lunes, 6 de noviembre de 2017

Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal

Frida Kahlo se inmortalizó en diversos autorretratos
Desde el momento que el hombre como individuo tiene conciencia de su Yo frente al no-Yo (los otros), surge el ego. Pues el ego no es más que la manifestación de la mismidad, de la conciencia de una identidad personal, íntima e intransferible de la existencia continua de la personalidad a lo largo de la vida de un individuo, con independencia de los cambios fisiológicos y psicológicos que se experimenten. Por tanto, se puede afirmar sin rubor alguno que el ego forma parte del instinto básico de identidad y supervivencia del hombre como ser vivo.

Mucho se ha demonizado sobre el ego en estos últimos tiempos por influencia del pensamiento new age de claras reminiscencias orientales, equiparando el ego a una individualismo perjudicial tanto para la persona en sí misma como para su entorno, y hay que remarcar que el ego no es peyorativo per se, ya que no es ni más ni menos que el Yo concebido y reconocido por nuestra propia introspección directa como seres sintientes y racionales. A partir de aquí, cualquier extremo no es bueno. Y a extremos me refiero tanto a un ego hedonista que solo busca satisfacer su felicidad personal por encima de los demás, comportamiento que calificamos como egoísmo e individualismo en sentido negativo, como a un ego que reniega o busca la anulación de su conciencia de identidad personal en pos de participar de una identidad mental colectiva que le trasciende como individuo. El primer extremo del ego está claro que es contrario a los fundamentos de una sociedad humanista, mientras que el segundo extremo del ego puede ir en contra del propio instinto básico que por ser de identidad personal es, a su vez, de supervivencia individual.

De hecho, todo instinto de supervivencia, que en filosofía se conceptualiza como conato, no es solo un esfuerzo del individuo hacia la autoconservación, sino que parafraseando a Spinoza es el esfuerzo de un individuo en perseverar en su ser. Pero no en un ser como manifestación de una entelequia de uno mismo, sino que dicho esfuerzo de perseverancia de la conciencia de un Yo singular va íntimamente unido -y por tanto estructurado- a sus propio mundo emocional, como ya apuntó Aristóteles hace más de dos milenios. Por lo que el ego, como instinto básico de sentido de existencia y supervivencia es por esencia de naturaleza compleja, pues ya sabemos que el universo de las emociones y sentimientos del ser humano viene condicionado por determinismos biológicos (herencia genética), ambientales (entorno de desarrollo) y psicológicos (capacidad personal de descodificar y gestionar la realidad más inmediata), por lo que el concepto de ego -con independencia de ser un instinto- está relacionado tanto con la consciencia como con la cognición.

Sí, el ego es un instinto básico del ser humano, y como instinto posee una finalidad adaptativa, pero además al estar conectado con la conciencia puede ser observado y reculturalizado por ésta. Lo cual no significa que el ego en si mismo -como idea mal preconcebida- sea una cualidad negativa de la persona, sino una característica esencial del individuo como ser cognitivo que reafirma su existencia en el mundo. Es por ello que en estos tiempos en los que impera la filosofía del buenismo y del relativismo, fruto de una mal integrada espiritualidad unificadora bajo el mantra “todos somos uno”, cabe revindicar el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal a la luz del humanismo que prioriza los derechos y cualidades esenciales del ser humano.

Sí, por tanto que tengo ego, yo soy, más allá que mi ego sea una sustancia o una subjetividad de mi consciencia, tratados de filosofía a parte. Y con independencia que junto con mi ego pueda coexistir un alter ego. Puesto que sin ego, ¿qué soy yo?: no más que una gota de agua insustancial en la linea del horizonte del océano. Por lo que desde mi ego, me declaro defensor de mi singularidad frente al mundo (los no-Yo); aunque eso sí, sin soberbia, pero tampoco sin sumisión. Vivo, ergo sum!


Artículos relacionados


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano