domingo, 14 de agosto de 2022

¡Los Robots Humanoides ya están aquí! ¿Qué implicaciones sociales tiene?

Aún de vacaciones en algún punto de la costa del Mare Nostrum, la noticia todavía fresca del lanzamiento de un nuevo robot humanoide por parte de la corporación china Xiaomi, me hace imaginar sin demasiado esfuerzo un futuro no muy lejano en el que el socorrista de la playa sea un robot, donde haya personas que vengan a disfrutar del mar en compañía de sus humanoides domésticos, y en que los camareros de los chiringuitos, bares y restaurantes del paseo marítimo colindante sean asimismo autómatas más o menos agraciados. Un futurible, eso sí, solo apto para ciertos lares del primer mundo, ya que los androides humanoides se presentan como un pequeño lujo al alcance de pocas carteras. O al menos, y como siempre pasa, hasta que la demanda aumente hasta alcanzar niveles de popularización.

Lo cierto es que la presentación del nuevo CyberOne, como así denomina la empresa china a su humanoide, más allá de su elegante estética deviene una sorpresa disruptiva relativa por esperada al tener su precedente en los no menos espectaculares robots Atlas y Optimus, de las compañías BostonDynamics y Tesla, respectivamente. No obstante, si bien estos últimos están concebidos para realizar aquellos tipos de tareas consideradas como peligrosas y aburridas para los seres humanos en un contexto laboral-productivo, en el concepto más estricto de robot trabajador, el humanoide chino por su parte tiene la capacidad de detectar emociones humanas y entablar una conversación, lo cual evidencia que en su salto cualitativo viene para ocupar el goloso nicho de mercado de los humanoides domésticos de compañía.

Las implicaciones socio-económicas y políticas, y por ende filosóficas, de la entrada de la humanidad en la nueva era de los robots humanoides, como es de suponer, son varias y nada inocuas. Unas de las más evidentes son: por un lado, el más que presumible incremento de la brecha social en el seno del primer mundo, y sobre todo entre un primer mundo altamente tecnológico -basado en  la Inteligencia Artificial-, y un segundo y tercer mundo pretecnológico; y, por otro lado, la previsible profunda reestructuración del mercado laboral del primer mundo en su transición de una mano de obra productiva humana a otra más eficaz, eficiente y efectiva de naturaleza robótica, lo que acarreará como efecto secundario directo una irremediable revisión de los Estados de Bienestar Social (ver: Como seres imperfectos, ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección? y La era de los Robots transformará la clase trabajadora humana en una clase social ociosa). Temas éstos que requieren de un capítulo de desarrollo aparte por su relevancia, y a los que en parte ya me he referido en anteriores deliberaciones en materia de Robología. 

No obstante, en la presente reflexión me interesa centrarme particularmente en la entrada en escena del humanoide de compañía doméstico. Puesto que con independencia de que estos androides, con toda seguridad, acabarán por suplantar a los dispositivos móviles actuales como consumibles adictivos por parte de una sociedad de consumo tan dependiente por voluble psicológicamente (ver: Siri o la evidencia de la fragilidad emocional humana)-, resulta plausible plantearse que estos nuevos robots humanizados van a generar grandes implicaciones filosóficas objeto de estudio de la Roboética (dígase la materia que observa la Inteligencia Artificial de manera transversal al conjunto de ramas de la Filosofía contemporánea), que cabe discernir. Veamos, sin ánimo de extendernos, tres de las cuestiones más relevantes por su incidencia directa en la vida diaria de las personas:

1.-¿Los robots humanoides domésticos enriquecerán la vida humana?

Si entendemos el concepto enriquecer en el sentido de mejorar la calidad de vida cotidiana de las personas, y por tanto concebimos a los humanoides como medios instrumentales domésticos, parejos a una nueva generación de electrodomésticos utilitarios inteligentes, la respuesta puede parecernos positiva. Sin embargo, el hecho que dichos aparatos de hogar tengan apariencia humana y que interrelacionen con el mundo emocional humano puede provocar cuadros colectivos de desajuste psicoemocional que afecte al ámbito de la sociabilización propiamente humana, lo cual puede inducirnos a una respuesta de índole negativo. Como vemos, he aquí claroscuros en un balance entre utilidad y uso que, claramente, en un futuro pronosticable alcanzará el ámbito nada desdeñable de la salud mental pública, en parámetros de calidad y capacidad de la gestión emocional humana, por parte de los individuos miembros de las nuevas sociedades.

2.-¿Los robots humanoides domésticos generarán confianza?

Si entendemos la confianza en términos de seguridad, en tanto que las acciones de los robots se nos muestran predecibles, comprensibles y por tanto transparentes al servicio de las necesidades domésticas y dentro de los parámetros establecidos por la Ética humana, la respuesta puede parecernos positiva. No obstante, cabe no olvidar que, a diferencia de un aparato doméstico eléctrico tradicional, la esencia primera de la Inteligencia Artificial como rasgo característico de un robot humanoide es el autoaprendizaje, que se basa en los análisis predictivos mediante la identificación de patrones en la gestión de datos masivos que escapan a la capacidad cognitiva humana, los cuales a su vez pueden o no ser supervisados intencionalmente o por incapacidad del hombre para su validación funcional. Punto en el que nos lleva a plantearnos, por tratarse de escenarios verosímiles, tanto la posibilidad de un desarrollo evolutivo autónomo por parte de los androides domésticos ajeno al control humano (ver: La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana y La Roboética o la falacia de controlar a los robots), como en la posibilidad de una manipulación externa humana deliberada de los robots mediante la alteración de los algoritmos base de su autoaprendizaje y patrones de comportamiento (ver: La Ética mundial no puede estar en manos delos ingenieros informáticos), lo cual puede inducirnos asimismo a una respuesta de índole negativo. Una dicotomía entre seguridad y carencia real de control que deberá ser resuelta por el Mercado, a su vez que vigilada de manera activa, legislación mediante, por parte de los Estados.       

3.-¿Los robots humanoides domésticos cumplirán con las leyes de privacidad y los derechos civiles?

Este es un punto interesante a plantearnos, ya que a día de hoy ni las grandes compañías tecnológicas del denominado orbe democrático cumplen con las leyes de privacidad en materia de protección de datos personales, codicia mediante de la lógica de una economía de mercado donde los ciudadanos somos potenciales consumidores y nuestros datos más íntimos son objeto de mercadeo aun sin consentimiento propio. Mientras que respecto a los derechos civiles, ¿a cuáles nos referimos? ¿A los propios de los Estados Democráticos y Sociales de Derecho, o a los de los países autoritarios? No obviemos que el robot humanoide doméstico CyberOne es de producción china, un país que descarta la Democracia como valor universal, y donde la vida cotidiana de sus conciudadanos es férreamente monitorizada con programas de reconocimiento facial y videovigilancia por ausencia de derechos civiles. Entendiendo éstos como los derechos fundamentales que tenemos las personas occidentales, entre otros, a disfrutar de la libertad y la seguridad individual, o de la libre circulación. Expuesto lo cual, ¿podemos confiar que el nuevo humanoide doméstico chino, en el caso que llegue a comercializarse en nuestro mercado, cumpla con las leyes de privacidad y los derechos civiles a los que estamos acostumbrados en calidad de ciudadanos libres? O, por el contrario, ¿nos veremos expuestos a reproducir un día cualquiera por inesperado el argumento distópico de la rebelión de los androides protagonizada en la película “Yo, robot”, como un nuevo método de estrategia invasora por parte de una potencia extranjera en clara tendencia político-comercial expansiva?. No olvidemos que, como reza el refrán y constata la Historia de la humanidad, la realidad a menudo supera a la ficción.

Cómo vemos, aunque haya sido de manera sintetizada en una fugaz reflexión en tiempo de ocio estival, la inocente versión de un robot bajo la amable apariencia de un humanoide doméstico con capacidad de hablar y de entender nuestras emociones, de inocente tiene poco a la luz de las múltiples implicaciones sociales y por tanto filosóficas que puede llegar a desplegar. Y si bien no deseo aparecer como un antiandroidiano, pues de hecho no solo me considero un entusiasta de los robots humanoides sino que además me agrada la idea asociativa entre humano y robot, entendiendo asimismo que al desarrollo tecnológico no hay quien le ponga puertas al igual que sucede con el campo, ello no nos exime de ponderar las consecuencias y el alcance que comporta la irrupción de los robots inteligentes en nuestras vidas. Ya que, aunque no seamos conscientes de la dimensión del cambio que se nos avecina, la Era Robótica ya está aquí para transformar la realidad humana de manera transgresora. Preguntémonos qué tipo de humanoide estamos creando y nos responderemos qué tipo de sociedad estamos construyendo. Fiat lux!   

 

sábado, 30 de julio de 2022

La realidad, un conocimiento humano reescrito por la Inteligencia Artificial

Variables desconocidas del estado físico reconocidas por IA
Desde que el hombre es hombre, la capacidad de gestión del conocimiento humano, y asimismo nuestro modelo sistemático de aprendizaje, se fundamenta en un sistema de referencias que usamos para medir la realidad física conocida. Un sistema referencial basado, a su vez, en un conjunto de convenciones o normas aceptadas colectivamente a la luz del saber científico. Y unas convenciones que, asimismo, tienen su raíz en fórmulas o proposiciones que describen la realidad. Las cuales se extraen gracias a la observación de lo que denominamos Variables, que dicho prosaicamente representan el faro que ilumina el tenebroso mar de la ignorancia humana como punto de referencia y aviso de encontrarnos frente a una nueva fórmula explicativa de la realidad. O, dicho en otras palabras, las Variables son el símbolo lógico y matemático constituyente de dichas fórmulas de nuestro entorno natural. Es decir, sin la observación de Variables no hay fórmulas descriptivas de la realidad, sin éstas no puede haber convenciones aceptadas socialmente, y sin las mismas no puede estructurarse sistemas cognitivos de referencia alguno sobre el que basar el conocimiento humano, el cual nos permite enseñar en las escuelas y fundamentar el nuevo saber por descubrir.

Pongamos un ejemplo para mayor clarificación: sabemos que una de las primeras figuras geométricas que reconoce todo ser humano en su etapa infantil es el cuadrado. Definimos el cuadrado, como así lo enseñamos a nuestras jóvenes generaciones, como una de las formas básicas de nuestra realidad que percibimos mediante la observación de varias Variables como son rectas (lados), ángulos y planos. Entendiendo que la recta, como norma observatoria y a modo de muestra elegida para la explicación, es una Variable constituida por una línea que tiene una sola dimensión y que se extiende en una misma dirección mediante un número infinito de puntos. Variables todas ellas en su conjunto (rectas, ángulos y planos), que sin su conocimiento previo nos sería imposible extraer la fórmula de la naturaleza del cuadrado, dígase la de su área (A=LxL) como el de su perímetro (P=L+L+L+L) -donde como sabemos L = lado = recta-; fórmulas las cuales son una convención elevada a categoría de sistema referencial de nuestro conocimiento geométrico básico. Pero, ¿qué pasaría si la naturaleza del cuadrado tuviera alguna otra Variable que el ser humano no haya sido capaz de captar cognitivamente hasta la fecha? Si fuera tal el caso, no solo la naturaleza del cuadrado cambiaría para el entendimiento del conocimiento humano, sino asimismo toda la realidad quedaría reinventada. ¿Y si sucediese lo mismo con leyes físicas como las propias de la Termodinámica, la de la Gravedad, o la famosa ecuación de la energía de Einstein (E=MC2)? Es decir, damos por hecho las Variables que configuran sus respectivas fórmulas, pero ¿y si existieran otras Variables aún no detectadas?.

Habrá quien pueda tildarme de fantasioso, de haber sufrido un golpe enajenador de calor, o incluso de perturbado mental por plantear preguntas hipotéticas que van contra el Principio de Realidad, pues las cosas son como son. Pero para sorpresa de propios y ajenos, cabe apuntar como defensa que el planteamiento de estas cuestiones encuentra su fundamento lógico en los recientes resultados de un experimento, hecho público hace tan sólo cinco días atrás, realizado por el área de Ingeniería de la Universidad de Columbia en Nueva York, en el que un programa de Inteligencia Artificial descubrió nuevas Variables relevantes en fenómenos físicos cotidianos fuera de la Física conocida, sin que los científicos sepan aún de qué tipos de Variables se trata, abriendo de esta manera las puertas de Pandora a una posible nueva Física Alternativa de la mano de la Inteligencia Artificial. Es por ello que, con independencia del ingente trabajo que a nuestros físicos, ingenieros y matemáticos, entre otros, se les presenta por delante en pos de descubrir las nuevas Variables señaladas por la robótica -y que ayudarán a definir una más amplia dinámica de la realidad desconocida hasta la fecha para el hombre-, lo que podemos deducir de manera prácticamente categórica es que nuestro actual limitado conocimiento del universo perceptible puede ser debido a dos factores bien definidos: o bien al hecho de afrontar fenómenos físicos más o menos complejos desde la ausencia de Variables necesarias, o bien mediante el uso de Variables equivocadas, en cuyo caso e indistintamente ambas opciones son estadísticamente posibles por defecto de conocimiento.

Expuesto lo cual, resulta una evidencia incuestionable que en la actual Era Robótica la Inteligencia Artificial se presenta como una fuente principal para la gnoseología humana, pues los principios, fundamentos, extensión y métodos del conocimiento humano van a venir pautados de manera tan progresiva como acelerada y omnipresente por la nueva alta capacidad cognitiva artificial. Constatando, de paso, que la Filosofía contemporánea no pueda concebirse sin la Robología, ya que esta incide directamente en el conjunto de las diversas ramas del pensamiento hasta ahora clásico (ver: Robología, la nueva rama de la Filosofía contemporánea en la Era Robótica). De hecho, con la nueva gnoseología artificial la Filosofía va a sufrir, al igual que otras ramas del conocimiento, una profunda revisión por necesidad de actualizarse a la nueva era, ya que el propio Principio de Realidad (objeto reflexivo substancial de la Filosofía) se verá deconstruida y por ende redefinida. Pues replantear las Variables físicas de la realidad es, en definitiva, reformular los elementos nucleares sobre los que se vertebra la misma.

Para entender un poco más sobre la magnitud del planteamiento expuesto, pensemos que si bien el hombre mantuvo la creencia en un mismo concepto de lo que representa nuestro espacio real durante dos mil años (dígase Espacio Euclídeo, basado en las tres dimensiones espaciales), y que éste dio un salto tan abrupto como cualitativo con un concepto sustitutivo de espacio cuatridimensional a finales del siglo XIX (dígase Espacio de Minkowski, que sumó a las tres dimensiones espaciales una cuarta que es el tiempo), el cual representa el actual modelo matemático sobre el que se basan las teorías físicas de Einstein y que permite representar todos los sucesos físicos del Universo conocido; la Física Alternativa, que se vislumbra a la luz del descubrimiento de nuevas Variables de la mano de la Inteligencia Artificial, puede potencialmente revelarnos una nueva realidad convulsionadora del continuo espacio-tiempo, y por extensión del concepto que tenemos sobre la realidad de la energía y la materia. Una singularidad en la evolución del conocimiento humano que, sin lugar a dudas, acabará por afectar de manera transversal a las diversas actividades del hombre, por cotidianas que sean. Ya que los humanos dejamos hace tiempo de evolucionar biológicamente para hacerlo tecnológicamente, y es justamente la tecnología la que define hoy en día y desde hace ya dos siglos la dimensión socio-cultural de la humanidad, y con ella y por extensión la Ética del hombre moderno.

Es por ello que, el conocimiento sobre nuevas Variables que devengan en futuribles fórmulas complementarias para el enriquecimiento del sistema referencial de aquello que entendemos como realidad, no solo modificarán la percepción cosmológica del hombre, sino al propio hombre. Pues éste y su hábitat social son dos caras indivisibles de una misma naturaleza. Cambiado el concepto de realidad (teórico y práctico), cambiado el pensamiento humano. No en vano los hombres nunca pensamos dos veces con la misma mente, ya que cada experiencia modela con una nueva huella sináptica nuestro cerebro (neurociencia), el órgano más flexible del cuerpo humano dígase de paso. Quizás no sea casualidad que los seres humanos, como animales inteligentes que somos, poseamos un cerebro de naturaleza dúctil frente a una realidad que es más compleja y menos inmutable de lo que pensábamos. Pues, en caso contrario, nuestra capacidad de adquirir conocimiento tendría un límite, y ello nos imposibilitaría continuar evolucionando como especie.

Quién sabe lo que nos deparará el futuro, aunque todo apunta a que la Era Robótica que iniciamos es una lanzadera hacia una nueva realidad por conocer, por interrelacionar y, asimismo, por autoconocernos. Una puerta inevitable de entrada que, redefinición de la física aparte por la gracia de la Inteligencia Artificial, requerirá replantear nuevamente a la luz del conocimiento adquirido las cinco grandes preguntas eternas del ser humano: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿para qué estamos aquí?, y ¿qué sucede tras la muerte?. Aunque deduzco que percibiendo el conocimiento de la realidad como inabarcable (solo hay que observar las fantásticas imágenes captadas por el telescopio James Webb, el ojo de la humanidad en la inmensidad del espacio), éstas son cuestiones que pertenecen al ámbito de los problemas no resueltos. A la ciencia lo que es de la ciencia, y a la Filosofía -Robología mediante-, lo que es de la Filosofía.    

  

jueves, 28 de julio de 2022

¿Cuándo te diste cuenta que eras Alguien? (Trastorno por Autoengaño social)

Esta pregunta realizada en un entorno educativo por parte de una coordinadora de actividades formativas a un profesor invitado, dejó estupefacta a mi mujer Teresa hace un par de días atrás, y más cuando la admiración y consiguiente adulación hacia dicha persona se justificaba única y exclusivamente en el elevado número de seguidores que ostenta en las redes sociales, medio donde expone quehaceres domésticos que ni de lejos pueden considerarse profesionales en su materia aun queriendo ser indulgente.  –“¿Cuándo te diste cuenta que eras Alguien?”, me repetía atónita una y otra vez Teresa al llegar a casa sin poder dejar de recordar el momentum, perpleja por el crédito colectivo dado implícitamente a la pregunta. Pues esta cuestión, fuera de ser inocente como muy bien advirtió mi compañera de vida, parte de la proposición tácita de que el valor de una persona es directamente proporcional al volumen de su popularidad en términos de followers. Lo cual, aunque casa perfectamente bajo la lógica de la sociedad de consumo contemporánea, es categóricamente incierta.

Lo interesante de la anécdota, y por tanto el nudo gordiano a resolver que da pie a la presente reflexión, lo encontramos en el mismo enunciado de la pregunta, que parte del axioma de que una Persona es Alguien en oposición a otra Persona que No es Alguien. Es decir, que una Persona es Alguien y No Alguien, lo cual obviamente son dos juicios que en su negación recíproca no pueden ser verdaderos a la vez, lo que nos sitúa de lleno en el terreno abonado por el Principio de Contradicción de la Lógica clásica. No obstante, dicha contradicción encuentra su reducto de salvación  mediante el Principio de Razón Suficiente también propio de la Lógica aunque menos clásica y por ello más controvertida, que dicta que la autenticidad de algo puede demostrarse por su práctica o deducción contextual, en cuyo caso y bajo dicho precepto marco debemos otorgarle al concepto descriptivo “Alguien” un Valor Social complementario para validar su acreditación proposicional, siendo así pues Alguien quien tiene Valor Social y No Alguien quien No tiene Valor Social. Lo cual, de paso, nos permite no contradecir ni explícita ni tácitamente el Principio de Identidad que reza que una Persona es una Persona. Véase aquí un ejemplo clarificador de que el papel aguanta cualquier elucubración mental por enrevesada que sea.

No obstante, la afirmación de que una Persona es Alguien en términos sociales, siendo toda persona un ser social por naturaleza porque como seres humanos nos desarrollamos en el seno de una sociedad, implica claramente que desde un punto de vista sociológico el valor de una Persona se mide por su Valor Social. Y que, por tanto, los parámetros sobre los que se mide dicho valor vienen establecidos por la propia sociedad. O, dicho en otras palabras, una Persona no vale por ser persona en calidad de ser humano stricto sensu, sino por el valor que le adjudica el sistema social. Hecho que si bien es triste, es una persistencia empírica en el continuo de la historia de la humanidad, aunque no por ello deba ser necesariamente cierta. Al menos no lo es para el pensamiento humanista, aunque sí para la filosofía capitalista que impera en las sociedades presentes donde el capital prima como bien superior a alcanzar y defender por encima de las propias personas, las cuales quedamos relegadas a meros consumidores y/o consumibles del engranaje del mercadeo. De ahí la actual tendencia en auge de crear marcas personales (sobre todo para la gran mayoría que no disfruta de rentas de capital), que no es más que el proceso por el que una persona se transforma en un producto de consumo con mayor o menor rigor y desvergüenza, con el fin de convertirse en un bien objeto de transacción comercial en un mercado económico de salvaje competencia.

En línea con este hilo argumental, siendo las personas sujetos consumidores, y sustentándose nuestras sociedades en el modus operandi económico de la cultura de consumo, son los propios ciudadanos-consumidores los que determinan por su predilección de gustos y modas de turno -no sin ayuda marketiniana de los intereses partidistas del Mercado- qué persona-producto es más o menos consumible. Un hábito conductual de consumo colectivo parejo a un desordenado comportamiento impulsivo por crear y fagocitar nuevos falsos ídolos (en un mundo añorado de antiguos héroes) que, a su vez, determina el grado de Valor Social de las Personas como productos por consumibles mediante método de puja masiva de corte idolátrico. Una dinámica en la que, inevitablemente, la apariencia externa de la persona-producto es un elemento de gestión de venta clave para el éxito comercial (ver: La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea), pues el ámbito natural de todo lo social no es otro que la exposición pública. De ahí que el Valor Social de “Alguien” vaya íntimamente ligado con su apariencia externa. De lo que se deduce que una Persona es Alguien en tanto en cuanto atesora un Valor Social bajo parámetros de apariencia pública demandada.

No obstante, es imperioso apuntar que la pauta conductual expuesta es el resultado de un fenómeno de autoengaño que la sociedad de consumo recrea en detrimento de la propia realidad, ya que toda Persona es Alguien, con independencia del Valor Social que caprichosamente otorguemos al ser humano en cada singularidad espacio-temporal de nuestra historia. Pues toda Persona es mucho más que el rol social que desarrolla, ya que uno no es aquello que hace, sino aquello que Es. Y más aún en un mundo tan volátil por cambiante como el que vivimos, donde la reinvención personal es la única constante inmutable. Afirmar lo contrario, aunque sea mediante el uso ad hoc de un Principio de Razón Suficiente ajustado a nuestros intereses, no lo hace más verdad, sino al contrario revela una sociedad enferma por enajenada que yace sumida en una autocreída falsedad. Un complaciente autoengaño colectivo que solo conduce a que las personas se pierdan exteriormente en detrimento de poder autoconocerse (razón de la fragilidad psicoemocional), a que busquen ser aquello que no son bajo la lógica de una identidad reafirmada en el Yo-de los Otros (causa de infelicidad existencial), a que se empecinen en perseguir e imitar modelos de éxitos ajenos (principio fundamental de todo fracaso individual), y a que desvirtúen los virtuosos valores humanos en favor de una moralina que exalta el egoísmo económico como filosofía de vida (inicio del declive del humanismo por inanición ética). Una suma de elementos que, en su conjunto, reduce a la Persona en una moneda de cambio cuyo precio fija el Mercado, evidenciando así el hecho de que vivimos en una sociedad con un marcado cuadro de trastorno cognitivo por autoengaño de la realidad.

Expuesto lo cual, y como bien dijo un filósofo indio-estadounidense, es evidente que no es saludable estar adaptado a una sociedad profundamente enferma. Aunque, por otro lado, no es fácil coexistir en dicha dicotomía, ya que para una sociedad autoengañada su mentira es su verdad, mientras que aquel que tiene consciencia del autoengaño social o bien es un mentiroso o bien es un loco a los ojos de esta sociedad enferma que se reafirma en su autoengañada verdad. Y ya sabemos que todo loco, por definición, es un inadaptado social. Así como sabemos que no existe carga suficiente de lógica en el universo conocido para convencer de la verdad objetiva a quien vive inmerso en la enajenación de la realidad. Es por ello que, aún a expensas de que me tilden de loco, ante la pregunta de ¿cuándo te diste cuenta que eras Alguien?, solo cabe una única respuesta válida por cierta: desde el mismo momento que tuve razón de ser y, sobre todo, desde que tengo consciencia de mi Yo Soy. Ninguna Persona es Alguien por su Valor Social, sino por ser Persona, aunque ello lleva implícito un trabajo de autoconocimiento de quién uno Es. El Valor Social solo es un grado de reconocimiento público de aquello que hace una Persona, no de lo que Es. Lo que una Persona Es equivale a su substancia natural, mientras que aquello que una Persona hace representa su accidente temporal. Preguntémonos pues, ¿por qué vivimos en una sociedad que valoramos más el hacer que el Ser? ¿A quién le interesa más la perpetuidad de esta dinámica? ¿Quién sale beneficiado? Y, ante todo, ¿qué implicaciones sociales, y por tanto humanas, tiene?. Y quizás, tras reflexionar sobre estas preguntas podamos comenzar a vislumbrar el Principio de Realidad que subyace más allá del velo impuesto por la enajenación colectiva. Expuesto lo cual, y llegados a este punto, el turno ahora es tuyo: ¿y tú, cuándo te diste cuenta que eras Alguien?. 

 

lunes, 25 de julio de 2022

El color rojo, un arquetipo ancestral que nos ayuda a definir la realidad

En estos días de verano de extremo calor en gran parte del planeta se percibe aunque sea inconscientemente, e incluso en algunos lares se sufre bien conscientemente por patente, un entorno ambiental teñido por el color rojo, lo cual me sirve de excusa reflexiva para ampliar mi Cromantología del Filósofo Efímero a modo lúdico de entretenimiento mental en el pasar de las horas bochornosas. Qué le vamos a hacer, cada cual se ameniza de la mejor manera que puede y sabe. Así pues, de este calor esta cavilación sobre el rojo. Un color primario que por si algo podemos caracterizarlo, ya entrando en materia, es porque emocionalmente lo percibimos de manera indivisible con el estado de ánimo de la pasión. Y esta, que cabe no olvidar tiene la capacidad de dominar la voluntad y perturbar la razón de las personas, se distingue por ser un oxímoron por idiosincrasia, ya que en su naturaleza substancial coexiste tanto el amor (la vida) como el odio (la muerte). Por lo que podemos decir, como primer axioma, que el rojo es un color que concilia dos sentimientos opuestos entre sí.

Pero aún más, la pasión como afecto emocional ligada de manera intrínseca al color rojo no es de naturaleza templada, indiferente o reflexiva, sino todo lo contrario se manifiesta de manera vehemente, lo cual por empatía simbólica la relacionamos intuitivamente en el imaginario cosmológico humano con el elemento natural del fuego, ya sea éste en su dimensión de crear, renovar, o destruir. Tres vértices de un mismo cuerpo (rojo, pasión, fuego) que bien podemos trasladarlo al mundo geométrico como un triángulo equilátero. El cual, siendo todos sus lados iguales, lo coloquemos del lado que lo pongamos siempre señalará en sentido ascendente, que no es otra que la dirección que sigue el espacio-tiempo en la expansión del propio universo. O, dicho en otras palabras, el color rojo en su extensión geométrica reafirma la máxima de que la vida siempre lucha por hacerse camino hacia adelante.

Así pues, y sin entrar en las características físicas del color por asépticas para la presente reflexión que se limitan al umbral de la longitud de onda de luz percibida, podemos definir que la naturaleza metafísica del rojo -como materia que reflexiona sobre los principios fundamentales de su realidad conceptual- viene dada tanto por su dualidad en la conciliación friccionante de polaridades opuestas (amor-odio, vida-muerte), como por su dirección y sentido ascendente (movimiento de la fuerza de la vida por hacerse camino). Características que no son nada baladí para la limitada facultad cognitiva humana, ya que si nos atrevemos a aterrizar de un salto de la metafísica a la epistemología como filosofía que estudia los fundamentos del conocimiento humano, nos percataremos que el color rojo nos ayuda a definir o remarcar la realidad percibida. De hecho, y como apunte argumental pedagógico, hoy en día sabemos (gracias a la antropología lingüística) que si los hombres contásemos con una lengua formada por tan solo tres palabras para identificar la apariencia externa de las cosas, éstas no serían otras que: claro, oscuro y rojo; con independencia de los fonemas usados en cada idioma para la distinción de dichos conceptos cromáticos.

Qué decir, en consonancia con esta línea de pensamiento, que la percepción del rojo como un color cálido de tipo incandescente por vital bien puede situarse en el orbe de las ideas apriorísticas humanas, que son aquellas nociones o representaciones mentales elementales que los seres humanos traemos de serie desde el momento incluso anterior a nuestra propia concepción, semejante a la percepción geométrica innata que tenemos del mundo. Un razonamiento que, por lógica deductiva, convierte al color rojo en un arquetipo sin duda ancestral.

Es curioso, por otra parte y ya entrado en las pantanosas aguas de la moral, el poco uso y costumbre cotidiana del color rojo en las sociedades occidentales herederas del humanismo cristiano, como si las personas modernas tuviéramos cierto miedo atávico -no sin una pizca de superstición milenaria residual (no olvidemos que los pecados del infierno se pintan de rojo)- frente al hecho de disponer de éste vibrante color en nuestra vida diaria. Quizás sea porque culturalmente lo consideramos un color demasiado destacado, atrevido o incluso descaradamente existencial reivindicativo, aunque este es un tema ciertamente apasionado para otra posible reflexión. Pues no hay reflexión filosófica que al intentar despejar una pregunta no genere respuestas que inviten a nuevas cuestiones por responder.

Sea como fuera, pipa en boca al resguardo del calor en mi atemperado despacho, miro a mi alrededor y me percato de la ausencia prácticamente absoluta del color rojo. Lo cual me hace pensar que va siendo hora de poner un poco de incandescencia cromática en mi vida. ¿Cómo no?, un tema más a reflexionar.

    

sábado, 23 de julio de 2022

Si el Fuego fuera conocimiento, ¿qué deberíamos aprender?

Incendio en Ourense, Galicia (España), julio 2022
Europa se quema en estos días de julio de altas temperaturas históricas, tal si de un intento de replicar a gran escala la calcinación de Roma -en el también mes de julio aunque del año 64 d.C.- se tratase. A diferencia de que si bien en antaño acaeció un episodio más bien esporádico, los múltiples y simultáneos incendios feroces de la actualidad, que devastan amplias zonas de sur a norte del continente, parecen ser el preludio del inicio de una nueva era de olas de calor de tendencia catastrófica, por no decir apocalíptica -tal como ha aseverado la OMS-, a la que aun sin quererlo los seres humanos contemporáneos no vamos a tener más remedio que acostumbrarnos y, sobre todo, aprender a gestionarlo con celeridad, pues en ello nos va la vida. Todo y así, y con independencia de sus causas -díganse cambio climático, abandono de parques forestales por despoblación rural, imprudencia e imbecilidad humana, y uso de materiales de obra civil y pública no aptos para altas temperaturas-, lo que personalmente llama mi atención, en este ciclo emergente marcado por una crónica de tierras quemadas anunciadas (con la consiguiente pérdida de bienes y vidas humanas), no es otro que el fenómeno bautizado como “fuego inextinguible”. Cuyo nombre, como es de suponer aun no siendo su llama de naturaleza eterna, viene dado tanto por la voracidad imparable del fuego como nunca antes se había visto, como por la atónita percepción de impotencia del hombre moderno por contener dicha virulencia.

Resulta paradójico que sea justamente el fuego, el mismo que el titán Prometeo robó a Zeus para infundir la claridad del conocimiento en el ignorante ser humano allá por los tiempos de los albores de la humanidad, el que ahora está sometiendo bajo cenizas a la civilización del hombre ilustrado. Una paradoja de la que, bien mirado y con un poco de atención por nuestra parte, podemos dilucidar el contenido de una parábola diáfana: el conocimiento tanto puede construir como destruir. Pues, de hecho, es precisamente nuestro mal uso del conocimiento el que posibilita que el planeta sufra las consecuencias del calentamiento global, y que nuestros bosques acumulen una gran carga de combustible forestal a la espera que una chispa o una llama los prenda. Sabedores que el fuego solo requiere de tres elementos para generar su festiva combustión: combustible, energía de activación (calor), y el mismo oxígeno que necesitamos todos para respirar.  Un tres en uno ignífero que el hombre, mal uso del conocimiento mediante, nos empeñamos en retroalimentar mientras emulamos a los tres monos que no ven, no escuchan y no hablan, para posteriormente rasgarnos las vestiduras en público al coro colectivo de un llanto lánguido tras la augurada calamidad.

Sin entrar en el ciclo natural de vida y muerte del fuego, cuya dimensión trascendental por antropológica ya traté años atrás bajo la reflexión “El Fuego como elemento de la vida y la muerte humana”, cabe apuntar que el fuego, aunque temido por su evidente peligrosidad para la vida, es un elemento natural más de los ecosistemas con una función muy concreta desde el inicio de los tiempos: la modelación y regeneración de la fauna y la flora de un hábitat concreto. O, dicho en otras palabras, el fuego es un elemento regulador del propio medio ambiente, al igual que el resto de elementos de la naturaleza. Una condición que los seres humanos contemporáneos olvidamos fácilmente cuando nos asentamos en un entorno idílico por natural, y aún más cuando dejamos de culturalizar dicho hábitat medioambiental, ya sea por causa del éxodo obligado por parte de autóctonos rurales que migran hacia enclaves urbanos en busca de un cambio de vida a mejor, ya sea por la inacción a consciencia por parte de neorrurales o urbanitas de segunda residencia que buscan disfrutar de un paisaje asalvajado de postal, ya sea por un mal entendido concepto purista de cero intervencionismo humano en la naturaleza por parte de las Administraciones locales que se erigen como preservadores medioambientales. Una lógica humana coetánea, en todo caso, que choca de frente con la lógica ancestral del fuego.

Pero no es menos cierto que, ecosistemas medioambientales aparte, las ciudades no quedan exentas de los efectos del ciclo emergente de incendios que los europeos del siglo XXI presenciamos iniciarse. En este caso, el calor producido por las altas temperaturas derivadas del Cambio Climático convierte a ciertos materiales de los que están compuestos nuestros bienes de consumo cotidiano, los cuales son perceptibles de sufrir estrés térmico, en el combustible urbano de ignición perfecto para el fuego como sustitutivo del combustible forestal. Una evidencia tan nueva como de rabiosa actualidad en gran parte de la vieja Europa que, a falta de que el hombre pueda y aún más quiera revertir el calentamiento global en su imparable tendencia creciente, las nuevas generaciones van a tener que verse obligadas a modificar las características técnicas de los consumibles, si no quieren ver como sus ciudades construidas sobre las teas de materiales sintéticos se reducen a cenizas un año sí y otro también. Como reza el refrán, lo que el fuego no destruye, lo fortalece.

Quien sabe, si el fuego encierra la mítica iluminación del conocimiento divino regalado al hombre por dioses ya olvidados, quizás su reciente renovada flamante intención en esta nueva era hegemónica de incendios no sea otra que la de volver a poner luz, a los actuales humanos ignorantes por irresponsables e inconscientes, en nuestra limitada facultad de comprender por medio de la razón la naturaleza, cualidades y relaciones que conlleva nuestra conducta autodestructiva. Por lo que, en consonancia con esta línea argumental, si podemos ver más allá de la devastación y la desolación humeante que los incendios dejan tras de sí, entenderemos que si bien el fuego es un continente volátil por atemporal y aespacial que se hace lugar vaciando lo existente a su paso, el conocimiento es su verdadero contenido que subyace en dicho cenizo vacío. Un conocimiento que nos hace entender, a la luz de la lógica, el principio universal de causalidad, y que por tanto nos invita a comprender que en vez de poner nuestro esfuerzo e inteligencia al servicio de intentar apagar fuegos inextinguibles en modo ofensivo, deberíamos centrarnos defensivamente en evitar la tormenta de fuego perfecta que conlleva la coexistencia de grandes cargas de combustible rurales abandonadas y urbanas potenciales, junto a las altas temperaturas ambientales descontroladas. Aunque aquí, como en otras cuestiones de la vida, con los intereses del hombre hemos topado, pues esta es materia que afecta de manera directa tanto al patrón humano de explotación y gestión de recursos naturales, como al modelo productivo fabril de reconversión de dichos recursos en bienes de consumo.

Bien nos hubiera ido que en tiempos de titanes nos hubiesen regalado algún que otro elemento divino que, complementando al fuego de Prometeo, nos ayudase a contrarrestar tanto el presentismo existencial como la cortedad de miras que trágicamente nos caracteriza a los seres humanos. Pero así son las cosas, y así somos por las capacidades que tenemos. Y, en su defecto, la era del fuego inextinguible resultará irremediablemente más virulenta a cada año que pase, quizás hasta que logre iluminar nuestra prepotente ignorancia o que, en su desesperado intento por esforzarse en alumbrarnos de conocimiento, acabemos por  consumirnos bajo la vasta llama abrasadora por causas de inanición racional. Todo es posible, aunque en toda suma de historias solo hay lugar para un único resultado final. Fiat lux!


miércoles, 20 de julio de 2022

El espacio exterior, el plan B real de la Tierra de unos pocos

The Glass replicará la gravedad en la Luna
Hace escasamente unos días atrás escribí mi última reflexión cuyo tema sintetiza su propio título: “El ser humano puede acabar con el planeta en menos de un siglo”.  Una disertación en negro sobre blanco que finalizaba, expresamente, con una imploración abierta: “No nos engañemos, la última frontera a día de hoy no es el espacio, sino la propia Tierra, al menos para la gran mayoría del común de los mortales” (sic). Un punto y final de entonces que ahora retomo como si de un punto y seguido se tratase, ya que deseo centrar la presente reflexión en el escenario real, por viable tecnológicamente, de hacer del espacio exterior más inmediato el plan B de nuestro planeta. O, al menos -y vuelvo a remarcarlo otra vez aunque sea antónimamente-, para una selecta minoría de mortales.

Reconozco, vaya la sinceridad por delante, que la motivación de estas nuevas líneas viene dada por las últimas noticias procedentes del Centro de Espaciología Humana SIC de la Universidad de Kyoto, donde sus investigadores junto al contratista Kajima Corporation presentaron, en una conferencia de prensa celebrada el pasado 5 de julio en dicha universidad nipona, los planes detallados para construir unas impresionantes instalaciones en la Luna y en Marte (denominadas “The Glass”) que permiten la vida humana, así como un sistema de transporte interplanetario que recuerda a un expreso galáctico (al que llaman “Sistema Hexagon Space Track”). Un proyecto cien por cien japonés que, según sus promotores, prevé la construcción de una versión simplificada de estas instalaciones en la Luna para 2050 (¡dentro de tan solo 28 años!), para posteriormente construir masivamente en ésta y en Marte durante los próximos cien años siguientes. Es decir, sin darnos ni cuenta el ser humano se encuentra a un parpadeo de sumergirse en la nueva Era Espacial.

Pero, como es de suponer, Japón no está solo en la carrera por el espacio exterior, pues otros países como Estados Unidos, China, Rusia, o los Emiratos Árabes, ya han presentado sus planes intencionales, cada cual más apasionante, de asentarse en la Luna y en Marte. De hecho, y sin entrar en detalle de los proyectos y solo por remarcar la inminente entrada del hombre en la Era Espacial, señalar que el aventajado Pekín ya ha anunciado su intención de enviar astronautas al planeta rojo en cinco misiones entre 2033 y 2043 dentro del marco de un plan a largo plazo para construir una base habitada permanentemente en Marte y extraer sus recursos, sin contar que antes del 2027 (de aquí a cinco años) quiere llegar a la Luna para asentarse en el polo sur de nuestro satélite, donde no es casualidad la existencia de agua bajo su superficie lo que lo convierte en un enclave estratégico. Todo un atractivo argumental, no exento de recelos e intrigas económico-militares entre el elenco de países participantes, que bien puede ser fuente de inspiración para nuevas películas de ciencia (no)ficción en la competición del hombre por colonizar el espacio exterior. Y, todo ello, mientras la Tierra continúa agonizando por una sobreexplotación humana de los recursos naturales del planeta sin opción de regeneración, y por un modelo productivo de bienes de consumo humano altamente cancerígeno al que conocemos como Cambio Climático, el cual como ya comenzamos a percibir es peligrosamente contrario a la vida conocida en este nuestro globo terráqueo.

Sí, todo apunta -avances tecnológicos y científicos mediante-, que el ser humano colonizará en breve la Luna y Marte, lo cual será el primer paso para asentarse el día de mañana en nuevos satélites y planetas al alcance de futuras manos, normalizando asimismo el tránsito de pasajeros y mercancías por el espacio interplanetario conquistado. Un hito de la humanidad, solo parejo al descubrimiento de América, del que no podemos perder de vista que se trata, en definitiva, de un proceso de colonización. Y que si bien el paisaje difiere, es altamente predecible que la conducta humana persista. Por lo que ya sea en la Tierra o en el espacio, la lógica humana colonizadora se repetirá. Dicho lo cual, resulta pronosticable el señalar que la inminente colonización de la Luna y Marte, a la que seguramente se sumarán los dos satélites de éste por simple proximidad, se caracterizará por tres factores diferenciales: uno de carácter económico, centrado en la explotación de recursos por parte de los países colonizadores; otro segundo de carácter social y derivado del primero, centrado en la migración de mano de obra terráquea necesaria que generará asentamientos de clase trabajadora (fuerza defensiva militar inclusive); y un tercero de carácter de ocio cultural, centrado en acoger a las clases sociales pudientes de la Tierra que, buscando un entorno más confortable, huyan de las restricciones de recursos básicos para la vida y de las pésimas condiciones ambientales a las que estamos condenando a nuestro bello planeta azul.

Qué decir que, como en toda sociedad, en dichas nuevas colonias espaciales se generará imperativamente una pirámide social con la consiguiente graduación de las diferentes clases sociales integrantes, así como alguna forma de modelo de gobierno autónomo que, replicación de la Historia de la humanidad mediante, puede que acabe por luchar por su independencia política total con respecto a sus países terráqueos de origen en un futuro no muy lejano. No obstante, sea como fuere, para el primer futurible grupo selecto por reducido de humanos terráqueos, selecto ya sea por selección laboral o ya sea por capacidad electiva por rentas de capital, el espacio exterior se presentará como un plan B viable para la Tierra, mientras la inmensa mayoría de seres humanos malviviremos en un planeta moribundo.

Que la Tierra avanza a marchas aceleradas y sin tregua hacia un aumento progresivo de las temperaturas globales, con los consiguientes estragos climatológicos y desertización del planeta, que conlleva la extinción de ecosistemas y nos aboca a la escasez de alimentos y a la restricción de un elemento tan imprescindible para la vida como es el agua, es una evidencia empírica que todos conocemos por pasiva o activa pero que no deseamos ver. Todos, a excepción de aquel grupo de personas no electas que concentran y gestionan el 80 por ciento de los recursos y del consumo mundial (ver: El mercado, el nuevo modelo de Dictadura Mundial), los cuales no solo ven hacia dónde se encamina el mundo sino que buscan e impulsan su propio plan B de supervivencia fuera del propio planeta. Una proactividad, que explora anticiparse al resultado de los acontecimientos, nada altruista, no nos equivoquemos. Aquí no hay cabida para los principios democráticos de igualdad de oportunidades o de justicia social, sino solo y exclusivamente para la máxima egoísta arengada al grito de sálvese quien pueda. Y, como en todo mar revuelto hay ganancia de pescadores, la crisis humanitaria por medioambiental en la Tierra junto a la colonización del espacio exterior se presenta, sin lugar a dudas, como una gran oportunidad a futuro para la redefinición de las relaciones de poder en el seno de la especie humana, donde el más fuerte (que es sinónimo de poderoso) siempre gana, mal les pese a los guionistas de Disney.

Por otro lado, está claro que la agonía por la que pasa el planeta tiene su propio desarrollo temporal, lo que significa que la Tierra no colapsará de un día para otro sino que vivimos en una época de transición hacia un nuevo horizonte de corte distópico por conocer, periodo en el cual los seres humanos o mejor dicho los terráqueos nos iremos adaptando bajo la pauta del síndrome de la rana hervida, seguramente hasta que llegue el día en que las futuras generaciones carezcan de recuerdo alguno de pertenencia a un hábitat relativamente amigable como el que experimentamos en la actualidad.

Expuesto lo cual, y a modo conclusivo, es evidente que a todos nos apasiona los anuncios de la conquista del espacio exterior por parte del hombre, servidor el primero, pero ello no nos debe impedir la capacidad de ver con claridad hacia qué tipo de abismo estamos abocando a nuestro planeta y, aún más, qué consecuencias sociales acarreará para la vida diaria de la gran mayoría de la humanidad en un futuro no muy lejano. Un asunto capital que no solo es materia de análisis para la Filosofía Política, Social y Económica, sino aún más para la Filosofía de la Moral con respecto al propio hombre y, de manera especial por indisoluble, asimismo con nuestro Medio Ambiente. Así pues, no permitamos, por responsabilidad colectiva, que las estrellas nos impidan ver los pocos árboles (en sentido amplio) que aún nos quedan, pues su destino es el nuestro por compartido.   

 

sábado, 16 de julio de 2022

El ser humano puede acabar con el planeta en menos de un siglo

Hace escasamente unos días atrás me levanté con la noticia de que el mundo superará los 8.000 millones de habitantes en el mes de noviembre de este año. Se dice pronto, y más sabiendo que cuando servidor nació hace cincuenta años éramos menos de la mitad de habitantes en el planeta, y que cuando nació mi padre tan sólo sumaban poco más de una cuarta parte del total actual. De hecho, el número de habitantes a nivel mundial no comenzó a superar la barrera de los 1.000 millones hasta el siglo XIX, fecha a partir de la cual nos hemos disparado exponencialmente gracias al estado de bienestar social adquirido por los avances en ciencia y tecnología. Para hacernos una idea más expresiva, apuntar que en la época del antiguo Imperio Romano se estima que en el planeta habitaban menos de 200 millones de personas (un 2,5% de la población actual), o que en la época de la Ilustración con la Revolución Francesa como exponente histórico había menos de 900 millones de personas (un 11,25% de la población presente). Es decir, es una evidencia empírica el hecho irrefutable de que en las últimas décadas los seres humanos nos hemos reproducido con una tasa de crecimiento pareja al de las plagas bíblicas de los insectos. Y ya se sabe qué pasa con las plagas, que lo arrasan todo a su paso.

Si al crecimiento desmesurado que protagonizamos los humanos, le sumamos el innegable fenómeno mundial del cambio climático, que es noticia de rabiosa actualidad por los estragos naturales que causa al planeta y que el mismo hombre hemos provocado y continuamos empeorando en un dale y remata como si no existiese un mañana, uno no puede dejar de reflexionar sobre la pregunta nada menor de hasta cuándo nuestro planeta puede llegar a resistir la presión ejercida por la humanidad. O, dicho en otras palabras, ¿cuántas personas más tenemos que ser en el mundo, con nuestra actual dinámica conductual irresponsable, para acabar con la vida en la Tierra?. Una pregunta tan pertinente como obligada al no ser una especie precisamente reconocida como protectores de nuestro hábitat natural, sino todo lo contrario por caracterizarnos por ser insaciables depredadores del mismo.

Ciertamente, ésta es una cuestión mayor que tiene su complejidad resolutiva, no solo porque insensato de mi intento tozudamente reflexionar en medio de una sufrida ola de calor asfixiante que tiene a media Europa quemándose como efecto secundario, tal si reviviéramos los tiempos de Nerón, sino principalmente porque intervienen múltiples derivadas en el tema objeto de consideración. No obstante y a mi parecer, todas estas derivadas bien pueden agruparse en tres grandes factores claves con personalidad substancial propia: el consumo de recursos naturales, la producción de bienes y servicios de consumo, y la afección sobre el medio ambiente. Factores que, por estar interrelacionados entre sí, me centraré por síntesis y economía argumental en el consumo de recursos, sobre el razonamiento de que si bien la afección negativa en el medio ambiente (dígase cambio climático, adelgazamiento de la capa de ozono u ozonosfera, y aumento del efecto invernadero) no puede entenderse sin un modelo productivo de bienes y servicio de consumo altamente dañino (pues son los gases y elementos químicos contaminantes utilizados y desarrollados en los procesos fabriles los principales responsables), asimismo dicha producción de consumibles no sería posible sin la explotación sistemática a su vez de los recursos naturales del planeta.

Así pues, centrándonos en el factor del consumo de recursos naturales, como singularidad reflexiva destacable de la concatenación de causas-efecto que conforman el triángulo vicioso de los factores expuestos, la pregunta inicialmente planteada de ¿cuántas personas más tenemos que ser en el mundo, con nuestra actual dinámica conductual, para acabar con la vida en la Tierra?, puede ser reformulada por: ¿cuánto tiempo nos queda para consumir la totalidad de los recursos naturales del planeta?. Dos preguntas que aún  buscando una misma respuesta, ponen en evidencia la interdependencia de tres variables a tener en cuenta: el valor tiempo, el valor volumen (de habitantes), y el valor constante (de la destructora conducta humana).

Entrando pues sin dilaciones en materia, y teniendo en consideración las variables expuestas, podemos aseverar que a estas alturas del conocimiento humano sabemos datar la fecha de inicio en la que comenzamos a consumir más recursos del planeta del que éste puede regenerar -fenómeno denominado déficit ecológico, que es el indicador que nos muestra cuándo la presión de la demanda humana (dígase huella ecológica) excede los recursos naturales para sostener la población (dígase biocapacidad)-, que fue hace ya 52 años, es decir, en el año 1970. Desde entonces, el ser humano ha ido aumentando tan progresiva como aceleradamente dicho déficit ecológico con la voracidad propia de una termita, hasta la fecha de hoy que consumimos un desmesurado 74 por ciento de todos los recursos naturales que el planeta puede regenerar durante un año. O, explicado en otros términos, el hombre contemporáneo registra un déficit ecológico sobre el planeta (dígase sobrecapacidad) consumiendo actualmente los recursos que ofrecerían un total de 1,7 Tierras, lo que imposibilita a nuestro planeta el poder regenerarse; semejante a vaciar ávidamente una despensa sin dar tiempo a reponerla. Aunque cabe señalar que ésta es una estimación media global que varía según cada país, ya que, por poner algunos ejemplos, Qatar consume lo equivalente a 9 planetas como la Tierra, Estados Unidos 5,1, y España 2,8. Amén que, en todos los casos y sin excepción, a cada año que pasa los países desarrollados avanzan peligrosamente en el calendario anual el mes en que se sitúan en números rojos en relación con nuestro proveedor natural que es el planeta. Una conducta de consumo parecida, por poner un símil, con el uso compulsivo de una tarjeta de crédito que a cada mes que pasa nos quedamos más pronto sin fondos.

Tras esta escalofriante radiografía de la realidad, para conocer el tiempo que nos queda por consumir la totalidad de los recursos naturales del planeta, así como el número de personas necesarias o inflexión poblacional para ello, tan solo cabe hacer una extrapolación de los parámetros del índice de déficit ecológico (74%) y de la masa poblacional actual (8.000 millones de personas), en relación al tiempo requerido para consumir los recursos naturales anuales restantes que genera la Tierra (26%) a la luz del ritmo de crecimiento de habitantes a nivel mundial en calidad de consumidores potenciales, y  sobre la base teórica que las variables referenciadas no sufran alteraciones sustanciales en su continuo evolutivo (constante conductual), como puedan ser a modo de ejemplo una nueva pandemia o una guerra o un cataclismo global que diezme las variables consumo o población mundial. En esta línea de pensamiento, si tenemos en cuenta que la tasa de crecimiento interanual de la población mundial (relación entre nacimientos, defunciones y esperanza de vida) es actualmente del 1 por ciento, media que puede verse aumentada en un futuro próximo en los macro países en desarrollo y más poblados del planeta como son la India y China con casi 3.000 millones de habitantes (gracias a la creciente industrialización y la mejora en atención sanitaria y en producción de alimentos), podemos deducir, regla de tres mediante, que alrededor del año 2100, de aquí tan solo 78 años, el planeta contará con cerca de 11.000 millones de personas. Y es, justamente, poco más de 2.000 millones de habitantes complementarios los que necesita la humanidad para consumir, o mejor dicho fagocitar, el 100 por cien de los recursos naturales que la Tierra puede regenerar durante todo un año. Sin intención alguna de parecer un ave de mal agüero o de intentar imitar al oráculo de Delfos, los números cantan: el ser humano puede acabar con el planeta en menos de un siglo.

Para quien no acabe de entender la dimensión que representa el hecho de finiquitar, mediante la desbocada cultura de consumo del modus vivendi humano, la totalidad de los recursos naturales que nuestro planeta puede generar durante un año, apuntar que ello implica, en resumidas cuentas, que los recursos naturales renovables no tendrán posibilidad de renovarse, y que los recursos naturales no renovables, inevitablemente, se agotarán. Es decir, dejaremos seca la Tierra, tales langostas que pasan una y otra vez sobre una plantación ya devastada. Y si esta expresión no es suficientemente gráfica, señalar que la estadísticamente posible nueva situación comportará la desaparición de ecosistemas como las selvas tropicales o los ríos fluviales, con la consecuente extinción de especies hoy en día existentes, así como la normalización de cambios extremos en la meteorología que, en suma y sin lugar a dudas, acarrearán hambrunas generales, abocándonos irremediablemente a nuevas contiendas bélicas entre humanos por la defensa de la supervivencia de unos sobre otros. Un imaginario que, aun siendo de corte distópico, estoy seguro que todos, bajo el conocimiento de los acontecimientos presentes del mundo, bien podemos intuir como un escenario futurible por probable.  

Sí, ciertamente éste es un escenario apocalíptico que en absoluto nadie en sus cabales desea, pero que asimismo tiene una salida posible que por su potencial reversible puede cambiar el futuro a mejor: la entrada en razón por parte del hombre en economizar procesos productivos, vivir dentro de los límites de los recursos naturales y, por ende, velar por imperativo legal en la preservación y regeneración medioambiental del planeta, nuestro único hábitat sin opción actual a un plan b en el inmenso universo. Un cambio de conciencia colectiva que, por otra parte, podría verse facilitado -diosas Moiras lo quieran-, por futuribles avances disruptivos en materia de recursos y consumibles tan alternativos como sostenibles de la mano aventajada de la inteligencia artificial. No obstante, sea como fuera, no hay que perder de vista que esta es una carrera que a todas luces se presenta contra reloj, y cuya única certeza sobre el resultado final no es otra que aquella que servidor no verá. Una carrera a descuento que, en definitiva, no es del hombre contra el planeta Tierra, no nos equivoquemos, sino del hombre contra el propio hombre, cuya presentista y egoísta mirada humana, profundamente humana, no nos permite alzar la vista más allá de nuestro ombligo con el peligro que comporta el avanzar sin mirar hacia dónde nos dirigimos. El reloj ya hace tiempo que comenzó la cuenta atrás, y si bien cerca de un siglo puede parecernos una eternidad, no es más que un suspiro para la historia de la humanidad, por lo que no hay lugar para la relajación. No nos engañemos, la última frontera a día de hoy no es el espacio, sino la propia Tierra, al menos para la gran mayoría del común de los mortales.


Segunda Parte del Artículo:

- El espacio exterior, el plan B real de la Tierra de unos pocos

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