lunes, 4 de diciembre de 2017

Del por qué unas palabras provocan cambios sociales y otras no, y de la necesidad de la responsabilidad pública

Vivimos en un mundo inmerso en la palabra, si bien parece que en estos últimos tiempos está devaluada en favor de la imagen y su capacidad de impacto visual. No en vano se acepta popularmente como máxima categórica la idea de que una imagen vale más que mil palabras. No obstante, si bien la imagen remueve, provoca e incluso incita, es la palabra la que acciona la voluntad de movimiento -en un sentido u otro- en la cosmología del ser humano.

Personalmente siempre me ha interesado el poder del influjo de la palabra en la sociedad en general y en el hombre en particular. Y si bien de joven creía que las palabras podían cambiar el mundo, más adelante me percaté que la palabra solo tiene poder cuando la persona está preparada -en su madurez intelectual y emocional- para recibirla como palanca de cambio y transformación personal.

Pero, ¿cuál es el proceso por el que unas palabras provocan cambios sociales y otras no?. Si observamos en cualquier manifestación de convulsión social de rabiosa actualidad, el proceso consta de tres fases que podemos asemejar, desde un enfoque puramente didáctico, a la estructura de un arma letal:

1.-Arma:
En primer lugar debe de haber un arma, es decir, debe de existir un contexto social que genera -objetiva o subjetivamente- un sentimiento colectivo de desigualdad.

2.-Percusor:
En segundo lugar, dicha arma debe contar con un percusor, que no es más que la identificación social de la causa -real, ficticia o inventada- de dicha desigualdad.

3.-Proyectil:
Y en tercer lugar, el arma debe contar con un proyectil que disparar, cuya munición no es otra que la calificación en términos negativos del sujeto identificado como causa de la desigualdad.

Pongamos un ejemplo. Ante una afirmación como: “Estamos mal porque el Sr.Y nos roba”, “estamos mal” es la percepción de un posible contexto social de desigualdad o arma, “el Sr.Y” es la identificación de la causa o percusor, y “nos roba” es la calificación negativa del sujeto identificado o proyectil que se carga a la espera de ser disparado.

Como podemos observar en el proceso, la palabras -en principio inocuas por sí mismas- se convierten en Palabras de Poder preparadas para provocar una reacción individual y colectiva cuando adquieren una carga emocional.

De hecho, la palabra per se no es más que una representación gráfica de un sonido que no deja de ser mas que una estructura vacía de contenido, semejante a la estructura desnuda de un edificio, al que los seres humanos llenamos de significado. Pudiendo cambiar dicho significado a nivel individual o social dependiendo del contexto histórico (el significado de “honra” difiere de la Edad Media al de la era contemporánea), otorgando asimismo significados diferentes dependiendo de la variable cultural donde se desarrolla y utiliza (como el vocablo “coger”, de significado bien diferente en España y en latinoamérica), e incluso llegando a convertir el significado de una palabra en un icono temporal -y por tanto, acorde a su tiempo- de expresión y manifestación de una colectividad (como en el caso actual con palabras como “cunde”, utilizada por los adolescentes tecnológicos para calificar una experiencia de manera superlativa). Así pues, si bien todas las palabras están llenas de significado contextual, éstas solo adquieren la capacidad de transformación personal y grupal cuando:

1.-Adquieren carga emocional cultural,

y 2.-Dicha carga emocional cultural se alinea con el contexto emocional íntimo y subjetivo de la persona.

Es por ello que nos encontramos con la aparente paradoja de frases y libros que tienen un significado y poder de transformación en un momento dado, y no en otro, de la vida concreta de una persona o un grupo. Puesto que las palabras, como ya he apuntado, transforman solo cuando la persona está preparada. De ahí que una antigua profesora, al finalizar sus clases, siempre nos decía: -“Vosotros me escucháis el lunes, pero me entenderéis el miércoles”, haciendo referencia al tiempo de maduración necesaria que debía transcurrir para poder madurar la información recibida y otorgar de significado con carga emocional a sus palabras. Lo mismo sucede con los procesos sociales, aunque en este caso los tiempos de maduración colectiva de un mensaje reiterado (lo que podemos denominar como adoctrinamiento) para convertirse en una palanca de transformación social puede durar generaciones. (De ahí la importancia de recelar de los adoctrinamientos de baja intensidad que pueden parecer inocentes e incluso amables, y que son sostenibles en el tiempo -a la espera que las semillas germinen gracias a un futuro ambiente propicio-, aunque este es otro tema).

No quisiera acabar esta pequeña reflexión, no obstante, sin subrayar la importancia del buen uso del poder de la palabra en el mundo específico de los agentes sociales, ya sean políticos o líderes de opinión, que tanto escasea. Pues en una sociedad donde la palabra pública se cultiva mediante el arte de la oratoria -con sus variantes como la telegenia-, bajo la influencia de técnicas publicitarias para que los mensajes puedan procesarse a través de los embudos de los medios de comunicación (económicos en palabras, austeros en tiempo y hambrientos de declaraciones impactantes -para enganche ocioso del consumidor-), cabe hacer un llamamiento a la conciencia de la responsabilidad no tan solo de lo que se dice públicamente, sino del efecto que puede provocar socialmente. Puesto que, a diferencia del dicho al hecho, de una Palabra de Poder social a un Decreto social, hay muy poco trecho. Es por ello que para aquellas personas que se dedican a la res publica, junto al aprendizaje de la bella materia de la oratoria, deberían contar con la Ética Política como formación obligatoria. Pues decretar consignas, mediante el uso de Palabras de Poder (para generar cambios sociales), sin conciencia de responsabilidad de las consecuencias públicas consiguientes, no es liderar para garantizar el progreso de una comunidad, sino abducir -como el Flautista de Hamelín- para padecimiento de quienes arrastra tras de si. Aunque, sea dicho de paso, la responsabilidad siempre es compartida, por lo que no hay mejor manera de acabar esta pequeña reflexión que rememorando las palabras de Platón: “El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres”. Fiat Lux!


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano