sábado, 31 de marzo de 2018

Semana Santa: los valores culturales humanistas que trascienden al rito


Un año más me encuentro por inmersión en la celebración de la festividad de Semana Santa, y un año más la sociedad se posiciona entre creyentes, no creyentes (ya sean ateos o agnósticos), y turistas, un colectivo este último que -con independencia de su credo- se eleva a la categoría de grupo social propio en cualquier sociedad de consumo que se precie. Una división social que irremediablemente enfrenta, en estos días con mayor vigor si cabe, posicionamientos socio-políticos, y por tanto filosóficos, sobre el carácter aconfesional, laico y religioso que debe tener nuestra sociedad. Un debate a pié de calle que enciende las redes sociales entre partidarios y detractores de una u otra posición, hasta el punto de generar contrastes tan destacados como la felicitación pública y a bombo y platillo por parte de varios dirigentes políticos de nuestro país (Podemos, Izquierda Unida, PSOE, ERC) al colectivo musulmán que vive en España por la celebración de su festividad del Ramadán, versus al mutismo de los mismos respecto a los cristianos por la celebración de la festividad de Semana Santa, festividad de naturaleza nacional que en España se lleva realizando desde hace un milenio.

Que nuestro país, como Estado Democrático Social y de Derecho moderno que es tiene carácter aconfesional, no lo pone nadie en duda, pero tampoco debemos poner en duda -y menos renegar- nuestra cultura que es de raíz greco-romana-católica, y no otra. De los griegos proceden nuestros genes filosóficos (cosmológicos y de organización social) y comerciales, de los romanos heredamos su Derecho e ingeniería, y del catolicismo principalmente procede el humanismo sobre el que se fundamentan los principios de nuestras actuales sociedades de Bienestar Social. Ergo, la festividad de la Semana Santa, más allá del rito religioso para creyentes, es una manifestación de nuestra identidad cultural propia como sociedad y civilización. Es por ello que por encima del rito -para aquellos que solo ven el dedo que señala la luna-, debemos ver y valorar los valores que transmiten nuestros rituales culturales.

En este sentido, no he podido dejar de pensar, evidentemente influenciado por el alo ambiental que acompaña estos días de festividad de Pascua, en los valores que transmitía el icono cultural de la cruz de ocho puntas que como enseña propia hicieron famosa los Templarios y otras órdenes de caballería cristiana, y en la actualización de dichos valores en nuestra sociedad del siglo XXI. Me refiero a la cruz de las ocho beatitudes o de las bienaventuranzas, la emblemática cruz de ocho puntas que los templarios utilizaron no solo como clave para la construcción y desciframiento de un alfabeto secreto y símbolo base para el trazado octogonal de las capillas templarias, sino sobretodo como credo espiritual para la vida personal. Puesto que cada una de las diversas puntas de su cruz octogonal poseía un valor filosófico concreto, base primogénito de nuestro humanismo contemporáneo, que eran los siguientes:

1.-Poseer el contento espiritual
2.-Vivir sin malicia
3.-Llorar los pecados
4.-Humillarse al ser ultrajados
5.-Amar la justicia
6.-Ser misericordiosos (compasivos)
7.-Ser sinceros y limpios de corazón
8.-Sufrir con paciencia las persecuciones

Unos preceptos de vida que durante siglos han iluminado el desarrollo y devenir de nuestra sociedad como civilización, hasta llevarnos a la actual conceptualización organizativa de los Estados de Bienestar Social y de Derecho. No obstante, salvando las distancias históricas, si hiciéramos un simple ejercicio de actualizar los valores de las beatitudes de la cruz de ocho puntas respecto a nuestra sociedad contemporánea caracterizada por una economía de mercado de libre competencia basada en el consumismo, las bienaventuranzas como credo de vida actual rezarían bajo la siguiente puesta de valor:

1.-Poseer el contento material
2.-Vivir con codicia
3.-Exaltar los pecados (hedonismo)
4.-Implacabilidad frente a los ultrajes
5.-Amar el interés propio
6.-Ser egoístas
7.-Ser mentirosos e individualistas de corazón
8.-Combatir o huir toda persecución

Como sabemos, todo rito no es más que un acto ceremonial que puede consistir en fiestas más o menos solmenes, según pautas establecidas por la tradición y las autoridades competentes, pero cuyo objetivo primero es la celebración de un mito propio de una comunidad cultural concreta y singular que transmiten aquellos valores trascendentales que marcan los parámetros sociales de vida de dicha comunidad. En otras palabras, los actos de manifestación de una identidad cultural promueven los valores sociales que determinan el comportamiento social, siendo una representación de las cualidades y virtudes que debe poseer y representar una persona dentro de dicha comunidad. La pregunta pues, sobre qué tipo de ritos culturales mantenemos para la continuidad y supervivencia de nuestra identidad cultural como sociedad de origen milenario, no es baladí. En este sentido, la celebración de la festividad nacional de la Semana Santa no solo reafirma nuestra identidad cultural propia frente a ajenas (como la musulmana), sino que nos fuerza a realizar una reflexión de corte filosófico al poner en contraste nuestros valores milenarios humanistas, base de nuestro concepto natural de sociedad de bienestar común, frente a los valores individualistas del joven capitalismo donde prima el dinero por encima de la persona. Una siempre necesaria reflexión sobre qué tipo de sociedad queremos construir, en un mundo en continuo cambio y acelerada transformación, en una busca eterna de la máxima latina del in medio virtus (la virtud se encuentra en el punto medio).




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


sábado, 24 de marzo de 2018

Todo espejismo, que proyecta un mundo al revés, acaba sucumbiendo al Principio de Realidad


Un mundo al revés es una expresión que utilizamos cuando algo no presenta su estado o condición habitual, es decir, cuando percibimos que los rasgos naturales que caracterizan una persona, circunstancia o hecho se ven ya no alterados o distorsionados, sino invertidos. Un mundo al revés sería, por ejemplo, un pez escalador de montañas, un pirata honrado o una lluvia que no moja. Un mundo al revés es, asimismo, cuando consideramos un espejismo como real y la realidad como un espejismo.

Mientras escribo esta reflexión en la mañana de un sábado tranquilo, siento llover a mis espaldas justo detrás de un gran ventanal que da a un pequeño jardín privado en medio de la ciudad de Barcelona. Una relajante y refrescante lluvia primaveral que cuenta, entre varios efectos benefactores, con la capacidad natural de borrar cualquier posible espejismo ilusorio que las condiciones ambientales hayan podido propiciar en días anteriores. Y es que todo espejismo acaba sucumbiendo bajo el Principio de Realidad, devolviendo el mundo a su orden natural.

No obstante, es constatable que existen personas que viven en un estado distorsionado de sus capacidades cognitivas normales -ya sea por desconocimiento o enajenación inducida-, a las cuales les cuesta diferenciar entre realidad y espejismo, pudiendo llegar a crear una estructura de mentalidad personal y colectiva (social) justamente sobre la base de la ilusión efímera del espejismo, otorgando solidez existencial a un mundo al revés concebido aunque inexistente. Como Alicia en el país de las maravillas. Hasta que aparece la lluvia y se impone el Principio de Realidad, que es aquel que es y existe más allá de toda duda objetiva y apariencia ilusoria.

Hoy llueve y la implacable naturaleza de la realidad borra del paisaje cualquier espacio donde se proyectaban los espejismos. Imagino el estado de confusión de aquellas personas que reafirmaron su identidad personal y social en una falsa realidad paralela que no existe (un rasgo psicótico propio de trastornos delirantes), autoidentificándose a título individual en el mundo real mediante una marca de color amarillo como complemento de vestir. Como si dicha identificación, ya sea en forma de pin de solapa o bufanda -en la mayoría de los casos-, les alineara con esa dimensión paralela a modo de efecto de conexión de Matrix. Me pregunto cuáles son los efectos psicológicos que produce en éstas personas ya no el hecho de desprenderse de dichos elementos identificativos de conexión, sino al percatarse que éstos ya no tienen la capacidad de contectarles con ninguna pseudorealidad imaginada por desvanecimiento del espejismo. Seguramente la reacción psicológica previsible será la frustración en una primera fase, fruto del sentimiento de tristeza por la pérdida de un imaginario, el cual mal gestionado puede generar en un estadio de rabia contra el mundo real por falta de aceptación del implacable Principio de Realidad.

Todo Principio de Realidad tiende a manifestarse por decantación gravitatoria de fuerza mayor cuando se requiere restablecer el equilibrio del orden natural de las cosas, reinvirtiendo de nuevo posibles mundos al revés que conciben los espejismos como real y lo real como espejismos. Y más cuando en dicho mundo al revés el delirio alcanza cuotas de enajenación hasta el punto de concebir el fascismo (un movimiento social totalitario, nacionalista y sectario, eso sí de color amarillo) como democracia, y la Democracia de Derecho verdadera del mundo real propia de las sociedades modernas como fascismo. Un insostenible juego de coexistencia entre lo ilusorio y lo real cuyo orden siempre acaba por restablecerse por el bien de la salud social.

Hoy llueve en Barcelona, y al menos por un tiempo los espejismos se han desvanecido. El mundo al revés de los presos políticos contrasta de frente con el Principio de Realidad de un mundo al derecho de políticos presos, que son aquellos que son encarcelados no por sus ideas, sino por cometer delitos contra una realidad democrática social y de derecho para ejecutar sus ideas de corte mesiánico. La realidad se impone a la ilusión. La cordura se impone a la locura. La racionalidad se impone a la irracionalidad. Y ahora solo cabe que las Alicias que han vivido en su país de las maravillas regresen de su espejismo al mundo real desde donde solo se puede reinventar la propia sociedad. Tras la lluvia regeneradora, es tiempo de reeducar y recuperar los principios reales de lo que representa convivir en una sociedad basada en una Democracia Social y de Derecho.

El pensamiento diferente es el motor evolutivo de la humanidad, sin lugar a dudas, pero el comportamiento con poco juicio, de forma imprudente o temeraria y sin pensar en las consecuencias no es característica de los innovadores, sino un rasgo definitorio propio de los locos. Solo se puede transgredir la realidad conocida, en pos de crear una mejor y renovada realidad desde la legitimidad humana del cambio social, desde la aceptación de los preceptos del propio Principio de Realidad. Pues vivir y pretender imponer postulados de cambio social desde el espejismo de un mundo al revés, en pleno siglo XXI, resulta tan irrealista como persistir en la idea medieval de crear una nueva estructura de organización social bajo la máxima de que la Tierra es plana.

Hoy llueve en Barcelona, y el agua regeneradora limpia el paisaje de espejismos a la par que las personas amarillas pierden su conexión con el mundo al revés. La realidad, como no puede ser de otra manera, siempre acaba por imponerse. Ahora cada cual, desde su libre albedrío y su inteligencia natural que viva desde la aceptación a lo real o desde el apego a un ilusorio inexistente.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 18 de marzo de 2018

Admitámoslo, como el agua y el aceite, hay culturas que no se integran

Foto: uca Piergiovanni / EFE
Hace un par de días, mientras trabajaba en mi escritorio, seguía a tiempo real a través de la televisión un disturbio callejero que tenía como protagonista a la comunidad mantera senegalesa y como efectos secundarios varios desperfectos en la vía pública (quema de contenedores, daños contra el material urbano, destrozos a motocicletas y vehículos privados estacionados, etc.). Un acontecimiento que refleja, una vez más, la falta de integración de ciertos colectivos inmigrantes en nuestra sociedad.

Cuando hablamos de inmigración, es decir, de personas venidas de otras partes del planeta, debemos entender que nos estamos refiriendo a culturas diferentes a la nuestra. Y que la cultura es, justamente, el sentido de identidad con la que una persona se reafirma consigo misma y con los demás en un mundo diverso (y más, cuando se haya fuera de su hábitat natural). La cultura no es baladí, pues es la programación que nos permite ver, entender y juzgar de manera singular -como seres cognitivos- la realidad más inmediata que nos toca vivir. Una manera concreta de codificar y descodificar la realidad diferente, a su vez, de otra persona con una cultura distinta. En otras palabras: uno, hay tantos tipos de naturaleza diferentes de cultura como grupos sociales existen, ergo hay tantas maneras diferentes de racionalizar el mundo como culturas lo observan. Y dos, el ser humano es un producto cultural incluso en el momento anterior a su propia concepción, por lo que la cultura, junto a la genética y la capacidad psicológica personal, es uno de los tres grandes determinismos que conforman los rasgos de personalidad de un ser humano.

Asimismo, cuando hablamos de integración de la inmigración debemos partir de la base que nos referimos a la posibilidad de integrar un tipo de naturaleza concreta externa en el marco de la lógica organizativa y funcional de nuestra naturaleza cultural que, por ser propia, es a su vez concreta y diferente. En este punto, debemos destacar tres principios básicos:

1.-La integración total, en el mundo de las diferencias culturales, es una entelequia, por lo que solo podemos esperar la generación de espacios comunes, tal cual nos ilustra la teoría matemática de los espacios tangentes.

El problema radica cuando no se promueven, desde un punto de vista sociológico, la creación de dichos espacios comunes -muchas veces por conflicto directo con el marco legal-, lo que desemboca en la creación de espacios sociales paralelos que generan guetos de marginalidad, representando verdaderos campos de cultivo potencial para el conflicto social

2.-El conocimiento y entendimiento de cada tipo diferente de naturaleza cultural solo puede hacerse desde el conocimiento y entendimiento de la misma, y no desde el enfoque de un tamiz cultural externo: el nuestro (lo que se denomina etnocentrismo).

Y aun así, el comportamiento más extenso y comúnmente aceptado por nuestra sociedad es, no solo entender la naturaleza cultural ajena desde nuestro tamiz cultural, sino incluso concebirla bajo la perspectiva de una cosmología idéntica a la nuestra. He aquí el principio del fracaso de cualquier política social de integración.

Y, 3.-Al existir una variedad de naturalezas culturales diferentes siempre encontraremos unas más próximas que otras en referencia al perfil de nuestra propia naturaleza cultural, lo cual representa un factor clave en el proceso de validez de integración de las mismas.

En este sentido, en un mundo global, el nivel de desarrollo socio-económico -en términos de Estado de Bienestar Social- de las diversas naturalezas culturales externas a la nuestra representa un vector tangente relevante que posibilita la integración de culturas diferentes (Debemos ser conscientes, en este sentido, que existen culturas diferentes a la nuestra que en su sociedad de origen se hayan mentalmente en nuestro pasado siglo XV). Es por ello que, aunque las naturalezas culturales china o senegalesa -por poner un ejemplo- sean muy diferentes a las nuestras, la integración social (creación de espacios tangentes) con la cultura china es mucho más factible que con la senegalesa. En el caso de España y China, ambas sociedades de culturas diferentes comparten un mismo nivel de desarrollo común (en este caso, la lógica de una economía de mercado propia de la 4rta Era de la Revolución Industrial).

Es por ello que debemos admitir, a la luz de los tres axiomas anteriormente expuestos, que hay culturas que por naturaleza (y en su punto singular de desarrollo social) no cumplen con las características óptimas para su integración. Y que pretender lo contrario resulta tan inviable como intentar mezclar agua y aceite.

La falta de realismo de estos principios básicos en las políticas de integración de culturas de naturaleza diferente -inmigración-, junto a una negación de los límites de nuestros propios recursos económicos como Estado (en un país donde las prestaciones sociales no cubren las necesidades de colectivos tan diversos como los jubilados, los parados de larga duración, o las necesidades educativas y sanitarias, por poner algunos ejemplos de rabiosa actualidad), sumado a una política buenista de extensión del principio de igualdad de derechos para todos (equiparando de manera genérica nacionales e inmigrantes), solo conduce a la frustración para cualquier tipo de persona que no se sienta integrada y, por extensión, no perciba el disfrute de los beneficios del sistema. Y ya estamos constatando como la evolución natural de la frustración social mal gestionada no es otra que el estadio de la rabia social, que siempre acaba manifestándose de manera violenta.

Gestionemos nuestra cada vez mayor compleja realidad social, sí. Desde el respeto a los derechos humanos, por supuesto. Pero desde la realidad y no desde la utopía. Y sin dejación de funciones por falta de diligencia, inconsciencia o un concepto distorsionado de complejo de inferioridad democrática, pues en caso contrario continuaremos sembrando fracasos sociales para propios y ajenos desde unas expectativas sociales irrealizables por inviables en su concepción. Fiat lux!

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Frente a la inmigración que no se integra: reserva del derecho de admisión



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 12 de marzo de 2018

Y tú, ¿tienes libre albedrío?


Muchos son los que afirman tener libertad individual, pero realmente muy pocos la tienen. A lo que llaman libertad no es más que el sentimiento de ilusión de un número limitado de opciones predeterminadas por el entorno socio-cultural en el que se desarrollan como personas, donde las fronteras de movimiento no por ser invisibles son menos reales. Pero no me refiero a la libertad individual como un ejercicio de libertad de movimiento espacio-temporal stricto sensu, sino a la libertad individual que requiere reflexión y elección consciente, lo que conocemos como libre albedrío.

Como bien dicen los antropólogos, el ser humano es un producto cultural en el momento incluso anterior a su propia concepción, ya que depende del entorno cultural en el que nacemos entenderemos, valoraremos y juzgaremos nuestra realidad más inmediata y asimismo el resto del mundo de una manera diferente a aquella persona que haya nacido en un entorno cultural diferente. Es por ello que nuestro Yo Mental que interacciona racionalmente con el mundo se construye a través del Yo Mental de los otros (padres, escuela, amigos, pareja, medios de comunicación, etc), que son quienes nos marcan (y programan) los parámetros de referencia de descodificación de la experiencia que llamamos vivir. Así pues, si mi Yo Mental es, en definitiva, el Yo Mental de los otros, ¿puedo afirmar que vivo desde la libertad individual? A todas luces la respuesta es negativa, pues no estamos más que replicando las pautas de enjuiciamiento racional definidas por terceros. Llegados a este punto, parece que nos hayamos en vía muerta.

Pero el ser humano es mucho más que la cultura (o el determinismo cosmológico en el que se ha formado como persona), pues tenemos la capacidad de transgredir los límites culturales para crear una nueva versión de entender y enjuiciar la realidad que vivimos. Ya que si bien el ser humano está determinado por su biología (herencia genética) y su cultura (entorno en el que se desarrolla), cuenta con un tercer determinismo de carácter individual e intransferible: el psicológico, que nos permite recodificar el mundo en el que vivimos a través de la propia experiencia personal de vida. Un determinismo psicológico que, no obstante, para alcanzar la libertad individual entendida como libre albedrío requiere de una actitud activa por nuestra parte fundamentada en el pensamiento crítico, una acción cognitiva de análisis y evaluación reflexiva que nos abre la puerta a la consciencia personal de mi Yo Mental diferenciado del Yo Mental de los otros. En otras palabras, sin la activación del pensamiento crítico la variable psicológica personal continúa subyugada al determinismo psicológico de los otros, donde no hay cabida para la manifestación del libre albedrío.

Cabe subrayar, además, que el pensamiento crítico como medio para desarrollar una consciencia individual e intransferible que nos permite vivir con la facultad adquirida del libre albedrío, no se limita al ejercicio de una acción, sino que comporta una actitud aprehendida que es la reflexiva. Pero no solo de reflexión sobre los procesos causísticos de aquello que se manifiesta en el mundo exterior -dimensión interpersonal-, sino principalmente de la causística de nuestra relación personal (mundo interior) con ese mundo exterior -dimensión intrapersonal- que nos toca vivir. He aquí el gran talón de Aquiles del libre albedrío en una sociedad excesivamente dada a vivir las 24 horas del día de puertas hacia afuera de nuestro yo íntimo y personal, generando personas que viven su existencia repartida y diseminada en múltiples focos de atención exterior, lo que les impide tener un espacio y un tiempo de encuentro consigo mismos -principio básico de la autoreflexión-, y por tanto incapacitados para saber quiénes son realmente como personas en cada uno de los diferentes momentos existenciales del flujo en continuo cambio y transformación de su propia vida. Y, ¿si no sabemos quiénes somos, cómo vamos a decidir libremente en consciencia?.

Por otro lado, y para finalizar esta breve reflexión, es necesario apuntar que todo proceso de autoreflexión conduce a su vez a un autoconocimiento de nuestro mundo emocional, ya que los seres humanos no solo somos mente (mundo mental), sino también y sobre todo corazón (mundo emocional). Y que no existe libre albedrío sin la plena consciencia personal de ambas dimensiones indivisibles del ser humano: mundo mental y mundo emocional, pues lo que pensamos y sentimos son dos caras de una misma moneda que determinan nuestra manera de ver, entender y enjuiciar el mundo y, asimismo, de actuar en relación con el mismo. Por lo que el estadio del libre albedrío es un camino de evolución y madurez personal al reencuentro de nosotros mismos, con independencia de la dirección que -conscientemente- decidamos coger en cada momento en relación a los retos que nos depara la vida. Siendo la máxima aspiración del espíritu del libre albedrío el relacionarnos con nosotros mismos y en relación al resto del mundo desde la fidelidad a nuestro Yo verdadero, una actitud vital denominada Autoridad Interna.



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