miércoles, 29 de agosto de 2018

Dar un salto de fe: saltar o no saltar, he aquí la cuestión


Dar un salto de fe es como lanzarse por un acantilado desconocido con la esperanza que al sumergirnos en el agua no hayan rocas que nos maten. Tal acto cargado de imprudencia no lo mueve la razón, sino justamente la fe. Y, ¿qué es la fe que acciona en una persona la firme voluntad de llevar a cabo una temeridad que puede llegarle a costar la vida? Como diría Kant, la fe es la aceptación de ideas que son teóricamente indemostrables, aunque impuestas necesariamente por la realidad indudable de la libertad. Es decir, la fe es el anhelo ciego de la libertad, y un acto de fe no es más que la acción para alcanzar ese anhelo liberador.

Pero claro, como todos sabemos, una cosa es la creencia ciega que podamos tener sobre una realidad imaginada, y otra bien distinta la realidad en si misma. Por lo que, metafóricamente hablando, muchos son los que han dado un salto de fe sobre el acantilado, y pocos los que no se han estampado contra la rocas. Y aún así, el hombre continúa saltando. Y es que la verdadera fuerza de un salto de fe en la vida no se haya ni en la firme voluntad por saltar, ni en la inquebrantable creencia de unas ideas apriorísticamente indemostrables, sino en el impetuoso e irrefrenable anehlo de alcanzar la libertad.

La libertad, he aquí uno de los elementos esenciales -tan misteriosos como reales- que constituyen la naturaleza propia del fenómeno que conocemos como ser humano. Pero no libertad en el sentido de capacidad de libre albedrío, sino en el concepto más amplio de autonomía e independencia individual. En este contexto, los saltos de fe que a veces las personas realizamos a lo largo de nuestra vida son saltos en busca de una plena libertad personal, en contraste opuesto con la realidad percibida como carente de libertad suficiente de la que partimos. Como podemos entender, la falta de experimentación de libertad en una vida, ya sea objetiva o subjetivamente, es un sentimiento íntimo y muchas veces intransferible percibido por parte de una persona. Por lo que solo cada cual sabe cómo de libre se siente en el momento concreto de su vida.

Por lo general, los saltos de fe de un estado existencial a otro diferente se producen por la impetuosa necesidad de alcanzar la libertad, empujados por una situación o circunstancia que ahoga existencialmente a la persona, ya sea mental, emocional, espiritual o materialmente. El problema reside en que, justamente, estos saltos -de gran fuerza con carga impulsiva- se basan en el principio de la fe frente a una realidad imaginada e indemostrable. Es decir, nadie puede asegurar si el salto es la decisión correcta hasta haberlo realizado.

Por otro lado, por mucho que nos esforcemos en preveer el desarrollo de la historia que se desarrollará tras el salto, para validar la oportunidad de dar o no el paso, resulta imposible ver más allá del precipicio al que nos vamos a lanzar. En caso contrario, si tuviéramos la capacidad de preveer al menos el futuro inmediato a corto y medio plazo, ya no se trataría de un salto de fe, sino de una decisión personal controlada y, por tanto, gestionable con ciertas garantías desde el momento incluso anterior al salto.

La gracia del salto de fe es preciosamente su impredecibilidad real. Y no es ninguna realidad que tras el salto tengamos el 50 por ciento de posibilidades de acertar o equivocarnos en la decisión tomada. Pues en el mundo real, donde los experimentos no se realizan en un espacio seguro y al vacío exentos de condicionantes, son muchas y múltiples las variables sociológicas que interactuan, haciendo que nuestro porcentaje de éxito pueda variar del 1 al 99 por ciento (en valores absolutos). Por lo que el salto de fe en busca de una mayor libertad individual es, por definición, un acto de fe.

El que no se haya encontrado ante la tesitura de dar un salto de fe en algún momento de su vida, que lance la primera piedra. No obstante, también son muchos los que ante la íntima necesidad imperiosa y la posible oportunidad de dar un salto de fe se han visto cohibidos por el miedo de enfrentarse a un escenario futuro tan desconocido como impredecible. Tanto la valentía por saltar como el miedo a dar el paso son actitudes humanas, profundamente humanas, e injuiciables por personales. Los saltos de fe necesitan de una profunda reflexión individual, llena de pensamiento crítico sobre temas que atañen a la propia existencia singular de cada cual, pero no se requiere de lógica. Pues la lógica no entiende de lanzarse a un vacío desconocido.

Cuando se trata de dar un salto de fe, al final, siempre nos enfrentamos a la indelegable cuestión shakesperiana: Saltar o no saltar, he aquí la cuestión.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

La Impotencia, en su falta de fuerza necesaria para el cambio, reorganiza constantemente nuestro universo personal


El viejo maestro Aristóteles, en su obra de Metafisica, distinguía tres aspectos de la potencia: como fuente de cambio, como capacidad de la ejecución, y como estado en virtud del cual las cosas son en si mismas inmutables (la cual descarto entrar de antemano). Dejando de lado, asimismo, la potencia como fuente de cambio, -no me interesa en estos momentos ni su variedad según sus diferentes acciones (activas, receptivas, remotas, etc), ni el origen de sus fuentes (por facultad natural, de autoridad por derecho, etc)-, que dio mucho juego a los empiristas Hobbes y Locke que rompieron radicalmente con la metafísica clásica y, por tanto, repudiaron de su filosofía cualquier idea de trascendencia o de verdad eterna, me centraré en esta breve reflexión en la potencia como capacidad de ejecución.

Sin intención de llegar al reductio ad absurdum del también empirista Hume que intentó demostrar que la potencia como facultad de efectuar o recibir un cambio es una ilusión, rápidamente refutado por los primeros destellos del positivismo y la psicología experimental, me interesa la impotencia -entendida como incapacidad- como una diferencia de grado de la potencia. O, en otras palabras, ¿por qué la fuerza de cambio de la potencia puede transformarse en impotencia?.

Si existe alguna palabra que define la capacidad ejecutiva de la potencia que me agrada particularmente es, justamente, el vocablo griego dynamis, concepto que utilizó el propio Aristóteles para referirse a la capacidad activa de una cosa de pasar a un estado distinto, de transformarse en algo nuevo. Pues la impotencia no encuentra su clave de descifrado (manifestación) en la potencia como fuente de cambio, sino en la ejecución de su dynamis. Ya que es en el proceso de desarrollo de la dynamis en que la potencia puede llegarse a transmutar en su grado opuesto como impotencia.

Si la impotencia es la falta de fuerza necesaria para efectuar o recibir un cambio, dicha carencia de facultad ¿se haya implícita en la potencia como fuente de cambio o en el dynamis como capacidad de ejecución?. La respuesta, como es obvia, es doble: la impotencia (que se manifiesta en la dynamis) puede estar subyacente en la propia potencia, lo que por extrapolación contagia a su propia dynamis condenándola al fracaso; o puede surgir en el proceso de la propia dynamis con independencia de la fuerza de cambio necesaria y suficiente de la potencia. De ambos casos se deducen dos premisas: uno, que existe una potencia de fuerza de cambio mayor que tiene la capacidad de resistir al intento de efectuar o recibir un cambio por parte de otra potencia; y dos, que o bien la potencia no ha verificado adecuadamente su capacidad de fuerza de cambio, o bien no ha analizado correctamente la efectividad de la capacidad ejecutiva de la potencia en su proceso de dynamis. En todo caso, toda potencia, con su dynamis incluida, está sujeta a unos parámetros de interrelación con otras fuerzas de cambio potenciales que la condicionan. La acción de limitación que ejerce este entorno interrelacionado de potencialidad sobre una potencia en concreto genera los estados de impotencia.

En un universo a escala -creemos que prácticamente infinito (al menos para nuestro entendimiento)-, siempre nos encontraremos con una potencia mayor y menor a otra, en un juego de parámetros de referencias.Y en un entorno donde las fuerzas de cambio se hayan interrelacionadas en una red vital, existencial y cósmica en continuo cambio y transformación, las distorsiones en la capacidad ejecutiva del dynamis representa un valor tan indeterminable como constante. Por lo que la impotencia deviene en un principio natural en la lógica de la relación entre potencialidades.

Si la vida es un flujo en continuo cambio, las potencias no son más que unidades esenciales de esa fuerza de cambio vital, donde la impotencia reorganiza constantemente y por decantación la relación de poder entre las diversas potencias y, por ende, reestructura continuamente el diagrama que dibuja nuestro universo. Por lo que en este mundo, la Razón, la Verdad, la Justicia o la Autoridad Moral no tienen efecto alguno si no cuentan con la fuerza necesaria, como potencias, para ejecutar de manera efectiva el dynamis que provoque el cambio que buscan. En caso contrario, solo queda la impotencia como grado de refugio de las potencias débiles. La vida, objetivamente, es un continuo enfrentamiento entre potencias de intensidades diferentes.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


El juego de las ocho puertas de la vida


He aquí que hay ocho puertas en la vida. Cada una de las puertas da acceso a un modelo de existencia diferente: 1) tranquila, aburrida y feliz; 2) tranquila, divertida e infeliz; 3) tranquila, aburrida e infeliz; 4) tranquila, divertida y feliz; 5) intranquila, aburrida y feliz; 6) intranquila, divertida e infeliz; 7) intranquila, aburrida e infeliz; y, 8) intranquila, divertida y feliz. Entendiendo la tranquilidad/intranquilidad como un grado de sentimiento respecto al nivel de confort de bienestar de vida personal (bienes materiales), el estado de aburrimiento/diversión como un grado de sentimiento respecto al nivel de actividad personal, profesional y social experimentada; y la felicidad/infelicidad como un grado de sentimiento respecto al nivel de percepción de alegría con uno mismo y su entorno ambiental.

Frente a las cuatro puertas, una persona -en la dulce y temprana edad de tomar su primera decisión como adulto con plena potestad sobre su libre albedrío- debe elegir entrar en una de ellas siendo consciente que la decisión que tome determinará el rumbo de su vida a rasgos generales, sabiendo que toda persona cambia de prioridades a lo largo de su propia vida, y que no podrá cambiar de decisión a posteriori. ¿Cuál de las puertas elegirías tú?.

Está claro que la respuesta diferirá no solo dependiendo de la personalidad de cada cual, sino de su visión particular de qué es la vida (influenciada por el entorno cultural) y, sobre todo, por su experiencia. Pues no es lo mismo la respuesta que puede ofrecer un joven recién salido del cascarón familiar, que una persona madura con diversas experiencias a sus espaldas. El espectro de referencias a valorar condiciona el resultado.

Pero la vida nunca es estática, sino que siempre se encuentra en un continuo flujo de cambio y transformación. Así pues, si bien la persona no puede cambiar la decisión inicialmente tomada -siguiendo con este entretenimiento hipotético-, las puertas sí que tienen la capacidad de moverse a capricho y sin aviso previo como en el juego ilusionista del vaso y la bolita (el trile), haciéndonos experimentar la vida propia de otra puerta diferente a la seleccionada a antojo. En este caso, ¿en qué puerta te gustaría estar?. La respuesta, como es obvia, solo es apta para iniciados e experimentados en elecciones de vida. (Aunque ojo, hay trampa: Elegir una puerta deseada conlleva enfrentarse a la definición de la puerta en la que uno se encuentra, lo cual a veces no resulta agradable).

Con independencia de la estancia en la que nos hallemos, cabe destacar que el movimiento tan inherente como indeterminable de las puertas no es inocuo, sino que en cada traslación de las mismas se produce un efecto de pérdida en alguno de los estados de tranquilidad/intranquilidad, aburrimiento/diversión, y felicidad/infelicidad. Un proceso de pérdida que produce un sentimiento de ausencia en nuestras vidas. Una ausencia que unas veces podemos suplirlo con algo nuevo, y otras no. En el caso del fenómeno de la ausencia que no se puede suplir, es curioso como, en la mayoría de los casos y con diferente intensidad en cada persona, el movimiento de traslación de las puertas entre sí activa un inicio de borrado de nuestra cinta de memoria individual, haciendo de la ausencia algo prácticamente inexistente y, por tanto, no añorable hasta el punto de poder continuar con cierta normalidad con la cotidianidad de nuestras vidas. Como canta el refranero, el tiempo todo lo cura, o mejor dicho, todo lo borra (prácticamente). De ahí que las personas que hemos vivido muchas y diversas experiencias percibamos el pasado no ya como un tiempo anterior, sino verdaderamente como otras encarnaciones pasadas.

Aunque lo relevante del juego de las puertas no es tanto el efecto secundario que tienen sobre el efecto de la ausencia, sino su movimiento propiamente dicho. Ya que, ¿son las puertas las que se mueven aleatoriamente?, o ¿su movimiento manifestado en múltiples secuencias combinatorias posibles es el resultado de un ajuste o desajuste interior entre nuestra naturaleza como individuos y las características naturales de cada puerta? Al igual que sucede con un engranaje que busca, en un tasteo continuo y periódico, el ajuste adecuado de sus piezas. Seguramente se trata de las dos posibilidades a la vez. Ya que pretender afirmar que las puertas de la vida se mueven solas sin nuestra intervención (consciente o inconsciente) resulta tan ridículo como afirmar que solo con nuestra intencionalidad (activa o pasiva) se genera el movimiento de las mismas. La interconexión es evidente.

He aquí pues el gran misterio y enseñanza de la vida: la alineación de la naturaleza de la puerta como modelo de vida deseado con nuestra propia naturaleza como individuos, requiere previamente de un trabajo personal de alineación con nosotros mismos. Pues no es posible ajustar un mundo exterior anhelado con la realidad de nuestro mundo interior, cuando éste está desajustado por volátil y, en muchos casos, por incoherente. Podremos optar por la elección de una de las ocho puertas, pero si no estamos preparados para afianzarla (mental y emocionalmente), las puertas iniciarán el movimiento de traslación forzando la combinación en busca de la que mejor nos encaje, acorde al grado de madurez de nuestra naturaleza en el preciso momento de la vida en el que nos encontramos. Mal nos pese, nuestro mundo exterior es un reflejo de nuestro mundo interior, condicionado además por las diversas secuencias combinatorias de puertas por las que hemos transitado. Como en un laberinto efímero de humo, a cada puerta abierta se desvanece la puerta anteriormente cerrada, sin que podamos deshacer nuestros pasos. Por lo que solo nos queda continuar adelante confiando en nuestro ápice de lucidez, que se adquiere con la experiencia, y entregados a los designios de la Fortuna a la espera de poder ya no solo entrar, sino perdurar, en el interior de la puerta deseada.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 27 de agosto de 2018

Pensar, la gastronomía del alma que no sirve para comer


“Mi nieta, que es ingeniera electrónica, me dice que es impresionante todas las cosas que sé que no sirven para nada”, me comentaba una mujer mayor con una sonrisa en la cara hace unos días. “Y yo le contesté -continuó explicando la mujer-, que forma parte de la gastronomía del alma”. Una anécdota que me ha venido a la memoria cuando, justamente ayer, una conocida le preguntó a mi pareja qué es un filósofo. De hecho, si nos paramos a reflexionar, no hay necesidad de saber lo que es un filósofo en una sociedad como la actual donde todos deben pensar igual, lo que significa por otro lado que nadie está pensando, por lo que un filósofo debe ser alguna especie de patología de disfuncionalidad social, seguramente.

Si observamos a nuestro alrededor el funcionamiento de nuestra sociedad, todo el engranaje en el que se sustenta está orientado hacia la estandarización de un pensamiento único y la potenciación de una vida enajenada mediante hábitos de consumo impulsivo compulsivos, en relación a un modelo de vida estándar prefijado por un ente superior al que llamamos Mercado (dirigido por personas, no lo olvidemos). Una vida en el que el pensamiento, más que regalado, se nos entrega adecuadamente etiquetado y paquetizado sin esfuerzo previo alguno para nuestro tranquilo consumo particular en el sofá de casa (como una sopa instantánea de microondas). Sin más margen de pensamiento individual que aquel que solo está focalizado en generar dinero (productividad), que es lo único que le interesa a un sistema de organización social diseñado por el Mercado. A partir de aquí, como tristemente afirma una persona que aprecio, todo lo demás no son más que elucubraciones mentales. Por ello no solo son prescindibles las facultades de Filosofía, algunas ya desaparecidas en los últimos años, sino todas las profesiones vinculadas a las Humanidades. El pensamiento que no da para comer no es pensamiento, podríamos sintetizar.

La purga del pensamiento no productivo, es decir, de aquella actividad intelectual que no tiene como objetivo último generar dinero (unidad elemental de energía consumible del sistema), llega a los extremos de barrer del mercado laboral cualquier resquicio de actividad remunerada (trabajo) que pueda sustentar económicamente a un profesional del pensamiento no productivo. La consecuencia no es otra que la condena al ostracismo de los pensadores -y por extensión del conjunto de humanistas- fuera del circuito laboral del sistema, lo que les aboca a la pobreza social convirtiéndoles en indigentes ilustrados con techo, en el mejor de los casos, pues las estructuras familiares proveen la cobertura del hábitat doméstico.

El Mercado, que ha encontrado en la tecnología su panacea a la productividad de una sociedad competitiva con la que se retroalimenta y asegura la sostenibilidad del modelo, considera al Humanismo su opuesto, y en consecuencia desechable. Cuando justamente del espíritu humanista surgió la chispa ilustrada que iluminó el anhelo tecnológico. Y asimismo considera la Filosofía, particularmente, como una caja de grillos locos, y por tanto propia de ser ignorada. Cuando la Filosofía es la madre de todas las ciencias. Si los grandes pensadores humanistas de antaño levantaran cabeza, verían horrorizados al actual homo tecnológico como un ser ciego, con una lógica mental obsesionada por el dinero, de terminales conectadas a dispositivos varios como extremidades, exento de una gastronomía del alma en su hábitat alimenticio existencial en sustitución por una gastronomía ociosa-productiva, y por tanto como un ser vacío de humanidad en su interior. Escalofriante imagen.

Cuando todos piensan igual, es que nadie está pensando. Y ese pensamiento único se convierte en un encefalograma plano en las personas no pensantes. El arquetipo de ciudadano perfecto para el sistema creado por el Mercado, donde el código binario resultante de algoritmos informáticos programados ya piensa por las personas, suministrando en tiempo y medida justa y necesaria las cápsulas de pensamiento ingeribles a consumir. Por lo que cualquier otra opción de pensamiento posible, fuera de la estandarizada, no solo es desechable sino combatida por potencialmente peligrosa. La criba de los pensadores no productivos en el sistema social contemporáneo es una evidencia, expulsándolos de cualquier opción de vida digna al restringirles el acceso a las fuentes de ingresos normalizadas (sus labores, como actividades profesionales, son eliminadas de las ofertas laborales). La conversión al pensamiento único y productivo, acorde a los cánones de productividad del Mercado, es una exigencia purgatoria de corte inquisitorial. La gastronomía del alma queda prohibida más allá de la propia intimidad. Y con ello el vaciado del pensamiento crítico, y por ende el empobrecimiento del hombre como especie reflexiva, se consuma a cada nueva generación.

La tendencia clara del pensamiento único y estandarizado solo lleva a la endogamia intelectual, en éste caso de las mentes tecnopensantes productivas, que ya se atreven a sustituir la mano de obra humana de los trabajos considerados de bajo valor diferencial por la robótica (más o menos inteligente) capacitada incluso para crear “obras de arte”, entre ellas pinturas, novelas o películas. Lo cierto es que no me apetece en absoluto poder llegar a ver el futuro de una humanidad vacua por desarrollada ajena a las artes humanistas, por muy avanzada que pueda llegar a ser tecnológicamente. Mientras tanto, ya no por rebeldía sino por necesidad existencial del espíritu, continuaré alimentándome de la gastronomía del alma, aunque ello me convierta en un indigente ilustrado con techo, pues el sentido de la vida no se compra con dinero sino que se adquiere pensando, aunque sea improductivamente. Los pensadores humanistas, aun a peligro de parecer disfuncionales sociales patológicos a los ojos del Mercado, existimos, aunque no tengamos cabida en la sociedad productiva para el empobrecimiento de ésta. Oscuros tiempos nos ha tocado vivir donde para existir no se necesita pensar. Descartes, y su racionalismo, ha muerto. Pero los filósofos, aun desnutridos, resisten en existir pensando.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

Las matemáticas no son perfectas, al menos en nuestro mundo (conjetura de Collatz)

Mapa de Collatz
En el mundo de las hormigas, las leyes que rigen el hormiguero son perfectas. Pero no fuera de él. Lo mismo nos pasó a los humanos con la física clásica hasta que dislumbramos ya no solo la teoría de la relatividad, sino la propia física cuántica, percatándonos que a escalas dimensionales diferentes las reglas de la física, y con ella las matemáticas, se comportaban de manera no solo diferente sino contrarias.

E incluso en nuestro mundo matemáticamente ordenado aún hoy en día contamos con problemas imposibles de resolver, como la conjetura de Collatz, de irresoluble solución. La conjetura de Collatz, más conocida como conjetura de 3n+1 afirma que si tomas un número (no importa con cuál número empieces), y si es par lo divides entre dos y si es impar lo multiplicas por tres y le sumas uno, y repites este procedimiento, eventualmente siempre llegarás al 4 que se convertirá en 2, pero que al final siempre termina en 1. Es decir, no importa cómo, pero el problema siempre llega al mismo punto: siempre alcanzaremos el 1 para cualquier número con el que comencemos. La indomitabilidad del problema enunciado en 1937 por el joven estudiante alemán de matemáticas Collatz reside en que se trata de un problema aritmético que generando una serie de enteros mediante una regla (3n+1) se entra en una sucesión de bucles en los que un conjunto de enteros se va repitiendo periódicamente, hasta el punto que resulta imposible en la actualidad demostrar la veracidad o falsedad absoluta del resultado obtenido.

Pero, ¿por qué nos resulta dificil verificar la conjetura de Collatz sobre la cual para cualquier número inicial, se elija cual se elija, el resultado siempre acaba siendo 1?. La respuesta es que la conjetura del matemático alemán no solo se relaciona con la teoría de números, sino tambien con un problema de indecibilidad (imposible construir un algoritmo que siempre conduzca a una respuesta correcta positiva o negativamente, en un conjunto infinito de entradas), de la teoría del caos, los propios fundamentos de las matemáticas y de la misma computación. De hecho, en este sentido, la conjetura de Collatz es computacionalmente irreductible. Como han afirmado varios científicos: las matemáticas no están listas para este tipo de problema. Incluso un grupo de investigadores del laboratorio de inteligencia artificial del MIT pusieron a prueba, mediante computadora, todos los enteros positivos hasta el 60.000.000, sin encontrar una sola excepción. Se descubrió además que si la regla 3n+1 utilizada cuando es impar se reemplaza por 3n-1, el resultado, en valores absolutos, es el mismo que si se comenzase con un número entero negativo y se siguiera la misma regla, cayendo en una repetición de bucles diferentes. Así pues, ante la pregunta de por qué no se puede probar la conjetura de Collatz, la respuesta es que nadie sabe establecer el caso general para todos los enteros no nulos, ni si hay enteros que generen sucesiones divergentes hacia infinito carentes de bucle.

No hay que decir que resolver el problema planteado por Collatz, ahora hace poco más de ochenta años, nos abriría nuevos horizontes y desarrollaría nuevas e importates técnicas en el ámbito de las matemáticas al conjunto de la humanidad.

Llegados a este punto, podemos afirmar que las matemáticas son imperfectas. O al menos en nuestra dimensión. ¿Podría la conjetura de Colllatz encontrar solución en un contexto de parámetros referenciales dimensionales diferentes? Y, ¿por qué no?. Una de las características del problema planteado es la generación indecible de bucles, sabiendo que en topología matemática un bucle (o loop) es una sentencia que ejecuta repetidas veces un trozo de código o secuencia matemática hasta que la condición asignada a dicho bucle deja de cumplirse. Pero todo bucle matemático tiene una correspondencia en el mundo físico a través de la geometría. Así pues, si convertimos el bucle matemático en un bucle geométrico, nos encontraríamos con un sistema de datos que efectaría una trayectoria que lo devolvería al punto original, mientras se encuentra sujeto a un parámetro que cambia de forma, permitiéndonos determinar el ángulo sólido (1) en cada bucle respecto a la trayectoria del sistema con respecto a su punto de generación (lo que en física se llama Fase Geométrica). O, dicho en otras palabras, el bucle resultante estaría sujeto a las limitaciones de nuestra naturaleza tetradimensional (espacio-tiempo). Pero, ¿cómo se comportaría dicho bucle en un espacio hiperdimensional (más de cuatro dimensiones)?

La conjetura de Collatz siempre tiende a 1, siendo éste un valor numérico, en la magnitud de nuestras matemáticas, que permite comparar grados de medición física de una magnitud. El uno es el primer número natural y también es el número entero que sigue al cero y precede al dos. Como número natural se consiera, axiomáticamente, que no es sucesor de ningún otro número, y como número entero es el elemento representativo de la clase de equivalencia. Almenos en nuestro espacio-tiempo. Pero el uno, desde una perspectiva física y por tanto geométrica, no deja de ser un punto del espacio-tiempo fijado por un sistema de coordenadas dimensionales. Por lo que en un universo hiperdimensional el uno, como magnitud matemática, podría ver alterado su naturaleza como número natural y entero tal y como lo entendemos.

Quién sabe si, en un universo con diferentes parámetros dimensionales referenciales, el comportamiendo bucliano indecible en una nueva concepción matemática del valor uno para la regla secuencial 3n+1, haga viable la solución del problema de la conjetura de Collatz, dando paso a una nueva y enriquecedora concepción de las matemáticas. Quizás no estemos frente a un problema matemático imposible, sino a un problema matemático propio de otra dimensión diferente a la nuestra, al igual que las leyes físicas clásicas no son aplicables al universo de la física subatómica. Por lo que podemos concluir que las matemáticas nunca son perfectas, al menos si solo las aplicamos en nuestro limitado mundo (dentro de en un universo interconectado). En caso contrario, ya hace tiempo que hubiésemos dado matemáticamente con la teoría física del campo unificado de las diversas fuerzas fundamentales que operan en la naturaleza que creemos conocer. Pero como dijo Sócrates, sólo sé que no sé nada.



(1) El ángulo sólido es el ángulo espacial que abarca un objeto visto desde un punto dado, que se correponde con la zona del espacio limitada por las rectas proyectantes desde el objeto hacia el observador.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 23 de agosto de 2018

Diccionario del Alma (Coronel / cremación) XXIIIª Entrega


Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.

Coronel: Regulador de voluntades.
Coronilla: 1. Por donde nos sostiene el cielo. 2. Entrada de usb interdimensional.
Corpachón: Caldera de proteínas.
Corpiño: 1. Forjador femenino. 2.La cara oculta de la belleza esterotipada.
Corporación: 1. La red de pescar. 2. El muro de la muralla.
Corporal: La risa y el llanto.
Corporativo, -va: Crema de protección social.
Corpóreo, -ea: La caducidad.
Corpulencia: La idiotez humana.
Corpulento,-ta: El arte clásico.
Corpúsculo: La mente de muchos famosos.
Corral: La ciudad misma.
Correa: El timón de la libertad.
Correaje: El traje para trabajar.
Correazo: Pedagogía caducada.
Corrección: Según su uso genera tontos o inteligentes.
Correccional: Remodelador de planchas defectuosas.
Correctivo, -va: El fracaso.
Correcto, -ta: Lo que dicta el corazón desde el amor.
Corrector,-ra: Un parche insostenible en el tiempo.
Corredentor, -ra: La justicia humanista.
Corredera: El paso de los que siempre persisten a cualquier cambio de poder.
Corredizo,-za: (retráctil) La cobertura bancaria cuando hay crisis.
Corredor,-ra: El hombre tras la zanahoria prometida.
Correduría: Cueva de hienas.
Corregidor, -ra: 1. El brazo derecho del rey, que no el izquierdo. 2. Se espera que persona de criterio.
Corregir: Potestad merecedora de pocos.
Correhuela: Las trompetas de los campos.
Correlación: En el Universo, todo.
Correligionario,-ia: El resto de ovejas, o de lobos.
Correo: Proceso evolutivo de la comunicación.
Correoso,-sa: La envidia.
Correr: 1. Percepción de libertad. 2. La multiplicación de los futuros urgentes.
Correría: Hábito extendido de mala vida.
Correspondencia: Mi pareja a mi.
Corresponder: Caminar juntos el trayecto de la existencia.
Correspondiente: Yo a mi pareja.
Corresponsal: Una antena repetidora.
Corretear: El dulce juego de la niñez.
Corrida: (de toros) El monstruo creado por los miedos del hombre.
Corrido, -da: Estado de profunda paz.
Corriente: 1. Manifestación del flujo eterno. 2. Mi mala memoria.
Corrillo: 1. Olla de calumnias. 2. Cubículo de los secretos improvisado.
Corrimiento: La certeza de la carencia de control.
Corro: La importancia de todos.
Corroboración: Pellizcarme cuando creo estar despierto.
Corroborar: La necesidad de saber si la vida es un sueño.
Corroer: La falta de trabajo óptimamente remunerado a la dignidad personal.
Corromper: Cierta clase política a la Democracia.
Corrosión: El estado de los valores humanistas.
Corrosivo, -va: El Mercado no tutelado.
Corrupción: Quinta esencia de la naturaleza salvaje del hombre.
Corruptela: Virus social exento de antídoto.
Corruptor,-ra: Cucaracha a chafar.
Corsario, -ia: El sentido existencial de la libertad a costa de la libertad ajena.
Corsé: El cinturón económico.
Corsetero, -ra: La desigualdad.
Corso,-sa: Con Patente de Mercado.
Corta: La estabilidad.
Cortado,-da: El destino del cordón umbilical que une la vida en el misterio de la Vida.
Cortador, -ra: Los moldes sociales.
Cortafrío: El frío golpeado.
Cortante: La mirada retrospectiva del adulto a sus sueños de juventud.
Cortapapeles: El arma blanca del escritorio.
Cortapicos: Educar.
Cortapisa: Un aguafiestas.
Cortaplumas: Un detractor del vuelo.
Cortar: La creación de nuevas singularidades.
Corte: La carga de la prueba.
Cortedad: Un mala formación intelectual extendida.
Cortejador, -ra: La carencia que busca.
Cortejar: En muchos casos, mercantilizar el amor.
Cortejo: Las chispas de una bengala que pocos convierten en un cielo estrellado perenne.
Cortés: El disfraz del bárbaro.
Cortesano, -na: La hipócrita y superficial sonrisa engominada.
Cortesía: Un baile de compostura social.
Corteza: La piel de los pulmones de la naturaleza.
Cortical: La corteza de los pensamientos.
Cortijero,-ra: El servicio del campo.
Cortijo: Casa de los ancestros.
Cortina: La efímera separación con la verdad.
Cortinaje: Laberinto textil.
Corva: La vida.
Corzo: La dulzura en su estado natural.
Cosa: Todo aquello indescriptible.
Coscoja: El bellotero de siempre.
Coscorrón: Heridas de guerra infantiles.
Cosecha: El efecto de la siembra.
Cosechar: El premio incierto del esfuerzo.
Cosechero,-ra: Los acreedores del coste de la vida.
Coseno: Un seno dependiente.
Coser: Una unión forzada.
Cosido,-da: El nombre a la persona.
Cosmético,-ca: La nueva política.
Cósmico, -ca: La partícula elemental.
Cosmografía: Un garabato del universo.
Cosmopolita: Más bien, terraqueopolita.
Cosmos: El corrector de la justa medida del hombre.
Coso: Donde se crean monstruos.
Cosquillas: Dulce recuerdo de despertar matinal de Carlota y Ariadna.
Cosquillear: El juego de batalla preferido de mis hijas cuando eran pequeñas.
Cosquilleo: La presencia de la magia de la existencia.
Costa: 1. Defensa natural del mundo marino frente a la barbarie humana. 2. Franja de conexión con la esencia de la materia de la cuna de la vida.
Costado: La posición natural de los interesados.
Costal: Maleta de oficina de los manteros.
Costalada: Pérdida de tu centro.
Costanero, -ra: Mi pueblo mediterráneo.
Costar: Un bloqueo.
Coste: Valor que, hoy en día, tristemente tiene todo, hasta lo incomprable.
Costear: Un privilegio.
Costero, -ra: Mi casa ideal.
Costilla: La perfección del hombre.
Costillaje: Para chuparse los dedos.
Costoso, -sa: Sortear la barrera de edad del mercado laboral.
Costra: El eco dormido del dolor.
Costumbre: La repetición de un hábito.
Costura: Un cuadro de tela.
Costurera: Una artista de afilado pincel superfino.
Costurón: El trabajo mal hecho.
Cota: 1. La ropa interior de los caballeros. 2. Un punto relativo.
Cotarro: 1. Desorden mental compartido. 2. Reunión social de cotorras.
Cotejar: Voluntad de homogeneizar.
Coterráneo,-ea: Un independentista catalán y un español, muy a pesar del primero.
Cotidiano, -na: El café de las mañanas.
Cotillón: La efimirez de la alegría.
Cotización: Hucha para la vejez.
Cotizar: Un lujo.
Coto: 1. Espacio con derecho de admisión. 2. Puertas al campo.
Cotorra: Conozco a uno/as cuanto/as.
Cotorrear: Inaguantable.
Covacha: Al precio que están las viviendas, las casas del futuro.
Coxal: Enemigo de los golpes.
Coyuntura: Fase previa a la cronización de un estado estructural.
Coz: Patada que reciben los pobres cuando se acercan a un banco.
Craneal: Ciudad misteriosa de la consciencia.
Cráneo: Mi astro particular.
Crápula: Hombre con capacidad de compra de la moral.
Craso, -sa: La mala gestión del bien público.
Cráter: El predominio de la forma circular en el universo.
Crátera: La botella de Bacos.
Creación: La manifestación de una consciencia.
Creador, -ra: La rebeldía frente a las ideas preestablecidas.
Crear: Superar la realidad.
Crecer: A veces, deprimente.
Creces: La capacidad de soñar.
Crecida: Mi hija(s).
Crecido, -da: El anhelo por la justicia social.
Creciente: El deseo por una vida tranquila.
Crecimiento: En muchas personas, una ilusión del continente frente al contenido.
Credencial: Pasaporte que escasea.
Credibilidad: Una flor en un desierto.
Crédito: El valor de ser, por encima del tener.
Credo: El capitalismo.
Credulidad: Una actitud sociabilizada.
Crédulo, -la: El filósofo frente a una sociedad no pensante.
Creencia: Aquello en lo que cada cual ha decidido creer.
Creer: Quisiera creer en tantas cosas...
Creíble: Para mi, mi amor por mi pareja, mis hijas y mis padres.
Crema: Un reconstituyente de la frágil piel.
Cremación: La despedida perfecta de este mundo.


Última entrada relacionada: Controversia / coronar XXIIª Entrega


martes, 21 de agosto de 2018

Esta tarde he viajado en el tiempo


En esta calurosa tarde de verano me he regocijado imaginando que en el salón de mi casa había un gran giroscópio de Foucault, en el cual podía introducirme en el interior sus aros giratorios. Sé que el giroscópio pretende confirmar la primera ley del ya clásico físico al que le cayó una manzana sobre la cabeza: “un cuerpo tiende a continuar en su estado de reposo o movimiento uniforme si no está sometido a fuerzas externas”, aunque personalmente no me creo la condición de reposo o movimiento de un cuerpo sin una fuerza externa en un universo donde la energía está interrelacionada. Pero en este caso, mi giroscópio particular podía hacerme viajar a través del tiempo -como la máquina del tiempo de HG Wells-, llevándome a nuevas y diferentes dimensiones, mediante la distorsión del espacio-tiempo conocido a través de la velocidad de sus aros giratorios, y todo ello sin salir de mi salón.

La velocidad de mi resistente giroscópio cogía progresivamente una aceleración que llegó a alcanzar la velocidad superlumínica, por encima de los 300.000 kilómetros por segundo (velocidad de la luz), gracias al haber subsanado -no me preguntéis cómo- la necesidad de obtener una energía infinita para lograr acelerar los aros giratorios, conmigo en su interior, para burla de la ecuación de relación energía-momento de la teoría de la relatividad espacial del físico con pelos de loco que creía que Dios no jugaba a los dados. Y todo ello sin morir en cuestión de segundos en la aceleración, ya que el giroscópio me protegía de la radiación generada por la inmensa cantidad de energía producida por la super aceleración de las partículas, cuya radiación ionizante generada no solo me hubiera frito literalmente sino que incluso me hubiese roto los enlaces químicos de mi adn dañándolo irreversiblemente. Un verdadero desperdicio, créanme. :-)

La velocidad superlumínica convirtió al giroscópio en el que me hallaba en una gran burbuja blanquecina que curvó el espacio-tiempo (burbuja de curvatura), pero al doblar el tiempo en el propio círculo del giroscópio en el que me encontraba en vez de doblarlo sobre una línea recta, no me propulsó de un punto del universo a otro más lejano -a imagen y semejanza de los viajes interestelares del Enterprise en Star Trek-, sino que generó una burbuja de la geometría espacio-tiempo que me transportó hacia atrás y hacia adelante a través de diversos espacios y tiempos diferentes mientras los aros giratorios recorrían su camino circular. Tal y como el joven profesor de matemáticas y física de la Universidad de British Columbia, Ben Tippet, había premonizado hace un año atrás en su modelo matemático Tardis (Traversable Acausal retrograde Domain in Space-time) en una nueva teoría de la máquina del tiempo.

La aceleración del giroscópio no generó una propulsión de curvatura interestelar, sino que causó un movimiento hiperespacial haciéndome entrar en nuevos universos de más de cuatro dimensiones. El tiempo, alineado con las múltiples dimensiones espaciales de los diversos universos, amplió para mi su significado extendiéndose en todas direcciones imaginables excepto en la lineal. Fué entonces que percibí que mi comunicación interneuronal se había acelerado aumentando considerablemente su techo de velocidad de más de 100 metros por segundo en condiciones normales, provocando que mi red neuronal construyera ingentes estructuras geométricas en mi cabeza que hacían sonrojar a las once dimensiones cerebrales registradas -mediante topología algebraica- por el equipo de científicos del Blue Brain Project de Suiza el año pasado. El universo multidimensional no solo era una realidad externa observable, sino una evidencia casi insondable percibida en mi propio cerebro. La vastitud del nuevo concepto de tiempo lo abarcaba todo, y con él el acceso a un conocimiento ilimitado donde pasado, presente y futuro se diluían en una nueva naturaleza tan indefinible como innombrable. Un estado de excitación embriagaba todo mi ser, fuera lo que fuera mi ser en ese nuevo estado y condición de cuerpo cognoscente.

El giroscópio fue desacelerando progresivamente, y con él mi actividad cerebral fue decayendo como un castillo de arena multidimensional que se materializa fuera de la arena para luego desintegrarse. El espacio-tiempo dejó de estar curvado y el regreso a la linialidad del universo tridimensional se me antojó casi vacuo y carcelero. La vuelta a la realidad desvaneció la imagen que tenía del magnífico giroscópio en el salón, y con él también se esfumó -quizás para descansar- mi imaginación. Aunque quién sabe si la imaginación no es más que un portal interdimensional, y tras ella siempre queda un poso de conocimiento adquirido en el viaje, atrapado en una mente limitada que no sabe explicar lo inabarcable.


En memoria de un alter ego veinteañero 
autor de “La Velocidad, Señora del Espacio-Tiempo”.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

El reto de educar desde la autoridad a un Adolescente que, como el pez de la pecera, no sabe quién le cambia el agua


Educar a un adolescente es uno de los grandes retos que tiene todo padre. Pero, ¿qué es educar?. Educar no solo se circunscribe al ámbito de enseñar conocimientos, facultad que ostentan -no en exclusividad- los profesores de los centros educativos en sus diversos niveles, sino que educar significa fundamentalmente promover el desarrollo de las potencialidades psíquicas y cognitivas del adolescente, lo que abarca tres ámbitos de trabajo muy concretos: las facultades intelectuales (mente), las facultades morales (valores), y las facultades afectivas (sentimientos) de acuerdo con la cultura y las normas de la sociedad a la que se pertenece.

No obstante, no hay capacidad de educar sin la facultad de la autoridad para educar. La autoridad es un derecho natural en el caso de los padres sobre sus hijos hasta que éstos, por ley, adquieren el derecho de autoridad propia sobre sí mismos. Un derecho de autoridad propia que es parcial en los adolescentes entre los 14 a los 18 años, pudiendo en España a partir de los 14 años solicitar el DNI (que es obligatorio), obtener el permiso de conducción de ciclomotores, otorgar testamento abierto ante notario, ser testigo en un juicio, denunciar ante la policía y, a partir de los 16 años poder trabajar con el permiso de los padres e incluso emanciparse mediante comparecencia ante un juez y bajo el consentimiento de los padres. Fuera de ello, la responsabilidad y obligaciones legales de los adolescentes como menores de edad son la de obedecer y respetar siempre a sus padres mientras permanezcan bajo su potestad, mientras que por su parte los padres tenemos la obligación legal de vigilar a nuestros hijos menores hasta el punto que somos responsables civiles de los daños causados por ellos, de los derivados de delitos y faltas penales e, incluso, desde el año 2005, de las multas de tráfico.

Pero como todos los padres con adolescentes sabemos, una cosa es la autoridad legal y otra la autoridad real. Pues el quid de la cuestión en materia de educación se presenta cuando el adolescente se rebela contra la autoridad paternal, preguntándonos los padres ¿dónde está el hijo/a que conocíamos y quién es ese extraño/a que ha poseído su cuerpo de un día para otro, verdad?. Que la rebeldía, como comportamiento humano, profundamente humano, de resistencia, desafío e incluso desobediencia a la autoridad es algo innato a la adolescencia es por todos conocido, pero otra cosa es cuando la rebeldía se manifiesta a través de nuestros hijos. Ya que si la rebeldía por esencia ataca directamente la autoridad, ¿cómo podemos los padres educar sin autoridad frente a los hijos?. La respuesta no da lugar a equívocos: no podemos. Por lo que si rechazamos renunciar a nuestra obligación legal y moral de educar como padres a nuestros hijos adolescentes debemos reafirmar nuestra autoridad, pues lo contrario es dejación de funciones.

La pregunta del millón que acontece, llegados a este punto, no es otra que dilucidar ¿cómo podemos mantener el status quo de la autoridad parental frente a un adolescente rebelde que rehúsa y lucha contra la misma? Si entendemos que la autoridad paternal es el medio para conseguir el fin de educar intelectual, moral y afectivamente a nuestros hijos, debemos entender asimismo que el nivel de intensidad de la autoridad aplicada siempre debe velar por no quebrar el fin que persigue. Pues ningún padre diligente, en su buen juicio, desea que la aplicación de su autoridad provoque un efecto contrario en el adolescente a los principios y potencialidades educativas que, desde el amor de padres, desea para sus hijos. Dicho lo cual, al contrario de tiempos pasados, queda descartado en el contexto social contemporáneo el ejercicio de la autoridad desde el autoritarismo (sometimiento absoluto a una autoridad totalitaria).

Los tres niveles de fuerza de la educación

El nivel o grado de intensidad de la autoridad paternal debe depender, en cada momento de su aplicación, a tres niveles de fuerza de presión determinantes:

1.-La fuerza de presión del Adolescente: La rebeldía del adolescente está caracterizada por factores neurobiológicos y psicológicos marcado por una crisis de identidad (que suele ir acompañado de una alteración en la conducta) y un desapego parental en busca de una personalidad propia y singular que de sentido a su vida.

2.-La fuerza de presión Ambiental: La rebeldía del adolescente se retroalimenta no solo en el contexto de unas amistades también adolescentes (donde nos guste o no aparecerán los primeros amores), sino también en un contexto social marcado por una cultura consumista del hedonismo (que conlleva la búsqueda del placer inmediato, la exaltación de los sentidos, la promoción del individualismo y un comportamiento socialmente laxo), y la violencia mediática (difundida en películas, canciones o videojuegos) como alegato del camino para la consecución del éxito en la vida.

y, 3.-La fuerza de la presión de los Padres: La educación paternal que debe cumplir con el proceso de desarrollo de las facultades intelectuales, morales y afectivas de los hijos, condicionadas por una conceptualización arquetípica de las mismas nunca acordes a los tiempos que corren (pues los padres, como seres humanos, somos hijos de nuestra propia época y educación concreta, y el mundo se haya en un vertiginoso proceso de cambio y transformación continuo -no siempre, ni en todos los casos, a mejor-), y limitadas por una inadecuada disciplina familiar por el cambio que el mercado sociolaboral ha generado sobre el modelo familiar tradicional, con mayor afección si cabe en los modelos de familia de padres separados.

Tres fuerzas de presión que determinan, queramos o no, el nivel de intensidad de la autoridad paternal a aplicar, y sobre las cuales los padres no podemos más que buscar el mejor equilibrio posible para la obtención de una educación efectiva y eficiente. Cegarnos a la evidencia de la interrelación de la triada de fuerzas que participan en el desarrollo educativo de un adolescente es abocarnos al fracaso.

Los cuatro enfoques de la autoridad de educar: prohibir, acompañar, negociar y supervisar

Pero, ¿qué significa encontrar el mejor equilibrio entre las fuerzas de presión que determinan el grado de intensidad del acto de la autoridad educativa?. Pues significa que la autoridad de educar debe conjugar, de manera alternativa y diferente para cada circunstancia concreta, con cuatro enfoques posibles: prohibir, acompañar, negociar y supervisar, siempre -en el caso de los adolescentes- bajo el enfoque de inculcar conductas de responsabilidad. Pues los seres humanos si bien solo aprendemos mediante la experiencia, la buena educación requiere de una experiencia que conlleve la consciencia de la responsabilidad de los actos. Una consciencia que solo los padres podemos iluminar a unos hijos adolescentes que, aun creyéndose prepotentemente conocedores del funcionamiento de la vida, carecen del conocimiento suficiente por falta de experiencia. Pues los adolescentes, como el pez de la pecera, no saben quién le cambia el agua.

De los cuatro enfoques posibles de la autoridad de educar (prohibir, acompañar, negociar y supervisar), es evidente que la prohibición es el acto que genera mayor confrontación contra la actitud de rebeldía del adolescente. Pero no es menos cierto que aunque a los padres nos duela crear situaciones de enfrentamiento con nuestros amados hijos (¿a qué padre no se le rompe el corazón tras un desencuentro con su hijo?), en materia de educación deben existir líneas rojas que no pueden ser traspasadas, siendo el Respeto la línea roja por excelencia. La prohibición -que puede derivar en un castigo, siempre proporcionado y mesurado- busca potenciar el desarrollo de la facultad moral del adolescente, educándole en valores que, más tarde o más temprano, integrará en su escala personal de principios existenciales. Pero la prohibición, asimismo, debe estar equilibrada, en su justo tiempo y forma, con la potenciación del desarrollo de la facultad afectiva, para que el adolescente pueda integrar un valor educativo (no aceptado inicialmente) desde la salud emocional y, por extensión, mental. Puesto que la educación busca hacer crecer a nuestros hijos como personas saludables, y lo último que queremos es que nuestra acción educativa genere patologías de comportamiento en nuestros hijos que los convierta en adultos disfuncionales emocionalmente el día de mañana. Es por ello que junto a un acto de autoridad de prohibición, proporcional en tiempo y medida, se acompañe con un acto de autoridad de acompañamiento afectivo, también en tiempo y medida, donde la comunicación verbal y no verbal es especialmente importante. A partir de aquí, la potencialidad del desarrollo de la facultad intelectual del adolescente es posible, puesto que tan importante como enseñar en valores es racionalizar sobre los mismos, y más si cabe en una generación de adolescentes que solo aceptan aquello que entienden intelectualmente.

Nadie dijo que enseñar a nuestros hijos adolescentes fuera fácil, y menos desde la distancia de personalidades marcadas. Pero como dijo el viejo sabio Aristóteles: educar la mente sin educar el corazón, no es educar en absoluto. Desde la imperfección de seres humanos que ejercemos como padres deseo que, el sabor amargo de educar desde una autoridad incomprendida nos sea recompensado, el día de mañana, por la honra sentida de nuestros siempre pequeños hijos que serán adultos. Mientras tanto, aun si que ellas (mis hijas) puedan percibirlo y menos conocerlo, amorosamente continuaré cambiando el agua de sus peceras para que crezcan como personas en un entorno de referencias educativas saludables.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 20 de agosto de 2018

El libro, un portal de evasión de la realidad

Yo. Instantánea de Teresa Mas de Roda

Cuando caminas portando un libro contigo, ya sea bajo el brazo, en el bolsillo de la chaqueta o en el interior de una bolsa, realmente estás caminado sin estar presente por donde caminas. Pues el libro es la puerta dimensional que te conecta, mediante un cordón tan invisible como tangible sensorialmente, a otra realidad. La conexión que estableces con el libro no te hace invisible ante el mundo, pero sí que te invisibiliza la realidad más inmediata por la que transitas.

Existen dos tipos de libros, según su utilidad: los que nos aportan conocimiento y los que nos evaden de la realidad. Y justamente estos últimos, donde el género de la novela es el rey, nos permite corregir la visión imperfecta del mundo real a través de un relato perfecto en escenario, personajes, formas y tiempo. Así que sí, los libros son un portal de huida frente a un mundo que no acaba de gustarnos. Y en esa adversión, e incluso posible rencor, hacia una realidad que no se acepta, hay quienes llegan a tener tal adicción al refugio de mundos alternativos que no pueden caminar por la vida sin portar siempre un libro encima, pues de lo contrario se encuentran vulnerablemente expuestos a un mundo lleno de hostilidades.

Pero no hagamos del grano una montaña. Pues para montañas en evasión de la realidad no le ganan los libros a los dispositivos tecnológicos móviles, ya sean teléfonos, playstations, tablets, televisiones, ordenadores u otros, que son los verdaderos nodos enajenadores de las nuevas generaciones en el mundo contemporáneo. No obstante, volviendo a los libros como portales intermundos, los lectores somos verdaderos argonautas que, a diferencia de los viajes sensitivos audiovisuales, requerimos de una capacidad concreta y diferencial para poder realizar nuestro viaje a otros mundos: la imaginación.

El libro, por tanto, deviene un flotador personal para un mundo que puede llegar a ahogar existencialmente, permitiendo transgredir la realidad conocida mediante el vuelo de la mente a través de un imaginario guiado. Una manera de lidiar con la realidad a través de la evasión de la misma, con la misma eficacia que el agujero de conejo de Alicia en el País de las Maravillas, la bota traslador de Harry Potter, la máquina del tiempo Tardis del Doctor Who, la puerta estelar de Stargate o la magia teletransportadora del Dr. Strange. ¡Qué maravilla de conectores interdimensionales, quién los tuviera! :-)

Sí, los libros son portales de evasión de la realidad. Pero, ¿quién puede resistir la inmersión indefinida en una realidad tan sórdida, cuya prolongada exposición además no resulta nada saludable mentalmente?. Por otro lado, como dice mi padre, leer libros dice mucho de una persona. O, en boca del filósofo inglés Bacon: la lectura hace al hombre completo (...y el escribir lo hace preciso).

Así pues, cuando veamos transitar por la calle a una persona con un libro bajo el brazo, o leyendo un libro en una cafetería, en el trayecto del metro o del tren, o en la intimidad de su hogar, seamos conscientes no solo de que se trata de un argonauta intermundos con la mente imaginativa desplegada, sino también de una persona que está en lucha activa lidiando con su propia realidad y, lo que es más importante, en búsqueda -como todo buen navegante dimensional- de poder autocompletarse como ser humano.

-Te escondes escribiendo sobre temas filosóficos habituales para evitar profundizar en el tema que te preocupa, -me acaba de recordar Teresa, mi pareja. Así que llegados a este punto, y haciéndole caso, regreso de vuelta de mi viaje evasivo particular para lidiar de frente, nuevamente, con mi realidad imperfecta. Siempre hay tiempo, cuando el espíritu ya cansado lo requiere, de retomar un nuevo y reparador viaje intermundos. Hasta entonces, volvamos al barro de donde procedemos.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano