sábado, 23 de septiembre de 2017

La Ética de la legitimidad democrática del Gobierno catalán no es correcta ni aplicable

En estos días del proceso rupturista del Govern de la Generalitat de Catalunya con el resto del Estado español (tras una desafección social -horneada a fuego lento durante los últimos 20 años por parte del nacionalismo catalán- que derivó en un espíritu de desconexión política a partir del famoso 9N del 2014), el concepto de legitimidad democrática está a la orden del día tanto en la dialéctica institucional del ejecutivo catalán y en el clamor popular independentista que ha tomado las calles de Catalunya, como en la narrativa reactiva de los diferentes poderes del Estado español como respuesta al pulso secesionista catalán.

Un escenario socio-político convulso donde dos conceptos de legitimidad democrática chocan entre sí, uno amparándose en una legitimidad fundamentada en la conformidad con las leyes constitucionales dentro del marco de un Estado de Derecho, y otro amparándose en la legitimidad entendida como la validez o verdad subjetiva de una realidad nacional singular que busca manifestar su particular sentido democrático fuera del Estado de Derecho preconstituido. Como observamos en este punto, legitimidad y legalidad no van cogidos de la mano, ya que si bien la legitimidad se asocia a la política y al ejercicio de los poderes y la autoridad pública, la legalidad se asocia al ámbito del derecho que se refiere a lo que es legal (por lo que para lo que unos es legal, para otros, que han creados leyes propias y diferenciadas, no lo es).

Pero para entender la legitimidad de las partes (otro tema es el concepto democrático que le acompaña al que me referiré más adelante), hay que acudir no a la política o al derecho, sino a la Filosofía. Pues es la Ética -rama de la Filosofía-, quien nos permite entender las razones morales de una legitimidad. (Quizás por ello los políticos han aniquilado la Filosofía del conjunto del sistema educativo español e internacional, hasta el punto -como muestra un botón- que por no existir no existe ya ni la Facultad de Filosofía donde servidor estudió, puesto que la sociedad contemporánea prima la productividad de las personas por encima de su capacidad de pensamiento crítico).

La Ética nos permite valorar, desde un sistema moral individual y colectivo, si una legitimidad es buena o mala, correcta o incorrecta, obligatoria o permitida, entre otros juicios de valor al uso. De éticas contemporáneas hay varias y de diverso nivel, pero la que nos ocupa al tratar sobre la legitimidad democrática en el actual enfrentamiento político-legal entre el Estado español y Catalunya podemos hablar de la Ética normativa, que es aquella que estudia los criterios morales (usos y costumbres que guían la conducta de las personas en la sociedad) para determinar cuándo una acción es correcta y cuando no lo es. Así pues, cuando nos referimos a la Ética de una legitimidad no hacemos más que referirnos a los criterios morales sobre los que se basa dicha legitimidad. Pero, ¿qué es la Moral?, he aquí la pregunta del millón. De definiciones y conceptos sobre la Moral hay tantos como grandes filósofos nos han predecedido a lo largo de la historia de la Humanidad desde la Antigua Grecia, pero alejándonos de las tesis kantianas, teológicas y naturalistas de aquella Moral con validez absoluta, universal y eterna, todos entendemos en un contexto sociológico que la Moral es relativa en referencia al contexto histórico en que se desarrolla. Por tanto, si la Moral es en tanto se establece en el parámetro referencial de un contexto en el que se manifiesta, la Ética de la legitimidad democrática no se puede entender sin la Moral de la Democracia, pues en ella se encierra la Ética de su legitimidad.

Democracia, otra palabra grandilocuente que estos días se está utilizando como bandera de guerra entre las partes en litigio. La Democracia, así como la Ética y la Moral han evolucionado a lo largo de la historia. Tanto es así que Platón, padre de la Democracia, en su obra la República manifiesta que todos los hombres son iguales en una organización ideal de la sociedad, pero cuando le preguntan a su personaje Sócrates quién limpiaría las calles si todos son ciudadanos libres e iguales, éste respondió que “para ello tendremos esclavos”. Y nadie en su sano juicio concibe una Democracia moderna con esclavos, ¿verdad?. Por tanto, si el concepto de la Democracia ha variado según ha ido evolucionando la sociedad a lo largo de los siglos, ¿qué entendemos actualmente por Democracia?.

Todos conocemos, aunque sea por pura traducción etimológica del griego clásico (demos y kratós), que Democracia es el poder del pueblo, es decir, que la forma de organización social atribuye la titularidad del poder al conjunto de la ciudadanía. Pero asimismo a nadie se le escapa que de tipos de democracias existen muchas y variadas en el mundo. Así, nos encontramos -entre otras clasificaciones- con democracias indirectas o representativas (como en España), semidirectas o participativas (como en Bolivia), democracias directas (como en Suiza o Estados Unidos), y sus diversos tipos de manifestación: democracias liberales (como la mayoría en Europa), socialdemocracias (Suecia), democracias con monarquías constitucionales (España, Gran Bretaña, Japón, etc), democracias soviéticas (ex URSS), democracias populares (Cuba), etc. En Europa, por su parte, quién define qué es Democracia y cuáles son sus principios fundamentales y componentes, es la Comisión Europea para la Democracia por el Derecho, más conocida como la Comisión de Venecia, que es un órgano consultivo del Consejo de Europa formado por expertos independientes en el campo del derecho constitucional propio de nuestra era, que tiene como objetivo asistir y aconsejar a países en asuntos constitucionales para mejorar el funcionamiento de las instituciones democráticas y la protección de los derechos humanos. Por tanto, si en nuestro contexto social y político tenemos que referirnos a la Moral de la Democracia, nos remitiremos a los principios morales marcados por la Comisión de Venecia. Y según ésta (en carta personalizada enviada al presidente del gobierno catalán en el pasado mes de junio), la acción del Govern de la Generalitat de Catalunya de llevar a cabo un referéndum unilateral no es una acción correcta al desarrollarse fuera del marco del Estado Democrático de Derecho y al incumplir los requisitos básicos para que un referéndum sea aceptado por la comunidad democrática internacional. De lo que se deduce que la Ética de la legitimidad democrática del Referéndum catalán del 1-0 no es buena, ni correcta, ni aplicable.

Pero junto a la Ética de la legitimidad democrática, no podemos olvidar la Ética de responsabilidad política de aquellos dirigentes, que aún a sabiendas de la falta de corrección y de aplicabilidad de la Ética de legitimidad democrática de sus planes políticos, son autores intelectuales y materiales de la deriva hacia una ruptura social, manipulando a la ciudadanía mediante argumentos políticos falsos -algunos de ellos de gravedad-, con el objetivo consciente (y por tanto doloso) que la masa se agite como un caballo desbocado -como diría Ortega y Gasset- en un acto de flagrante rebeldía activa a la Autoridad del Estado Democrático de Derecho. Una masa que, por otro lado, demuestra con sus actos una preocupante analfabetización cultural general, fruto de un adoctrinamiento previo, y pone en relieve un desconocimiento del sentido fundamental de la Democracia en particular. Que referéndum no es igual a Democracia, que quede claro, pues hasta en las dictaduras se ejercen los referéndums, residiendo la diferencia justamente en el marco de garantías que ofrece un estado democrático de derecho.

Menos manipulación institucional y educativa, y más Ética filosófica y Filosofía de la Democracia, por favor. Recordando a Sócrates: “El conocimiento nos hará libres”.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano