domingo, 8 de julio de 2018

El dilema de poner el cascabel al gato: música, juventud y valores sociales a proteger


Es fascinante observar como los adolescentes, ávidos por experimentar las emociones -y más concretamente aquellas que manifiestan intensidad-, se relacionan con el mundo mediante el cordón umbilical musical. Una generación digital conectada a dispositivos móviles, desde que se levantan hasta que se van a dormir, con acceso ilimitado a megadatos armónicos con el impulso existencial de dar sentido a su vida. Un comportamiento juvenil generalizado que, bajo su percepción de la realidad, hacen suya la máxima nietzscheriana de que la vida sin música sería un error.

Qué lugar cabe que la música, desde que el hombre es hombre, es un medio tanto para dar sentido a la vida como placentero refugio para evadirse de la misma. Y es por todos bien conocido que para los adolescentes, la vida que descubren en su tránsito hacia la madurez está llena de errores por las múltiples incongruencias y contradicciones que presenta el mundo en que los mayores sobrevivimos como mejor podemos. Es por ello que no es de extrañar que los adolescentes, frente a una vida errada que les empuja a ser con toda probabilidad aquello que en esencia no son -por dictámenes de una sociabilidad productiva-, se parapenten en su burbuja musical.

Pero la música no es inocua. Como bien sentenciaba Aristóteles, la música debería ser una cuestión de Estado por su capacidad de condicionar el mundo emocional del oyente, una reflexión de rabiosa actualidad en una sociedad donde no se educa en gestión emocional y en la que impera la cultura del hedonismo (el bien se identifica con el placer, especialmente con el placer sensorial e inmediato). Una opinión, abierta a posible debate, que se ve exponencialmente magnificada en la actualidad por un mercado de libre competencia y de libre expresión donde la música también educa en valores a sus anchas y sin restricciones. Así pues, la cuestión, que no es baladí, radica en conocer qué tipos de valores transmite la música en la que se refugian nuestros adolescentes, los cuales por naturaleza humana (profundamente humana) son inconformistas per se frente a un mundo perfectamente errado.

Lo cierto es que si paramos atención a las letras de las músicas para adolescentes que generan tendencia en la actualidad, poder omnipotente mediante del mercado discográfico global, nos encontramos con valores que claramente y sin pudor exalzan el sexismo, el egoísmo, la violencia e incluso el odio. Y ante ello, poco podemos hacer, pues intentar limitar la intromisión de dicha doctrina de baja o nula moral en la vida cotidiana de los adolescentes es como poner puertas al campo. Por lo que solo cabe una apuesta y decidida contraofensiva educativa en valores morales en el ámbito familiar.

Los adolescentes deben aprender, como proceso de desarrollo existencial, no solo a disociar los usos y costumbres socialmente aceptados del mundo real con la irrealidad de los mensajes amorales e inmorales que transmiten las canciones comerciales de moda, sino también a coexistir entre su mundo ficticio al cobijo de la burbuja musical con el mundo real que existe fuera de él y en el que crecerán como personas. Un proceso de desarrollo natural que no pueden transitar en solitario, sino del que necesitan referentes morales cercanos con los que poder discernir el grado de salubridad social y personal de los diferentes valores a examen para actuar con conocimiento de causa en el mundo real. En caso contrario, los valores del mundo ficticio de la música comercial de moda podrían llegarse a trasladar al mundo real de la mano de nuestros propios adolescentes, para detrimento del conjunto de la sociedad.

Quizás la vida sería un error sin música, como decía el filósofo alemán. Es una evidencia, por otro lado, que nuestros jóvenes necesitan de la música para la salubridad de su desarrollo emocional. Pero existen ciertos tipos de música, como apuntaba el viejo maestro griego, que quizás deba ser regulada asimismo por el Estado para el bien de nuestra propia juventud. Pues existen mensajes en las canciones de moda que replican emisoras de radio, hilos musicales de centros comerciales, videoclips televisivos y aplicaciones musicales a la carta en dispositivos móviles, entre otros puntos de emisión, que directamente van en contra de todos aquellos valores por los que trabaja una sociedad moderna europea fundamentada en el desarrollo del Humanismo, la Democracia de Derecho y el Bienestar Social. Pues es por todos conocido que la música es un claro reflejo del nivel de desarrollo de una sociedad, por lo que aquellas creaciones musicales cuyos valores (en letra y/o imagen) se encuentren por debajo del estándar de valores de nuestra propia sociedad deberían tener restringida su promoción en nuestro espacio comercial. ¿A caso no limitamos el comercio de ciertos productos extranjeros de consumo por su mala o nociva producción?. Así pues, ¿por qué no limitar el comercio de cierto tipo de música que puede afectar de manera directa a la salud de nuestra propia sociedad? Pues al final, una sociedad no es más que el reflejo de los valores que protege y desarrolla. Y dicho esto, a ver quién es el responsable que le pone el cascabel al gato.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano