jueves, 12 de julio de 2018

Como seres imperfectos, ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección?


Es curioso observar como los estadios opuestos en la vida se suceden de manera pendular y cíclica. De la muerte surge la vida y de la vida la muerte. Del caos surge el orden y del orden el caos. De la fealdad surge la belleza y de la belleza la fealdad. Y viceversa. Y así sucesivamente, ya que dichos estadios en apariencia opuestos no son más que singularidades de una misma naturaleza. El ejemplo más paradigmático lo encontramos en la dualidad frío-calor como polaridades de una naturaleza propia: la temperatura.

Lo mismo sucede con la imperfección, de la cual surge la perfección. Hasta el punto que un ser imperfecto, como el hombre, es capaz de crear un ser perfecto: los robots con inteligencia artificial (IA). Una nueva especie que tiene ya la capacidad de predecir el futuro y, por tanto, de tomar decisiones o sugerir indicaciones más acertadas para cada situación. Tanto es así que los sistemas inteligentes a día de hoy ya pueden llegar a predecir con antelación desde un ataque cardíaco, hasta el error inminente de un operario en su puesto de trabajo, pasando por el estado emocional en el que va a desembocar una persona o la conducta de compra que vamos a tener mañana, hasta llegar a concluir la viabilidad de un negocio en una ubicación concreta de una ciudad a meses vista, y todo ello gracias a su proceso de análisis avanzado de multivectores claves -basado en el big data (volumen, variedad y velocidad de gestión de datos)-, y a su capacidad de autoaprendizaje (machine elearning). De hecho, los ingenieros ya han dejado de programar en plena era de la inteligencia artificial para pasar a enseñar a los robots a que aprendan por sí mismos (inclusive en materia de las 8 diferentes inteligencias múltiples humanas), lo cual les capacita para resolver óptimamente y de manera autónoma cualquier circunstancia en un entorno incluso nuevo y desconocido. Por lo que no es de extrañar que en el futuro cercano nos encontremos con robots por las calles o en el mismo trabajo que nos interpelen para corregir conductas potencialmente perjudiciales tanto a nivel personal como social: La perfección corrigiendo la imperfección.

Pero como la perfección no deja de ser una singularidad más que forma parte de la naturaleza común de la imperfección, podemos deducir sin mayor dificultad que dicha perfección acabará incurriendo, tarde o temprano, en imperfección por el principio del movimiento pendular. Polaridades de una misma naturaleza cuya percepción de grado es relativa según los parámetros de referencia del observador. Es decir, la imperfección de los nuevos seres perfectos seguramente solo será percibida no por éstos sino por nosotros como seres imperfectos (por emocionales). El quit de la cuestión, para tranquilidad de nuestra especie, radica pues en no llegar a perder el control sobre las posibles imperfecciones de los seres perfectos. O, dicho en otras palabras, debemos asegurarnos como especie imperfecta el status quo sobre la nueva especie perfecta.

Por otro lado, cabe apuntar que perfección e imperfección son conceptos que solo tienen sentido dentro de un sistema de referencias concreto a través del cual podemos llegar a dilucidar mediante la observación del contraste de opuestos. Al igual que sucede con la luz y la oscuridad, cuya percepción y entendimiento de uno es posible gracias al contraste por opuesto del otro. Es por ello que no puedo dejar de preguntarme, con cierta picardía, si cuando -previo a la existencia de los sistemas de inteligencia artificial- el hombre se consideraba el ser perfecto por excelencia sobre la Tierra, ¿ello significaba que procedíamos, por tanto, de un ente creador imperfecto que buscaba la perfección con su obra?. Desde el entendimiento que la naturaleza creadora conlleva la dualidad de la perfección y la imperfección en sí misma, la respuesta es afirmativa, al igual que su contraria, pues en la misma pregunta se encierra la lógica de la paradoja del gato de Schrödinger.

Si algún denominador común tienen los opuestos de la perfección y la imperfección es justamente su movilidad, la cual viene determinada tanto por la traslación del espacio como del tiempo, cuyos puntos de referencia asimismo no son más que singularidades infinitas en un universo inabarcable a través del cual se manifiesta la vida (un gran efecto Droste sin aparente principio y fin). Así pues, si no podemos acotar la fractalidad del espacio y del tiempo, aún menos podemos delimitar el margen de movilidad de la naturaleza a la que pertenecen los parámetros de la perfección/imperfección. No obstante, aun siendo indefinible su naturaleza, a lo que sí podemos aspirar es a aumentar o disminuir sus grados opuestos en un contexto determinado. Por lo que lo que hoy nos parece perfecto, mañana podemos concebirlo como imperfecto y a la inversa en un mundo indeterminable en continuo cambio y transformación.

Así pues, lo verdaderamente relevante, a estas alturas de la película, es ser conscientes de la imperfección del ser humano frente a nuevas y más perfectas especies emergentes (como los organismos IA), pues en el conocimiento de las debilidades propias reside el último reducto de nuestra fortaleza. No vaya a ser que, como en el caso de la fábula de la liebre y la tortuga, nuestra arrogancia acabe haciéndonos claudicar como especie ante seres perfectos focalizados en corregir cualquier anomalía del sistema por imperfecta. Tempus narrabo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano