viernes, 15 de diciembre de 2017

La paradoja de producir nuestra Suerte en un contexto improductivo

Recuerdo que en la universidad había un profesor que decía que “la esperanza es la muerte del empresario”. Unas décadas después yo no diría lo mismo a mis alumnos, sino que atribuiría la quiebra de una empresa, entre otros factores, a la falta de contingencias previstas en materia de riesgo empresarial controlado en un mercado altamente volátil. Pero lo importante de la máxima del viejo profesor para la presente reflexión, es justamente la cualidad prácticamente incombustible de “esperanza” que tiene toda persona a lo largo de su vida. En otras palabras, por mal que vayan las cosas, la esperanza en un futuro mejor es lo último que se pierde, aunque sea mediante un débil y aletargado latido, pues la esperanza es parte intrínseca del instinto básico de supervivencia de nuestra especie.

Pero si algo caracteriza a la esperanza es justamente que va íntimamente relacionada con la suerte, pues el reclamo último de todo tipo de esperanza es que la suerte nos sonría de cara en cualquier aspecto de la vida. Así pues, la esperanza no deja de ser más que una súplica, mientras que contar con la suerte en nuestras vidas es el deseo de dicha súplica.

La suerte, por su parte, la vemos manifestada en el mundo humano de tres maneras bien diferentes:

1.-Suerte Preconcebida, derivada de un ambiente favorable en el que nos desarrollaremos como personas y otorgada en el momento incluso anterior a nuestra propia concepción.

2.-Suerte Sobrevenida, derivada de manera inesperada por los designios azarosos del misterio de la vida.

Y, 3.-Suerte Producida, derivada del resultado de una actividad productiva previamente realizada.

Si bien todos quisiéramos contar con la Suerte Preconcebida o Sobrevenida a nuestro favor, a modo semejante de bendición divina, la mayoría de los mortales buscamos alcanzar la Suerte en nuestras vidas a través de la tercera vía posible: la Suerte Producida. Una tipología de suerte que va vinculada a la palabra mágica de Productividad, entendiendo ésta como la fuerza de trabajo individual capaz de generar unas rentas suficientes para poder vivir en un estado de bienestar social óptimo desde un punto de vista financiero. Pero, ¿qué pasa si aun mediante el desarrollo de una actividad productiva no llega la anhelada suerte? En otras palabras, ¿qué sucede si aun trabajando la persona no es suficientemente productiva para ganarse la vida? Y aún más, ¿qué sucede si un individuo no consigue acceder al mundo de la productividad, aun esforzándose por reinsertarse laboralmente? Pues por muy activa que esté una persona tanto en un escenario de ejercicio de un trabajo como en un escenario de búsqueda de trabajo, si dicha actividad no da resultados económicos suficientes para la subsistencia y desarrollo vital de un persona, no se puede hablar de Productividad en términos mercantilistas. Por lo que, sin Productividad, no hay posibilidad de alcanzar la Suerte Producida, pues dicha suerte no se puede producir.

(En la España del 2017, el 50 por ciento de los trabajadores cobran menos de 1.000 euros al mes, y el 17% de la población activa está desempleada, provocando que el 40% de los niños españoles estén anclados en la pobreza- solo detrás de Rumanía y Grecia en la UE)

A todas luces, la inproductividad de una persona, que le impide alcanzar un estadio de Suerte Producida a nivel individual, con unas tasas de salario medio y de desempleo como registra España, debe considerarse como un problema estructural social, y no exclusivamente como un problema de capacidad productiva individual. Pues en un contexto donde la demanda y la oferta está bajo mínimos, y la capacidad de financiación de nuevos proyectos brilla por su ausencia, generando un círculo vicioso de carencia y restricción económica, la tan explotada cultura de la emprendedoría como panacea a la Suerte Producida se presenta como una falacia de políticos que no saben, o no quieren ver (pues están bien cobijados al calor de la burbuja del sector público), afrontar los problemas acuciantes de la sociedad actual.

Mientras tanto, la persona -que es el factor humano y real de ese concepto abstracto que denominamos sociedad-, prosigue a cada nuevo día la búsqueda personal (y por extensión familiar) de esa Suerte Producida que le cambie la vida. Pues por encima del diagnóstico económico del problema estructural de una sociedad con capacidad productiva limitada, la persona debe continuar viviendo día a día. Y en ese esfuerzo de resistencia y reinvención diario persiste el latido -no económico, sino humano- de la esperanza, pues lo contrario es tan inverosímil en la naturaleza humana como la remota idea de dejar de respirar.

Sí, ciertamente muchos son los llamados a alcanzar la Suerte Producida, pero pocos son los elegidos en estos tiempos que corren. Caprichos de los Dioses, donde La Fortuna se ha tomado un descanso en los jardines del Olimpo a espaldas de los mortales para mayor trabajo de la divina Esperanza (Spes), quien sabe si enfrascada, en estos días de festividades navideñas, en regalar una repartida Suerte Sobrevenida mediante la lotería nacional. Alea iacta est.


Que en estos días de esperanza reafirmada la suerte cambie la vida de aquellas personas de buena voluntad que lo necesitan, a falta que la Suerte Producida vuelva a ser un derecho natural de todo ciudadano en un Estado de Bienestar Social real, lucidez mediante de nuestros gestores públicos (aunque sea mucho pedir). Pues Bienaventurados son los que no pierden la esperanza trabajando por una vida mejor, pues de ellos será -tarde o temprano- el reino terrenal.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano