lunes, 18 de diciembre de 2017

¿Existe el Alma más allá de la idea humana preconcebida?

Si algo tienen en común todas las religiones y escuelas espirituales del mundo, a lo largo de la historia de la humanidad, es que dicen del alma que es incorpórea y que pervive a la condición mortal del ser humano. En lo que difieren ya son en nimiedades más o menos prescindibles de si el alma posee la capacidad de reencarnación o si si existe con anterioridad a su propia encarnación. Otra cosa es el espíritu, que mayormente se concibe como “la chispa vital” que une alma y cuerpo y que, si bien puede vagar de manera incorpórea por infra e ultramundos bajo formas de espíritus benefactores, malos espíritus, o espíritus errantes, parece que no es inmortal a diferencia del alma. Pero, como podemos observar, todos son suposiciones y teorías creadas por la especie humana a partir de creencias, percepciones e incluso experiencias paranormales, y por tanto subjetivas, individuales e intransferibles imposibles de demostrar categóricamente como pueda ser la naturaleza del aire o de la misma antimateria. No obstante, a nivel personal me gusta concebir el alma a modo aristotélico: como el principio vital o esencia de un cuerpo orgánico natural; si bien a veces me pregunto si no tenía razón Nietzsche cuando define el alma como una invención, como un ente imaginario común de la gente que ayuda a fortalecer la creencia de la existencia de Dios.

Pero con independencia de si bebemos de escuelas filosóficas monistas (solo existe cuerpo) o dualistas (existe cuerpo y alma), lo que es incontestable es la percepción que experimenta toda persona de una fuerza superior e inmensa cuando alza su mirada más allá de su insignificante hormiguero humano frente a la vastedad del Universo (aunque solo sea frente a una imponente montaña o a un vasto bosque frondoso). ¿Es esa percepción una resonancia de nuestra conexión real -tal si de un cordón umbilical vital invisible se tratara-, con la omnipresencia de la creación? (Tan invisible y real como la distancia inmensa que separa y conecta un electrón de su núcleo) ¿Es ese eco personal e íntimo percibido de la fuerza de la Vida que existe en todo el Universo lo que los humanos denominamos alma?. Probablemente. Y, ¿es el impulso básico e instintivo de la Vida por seguir existiendo, ciclo regenerativo infinito de todo lo que existe, lo que nos genera una necesidad de querernos creer trascendentes sobre nuestra propia mortalidad como formas orgánicas caducas?. Seguramente. A partir de aquí, que al alma, o fuerza vital esencial -tuneando a Aristóteles-, le otorguemos atributos humanos con la correspondiente patina cultural acorde al contexto histórico que vivamos, no es nada de extrañar. Como en antaño hicimos con el Mar, el Cielo, el Bosque, o la Montaña, por poner algunos ejemplos que, más allá de mitologías antiguas, aun perviven en el pálpito identitario cutural de muchos pueblos. Personificaciones de ideas, objetos o cosas que extendemos incluso al mundo animal, solo hay que observar las cualidades humanas que otorgamos a nuestras propias y queridas mascotas. Y es que los seres humanos, limitados y determinados por nuestra capacidad perceptiva, somos etnocentristas por naturaleza, es decir, interpretamos y valoramos todo lo percibido bajo el prisma referencial de nuestra propia condición humana: los Dioses tienen personalidad humana, los elementos de la naturaleza responden a alteraciones emocionales de tipo humano (enojo, venganza, benevolencia, etc), y el Alma, como no, trasciende en pureza la propia naturaleza del ser humano como esencia última y primogénita de éste, convirtiéndose en el anhelo de un Yo superior de carácter divino y, por tanto, eterno. Por contra, como intelectualmente concebimos al espíritu como un estadio intermedio entre alma y cuerpo, asimismo conceptualizamos la pureza de su naturaleza como intermedia en una amplia escala de graduación de cualidades humanas, profundamente humanas.

Que existe un principio vital y una esencia última en todos los cuerpos orgánicos naturales, parece cierto, al menos en el concepto de Vida que tenemos los seres humanos. Que, asimismo, este principio vital y esencia última está interconectado a nivel global en el Universo que todo lo unifica (desde lo cuerpos más microcósmicos a los más macrocósmicos), también parece cierto, con independencia que todo confluya o no en una singularidad que podemos llamar Dios. Que dicho principio vital y esencia última a escala individual los seres humanos la denominemos alma, es una certeza. Pero que el principio vital y esencia última de las personas, el alma, disponga de una conciencia propia que trasciende la vida del mundo de las formas orgánicas, e incluso mantenga los rasgos de personalidad del ser humano en vida terrenal, eso ya es una incógnita. Si respondemos afirmativamente, entonces debemos dar carta de naturaleza a la existencia de otras derivadas como es una conciencia superior (Dios), adentrándonos en un conjunto de creencias solo relatadas por las religiones (en su amplia y variada diversidad) donde no existe más certeza que la incerteza de la fe humana.

Como filósofo no me siento capacitado para categorizar sobre el alma, pues la filosofía es la búsqueda de la sabiduría (como la sabiduría buscada) mediante el uso de la razón, y lo cierto es que no me hallo en condiciones de alcanzar dicha sabiduría desde mi limitada naturaleza racional. Por lo que cualquier intento de categorizar sobre el alma no deja de ser pura especulación de una solidez semejante a la de escribir una palabra con el dedo en el agua.

Como ser cognitivo espiritual, tampoco me siento capacitado para categorizar sobre el alma, pues la espiritualidad que en teoría tiende a investigar y desarrollar nuestra propia dimensión espiritual mediante prácticas humanas diversas, está profundamente influenciada por determinismos biológicos, psíquicos y culturales (teología moral incluida) que alteran, distorsionan y condicionan la conciencia de la propia persona, por lo que los resultados no resultan nada objetivos.

Como persona mundana de a pié, en cambio, me siento a gusto y cómodo con una idea romántica del alma, aquella que representa un Yo superior eterno con conciencia propia y singular como parte de una fuente divina común a todas las cosas existentes. Lo que las personas de cultura cristiana llamamos Dios y los Jedis de Star Wars llaman La Fuerza, un poder metafísico, vinculante, omnipresente y creador de la Vida. Una idea autocreída quizás debido a la combinación, en partes iguales, de dos características muy humanas: ego y carencia emocional. Dos antagónicos magistralmente resueltos en el concepto de un alma suprahumana al amparo de un manto creador divino. Una agradable idea romántica del alma en la que me he instaurado conscientemente con autocomplacencia, a la luz del humanismo, rechazando, eso sí, cualquier posible intento de chantaje sobre el alma en vida mortal por parte de otro mortal tan humano y limitado como este humilde filósofo efímero que reflexiona.

Así pues, solo puedo decir del alma que no sé si existe más allá de la cosmología humana. Pero, ¡qué bella idea representa!, y ¡qué maravilloso sedante representa llegada la hora de abandonar conscientemente nuestra vida mortal!. Si no existiera la idea del alma, habría que inventarla.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano