a un escenario futuro tan desconocido como impredecible. Tanto la valentía por saltar como el miedo a dar el paso son actitudes humanas, profundamente humanas, e injuiciables por personales. Los saltos de fe necesitan de una profunda reflexión individual, llena de pensamiento crítico sobre temas que atañen a la propia existencia singular de cada cual, pero no se requiere de lógica. Pues la lógica no entiende de lanzarse a un vacío desconocido.

Cuando se trata de dar un salto de fe, al final, siempre nos enfrentamos a la indelegable cuestión shakesperiana: Saltar o no saltar, he aquí la cuestión.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano