lunes, 22 de enero de 2018

El Consciente Onírico: la consciencia personal en estado puro

Se dice de un planteamiento que es falso cuando se sustenta sobre la premisa de dos verdades que a su vez son opuestas entre sí. Este es el caso que se nos presenta, al menos a primer golpe de impresión, con el concepto de “consciente onírico”, pues tenemos catalogado como consciente todo aquello que no pertenece al mundo de los sueños, y onírico aquello que no es consciente por no estar en estado de “despiertos”. Pero, ¿qué pasaría si realmente solo fuéramos conscientes en estado puro mientras soñamos?. Una pregunta que, para responderla, requiere del proceso lógico deductivo de una serie de postulados previos:

1.-Entendemos como consciente (del latín conscire, conocer, ser conocedor de), en un sentido amplio, cuando conocemos algo, con independencia de que este algo sea real o no.

2.-Entendemos como onírico, en sentido ortodoxo, como la manifestación del subconsciente, el cual lo definimos a su vez como aquel nivel de conciencia -verdadero en relación con nuestra mismidad (yo individual) por manifestarse libre de estereotipos sociales y de parámetros espacio-temporales- que aunque no es accesible directamente a la introsprección puede conocerse por técnicas como el análisis de los sueños. Por lo que, una vez (re)conocido ya toma la categoría plena de consciente.

3.-Sabemos hoy en día, gracias a la ciencia, que la conciencia en el ser humano es previa al “mundo real” y no a la inversa, puesto que el día cero del pensamiento comienza antes de nacer (constatado ya -de momento- a los 5 meses de vida del feto) y que se desarrolla en un ambiente onírico, siendo la realidad de los sueños de los bebés anterior a su nacimiento, por lo que la primera consciencia del ser humano es una consciencia onírica.

Y, 4.-Conocemos, también gracias a la neofilosofía de la naturaleza racionalista y empirista del siglo XXI: la ciencia, de la existencia de arquetipos universales de conciencia básicos innatos y apriorísticos en la consciencia onírica del nasciturus consigo mismo y en relación con el mundo que le rodea, ya sea éste intra o extrauterino (Teoría de las muecas del feto).

Ergo, si la consciencia del ser humano es de origen onírica, estructurada a partir de ideas arquetípicas a priori e innatas (uno de los grandes misterios de la humanidad aún por resolver, propio de la metafísica), que manifiesta su mismidad, su yo más personal y auténtico, libre de determinismos espacio-temporales (y por extensión culturales) a través de los sueños, podemos sustraer cuatro principios generales:

1.-Existe el consciente onírico.

2.-Solo somos conscientes puros (o en estado puro) mientras soñamos.

3.-La consciencia pura está por encima de parámetros espacio-temporales.

Y, 4.-El consciente onírico es un camino de autoconocimiento personal.

Llegados a este punto, la pregunta del millón no es otra que, ¿si tan importante es la conciencia onírica para el conocimiento de nuestra conciencia personal en estado puro, cómo es que no recordamos mayoritariamente lo que soñamos? Y, si recordamos lo soñado, ¿por qué no reconocemos su significado?.

La respuesta a estas preguntas me las ha refrescado en estos días mi pareja Teresa, la cual trabaja en su desarrollo personal a través del (re)conocimiento de su consciencia onírica. En primera instancia, no recordamos lo que soñamos porque no tenemos voluntad de ello, y no tenemos voluntad porque impera la cultura de la “desconexión” de nosotros mismos, de nuestra propia consciencia, aún estando despiertos (aunque este es grano de otro trigal). Además de estar inmersos en una sociedad que desnaturaliza el estado onírico necesario para soñar conscientemente por desajustes provocados tanto por la afección negativa de los horarios nocturnos televisivos, como por el ritmo marcado por las jornadas laborales. Sí, la consciencia onírica también necesita de su propio tiempo y espacio para manifestarse, como todo en la vida.

La actitud de la voluntad por recordar lo que soñamos activa lo que conocemos como “consciencia despierta”, y solo depende de nuestra intencionalidad de querer recordar. Un hábito que, como todo, se alcanza con la práctica. Así pues, solo mediante la voluntad activa y decidida de recordar, recordaremos lo que soñamos, abriéndonos a una nueva dimensión de nosotros mismos desconocida (o desatendida) hasta la fecha. Pues la intencionalidad de recordad los sueños es la sencilla llave de paso que transmuta nuestro subconsciente en consciente.

Pero ser consciente de algo no equivale a conocer su significado (como sucede en cualquier otro aspecto o materia de la vida), por lo que el segundo paso tras activar la voluntad de recordar es analizar el sueño recordado para extraer su síntesis. Aquí es cuando la cosa se pone interesante, pues como ya hemos apuntado anteriormente, la conciencia onírica está por encima de parámetros espacio-temporales, lo que nos puede dar la sensación de encontrarnos ante relatos aparentemente surrealistas e inconexos entre sí al buscarles una correspondencia directa con los referentes de nuestra realidad externa espacio-temporal. Si entendemos la consciencia onírica como nuestra consciencia personal y singular en estado puro, libre de determinismos culturales y fundamentada en arquetipos innatos y apriorísticos que transciende la temporalidad, no podemos pretender que sigan la lógica del desarrollo coherente de una novela o una película -tal como estamos sociabilizados- de naturaleza limitada en una consciencia colectiva no pura por antonomasia al ser profundamente cultural y no universal.

En otras palabras, la consciencia onírica tiene su propia lógica de significado. Un camino de aprendizaje tan antiguo y extenso como la propia humanidad, desarrollado más por unas culturas que por otras, pero plenamente accesible a cualquier persona, pues forma parte de nuestra propia naturaleza como especie, y que por ello cuenta con abundante literatura al alcance de quién la requiera en una era de comunicación global. Un camino más para el desarrollo personal de nuestro autoconocimiento, donde la conciencia onírica, por ser conciencia personal pura, nos permite ver la verdadera esencia de nuestro yo en relación al momento de nuestra vida singular versus los velos más o menos opacos, contradictorios y enredados, de lo que llamamos realidad. Así pues, quien quiera ver (a sí mismo), que sueñe (conscientemente). Ya que: Sueño, luego soy.


Fedón: -¿Qué se sabe antes de nacer?

Sócrates: -Todo, pero poco a poco lo vamos olvidando.
Por eso el conocimiento y la sabiduría es recordar.

(Versión libre de la obra Fedón -Sobre el Alma-, de Platón)


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano