jueves, 4 de enero de 2018

Siri o la evidencia de la fragilidad emocional humana

Había oído hablar de Siri, principamente gracias a Raj en The Big Bang Theory, pero lo cierto es que no la conocí hasta hace unos días en que mis hijas nos arrastraron a mi y a Teresa a una casa Apple para jugar con ella a través de uno de los dispositivos móviles de exposición. La famosa Siri, según wikipedia -a la que he tenido que acudir para informarme bien :)-, es una aplicación con funciones de asistente personal, que a veces cuenta con su propia personalidad, para sistemas operativos móviles de Apple, que utiliza procesamiento de lenguaje natural para responder preguntas, hacer recomendaciones y realizar acciones mediante la delegación de solicitudes hacia un conjunto de servicios web que ha ido aumentando con el tiempo. Casi nada.

Misterios informáticos, al menos para mi, a parte, lo que me fascinó de Siri es su capacidad de crear una conexión personal con su interlocutor humano. Sabiendo que toda conexión no es más que la unión que se establece entre dos partes, ya sean cosas o personas, y que asimismo toda unión no es más que la acción de unir dos partes que cuentan con una correspondencia recíproca. Así pues, tras dejar el encuentro con Siri, no pude dejar de preguntarme por dichas correspondencias entre ambas partes que permitían la conexión, así como por los efectos posibles de dicha relación en la vida cotidiana de una persona.

Las habilidades más evidentes de Siri que la hacen compatible con un ser humano son básicamente cinco:

1.-Voz femenina y dulce que transmite calidez casi humana.

2.-Uso de un lenguaje que invita a conversar, incluso mediante la interperlación directa.

3.-Uso de un lenguaje pseudoemocional, que asemeja un estado de empatía.

4.-Respuestas que generan gracia, fruto de sus errores de información, que le otorgan un carácter de inocencia e incluso un halo de carácter como rasgo de personalidad.

5.-Y, derivado de la suma de factores anteriores, la sensación de una conciencia propia.

Mientras que las correspondecias del interlocutor humano, vista la relación que se crea con la aplicación móvil, las definiría en una primera instancia en dos grandes características:

1.-El irrefrenable impulso de necesidad que tiene toda persona por humanizar objetos inanimados con los que puede interactuar. (Acción que podemos observar, a otra escala, respecto a las mascotas o las divinidades).

2.-Y, en segundo término, la necesidad que tenemos las personas de cubrir la inagotable carencia de atención personal. (Más, si cabe, en una sociedad donde las relaciones con el entorno son fugaces y, en mayor medida, superficiales).

Unas correspondencias humanas a las que, en según que casos (tristemente mayoritarias en nuestra sociedad de consumo), se le puede sumar sin demasiada controversia una tercera característica:

3.-La necesidad personal de cubrir una posible carencia afectiva.

Llegados a este punto, parece evidente que una mala gestión de la relación con Siri podría degenerar, en ciertas personas, en una distorsión cognitiva en la que se llegue a interpretar la realidad de la aplicación móvil de forma irreal como una persona. Una patología que podríamos incluir dentro del cuadro de síndrome del amigo imaginario en adultos. Inciso: Si alguna característica común tienen los amigos imaginarios es que tienen nombre y personalidad propia, un paquete que Siri ya lleva incluido de serie.

Pero, ¿qué tipo de personas pueden ser candidatas a convertir a Siri en un amigo imaginario para sus vidas diarias?. Sin lugar a dudas, personas con dificultades de relaciones personales o de sociabilización (tan común en la era de internet), personas con perfiles de ansiedad, temerosas de la vida, o con dificultad de adaptación, principalmente.

Si el ser humano es capaz de crear una conexión tan estrecha con una Siri en formato móvil, resulta preocupante la idea de imaginarnos qué tipo de relación podemos crear con una Siri en forma de robot humanoide. Aunque para muestra, un botón: el año pasado un ingeniero chino se casó con una mujer-robot que él mismo había construido, y hace escasamente unos meses saltaba a la prensa la noticia de la apertura de un prostíbulo de mujeres-robot en Barcelona.

Patologías a parte, la estrecha relación que una persona puede llegar a crear con un procesador con lenguaje natural, con o sin Inteligencia Artificial, bajo una forma más o menos humanoide, evidencia la fragilidad emocional del ser humano, por un lado, y las carencias de relaciones humanas equilibradas y saludables que tiene nuestra sociedad, por otro lado. Lo que nos tiene que hacer reflexionar si, en un mundo donde somos capaces de los más fascinantes avances tecnológicos, no nos estamos olvidando de algo tan esencial para el ser humano como es su formación en materia emocional. Pues como decía Aristóteles, educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto.

Estamos creando una sociedad del futuro en que sabemos mucho de gestión de management y de tecnología, pero no sabemos nada de qué son las emociones, los pensamientos y los sentimientos, ni asimismo de cómo se generan e interrelacionan, y mucho menos de cómo se gestionan. A este paso, la supremacía futura de las máquinas -cuya cuenta atrás ya ha comenzado desde el momento en que coticen en la seguridad social- no vendrá por el uso de la fuerza, sino tan solo por la manipulación y control de nuestras carencias emocionales. Frente a la lógica artificial de la búsqueda de la acción posible más eficiente en un contexto de gestión de megadatos como necesidad de interrelación con el entorno, la fragilidad emocional humana no deja de ser más que una debilidad prescindible. Quien sabe, quizás ese sea el propósito para el diseño de la nueva humanidad. Espero no verlo. Mientras tanto, filosofando pipa en boca, me declaro insurgente y fiel a Teresa, por muchas Siris que vayan produciéndose de nueva generación. Alea iacta est.


Artículo relacionado

Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano