viernes, 1 de junio de 2018

La gestión emocional del futuro será tratada con manipulación genética


Los seres humanos siempre buscamos el camino más corto y fácil para conseguir cualquier objetivo en la vida, impulso básico de la razón de los hitos conseguidos en nuestra evolución como especie. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y observar todos aquellos objetos, instrumentos y medios de nuestra vida cotidiana que nos permiten vivir cada vez con mayor confort bajo la premisa del mínimo esfuerzo y máximo rendimiento. Una filosofía de vida a la que no escapa la gestión emocional, la cual aún se nos presenta como ardua -por lo que persiste en su resistencia a una normalización a nivel social-, a causa del requerimiento de una actitud activa de trabajo y compromiso con uno mismo que se traduce en un esfuerzo personal sostenido en el tiempo. Y es que, a estas alturas de la película, los seres humanos vivimos ya asentados en la cultura express, es decir, buscamos obtener todo aquello que queremos de manera ipso facto y, a poder ser, en tiempo real.

Sí, el ser humano siempre ha buscado atajos a lo largo de la historia para economizar su nivel de esfuerzo en pos de alcanzar el máximo rendimiento. Pero en una sociedad contemporánea fundamentada en la competitividad como motor evolutivo, a la premisa del mínimo esfuerzo y máximo rendimiento se le suma un nuevo componente imprescindible para el progreso del cambio: la productividad, entendida desde la efectividad socio-económica. Y si existe algún factor humano que condiciona el grado de productividad eficiente es justamente la propia naturaleza emocional del ser humano, puesto que las soft skills que definen las habilidades específicas de una persona para desarrollar una actividad concreta se basan (sorpresa!) en la gestión emocional. No en vano las personas con éxito a nivel profesional cuentan con un 95 por ciento de Inteligencia Emocional, y el mercado laboral de la actual cuarta era de la revolución industrial se encamina hacia la selección de recursos humanos bajo criterios de habilidades específicas por encima de parámetros curriculares.

Es por ello que no resulta muy difícil imaginar en un futuro no muy lejano la búsqueda de la maximización de la productividad humana desde el control genético de nuestra gestión emocional, por el bien social colectivo de la especie. Al igual que en la actualidad ya hemos construido robots que crean organoides (mini órganos humanos) para uso científico-médico en laboratorio, que estamos comenzando a manipular los microbiomas como las bacterias de nuestra flora intestinal que controlan una parte importante de nuestra salud mental (psicobiótica), que somos capaces de crear productos cárnicos alimenticios exentos de sacrificio animal y de base biotecnológica, que ya construimos exoesqueletos conectados al cerebro que permiten andar a un paralítico, que ya hemos creado nanorobots que luchan contra el cáncer desde el interior de nuestro organismo, o que ya hemos concebido la robótica con inteligencia artificial con capacidad de autoaprendizaje, entre otros avances sorprendentes, es plausible pensar que solo estamos a un paso para el control efectivo de la gestión emocional de una persona mediante la manipulación de su biología. Atrás quedarán, por tanto y relegados al ostracismo, la mejora de la gestión emocional en base a metodologías formativas de crecimiento personal o desarrollo competencial. ¿Necesitamos mejorar una habilidad interpersonal o intrapersonal concreta, como pueda ser la actitud o el liderazgo, respectivamente? ¿Requerimos de integrar un vector de la fórmula de la Inteligencia Emocional, como puede ser la empatía o el pensamiento positivo? Pues nada tan fácil como pasar por la consulta del ingenieromédico de cabecera o, por defecto, de la asistencia genéticasanitaria de la mutua de la empresa, y saldremos con una nueva y actualizada versión de soft skills de nosotros mismos.

Un escenario de futuro nada descabellado tanto por las exigencias de una sociedad hedonista que prima el éxito individual, como por las presiones de un mercado económico-laboral en continuo cambio y transformación altamente competitivo, como por los avances de un desarrollo cientifico-tecnológico que supera la ciencia ficción, así como por la propia naturaleza del ser humano que sobrepone siempre la comodidad personal a la ética individual y colectiva.

Lo cierto es que reflexionar sobre control de la gestión emocional mediante manipulación genética es un tema propio de la Ética. Pero no es menos cierto que la Ética tiene perdida la batalla, antes incluso de que el supuesto se haga realidad, con el todo poderoso Mercado. Pues éste ya se encargará, a su debido tiempo, de modificar por imposición de facto el conjunto de costumbres y normas que dirigen o valoran el comportamiento humano en una comunidad respecto a la manipulación genética de nuestro mundo emocional. ¿O a caso el desarrollo propio del Mercado no está modificando continuamente la forma de vivir de las personas y nuestra relación filosófica con la vida misma a través de su propia lógica económico-productiva? (Solo hay que observar los cambios que como sociedad y especie hemos realizado, en nuestras vidas cotidianas, desde la primera a la actual cuarta revolución industrial en la que nos encontramos). En otras palabras, el Mercado creará su propia Ética al respecto, la cual se impondrá de manera natural al conjunto de los habitantes del planeta en el momento incluso anterior al de su propia concepción, pues la gestión emocional vía manipulación genética formará parte de la cultura instaurada de la nueva (e inminente) humanidad, creando por tanto un nuevo tipo de ser humano, y por extensión, de sociedades humanas. Una certeza que solo pido no vivir para llegar a verlo.

Mientras tanto, hasta que llegue el día que espero nunca alcanzar, inspiro y expiro el denso humo de mi pipa a golpe de cincel filosófico sobre mi imperfecto ser emocional a la luz de una Ética pretecnológica.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano