lunes, 14 de octubre de 2019

¿Qué es la Democracia? (Carta abierta a los jóvenes catalanes)

Jóvenes independentistas cortan el AVE en Gerona. Foto EFE

Que la Democracia es el poder o dominio del pueblo, todo el mundo lo sabe (por uso popular de su etimología griega). Que la Democracia es un modelo de organización social que fue definido por primera vez por el viejo filósofo Platón en la Antigua Grecia del siglo IV a.C., prácticamente es también conocido de manera general. Y que la Democracia es el sistema de gobierno más utilizado por la inmensa mayoría de países en el mundo, es un dato cuyo conocimiento damos por hecho. Pero, a partir de aquí, ¿sabemos qué elementos debe tener la Democracia para ser considerada como tal? Y, aún más, ¿la Democracia, como voluntad del pueblo, tiene algún límite que al sobrepasarlo puede perder la condición de Democracia?

Estas son preguntas cuya respuesta deberían enseñarse en los centros educativos que forman a nuestros jóvenes, ya que su falta de conocimiento no solo conduce a la ignorancia sobre qué es o que no es Democracia, sino que incluso puede inducir a jóvenes y no tan jóvenes -como observamos en la actualidad- a comportamientos antidemocráticos. Y ya sabemos que el polo apuesto a la Democracia no es otro que la dictadura, la tiranía, la autocracia y/o el caudillaje.

Así pues, respondiendo a las preguntas planteadas, señalaremos en primera instancia que los elementos que debe tener una Democracia para ser considerada como tal son los llamados Principios Democráticos (Igualdad, Limitación y Control del Poder), cuyos valores superiores defienden la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político de todos los ciudadanos. Hasta aquí no hay mayores problemas, pues todas las personas aceptamos dichos valores de manera abstracta por conceptuales. El problema radica justamente cuando debemos definir, a la luz de nuestros intereses personales o colectivos, qué entendemos por libertad, justicia, igualdad y pluralismo político.

La respuesta viene respondida, a su vez, por la segunda pregunta objeto del planteamiento: ¿tiene la Democracia, como voluntad del pueblo, algún límite que al sobrepasarlo puede perder la condición de Democracia?. Es decir, ¿dónde está el límite para la aplicación individual o grupal de la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político para que continúe siendo Democracia?. La respuesta es tan clara como sencilla: en la Ley. O dicho en otras palabras, el fundamento principal de la Democracia es su ordenamiento jurídico (conjunto de leyes que regulan la Democracia como modelo de organización social). Es por ello que los países democráticos del siglo XXI se autodefinen como Estados Democráticos de Derecho (además de Sociales).

La consiguiente pregunta obligada, cuya respuesta parece que desconocen muchos jóvenes, no es otra que ¿quiénes crean, anulan o redefinen las leyes?. La respuesta la hallamos en los políticos (poder legislativo, uno de los tres poderes independientes que conforman la naturaleza de un Estado Democrático). Así pues, si existe una ley concreta que no nos gusta por considerar que atenta contra el concepto que tenemos de libertad, justicia, igualdad o pluralismo político, la Democracia nos permite participar de la vida política, de manera directa o a través de los partidos políticos (sistema representativo y/o participativo), por medio del uso del voto para conseguir modificar la ley. Siendo conscientes y teniendo en cuenta que la Ley, asimismo, regula el uso y gestión del voto para que éste se considere con todas las garantías propio de un proceso democrático. (En este punto, aconsejo leer: “El futuro de la Constitución: en manos dela educación sobre libertad de nuestros jóvenes)

Y, ¿qué pasa si no me gusta una Ley y actúo en contra de la misma?, parece ni siquiera preguntarse últimamente algunos jóvenes y otros tantos adultos por comportamientos públicos de rabiosa actualidad. En primer lugar, cabe remarcar que quien actúa contra la Ley está actuando contra la Democracia, pues la Democracia es Ley. Y, en segundo lugar, la Democracia como modelo de organización social tiene dos herramientas principales para defender la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político que garantice la buena convivencia entre todos los ciudadanos de un mismo Estado: las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (la policía y el ejército, sujetos al mandato de los Poderes Ejecutivo -Gobierno-, Legislativo -Congreso/Parlamento-, y el Judicial -Tribunales de Justicia-), y el mismo Poder Judicial (los jueces, uno de los tres poderes independientes que conforman la naturaleza de un Estado Democrático). Es decir, si se actúa contrario a Ley la policía tiene la obligación de defender el cumplimiento de la misma con plena capacidad de arrestar a los infractores, y a posteriori los jueces deberán verificar los hechos de dicha infracción con plena capacidad de castigar económicamente y/o con privación de libertad a los autores del delito.

Expuesto lo cual de manera sencilla, extremadamente concisa y con plena intención pedagógica, ante los disturbios registrados a lo largo del día de hoy en Cataluña (como preludio de una semana caliente) por parte mayoritariamente de jóvenes proindependentistas, en ocasión de la publicación de la sentencia del Tribunal Supremo (máximo tribunal de justicia del Estado Democrático de Derecho español) sobre el caso de los políticos independentistas procesados, uno tiene la plena convicción que en muchos centros educativos catalanes no solo no se educa sobre los Principios Democráticos y su naturaleza, sino que incluso se incita a la revolución social como medio de disidencia política y rechazo a la autoridad con actuaciones manifiestamente antidemocráticas bajo una falsa bandera a la que mal denominan Democracia.

Para aquellos jóvenes catalanes conscientes que la ignorancia (en este caso socio-política) conduce al fundamentalismo ideológico, y deseen profundizar desde una visión crítica constructiva en el proceso catalán contemporáneo, les recomiendo el conjunto de breves reflexiones recopiladas en la obra abierta bajo el título “Crónicas del nubarrón independentista” realizadas por un humilde servidor catalán durante el período 2015-1018. Asimismo, tanto para estos como para aquellos otros que consideren tener la idea de un sistema de organización social mejor que la Democracia -con todas sus sombras por resolver-, estaré encantado de prestarles una lógica y reflexiva merecida atención. Libertas capitur, sapere aude.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 9 de octubre de 2019

El estudio de los Planetas: la dimensión insignificante de nuestra especie

Peebles, Mayor y Queloz, Premios Nobel de Física 2019

El estudio de los planetas, o más concretamente de los exoplanetas y la evolución del universo, ha resultado ser el astro más brillante en el firmamento de los Premios Nobel de este año, perteneciente al galardón de la Física. Con este evento, una vez más, la comunidad científica hace recordatorio colectivo -aun sin intención premeditada- sobre la ciertamente insignificancia de nuestra pretenciosa especie dentro del Universo (Ver: En una era postgeocéntrica, la noción del Universo es un baño de realidad para el egocentrismo humano). Lo cual ayuda ha resituarnos en nuestra justa medida, orgullo estéril a parte.

De hecho, la dimensión referencial de insignificancia -entendida ésta como valor ínfimo para el conjunto del que forma parte- de la especie humana respecto al Universo, viene determinado por dos magnitudes físicas de naturaleza vectorial concretas: la profundidad y la fragilidad.

El vector físico de la profundidad viene derivado del hecho objetivo que la materia observable, estrellas y planetas incluidos, representa menos del 5 por ciento del Universo, siendo el 95 por ciento restante materia y energía oscura por no visible. Es decir, que nuestra presencia como representantes de la Tierra en un cosmos con más de dos billones de galaxias (cada una con su conjunto particular de diversos sistemas solares propios), nos sitúa en una representación de escala submillonesimal. Un dato ya de por sí de vértigo que, si además consideramos que el Universo es finito por el tiempo (pues no sabemos que hay más allá de la distancia recorrida por la luz desde el Big Bang hasta hoy), nos equipara a una partícula de polvo prácticamente imperceptible por diminuta en el interior de una gran caja vacía, al menos en un sistema euclidiano. Ya que en un sistema cuántico, dicha caja -y con ella nuestra naturaleza- podría ser el reflejo de un universo multidimensional. En resumidas cuentas, la magnitud del vector físico de la profundidad, como punto dimensional referencial de la insignificancia de nuestra especie en el Universo, resulta insondable por ser asimismo irresoluble la propia naturaleza del Universo. Y, como bien señala el profesor de Princeton Peebles, uno de los galardonados con el Premio Nobel de Física, todo apunta a que nunca llegaremos a comprender completamente el Universo.

Por su lado, el vector físico de la fragilidad de la naturaleza humana, así como de la mayoría del conjunto de la vida en el Universo conocido, viene determinado por el hecho objetivo de que fuera de los planetas no podemos vivir (extendamos aquí el concepto de planetas incluso a posibles astros artificiales -definidos como cuerpos celestes- creados por vida inteligente, como puedan ser estaciones o naves espaciales). Tanto es así que podemos equiparar los planetas a pequeñas cápsulas diseminadas en suspensión a lo largo, ancho y profundo del oscuro Universo, tales como si delicados por desprotegidos invernaderos se tratase, donde se controla las condiciones climatológicas básicas óptimas para la creación y desarrollo de la vida orgánica aprovechando el efecto producido por la radiación solar.

Sí, los vectores de profundidad y fragilidad determinan nuestra insignificancia como especie frente al Universo del que humildemente formamos parte. De hecho, hace un suspiro que los humanos existimos en la vida del Universo (y menos aún en la Tierra), y éste ni se inmutará si hoy mismo desaparecemos de él, arrastrando incluso con nosotros mismos la vida del bello planeta azul. Pues el Universo no está exento del principio del ciclo de la vida, y tanto mueren planetas cada día como por formación nacen de nuevos a partir del gas y el polvo que gira entorno a las estrellas jóvenes.

Mientras tanto, desde nuestro pequeño y frágil invernadero al que denominamos Tierra, estudiamos los exoplanetas -aquellos que están fuera de nuestro sistema solar- y la evolución del Universo como seres curiosos y ávidos de conocimiento que somos, en busca de transcendernos como especie animal, racional y espiritual. Ojalá manifestemos colectivamente el mismo sentido de trascendencia humana para combatir nuestra demostrada tendencia autodestructiva. Pues en caso contrario, nuestro último grito existencial como especie no será más que el gesto de un chillido insonoro munchiriano en la insondable vastedad de la caja vacía y oscura del Universo.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 7 de octubre de 2019

La intimidad, tanto un lujo contemporáneo como una declaración de rebeldía


Como todos sabemos, el lujo es un bien preciado al alcance de unos pocos privilegiados, ya que lleva implícito una barrera de entrada artificial -como dirían los economistas- que no es otra que su alto coste monetario de adquisición (Ver: ¿Por qué nos atrae el lujo?). Asimismo, de lujos existen tanto de naturaleza tangible como intangible, siendo uno de éstos últimos por excelencia en nuestra sociedad orwelliana (por su obra 1984) la intimidad.

Sí, la intimidad es un bien preciado por escaso en nuestro tiempo. Por un lado, porque el sector privado, al que denominamos Mercado, ha conseguido moldear las sociedades bajo un patrón económico sustentado en la extracción y gestión comercial de los datos personales del conjunto de los ciudadanos, mecanismos incluso de espionaje ocultos en aparatos domésticos mediante (Ver: Vivimos en una sociedad en la que valemos más por ser clientes/consumidores, antes que ciudadanos y personas y El “Conócete a ti mismo” lo ejerce el Mercado por nosotros). Y, por otro lado, porque el sector público, al que denominamos Estado, está aplicando de manera creciente políticas de vigilancia masiva a la población, con capacidad de seguimientos individualizados las 24 horas del día, en aras de un mayor control de la seguridad ciudadana. Una tenaza Mercado-Estado a la intimidad individual acelerada por el proceso de corte sociotecnológico conocido como globalización, surgido a partir de la mitad del siglo pasado en plena Tercera Revolución Industrial.

Pero, sociofenomenología de la intimidad a parte, lo interesante es observar su casuística contemporánea. Es decir, ¿cómo el ser humano actual se relaciona o comporta respecto a su intimidad, y cuáles son sus implicaciones?. Para ello, y en primer lugar, debemos definir el concepto de intimidad, entendiéndolo como un espacio inviolable de la privacidad más íntima de la persona.Y en segundo lugar, debemos situar el ámbito de manifestación de dicha intimidad, la cual -como todos sabemos- puede darse tanto en la dimensión interna como externa de una persona. Expuesto lo cual, podemos segmentar el comportamiento humano respecto la intimidad en tres tipologías de personas bien diferenciadas:

1.-IntraPersonales: Personas que ejercitan la intimidad en su dimensión interna.

Se trata de un colectivo minoritario, ya que la búsqueda de la intimidad interna equivale a la voluntad activa de desarrollar una vida interior, condición sine qua non que requiere de los estados de soledad y de silencio ambiental (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado). Un planteamiento existencial propio de pensadores y personas espirituales. Dicho colectivo, asimismo, suele extrapolar el ejercicio de la intimidad interna a su dimensión personal externa.

2.-InterPersonales: Personas que ejercitan la intimidad en su dimensión externa.

Se trata de un colectivo que, al igual que el anterior, también es minoritario. La característica fundamental de esta tipología de personas es su declarado activismo rebelde frente al control de la intimidad ejercido por el tándem Mercado-Estado. Un planteamiento existencial propio de antisistemas, pensadores y personas espirituales. Estos dos últimos perfiles, asimismo, suelen desarrollar el ejercicio de la intimidad externa parejo a su dimensión personal interna.

3.-ExtraPersonales: Personas que no ejercitan la intimidad ni en su dimensión interna ni externa.

Se trata del colectivo mayoritario en la sociedad contemporánea. Su rasgo característico fundamental es el uso sistemático de dispositivos móviles de conexión a la red de internet, tal si de un quinto miembro natural extensible de su organismo tanto fisiológico como intelectual se tratase. Son personas cuyas vidas, de manera integral, se desarrollan inmersas en un estadio pleno de sobre-exposición pública, cediendo a voluntad y con plena (a)normalidad su intimidad al sistema de control social ejercido por el tándem Mercado-Estado. Un planteamiento existencial propio de ciudadanos-consumidores hijos de la era tecnológica, y más especialmente a partir de la generación nacida desde la primera parte del presente siglo en plena Cuarta Revolución Industrial (Ver: El homo selfies, el alter ego virtual).

Como se puede deducir, a la luz de un racionamiento lógico objetivo, el hecho que construyamos una sociedad en la que el conjunto de la ciudadanía tiende de facto hacia la exclusión voluntaria de la intimidad en su desarrollo como personas -como cesión incontestable y normalizada a favor de los poderes fácticos del Mercado y del Estado-, no solo nos aboca al desarrollo de una humanidad sujeta a un peligroso control colectivo por parte de intereses políticos y comerciales partidistas (a través de la lógica de la economía de la atención, haciendo del “mundo feliz” del británico Huxley una profecía casi cumplida); sino que tiende a convertir al conjunto de ciudadanos de nuestras sociedades modernas en personas que construyen y fundamentan su identidad interna y externa desde la volatilidad del Yo de los Otros. Y ya sabemos que aquel que no se reconoce desde su Yo Soy es fácilmente reseteable psicoemocionalmente por fragilidad de su vida interior y consecuente carencia de madurez personal exterior.

No podemos devaluar y ni mucho menos despreciar la intimidad como faceta vital del ser humano, ya que la intimidad es para el crecimiento y desarrollo de una persona lo que el sueño es para la salubridad física y psicoemocional de un individuo. Asimismo, sin intimidad no hay pensamiento crítico, pues la intimidad genera ese espacio de reflexión con nosotros mismos y respecto a nuestra realidad que nos permite extraer conclusiones más allá de los estados de opinión sociales paquetizados (Ver: ¿Hemos desaprendido a pensar? y Pensar,la gastronomía del alma que no sirve para comer). Así pues, en la intimidad pienso, y puesto que pienso existo por encima de la voluntad homogeneizadora de terceros.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 4 de octubre de 2019

La Modestia, una radiografía de tipos de personalidad


A veces nos encontramos por la vida con personas que muestran una actitud de modestia, entendida como cualidad de persona modesta, es decir, que no hace ostentación de sus buenas cualidades en una materia o hecho concreto. Pero no todas las modestias son de igual naturaleza, pues podemos toparnos con modestias sinceras, modestias falsas y modestias enfermas; así como tampoco se manifiestan de la misma manera, ya que podemos observar modestias temporales y modestias crónicas como hábito conductual. Hagamos su desglose:

Las modestias sinceras son propias de personas que denotan un estado emocional sano, aunque están sujetas a determinismos culturales que les obliga a declinar cualquier alago en exceso que públicamente engrandezca su persona como individuo. (En este punto, recomiendo la lectura de: “Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática”). Su manifestación suele ser temporal por puntual, así como espontánea por un acto reflejo educativo. Asimismo, cabe apuntar que la naturaleza de la modestia sincera pertenece a la familia del orgullo discreto u orgullo educado por exposición de baja intensidad, en consecuencia la modestia sincera puede transmutarse en un conato reivindicativo de orgullo personal cuando el sujeto entiende que su modestia sincera está siendo malentendida o incluso atacada como signo de debilidad o incompetencia. (Ver: Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal).

Por su parte, las modestias falsas son propias de personas que denotan un estado emocional tan insano como tóxico, pues más allá de estar sujetas a posibles determinismos culturales, utilizan la actitud de la modestia falsa como instrumento de engaño y manipulación de su entorno social más inmediato. Ya que en verdad éstas personas no se consideran modestas, sino más bien orgullosas de sí mismas con claros rasgos conscientes de descarada (por impúdica) altivez frente a la vida que revelan exclusivamente en su intimidad, pero que para encaje y supervivencia social actúan bajo el camuflaje de la modestia como medio instrumental de beneficio personal. La manifestación de la modestia falsa suele ser crónica, ya que dicha actitud suele conformar parte estructural del hábito conductual existencial construido por el sujeto. Asimismo, cabe apuntar que como la naturaleza de la modestia falsa pertenece a la familia de la prepotencia enmascarada, una vez destapada la falsedad de la modestia ésta puede transmutarse en un arrebato de rabia o ira, ya que la persona vive en una continua tensión controlada de superioridad respecto a los demás.

Mientras que las modestias enfermas, como bien indica su término, son propias de personas que denotan un estado emocional enfermo por psicopatológicas, es decir, por trastornos mentales ya sean de causa endógena u exógena. En este sentido, la modestia enferma es un rasgo característico de personas con bajos niveles de autoestima, e incluso de cuadros psicoemocionales depresivos en su grado más grave, cuya autopercepción personal registra importantes niveles de devaluación individual consciente respecto a su entorno social más inmediato. La manifestación de la modestia enferma tanto puede ser eventual como crónica, directamente proporcional a la psicopatología sufrida. Asimismo, cabe apuntar que como la naturaleza de la modestia enferma pertenece a la familia de la depresión, ésta puede transmutarse tanto en una actitud de anulación personal como de autodestrucción psicoemocional e incluso físico dentro de la polarización de su espectro conductual.

Así pues, como podemos observar, la modestia es una actitud cuyo registro nos dice mucho sobre el estado emocional, los rasgos de personalidad y el hábito existencial de una persona. Siendo su valor moral social asociado el concepto cultural judeocristiano de la humildad, que por ser cultural -cabe remarcar- no pertenece al marco de los valores universales, y que por tanto es susceptible de poder ser modificado mediante una adecuado proceso de reeducación.

Acabaremos señalando que por ser la modestia una actitud cultural, es decir un hábito educativo conductual -psicopatologías a parte-, y por tanto profundamente contextual a un espacio y un tiempo social, existe una conducta humana fuera del comportamiento de la modestia: la Autoridad Interna, que es aquella que permite al ser humano vivir mostrándose fiel a si mismo y respecto a su entorno exterior. (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna y Valórate, ámate y vive desde tuAutoridad Interna). O dicho en otras palabras, el ser humano puede vivir una existencia sana psicoemocionalmente sin necesidad de adoptar la modestia como conducta personal y social. Aunque ello requiere, previamente, tanto de un trabajo personal de autoconocimiento como de un ejercicio de autotrascendencia sobre los cánones culturales limitantes establecidos. Cada cual que elija en plena consciencia de sus facultades emocionales y mentales la opción vital que más le convenga, sabedores que la máxima del “Yo soy Yo y mis circunstancias” de Ortega y Gasset puede transformarse en un “Yo soy Yo, a expensas de mis circunstancias”.

He dicho, modestia a parte.



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miércoles, 2 de octubre de 2019

Apología de la pasión (como estado de consciencia de crecimiento personal y social)


No hay mayor incoherencia, a su vez que mayor belleza paradójica conductual, que un hombre pasional defendiendo la virtud del comportamiento equilibrado. Y si algún estereotipo buscamos capaz de hacer connivir ambos opuestos éste no es otro que Cicerón, el célebre filósofo, jurista, político, escritor y orador romano. Un hombre contradictorio por impresionante e intemperante que tanto promulgaba la cultura del in medio virtus aristotélico, como en su vida personal era propenso a reaccionar con excesa vehemencia ante los cambios. En otras palabras, de Cicerón diríamos hoy en día que era un hombre carente de gestión emocional (por muy docto en filosofía de la política que fuera), lo cual le acarreó muchos e importantes enemigos hasta acabar asesinado por el entorno del César, quienes le cortaron la cabeza y las manos para exhibirlas en la tribuna del Foro que servía de púlpito (rostra) desde el que el mismo Cicerón arengaba en antaño al pueblo en su condición de senador.

Pero más allá de la pasión ciceriana, máximo exponente del concepto de la pasión stricto sensu como sentimiento vehemente capaz de dominar la voluntad y perturbar la razón, ya sea por amor, odio, celos o ira intensa, que conlleva una perturbación o afecto desordenado del ánimo de la persona, la cual se ve abocada de manera irremediable a un estado emocional de padecimiento, podemos encontrar una actitud exenta de autodestrucción en lo que denomino la consciencia pasional.

Entenderemos aquí consciencia pasional como aquel estado de ánimo fruto de un proceso intelectual previo que hace que una persona desarrolle una actividad con pasión, fuera de cualquier exceso psicoemocional que comporte un desequilibrio conductual consigo mismo y frente a terceros. De hecho, en términos de desarrollo competencial y de habilidología, podemos equiparar la conciencia pasional con un grado superlativo de la motivación (Ver: Conoce la fórmula de la Motivación).

En este sentido, los hombres sólo deberían dedicarse a aquellas actividades por las que sintieran pasión o, mejor dicho, tuvieran consciencia pasional sobre las mismas. Puesto que la pasión no solo empuja la voluntad de los hombres a tomar acción, sino que invita al conocimiento profundo sobre la materia objeto de la pasión, lo que va emparejado a una actitud de reflexión e investigación proactiva que conduce a una superación continua sobre el saber hacer de dicha naturaleza. Características éstas propias tanto del ámbito del comportamiento como de las habilidades profesionales (independientemente si socialmente son productivas o no). Así como, en el ámbito del desarrollo personal y la gestión emocional, la pasión deviene la puerta de entrada hacia la autorealización individual y hacia los estados de conciencia conocidos como felicidad, que a su vez son caminos inestimables para el autoconocimiento del Yo Soy (tan denostado hoy en día).

Pero aún más, y derivado de lo expuesto, los hombres sólo deberían hablar de aquello por lo que sienten pasión. Pues la pasión como comportamiento, desarrollo de habilidades profesionales, crecimiento personal y gestión emocional, aporta sabiduría en el sentido de tener inteligencia (del latín sapere) y capacita a las personas con la facultad de actuar de manera sensata, prudente y acertadamente. (Y no es menos cierto que en la actualidad urgimos de más sabios y de menos homo gallinaceos).

Contrariamente, hoy en día confundimos la pasión como la exaltación de los deseos más íntimos, en alineación con una sociedad de mercado que promulga, para su propia sostenibilidad económica, la cultura del hedonismo (el placer sensorial inmediato como bien máximo). Un concepto limitado de la pasión que empuja a las personas a subsistir desde actividades productivas no pasionales, negándose así su autoconocimiento y desarrollo personal en pos de la adquisición comercial de espacios de enajenación colectiva reservados al tiempo del ocio hedonista, en el que el Yo Soy es sustituido por el Yo de los Otros.

La búsqueda y desarrollo de la pasión como estado de consciencia personal y filosofía de vida, como se ha expuesto, no solo tiene grandes beneficios para el ser humano como individuo, sino que enriquece saludablemente al conjunto de la sociedad como catalizador de talentos con rasgos de personalidad equilibradas para el bien común. Tanto es así que, si la cara es el espejo del alma -como bien señaló el viejo Cicerón-, la pasión como consciencia personal es el alimento del alma.

Miremos pues las caras de los prójimos a nuestro alrededor, y preguntémonos si viven con o sin pasión, pues en ellas veremos reflejadas de manera diáfana la respuesta de en qué tipo de sociedad estamos viviendo y construyendo. Como dijo el antecesor del verdugo de Cicerón: alea iacta est.


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lunes, 30 de septiembre de 2019

La Profundidad marca la diferencia entre maneras de vivir

Arte callejero en latas de BCN. Foto: Esther

La profundidad es la distancia existente entre un objeto, que se sitúa por debajo del punto referencial, y su plano de referencia. Por lo que podemos decir que para que se dé la profundidad deben coexistir dos factores claves en el universo humano: geometría y percepción. Geometría, ya que la profundidad pertenece al mundo dimensional de las estructuras espacio-temporales; y percepción, porque dicha geometría -para que sea para un sujeto cognoscente- deber ser reconocida como realidad, ya sea ésta de naturaleza física o metafísica.

La naturaleza de la profundidad de tipología física la concebimos como un evento o suceso eminentemente físico, es decir, resultante de la correlación entre dos puntos espacio-temporales, que representan la suma total de ocho coordenadas en un sistema euclidiano (coordenadas que a su vez se pueden incrementar exponencialmente en un sistema cuántico o subatómico). Pero que al necesitar de la percepción como capacidad cognitiva del ser humano, ésta profundidad de naturaleza física puede desembocar en una percepción metafísica, ya que en la ecuación introducimos la variable compleja del mundo de las ideas.

En este sentido, imaginemos a una persona paseando por entre edificios en una calle estrecha de una ciudad. La estructura geométrica de la calle misma será percibida por la persona, desde un punto de vista puramente físico, como un espacio de profundidad derivado del efecto visual denominado como punto de fuga (las rectas de las paredes de los edificios y de las líneas de definición de la calle convergen visualmente en un punto proyectado en el infinito). Si la persona transita por dicha calle sin poner atención en su caminar, de manera automática, la profundidad del lugar no traspasará los límites de la realidad física. No obstante, si la persona atiende voluntariamente en consciencia a los estímulos mentales y sensitivos del lugar, la profundidad física puede evolucionar hacia una profundidad metafísica (propia del mundo de las ideas) tomando como referencia un punto de atención o estímulo subjetivo de la misma. Un efecto resultante del estado de una consciencia despierta o, más concretamente, de una actitud de consciencia presente, que es aquella que atiende a los pequeños instantes existentes por percibidos que configuran el presente continuo de la vida.

Mientras que la profundidad de naturaleza metafísica, tanto puede derivar de la realidad física como generarse independientemente de ésta. Pues la profundidad metafísica es esencialmente intelectual por pertenecer al mundo de las ideas. Y si bien éstas, las ideas, son una representación mental de conceptos concretos o abstractos, reales o imaginarios, de igual manera participan de la geometría al ser los pensamientos figuras con propiedades espacio-temporales, caracterizándose por sus estructuras neuro-lingüísticas interrelacinadas en puntos convergentes. Tanto es así que hasta el pensamiento abstracto o disruptivo no pueden sustraerse de la geometría matemática. Por lo que podemos afirmar categóricamente que todo proceso intelectual es, por antonomasia, un suceso de profundidad metafísica.

Expuesto lo cual, queda patente que la profundidad, como geometría y percepción física y/o metafísica, marca la diferencia entre maneras de vivir que tiene el ser humano. Por lo que encontramos personas que viven su existencia cotidiana desde una percepción geométrica de la vida más superficial, por eminentemente física; y los hay quienes por el contrario viven su mundana cotidianidad desde una percepción geométrica de la vida más profunda, por eminentemente metafísica (propio de inteligencias intrapersonales). Ambas actitudes conductuales, por otro lado, no pueden extraporlarse por equivalencia a planteamientos más o menos pragmáticos respecto al mundo material propio de la subsistencia individual en una sociedad de mercado (aunque existan connotaciones evidentes, pues el hombre no es un sujeto aséptico), sino que deben enmarcarse única y exclusivamente en la dimensión de la autorealización espiritual personal, con independencia de su utilidad social.

No obstante, no es menos cierto que aquellos seres humanos que viven su existencia desde la profundidad metafísica se acercan más al modelo de la trascendencia humanista a título individual. Así como, por devenir seres profundamente reflexivos por pensantes, representan un activo intelectual de valor colectivo inestimable para una sociedad que, ahora más que nunca, necesita analizar qué hacer consigo misma y hacia dónde desea evolucionar. Pues, por mucho que corramos por entre las calles estrechas de nuestras modernas ciudades hacia la conquista de nuevos horizontes futurables, ello no es sinónimo de una mayor calidad de vida. Más pensar para existir, y menos correr automáticamente para (mal) subsistir, por favor.


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viernes, 27 de septiembre de 2019

El círculo vicioso de los políticos, en el que los ciudadanos quedamos excluidos


El modelo de organización de las democracias occidentales se sustenta, como todos sabemos, en un sistema de partidos políticos dentro de un Estado fundamentado en la separación de poderes (teóricamente, pues bien conocemos la teoría de los vasos comunicantes inherente a la naturaleza humana). Dichos partidos políticos, con independencia de su tipología de cuadros o de masas -propio de ideologías de derechas y de izquierdas, respectivamente-, en principio se catalogan como entidades de interés público creadas para promover la participación de la ciudadanía en la vida democrática y contribuir a la integración de la representación de los mismos a nivel estatal.

No obstante, a nadie se le escapa a estas alturas de la película que dentro de los partidos políticos cabe diferenciar tanto a los simpatizantes (de carácter más volátil y rotatorio) y a los afiliados (parroquianos con carnet) por un lado, como a los dirigentes de los partidos y a los candidatos a ocupar cargos políticos en la Administración Pública por otro lado, siendo éstos últimos -considerados popularmente como políticos profesionales (pues sus rentas de “trabajo” proceden de la vida política)- los que toman las decisiones políticas de facto en nombre del conjunto de la ciudadanía en un sistema de representación piramidal socioestadísticamente tan poco democrático como su propio sistema orgánico de funcionamiento interno (aunque este es trigo de otro costal).

Así pues, y atajando en el desarrollo argumental, nos encontramos que el actual modelo de organización de las democracias occidentales se sustenta sobre un grupo reducido (pero altamente costoso) de ciudadanos que han convertido la política en su profesión o modus vivendi. Lo cual nos conduce a una conclusión tan obvia como real: la motivación principal y objetivo último de los políticos profesionales es velar por su modelo de vida personal. Ergo, para poder mantener un modus vivendi que depende de la voluntad de terceros, los políticos deben ocupar su tiempo en ganarse dichas voluntades, cuya única vía en el mundo de las relaciones humanas dentro de una sociedad no es otra que convirtiéndose en proveedores de favores de tipo y naturaleza diversa. Y es aquí donde entra en escena y con especial relevancia el factor económico, ya que sin dinero los políticos no pueden financiar las partidas de sus millonarias estructuras de partido, de sus aparatos de propaganda y de sus campañas electorales que les permita acceder a cuotas de poder necesarias para gestionar favores. He aquí, por tanto, el círculo vicioso:

1.-Los políticos viven de la política.
2.-Los políticos, para vivir de la política, son dadores de favores.
3.-Para ser dadores de favores, los políticos necesitan dinero.
4.-Los políticos buscan dinero en el Mercado (sector bancario y empresarial)
5.-Los políticos deben favores al Mercado.
6.-Los políticos se aseguran continuar viviendo de la política.
7.-Los políticos vuelven a comenzar el círculo viciado sin fin.

Por lo que, la pregunta del millón no es otra de ¿a quién representan los políticos?. La respuesta es diáfana: a sí mismos y a aquellos a los que deben favores para garantizar la sostenibilidad de su modus vivendi (que es igual a señalar al Mercado). Una ecuación donde queda excluido el interés general, siendo lo mismo que decir que ponen en última posición de la lista de prioridades políticas las necesidades reales del conjunto de la ciudadanía, y siempre y cuando no les genere un conflicto de intereses.

No en vano, el economista Armstrong, en uno de sus últimos artículos sobre Capitalismo versus Capitalismo Híbrido, pone de manifiesto que la fortaleza de la economía China radica justamente en su liderazgo político no elegido que, en consecuencia, no necesita prometer “cosas estúpidas” (sic) para mantener el poder y así poder ejecutar sus líneas estratégicas de desarrollo social del país con planes a largo plazo.

Sin intención alguna de hacer apología del Capitalismo Híbrido chino, contrario a la cultura democrática humanista de nuestra civilización greco-romana, lo que sí que es evidente es que en los Estados Social y Democráticos de Derecho occidentales urge redefinir nuestro modelo de organización política a través de establecer nuevos controles y límites de gestión de la res publica, evaluación tácita de responsabilidades incluidas. (Ver: ¿Necesitamos a los políticos para velar por el bien colectivo versus el bien individual?). Lo que de paso afectaría de manera colateral pero con efecto directo a una necesaria redefinición de las reglas de juego del actual Mercado de libre competencia -en su omnipotente ascendencia sobre la sociedad civil-, objeto causal principal de las grandes desigualdades sociales existentes. Ya que en caso contrario, el actual modelo del círculo político vicioso en el que estamos inmersos hace inviable, como todos somos testigos y protagonistas en primera línea de afección, de cualquier planteamiento serio y diligente de gobernanza de un país catalogado como moderno por parte de unos políticos que, al fin y al cabo, no son más que servidores públicos como bien definía Platón.

Barcelona, a poco más de un mes de las cuartas elecciones generales
en los últimos cuatro años, en una España con grandes desequilibrios sociales.



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