jueves, 14 de noviembre de 2019

Vivimos un peligroso proceso de divergencia social de los derechos civiles

El Tsunami separatista corta el tráfico en la frontera con Francia

Los derechos civiles son aquellos que protegen las libertades individuales y garantizan la participación de las personas, en calidad de ciudadanos de un país, en la vida civil y política de un Estado en condiciones de igualdad. Hasta aquí, todo bien, ya que los derechos civiles constituyen la espina dorsal de las sociedades democráticas. Pero, ¿qué sucede cuando los derechos civiles, fruto de la acción proactiva de un grupo de ciudadanos, entra en un proceso de divergencia frente a las libertades individuales que protege? Es decir, ¿que pasa cuando la demanda de los derechos civiles se aleja del principio de defensa general de las libertades individuales?. En este caso, la respuesta nos ofrece dos soluciones posibles: Uno, la divergencia queda anulada por efecto de la imposición del marco legal por parte del poder público correspondiente que realinea derechos civiles y libertades individuales como bien social inealienable; o dos, la divergencia aumenta por efecto de la dejación de funciones por parte del poder público correspondiente en su responsabilidad de realinear derechos civiles y libertades individuales por concebirlo como un bien social alienable.

Particularmente me interesa reflexionar sobre éste último supuesto, ya que se trata de un campo vectorial de naturaleza sociológico de rabiosa actualidad en mi realidad más inmediata (Cataluña, España), donde el derecho civil de la libertad de manifestación y de la libertad de protesta diverge -por confrontación de facto- del resto de libertades individuales. En este sentido, lo que se puede observar, desde la distancia de la reflexión, es que dicho proceso de divergencia está creando una campana social de Gauss en la variable continua del ejercicio normal de los principios rectores de la Democracia como parámetros de referencia, en el que el punto más alto de la campana se sitúa la variable resultante de la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales, y en el punto más bajo la constante teóricamente deseable de la alineación entre éstos. Un diagrama de la curva gaussiana que sobre el papel resulta inofensiva, pero que trasladado a la realidad social genera grandes incógnitas. Pues si trasladamos la gráfica al mundo real, uno no puede dejar de preguntarse sobre las implicaciones sociales que se derivan en el interior de dicha campana de Gauss. O, dicho en otras palabras, ¿qué le sucede a la sociedad que vive dentro de una campana gaussiana generada por la disfunción entre derechos civiles y libertades individuales?.

En el caso que nos ocupa, que no es otra que la observancia de mi realidad más inmediata, frente a las diversas variables que intervienen de marcado carácter político -algunas conocidas y otras desconocidas- en continua impermanencia, tan solo puedo describir el fenómeno mediante el método correlacional de la probabilidad descriptiva: dentro de la campana de Gauss la sociedad está experimentando la creación de un marco de derechos civiles aximétrico. Es decir, vivimos una realidad social en la que se ha desdoblado el corpus de los derechos civiles generando dos opuestos entre sí, que si bien cada uno es congruente bajo su lógica, el de nueva creación es claramente de tipo involutivo respecto a su sistema madre de referencia (por pura naturaleza geométrica de la simetría axial). Siendo el modelo involutivo el que ocupa a grosso modo el espacio de la campana social gaussiana. Por lo que se puede afirmar que el sistema de derechos civiles generado en el interior de dicho espacio social es, por esencia, antidemocrático al enajenar por oposición la defensa de las libertades individuales respecto a las coordenadas parametrales marco definidas por los valores rectores de la Democracia.

Una vez expuesto que la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales generan un espacio gaussiano en la sociedad, cuyo interior queda articulado bajo la lógica de un sistema de derechos civiles involutivo por aximétrico a su modelo democrático de referencia, hagamos una breve observación reflexiva de su fenomenología desde un enfoque de filosofía social y política:

1.-El crecimiento de la campana gaussiana de la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales es directamente proporcional a la fuerza motriz ejercida por un grupo de ciudadanos, bajo la máxima marxista de conquistar en las calles aquello que no se ha logrado a través de las urnas.

2.-La falta de una reacción de fuerza superior o al menos de igual magnitud y en sentido opuesto que neutralice la campana gaussiana de la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales por parte de un grupo de ciudadanos activistas (de perfil antisistema), demuestra una connivencia de facto de los poderes públicos en su dejadez de funciones por hacer cumplir el ordenamiento legal. Dígase intencionalidad política institucional por acción u omisión.

3.-El activismo proactivo de un grupo de ciudadanos en la lucha por la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales en el seno de la sociedad, junto a la inacción de los poderes públicos democráticos, envalentona a los primeros a seguir redimensionando al alza el espacio gaussiano de marcada naturaleza antidemocrática. Véase aquí un germen totalitario, desde una perspectiva de la historia de la humanidad, para una revolución civil.

4.-La reatroalimentación continua y persistente de un espacio gaussiano políticamente antidemocrático es presumible (por la teoría de la suma de historias de Feynman) que acabe por neutralizar y/o desalojar a la sociedad democrática coexistente en el mismo espacio, ya que dos cuerpos orgánicos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo: principio de cambio de régimen social.

Y, 5.-En un espacio antidemocrático los derechos civiles no protegen ni las libertades individuales, ni garantizan la participación de todas las personas en la vida civil y política en condiciones de igualdad.

La parte positiva es que aún estamos a tiempo de revertir la situación, ya que el proceso de divergencia de los derechos civiles en nuestra sociedad se encuentra en un fase que, si bien parece crítica a la vista de los acontecimientos recientes, aún no ha alcanzado el punto inflexivo de no-retorno. Pero qué se yo, ya que desde la distancia reflexiva sólo sé que no se nada sobre el futuro que planifican nuestros gobernantes. No obstante espero, para bien de una Democracia -que como dice el historiador Krauze, se nos ha olvidado que es mortal- que nuestros dirigentes actúen a la luz de la Razón.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 13 de noviembre de 2019

España, un laberinto de país inmerso en dos grandes guerras sociales

Foto EFE

A tres días de las catorceavas elecciones generales democráticas, y a la espera que alguno de los bibloquismos políticos tome la iniciativa gubernamental (aunque parece ser que el bloque de la izquierda ya adelanta por la derecha), España se encuentra inmersa -aun a pesar de la ceguera autoinducida de muchos- en una guerra social cada vez menos silenciosa y más visible.

Una guerra atávica (como definiría el autor de El capitán Alatriste) que se libra en dos frentes de batalla bien definidos: aquella que protagonizan el bando de los vencedores y el bando de los vencidos en la crisis económica, y aquella protagonizada por los que defienden la unidad territorial del Estado frente a los que anhelan la segregación de una parte del mismo. Una guerra social que ha entroncado la realidad socio-económica y política del país en un laberinto de difícil resolución (por sus múltiples pasadizos entrecruzados entre sí y en diferentes direcciones), en cuyo epicentro se haya un minotauro tan asalvajado como insaciable que posee la singularidad de ser una bestia de dos caras -a imagen y semejanza del dios romano Jano-: en uno de sus rostros, cuya boca engulle derechos sociales con gula, mantiene rasgos faciales característicos del Mercado; mientras que en su otro rostro, ávido de devorar libertades individuales sin fin, sus rasgos fisonómicos son más parecidos a los del Totalitarismo. ¡Una imagen de puro terror para cualquier ciudadano de a pie!. No en vano el minotauro es por esencia un monstruo.

Sí, la España de finales del 2019 se ha convertido en un laberinto de país inmerso en una guerra social, que por ser social es substancialmente una guerra civil (no lo pasemos por alto), aunque la sangre no haya llegado al río. Por lo que más que un Cid Campeador que emprenda la cruzada de la política social y constitucionalista para restablecer el orden y la equidad de la res publica como pilar central de la Democracia, con independencia del color del estandarte que se empuñe con mano diestra o mano zurda a merced de la vox populi jaleada, se necesita más bien de un Teseo que resuelva el problema del laberinto para llegar hasta el minotauro -salvando barricadas a su paso- e, impidiendo ser devorado por el monstruo de dos rostros, conseguir neutralizarlo sin darle la estocada de gracia (seamos política y medioambientalmente correctos, a su vez que realistas). Aunque todo el mundo sabe que no hay Teseo exitoso sin una astuta (dígase estratega en términos políticos) Ariadna que con su ovillo de hilo asegure una resolución feliz al problema del laberinto. Es decir, los retos de la España contemporánea no requieren tanto de la fuerza y de la contundencia bruta, sino de la claridad de objetivos, de una adecuada y decidida estrategia, y de una firme valentía para llevarlos a cabo. Factores socio-políticos todos ellos incluidos para su correcto despliegue en los instrumentos orgánicos de la propia naturaleza de un Estado Social y Democrático de Derecho. No nos llevemos a engaño, el cielo de la Democracia no se alcanza por asalto, como algunos proclaman (pues deja de ser Democracia), sino por consenso social; eso sí, bajo el estricto cumplimiento del imperio de la Ley como garante de la justicia, la libertad y la igualdad entre ciudadanos. (Ver: Dura lex, sed lex: el garante de la tranquilidad social).

Por lo que para reconquistar el cielo de la Democracia en la España de nuestros tiempos, urge afrontar las dos grandes batallas sociales que protagoniza la sociedad civil y que se retroalimentan como vasos comunicantes, las cuales no se pueden resolver sin un gran consenso o acuerdo de Estado. Véase:

1.-Por un lado, España requiere de un gran pacto social que resuelva la brecha de desigualdad social entre vencedores y vencidos por una crisis económica que dura ya más de una década y que se prevé aun de larga duración sine die (según todos los indicadores macroeconómicos). Una batalla que solo se puede resolver enfrentándose al minotauro del Mercado mediante el uso del arma de Estado del Bienestar Social: Políticas Sociales.

2.-Mientras que, por otro lado, España requiere de un gran pacto social que resuelva los conflictos territoriales entre prounionistas o constitucionalistas y prosecesionistas o anticonstitucionalistas cada vez más tensionados, cuya tendencia evolutiva -a la vista de los acontecimientos de rabiosa actualidad- puede acabar haciendo emerger un cisne negro como punto de inflexión de una quiebra real del Estado en términos institucionales y generacionales con efecto de no-retorno. Una batalla que solo se puede resolver enfrentándose al minotauro del Totalitarismo (conducta propia del nacionalismo regional que atenta contra las libertades individuales de los que no piensan como ellos) mediante el uso del arma de Estado de la Democracia de Derecho: Políticas Constitucionalistas.

En resumidas cuentas, España requiere de la valentía de un Teseo y de la visión estratégica de una decidida Ariadna capaces de ofrecer una alternativa política social y constitucionalista efectiva e imaginativa, con el objetivo tan diáfano como específico de, sino finiquitar, al menos acotar a niveles de salubridad social el empoderamiento progresivo de corte dictatorial de un minotauro de dos caras que está fagocitando nuestra Democracia (para intranquilidad de muchos y júbilo de unos pocos).

Dicho lo cual, a tan solo tres días de las catorceavas elecciones generales democráticas, reflexionando pipa en boca desde un lugar del noreste de España bañado por el milenario Mediterráneo en medio de un aire social cada vez más irrespirable, sólo espero que el augurio de Cayo Julio César del alea iacta est se cumpla a favor de la reconquista del añorado cielo de la Democracia. En caso contrario, muchos nos veremos obligados a buscar otros lares donde el sol caliente más y mejor, y donde uno no se sienta extraño en casa propia.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 7 de noviembre de 2019

Teorema del Profesor Contemporáneo (menospreciado socialmente)


Esta mañana, mientras iba camino de hacer una gestión doméstica, me ha llamado la atención un pequeño cartel colgado en lo alto de una farola que fácilmente puede pasar desapercibido para transeúntes despistados. Al acercarme, he podido leer: “Los alumnos de tercero de primaria (del Instituto-Escuela Costa de Llobera) hemos hecho un taller de astronomía. Hemos instalado en clase una esfera de un metro y medio de diámetro, que representa el Sol, y hemos ido colocando a proporción de distancia los planetas sobre un plano de Barcelona. El planeta Saturno, queda aquí...”. Y en el cartel puede verse una flecha que señala el lugar de la calle, con una inscripción interna que reza: “A 1.537 metros de nuestro instituto. Saturno, de 130 mm. de diámetro”. Qué decir sino: ¡bravo por los profesores!. Acciones como ésta se definen como pedagogía, un palabro moderno en boca de muchos que, sin embargo, requiere de una actitud docente tan antigua como la profesión de profesor que pocos -de otros perfiles sectoriales- tienen: la vocación. (Ver: Conoce la fórmula de la Vocación). En este caso, me refiero a la vocación de enseñar.

Y es que en los tiempos que corren, si alguna profesión es vocacional ésta es justamente la del docente. Pues hay que tener vocación para enseñar conocimientos y valores que son devaluados, por no decir menospreciados, fuera de las aulas. Hay que tener vocación para seguir enseñando en una sociedad en la que la figura del profesor, como activo social, está públicamente vilipendiada. Hay que tener vocación para seguir impartiendo clases, cuyo esfuerzo de preparación y evaluación sobrepasan las horas lectivas consumiendo un inestimable tiempo privado, en un país que no permite a más de la mitad de los profesores poder vivir de su sueldo. (Ver: España, viento en popa ya toda vela hacia un país eminentemente de camareros). En definitiva, hay que tener vocación para ser profesor en una sociedad que no respeta a los profesores.

Pero, ¿nos hemos parado a pensar qué significa la falta de respeto hacia el profesorado?. No respetar, en el sentido de proteger y cuidar a los profesores tanto a nivel de prestigio social como de dignidad retributiva, no significa otras cosa, ni más ni menos, que el hecho de vivir en una sociedad en la que no importan los jóvenes. Pues éstos dependen, para su buen y sano desarrollo como personas, de aquellos. Lo que equivale a afirmar que no nos importa ni el futuro de nuestro relevo generacional, ni tampoco, por extensión, el futuro de nuestra propia sociedad. Lo que denota una miopía de nuestra era, que solo vive por y para el presente inmediato.

Asimismo, frente al flagrante menoscabo de los profesores, la pregunta obligada no es otra que ¿entonces, a quién estamos otorgando valor como sociedad para la enseñanza de nuestros jóvenes en una entorno que solo se focaliza en la inmediatez?. La respuesta es clara: en los valores educativos (por tanto epistemológicos, morales y conductuales) que marca el Mercado a través tanto de su cultura de consumo hedonista, como de los principios rectores de su filosofía productivista. Y como el Mercado se rige bajo la lógica del flujo impermanente de la oferta y la demanda, en un mundo sobrepoblado (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir), la sobresaturada cantera de mano de obra productiva futura (nuestros jóvenes) resulta un activo insignificante en términos de estrategia empresarial a corto y medio plazo en un sistema económico volátil en continuo cambio y transformación. Es decir, que el Mercado no busca ni se le espera que se preocupe por el nivel educativo de nuestros jóvenes como beneficio social, sino que tan solo le interesa aquellos jóvenes a título individual capaces de adaptarse a un entorno cambiante como manifestación de superación y progreso personal para su beneficio privado. He aquí la máxima capitalista que rige el Mercado: la apología de la individualidad. (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo). Que poco o nada tiene que ver con los intereses de la res publica.

A modo de resumen, por tanto, podemos sintetizar el escenario docente presente mediante la estructuración de un sencillo pero clarificante Teorema del Profesor Contemporáneo:

1.-La sociedad se ha mercantilizado hasta su médula orgánica en la búsqueda de un beneficio inmediato.

2.-El Mercado, que se ha apropiado de la voluntad de la sociedad, desvalora a los profesores tanto por prescindibles como proveedores de su lógica productivista, como por devaluación de los jóvenes como excedente productivo.

3.-La sociedad, ciega por inconsciencia e hipocresía frente al trato del Mercado contra sus hijos, desvalora a los profesores.

4.-Los profesores, en el ejercicio de una resistencia basada en su vocación educativa mediante el uso de la libertad de cátedra, son a día de hoy menospreciados por ir en contra de la religión del Mercado. (En una versionada acusación trasnochada que llevó en su día al maestro Sócrates a la picota de la cicuta).

Es por ello que esta mañana, frente al cartel colgado de la farola en medio de la calle, no he podido dejar de percibir, más que un acto pedagógico (que también), un acto manifiesto por público casi contestatario de resistencia docente tan necesitada en nuestros días. Por lo que de profesor a profesor os digo: a vosotros, que aun malviviendo mantenéis intacta la vocación y la dignidad de la enseñanza en tiempos difíciles como los que nos ha tocado vivir, no desistáis en la tenacidad de vuestro activismo silencioso, pues la sociedad y con ella nuestros jóvenes nos necesitan, aunque no lo sepan y mucho menos lo agradezcan. El servicio social de enseñar el saber y de ayudar al crecimiento personal de futuros adultos no tiene precio, aunque los bienes materiales para nuestro sustento diario sí los tengan. Libertas capitur, sapere aude.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

La Ética mundial no puede estar en manos de los ingenieros informáticos


Nadie puede definir la Ética más que en términos subjetivos por espacio-temporales contextuales, ya que ésta se asocia a la moral como materia objeto de estudio, y ya sabemos que existen tantos tipos de moral como seres humanos han existido, existen y existirán. Pues la moral es el conjunto de valores que definen la conducta humana, y como el hombre es un ser cultural desde el momento incluso anterior a su nacimiento, la moral por tanto es un concepto profundamente cultural.

A lo largo de la historia del hombre, la moral ha venido marcada por diversas corrientes de pensamiento dependiendo de la época. Así pues, y dentro de la órbita de occidente, en la edad antigua nos encontramos con los clásicos (Platón, Aristóteles, los estoicos y epicúreos, entre otros), en la edad media tenemos a los denominados padres de la Iglesia Católica, en la edad moderna contamos con Descartes, Rousseau, Kant, Hegel, Shopenhauer y otros tantos a la cabeza, mientras que en la edad contemporánea hasta mediados del siglo XX podemos rememorar a Nietzsche, Hartmann, Jaspers, u Ortega y Gasset, por poner algunos ejemplos. Pero, ¿quién marca los parámetros de la moral como conducta humana aceptada socialmente en los tiempos presentes, en un contexto social donde la Filosofía y los filósofos han sido desterrados al ostracismo?. Sin lugar a dudas, en un mundo globalizado cuya organización queda sometida a la lógica productivista del Mercado, en las últimas décadas la moral ha sido postulada por los señores del Capitalismo (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo) con ideólogos como Locke, Smith y Keynes como máximos inspiradores. Si bien, cabe puntualizar, la moral de libre mercado ha encontrado su contrapeso -no sin presentar batalla desde una relación de poder cada vez mayor- en los valores morales que fundamentan los pilares de los Estados de Bienestar Social (humanismo versus capitalismo).

No obstante, en los últimos tiempos, con la inteligencia artificial como motor de desarrollo social en plena cuarta revolución industrial, el mundo de los hombres se está viendo organizado conductualmente -en un punto de inflexión de previsible no retorno- por la lógica algorítmica de las máquinas, las cuales determinan qué acción o comportamiento humano es correcto o incorrecto, desde un punto de vista de eficiencia de resultados. Una sombra moral alargada robótica que abarca ya ámbitos de la vida cotidiana de las personas tan diversos como la seguridad pública y privada, la conducción automática, la educación online, la navegación por internet, los procesos de selección de personal, la gestión de licencias públicas, o la defensa militar, por poner algunos ejemplos. [Ver: La Roboética o la falacia de controlar a los robots (Teoría de la Evolución Robótica)].

Así pues, si la moral viene impuesta al ser humano contemporáneo por el uso dependiente de las máquinas inteligentes, ¿quién define los parámetros morales de éstos?. La respuesta es diáfana: los ingenieros informáticos. Pero éstos, como personas profundamente determinadas culturalmente, ¿qué tipo de moral aplican?. La respuesta es obvia: la propia cultural. Es decir, si bien la moral es geográfica (por limitación fronteriza cultural), su influencia resulta global (por simple ecuación globalizadora de las multinacionales tecnológicas). Por lo que cada grupo sociocultural de informáticos ofrecerá una solución previsiblemente diferente frente al clásico dilema del tranvía -un problema filosófico, dicho de paso, ampliamente explotado en las películas distópicas de ciencia ficción-, el cual se complica exponencialmente cuando en la variable a despejar entra en conflicto el factor del deber a la preservación de la vida humana del más desprotegido frente al factor de la prioridad de selección por diferencia de estatus social.

Es por ello que, ante el hecho evidente que los ingenieros informáticos no son filósofos, y que sus decisiones éticas afectan a la construcción de una moral humana global por efecto sociabilizador mediante la cultura del consumo, especialmente entre las nuevas generaciones nacidas en plena era de la inteligencia artificial, es necesario establecer a nivel internacional los parámetros éticos de dicha moral, tanto desde un enfoque de la Ética normativa (consenso de los principios generales) como de la Ética aplicada (definición de actuación en cuestiones morales concretas y especialmente en aquellas de carácter controvertidas).

Pero, ¿cómo establecer un marco de Ética normativa global cuando la moral es considerada subjetiva por cultural?. Ciertamente la moral está determinada culturalmente, pero no es menos cierto que por encima de dicho determinismo ambiental la moral humana se nutre de unas ideas apriorísticas. Es decir, la moral humana -más allá de su contexto espacio-temporal- encuentra su referencia en conceptos apriorísticos a la propia naturaleza del hombre (como pueda ser la geometría en el ámbito de las matemáticas) a los que denominamos valores universales, que no son otros que valores morales atemporales que siempre mantienen su propio valor inmutable al margen de cualquiera que sea la realidad sociológica (axiología). Lo que Platón definía como el Mundo de las Ideas, al que se accede a través de la razón pura en términos kantianos.

En este sentido, los valores universales como ideas apriorísticas del ser humano son, principalmente: el respeto, la libertad, la bondad, la justicia, la igualdad, el amor, la responsabilidad, la honradez, la solidaridad, la verdad, la valentía, la amistad, la belleza y la paz. Valores universales que las Democracias contemporáneas recogen como principios rectores propios de su sistema de organización social y que resumen, por síntesis de conceptos interrelacionados, en un total de siete: libertad, igualdad, justicia, respeto, participación, pluralismo y tolerancia. Valores morales que, asimismo, configuran el cuerpo filosófico de la Declaración Universal de los Derechos Humanos aprobado por la práctica mayoría de los Estados miembros de la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1948 reunidos en París, tres años después del fin de la II Guerra Mundial.

Así pues, podemos concluir que los valores morales universales recogidos como principios rectores de las Estados Democráticos, elevados por simetría a la categoría de Derechos Humanos, nos sirven perfectamente como marco de la Ética normativa para la moral global en el nuevo mundo de la inteligencia artificial. Pero que, en el ámbito de la Ética aplicada, es decir, a cómo las máquinas o seres inteligentes resuelven una situación moralmente concreta y/o conflictiva, ésta no podemos dejarla -por responsabilidad con el bien común- en manos exclusivas de los ingenieros robóticos, pues sería equiparable a delegar la planificación de nuestra dieta gastronómica en manos de diseñadores de interiorismo, los cuales tenderían a planificar el menú por defecto profesional bajo criterios de decoración en detrimento de las necesidades alimentarias.

A cada cual lo que le corresponde, y al César lo que es del César. Dicho lo cual, resulta de justicia humana reivindicar el papel de la Filosofía y los filósofos en la era del Pensamiento Computacional como proceso de lógica algorítmica de los nuevos seres inteligentes (Ver: Conoce la fórmula del Pensamiento Computacional). Pues son los filósofos, por encima de cualquier otra profesión al servicio de la cultura productiva del Mercado, los que desde su pensamiento reflexivo sobre la esencia, propiedades, causas y efectos de la realidad humana, pueden asegurar al hombre un mundo objetiva y moralmente más justo, libre y equitativo a nivel humanista.

En caso contrario, llegará el día no muy lejano en que sean los robots, bajo las directrices de una oligarquía económica global (ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial), los que den clases de Ética a nuestros hijos mediante una redefinida asignatura dividida en tres grandes ramas: Ética de la Eficacia (adoctrinamiento sobre la actitud correcta), Ética de la Efectividad (adoctrinamiento conductual para hacer bien las cosas correctas), y Ética de la Eficiencia (adoctrinamiento conductual sobre qué cosas se pueden hacer y cómo hacerlas de la manera más económica en su relación entre resultados obtenidos y recursos empleados). Como dijo Aristóteles, la excelencia moral es el resultado del hábito. A partir de aquí, ¿qué tipo de moral queremos implementar en la sociedad como práctica para el hábito?. La moneda aun permanece en el aire.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 5 de noviembre de 2019

El Paro: error del sistema económico y social que atenta contra la dignidad humana


Hoy me he levantado con la noticia del día: el paro vuelve a subir. Lo cierto es que no es una noticia nueva desde que, hace ya más de una década -que se dice pronto-, se produjo la gran crisis bancaria de finales del siglo XX que arrastró a toda la economía productiva. Así como es esperable por los vientos de tormentas de recesión que se avecinan y cuya fría brisa de avanzadilla ya podemos sentir en el rostro los mortales de a pié.

El paro, que se ha convertido en un fenómeno sociológico endémico de nuestros tiempos, es un concepto tan cotidiano asociado a la dinámica del mercado laboral, y por extensión a la salubridad económica y social del país, que hasta ahora no me había percatado de su fuerte carga significativa como conjugación verbal: interrupción o cese de un movimiento, actividad o acción. O como dicta la Real Academia de la Lengua Española, para ser más rigurosos: detener o impedir el movimiento o acción de alguien (sic). Lo que los filósofos lo traducimos en términos aristotélicos, como la imposibilidad de un acto de realizarse como potencia, proceso para el cuál interviene irremediablemente en toda la naturaleza el fenómeno físico del movimiento inexistente en este caso.

Para ser sinceros, apuntaré que hasta la fecha había afrontado filosóficamente el paro en términos de desempleado (Ver: El parado, exponente cuántico a escala humana, Reivindico a los parados de más de 40 años:Jóvenes Altamente Cualificados, El viaje del Héroe moderno: el desempleado, 1 de Mayo Fiesta del Trabajador Fallido: el Precariador, La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente, El gato que ladra y no pierde su identidad, entre otros). Aunque hoy me apetece reflexionarlo desde un enfoque más fenomenológico, cuyos apuntes al avance temático ya desarrollé en su día en “La Recesión, propia de una naturaleza incapaz, accidental y obsoleta”.

Y es que el paro, como estado de inmovilidad, es mucho más que la imposibilidad de la realización de un acto en potencia en materia teórica de la filosofía de la naturaleza (hoy conocida como física), pues su claras implicaciones sociales equivalen a la imposibilidad de una persona por realizarse como ser humano con plena dignidad. Pues si bien es cierto que la dignidad es un valor inherente y consustancial al ser humano por el simple hecho de serlo, al tratarse de un derecho natural inviolable e intangible de la persona, no es menos cierto que a la práctica la dignidad humana es una cualidad que viene facilitada -por no decir otorgada- por la omnipotencia del Mercado en una sociedad compleja como la contemporánea (No nos hagamos los inocentes). Ya que el paro -como inacción obligada contra voluntad por fuerza mayor- representa la imposibilidad de una persona de poder ganarse el sustento vital. ¿O a caso no se priva de dignidad a una persona a quien se le impide trabajar para poder ganarse la vida y por tanto autorealizarse tanto profesional como familiarmente?. En este sentido, todo sujeto como acto requiere de medios vitales para obtener la realización de su dignidad humana como potencia, siendo ésta compuesta tanto por elementos objetivos como son los propios para el sustento y desarrollo de una economía doméstica (vivienda, alimentación, transporte, salud, mantenimiento de los hijos, etc), como por el elemento subjetivo de la felicidad derivado por aquellos. Lo contrario, como es la realidad paralizante del paro, es atar de pies y de manos a una persona y dejarla a su suerte -y/o a la de su posible familia más próxima, a falta de un Estado del Bienestar Social como garante- para que pueda subsistir.

El paro, por tanto, desde un enfoque fenomenológico representa un error funcional en la dinámica mecanicista del sistema tanto privado como público. En el ámbito del sector privado, el paro equivale a un fallo estructural en el modelo económico del Mercado, el cual no tiene capacidad de generar movimiento laboral suficiente para el conjunto de estratos productivos de una sociedad. Mientras que en el ámbito del sector público, el paro equivale a una brecha social en el desarrollo orgánico de los Estados, los cuales se muestran incapaces de garantizar los derechos básicos democráticos a todos sus ciudadanos con el fin primero y último de asegurar una vida digna. Una disfunción social, en este caso, que encuentra su causa principal en la carencia de una gestión óptima de equilibrio entre derechos civiles y sociales (beneficio público) y tutelaje de los intereses partidistas del Mercado (beneficio privado).

Sí, a todas luces nuestro sistema económico da error, y su alarma de fallo de funcionamiento se denomina paro. O dicho en otras palabras, el paro es el síntoma de un sistema económico y social en quiebra técnica. Pues una parte de la maquinaria social queda inservible por inactiva e inmovilizada. En este sentido, los efectos de detener el flujo de movimiento productivo social son por todos conocidos: precariedad y pobreza con inercia dominó en términos generales, tal y como si de una bomba de agua de estanque que deja de funcionar se tratase con el previsible resultado del deterioro progresivo e irremediable del ecosistema que ayudaba a regenerar y crecer. Es por ello que el paro, más allá de ser un efecto colateral de una mecánica económica que no funciona, es una responsabilidad política por su trascendencia social. Pues es la política la que se encarga del buen funcionamiento de la organización de las sociedades humanas, incluyendo la economía, y no ésta la que se debe de encargar de la capacidad y directrices de la gestión política como instrumento de reorganización social no democrática y partidista sobre el conjunto de ciudadanos.

El paro, por tanto, es la antítesis del movimiento como fuerza motor social y, por extensión, de la preservación de la dignidad humana de los individuos. Así pues, la reflexión obligada por consciencia no puede ser otra que plantearnos el ¿cómo podemos generar de nuevo la fuerza cinética social suficiente allí donde la fuerza de trabajo productivo se encuentra paralizada de manera obligada?. Es decir, ¿cómo desbloqueamos como sociedad la inmovilidad laboral forzada que genera sufrimiento en millones de familias?. Una reflexión colectiva inaplazable que debe ayudar a redefinir, sin lugar a dudas, una sociedad de futuro bajo nuevos paradigmas de gestión pública y privada más equitativos y humanistas.

Mientras tanto, paro mediante, vivimos en la consolidación de una sociedad en la que la riqueza acaba acumulándose en manos de unos pocos ciudadanos cuya opulencia les permite comprar a precio de saldo a los ciudadanos más pobres, y donde éstos, justamente por la desigualdad social existente, se ven obligados a venderse a los primeros. Y es que como reza el refranero: en río revuelto ganancia de pescadores. Quizás sea hora que desempolvemos de las librerías, como punto de partida reflexivo colectivo, “El Contrato Social” de Rousseau. Que la libertad e igualdad de los ciudadanos de un Estado vuelva a ser objeto inalienable de un contrato social vinculante, pues el paro requiere para su resolución positiva, antes que medidas económicas, de medidas combativas por fundamentales en materia de filosofía política. Sin ideas filosóficas no es posible la convicción social, y sin ésta no hay acción política viable capaz de transformar a mejor la realidad existente. La fuerza de erradicación contra el paro no se encuentra en la búsqueda de medidas viciadas del Mercado, sino en la búsqueda de la idea filosófica de una nueva sociedad carente de paro. Al pan, pan; al vino, vino; y al Mercado, situémosle en su justa posición: detrás del contrato social contra el paro.


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domingo, 3 de noviembre de 2019

El Positivismo Pseudoreligioso: la trampa hacia la infelicidad de los pusilánimes


Hoy en día, o eres positivista o “no se te juntan”, como dirían en el argot juvenil. Y es que actitudes incluso como el enfado por desagrado y la no aceptación de una realidad concreta no es una opción socialmente bien vista en los tiempos que corren. Pero, ¿qué es eso del positivismo?. Realmente, cuando hacemos mención al positivismo podemos aludir a tres tipos bien diferenciados. Véase:

En primer lugar tenemos el Positivismo Filosófico (o filosofía positiva), que entiende que el conocimiento auténtico es aquel fundamentado en la verdad objetiva resultante de un razonamiento empírico por uso del método científico. Un tipo de positivismo sintetizado en la célebre frase del filósofo empirista Bacon de “el conocimiento es poder”, o en la locución latina sapere aude (atrévete a saber) popularizada por Kant. Pero no, no es éste el tipo de positivismo al que nos referimos inicialmente, pues el Positivismo Filosófico es un planteamiento que sociológicamente se encuentra en desuso en los tiempos presentes, no solo porque toda la Filosofía ha sido desterrada de la sociedad contemporánea, sino porque ésta atiende en su día a día más a un conocimiento de tipo mitológico (inducido por la fantasiosa y artificial cultura de ocio consumista del Mercado) que por un conocimiento estrictamente objetivo de la realidad. (Ver: Vivimos en una sociedad en la que valemos más por ser clientes/consumidores, antes que ciudadanos y personas y En una sociedad visual, la palabra se destierra comomedida contra la libertad de pensamiento ).

En segundo lugar tenemos el Positivismo Jurídico (o derecho positivo), que entiende que la ley escrita y desplegada socialmente como una creación humana -mediante un órgano soberano legislativo- es de obligada observación y cumplimiento (iuspositivismo). Pero no, tampoco es éste tipo de positivismo al que nos queremos referir como objeto de la presente reflexión, ya que el Positivismo Jurídico es un planteamiento que sociológicamente -al igual que sucede con el Positivismo Filosófico-, se encuentra actualmente en serio entredicho por una tendencia creciente y de rabiosa actualidad a favor del derecho natural, el cual propugna la existencia de un derecho inherente al individuo como ser humano que es de naturaleza superior e independiente respecto al derecho positivo. Aunque más que derecho natural, éste cada vez se asemeja más a la proclama de un derecho animal asalvajado, aunque éste es trigo de otro costal. (Ver: Elfuturo de la Constitución: en manos de la educación sobre libertad de nuestros jóvenes, ¿Qué es la Democracia? (carta abierta a los jóvenes catalanes), y Dura lex, sed lex: el garante de la tranquilidad social ).

Y en tercer lugar tenemos el Positivismo Pseudoreligioso (o positivismo buenista de new age), que entiende que vivir desde la impertérrita pose de un estado de alegría es el credo incontestable del comportamiento individual en una sociedad profundamente hedonista -por ocio-consumista- que vive por y para la apariencia social. (Ver: La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea). Un planteamiento de vida que sociológicamente no solo está aceptado, sino que incluso se manifiesta como el rasgo conductivista por antonomasia del hombre del siglo XXI.

En este sentido, y visto lo expuesto, podemos afirmar que vivimos en una sociedad mayoritariamente antipositivista desde un punto de vista filosófico y jurídico, pero paradójicamente profundamente positivista a nivel pseudoreligioso, entendiendo aquí la pseudoreligiosidad como un conjunto de creencias tan amplias como laxas que configuran un férreo sistema cultural de comportamientos y prácticas que buscan la trascendencia de la persona como individuo social exento de dolor mundano y bendecido por el estado de ánimo imperturbable de la alegría. (Ver: La sociedad del no-dolor no permite el sufrimiento como crecimiento personal).

Positivismo Pseudoreligioso versus Pensamiento Positivo

Ciertamente éste último tipo de Positivismo al que nos referimos procede de la corriente del Pensamiento Positivo elevado a la categoría de pseudoreligión, lo cual ya de por sí denota un profundo proceso de viciamiento y adulteración en su esencia conceptual. Tal es el falseamiento al que se ha sometido el Pensamiento Positivo como elemento sustancial por parte del Positivismo Pseudoreligioso como elemento accidental (en términos aristotélicos) -bajo el principio de la cultura del mínimo esfuerzo personal-, que ambas ideas se han convertido en la antítesis una respecto de la otra en calidad de juicios de valor conductual opuestos. Hasta tal punto, que si tenemos que comparar los rasgos más definitorios de ambos, cabe destacar las siguientes diferencias notables:

El Pensamiento Positivo requiere de un estado de conciencia despierta y activa por parte del individuo, propio de personas que realizan un trabajo de crecimiento interior, practican la higiene tanto psicoemocional como ambiental para tal fin, y gestionan su inteligencia emocional desde el conocimiento e integración saludable de las cuatro emociones básicas de todo ser humano: la alegría, la tristeza, la rabia y el miedo. [(Ver: Conoce la fórmula del Pensamiento Positivo y Manual de la Persona Feliz (Tecnología mental para una buena salud emocional)]. Es decir, el Pensamiento Positivo se ejerce desde el Yo Soy (que implica autoconocimiento de la propia identidad como individuo y coherente fidelidad respecto a uno mismo) versus el Yo de los Otros (que implica vivir la existencia desde la anulación de la propia personalidad para vivir conforme a los mandatos de terceras personas).

Mientras que el Positivismo Pseudoreligioso requiere de un estado de conciencia dormida y pasiva (o sociozombificada) por parte del individuo, propio de personas que viven por y para el exterior (rasgo distintivo de carácteres pusilánimes), que no practican ningún tipo de higiene psicoemocional y mucho menos ambiental más que el mal entendido “buenismo” ciego, y que gestionan su inteligencia emocional desde la exaltación de la alegría como única emoción básica humana permisible. En esta línea, los positivistas pseudoreligiosos destierran a la tierra de los proscritos emociones básicas tan saludables -por necesarias para la naturaleza del hombre- como son la tristeza (que nos empuja a la reflexión y nos sirve tanto para ser conscientes de algo perdido, como para poder soltar aquello que ya no nos pertenece o nos hace daño), la rabia (el verdadero limitador afectivo de todo aquello que emocionalmente nos daña o molesta), y el miedo (que no solo advierte de un peligro, sino que también nos permite evaluar nuestra propia capacidad de afrontar una amenaza posible). Es decir, el Positivismo Pseudoreligioso se ejerce desde el Yo de los Otros versus el Yo Soy: la autoridad externa somete por anulación a la Autoridad Interna. (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna).

Sentimientos/Actitudes proscritas por el Positivismo Pseudoreligioso

Qué decir, asimismo, que el Positivismo Pseudoreligioso no solo prohíbe por socialmente incorrectas las emociones básicas de la tristeza, la rabia y el miedo, sino por extensión el vasto espectro de sentimientos derivados de los mismos, y sus respectivas actitudes. Así pues, entre los sentimientos/actitudes reprochables por el positivismo buenista de new age, encontramos:

1.-En el ámbito de la tristeza: el abatimiento, el aburrimiento, la aflicción, la angustia, la ansiedad, la apatía, el apego, el arrepentimiento, la ausencia, el aturdimiento, la autocompasión, la condolencia, la congoja, la culpa, la decepción, la derrota, el desaliento, el desamparo, el desánimo, el desconsuelo, la desesperación, la desilusión, el desmoronamiento, la depresión, el duelo, la falta de realización, la humillación, la indiferencia, la infelicidad, la impotencia, la insatisfacción, la lástima, la melancolía, la nostalgia, la pena, la pesadumbre, el pesimismo, la pereza, la preocupación, el rechazo, el remordimiento, la soledad, el sufrimiento, y el tormento, entre otros.

2.-En el ámbito de la rabia: la agresividad, la amargura, la ansiedad, el asco, la aspereza, los celos, el cólera, el despecho, el desprecio, el enfado, el enojo, la envidia, el fastidio, la frustración, la furia, el hastío, la hostilidad, la indignación, la impotencia, la ira, la irritación, la malicia, el malhumor, la obstinación, el odio, el orgullo, la prepotencia, la rebeldía, el rechazo, el recelo, el rencor, la repugnancia, el resentimiento, el sufrimiento, y la venganza, entre otros.

3.-Y en el ámbito del miedo: la alarma, la angustia, la ansiedad, el apego, el arrepentimiento, la baja autoestima, el bloqueo, la carencia, el desasosiego, el encarcelamiento, el espanto, el estrés, la fobia, el histerismo, el horror, la inquietud, la impotencia, la inseguridad, la intranquilidad, la obstinación, el pánico, el perdón, el pavor, el rechazo, el remordimiento, la sospecha, la sumisión, el sufrimiento, la timidez, el temor, el terror, y la vergüenza, entre otros.

Sentimientos/Actitudes aceptadas por el Positivismo Pseudoreligioso

Mientras que por otro lado, el Positivismo Pseudoreligioso -como ya hemos apuntado- acepta como valores a realzar todos aquellos sentimientos y actitudes derivados de la emoción básica de la alegría, como son: la aceptación, la admiración, la adoración, el alivio, el amor, la atracción, la autorrealización, el cariño, la compasión, el contento, la curiosidad, el deleite, el deseo, la determinación, la empatía, el encaprichamiento, la ensoñación, el entusiasmo, la esperanza, la euforia, la exaltación, la excitación, el éxtasis, la fascinación, la felicidad, la fortaleza, el gozo, la gratitud, la impaciencia, el interés, el júbilo, la libertad, el optimismo, la paciencia, la pasión, la paz, la piedad, el placer, la plenitud, la presencia, el respeto, la satisfacción, la seguridad, la simpatía, la templanza, la ternura, la tranquilidad, y la valentía, entre otros.

En resumidas cuentas, y para no alargarnos más, podemos sintetizar el Positivismo Pseudoreligioso en tres grandes rasgos característicos:

1.-Sumisión ciega -que no aceptación- de la realidad bajo la máxima del “todo pasa por algo” (aunque no se sepa realmente el por qué y para qué), a imagen y semejanza del avestruz que esconde la cabeza bajo tierra frente una situación desagradable a la espera que vengan tiempos mejores.

2.-Inhibición de los sentimientos y actitudes derivados de las emociones consideradas como negativas (tristeza, rabia y miedo), viviendo de manera enajenada cualquier tipo de realidad dolorosa o dañina, como si no pasase nada, y siempre manteniendo una sonrisa de botox (por estática) de cara al exterior. Una actitud, dicho de paso, propia de los locos.

y, 3.-Apariencia obligada de mostrarse feliz, o al menos alegre, en una clara cesión de la soberanía individual del Yo propio para beneficio del Yo de los Otros. En este punto, la conciencia emocional (como reflejo de la autoconciencia de una personalidad como identidad individual) queda anulada por el grado superlativo de importancia que se otorga a la opinión externa, reduciendo la conducta propia a la (i-)lógica del qué dirán.

En definitiva, el Positivismo Pseudoreligioso es un camino certero hacia la pérdida de personalidad de los individuos, abocándoles a vivir una existencia dócil de poca inteligencia y entendimiento (definición académica de tontos), en un sinsentido vital fundamentado en una falsa felicidad irreal por enajenada que bien puede sintetizarse en la reedición trasnochada del famoso eslogan hippie del flower power (sentirse bien es todo lo que importa) bajo nuevos parámetros consumistas. Paradojas de la Historia.

Asimismo, bajo una engañosa apariencia de inocuidad e incluso inocencia, el Positivismo Pseudoreligioso tiene un gran efecto negativo secundario para la salud psicoemocional de las personas, al igual que todas las prácticas conductuales de alteración de conciencia. Pues toda falsa felicidad, pasado el efecto de euforia, siempre acaba trayendo frustración en la vida de las personas por imperativo del Principio de Realidad sobre un imaginario ficticio; es decir, por falta de cumplimiento real de las expectativas generadas. Y la frustración, exenta de una gestión adecuada, aboca irremediablemente a la infelicidad.

Es por ello que cabe reivindicar, ahora con más énfasis quizás que nunca, que los estados emocionales y conductuales del enfado y la no aceptación de una realidad (por poner algunos ejemplos), fruto de las emociones básicas de la tristeza y la rabia, no son incompatibles con el Pensamiento Positivo. Pues éste gestiona aquellos, para beneficio de la propia persona, sí, pero respetando los tiempos de integración, desarrollo y madurez emocional que tiene cada individuo en relación a su realidad singular. Pues solo reconociendo primero el abanico de sentimientos y pensamientos experimentados fruto de una siempre impermanente vida no exenta de vicisitudes, para a posteriori poder gestionarlos (no se puede gestionar aquello que se desconoce), puede devenir el Pensamiento Positivo como un instrumento de sanación y beneficio tanto personal como colectivo.

Pero no quisiera acabar esta reflexión sin antes apuntar que por encima de los principios rectores del Pensamiento Positivo se sitúa el libre albedrío del ser humano (ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?), que tiene toda persona de vivir la vida desde aquella actitud razonada que le de la gana vivir. !No faltaría más!. Que los pusilánimes continúen sonriendo bajo los efectos enajenadores de su Positivismo Pseudoreligioso, que yo en mi inalienable personalidad decidiré si hoy quiero mostrarme cabreado o, por el contrario, contento con mi propia vida mundana, profundamente mundana. Y si tengo fama de gruñón, como decía el gran actor y novelista español Fernando Fernán Gómez, que los demás lidien con el chaparrón que uno ya no está en edad de corregirse, y menos de aguantar tonterías.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 30 de octubre de 2019

Sacerdotes: relatores de mitos que juegan con la esperanza de los hombres


Que se sepa, a día de hoy conviven en el mundo 4.200 religiones de credo tan diverso como antagónico, sobre todo respecto a las monoteístas que conciben que solo hay un único dios para toda la humanidad, sin mencionar las innumerables religiones ya extintas a lo largo de la Historia. Lo que sociológicamente representa, según fuentes estadísticas, que más de la mitad de la población mundial se considera religiosa, es decir que participa activa o pasivamente de una religión.

Todos sabemos, asimismo de manera más o menos rigurosa, que la religión es un sistema cultural de referencia conductual que relaciona a las personas como individuos y colectividad con elementos de naturaleza sobrenatural, trascendentales y/o espirituales. Pero, ¿cuáles son los factores comunes a todas las religiones?. A la luz de una observación comparativa, podemos fácilmente señalar cuatro rasgos característicos:

1.-La Verdad: Todas las religiones se consideran en posición de la única verdad existente respecto al resto de creencias sobre la naturaleza y cosmología humana. Lo cual suele conducir a postulados claramente fundamentalistas por intransigentes, cuya influencia social es directamente proporcional al nivel de poder que una religión en particular como estructura orgánica posee sobre una sociedad en concreto.

2.-El Mito: Todas las religiones sustentan su Verdad mediante el argumento de un mito, ya sea de tradición oral, pictórica, escultórica o literaria recogida en los denominados textos sagrados, en el que relatan la realidad humana como existencia mediante acontecimientos protagonizados por seres sobrenaturales y fantásticos.

3.-Las Prácticas: Todas las religiones contemplan prácticas conductivistas individuales y colectivas (rituales, celebraciones, iniciaciones, oficios, liturgias, festividades, etc) con el objetivo de modificar los comportamientos privados y públicos de las personas, en aras de crear un modelo cultural basado en el arraigo del mito dentro de una sociedad como sistema de organización humana.

Y, 4.-La Esperanza: Todas las religiones, en su afán mitológico de explicar la existencia del hombre y reconciliar bajo su Verdad conceptos opuestos irreconciliables como son la vida y la muerte, el bien y el mal, la destrucción y la construcción, la justicia y la injusticia, entre otros, explotan el sentimiento (que a su vez es una necesidad muy humana) de una esperanza metafísica como reducto último del instinto de supervivencia y trascendencia del ser humano frente a las múltiples vicisitudes de la vida.

Es por ello que los sacerdotes, como personas que han consagrado su vida a cualquiera de los miles de credos existentes en el mundo, no son más que relatores de mitos que buscan la adhesión y fidelización de nuevos miembros a su sistema de creencias mitológicas mediante la explotación del sentimiento de la esperanza humana en la consecución de una vida mejor, aunque sea post mortem.

Ciertamente, por otro lado, sobra apuntar que cada cual es libre de creer en aquello que ha decidido creer -y más si su concepción particular sobre el mundo ha sido objeto de adoctrinamiento ya desde la tierna edad-, por lo que existen tantas verdades subjetivas como hombres con creencias dispares existen en el planeta. (Ver: La Verdad: la gran quimera delos mortales con múltiples caras). Y, al fin y al cabo, dentro de esta poliamalgama de creencias existentes, la identidad del hombre como ser individual acaba reduciéndose a aquello que uno defiende en su vida cotidiana. (Ver: Somos lo que defendemos). Pero no es menos cierto, de igual manera, que por encima de creencias de corte más o menos mitológicas se impone un valor universal irrefutable: el Principio de Realidad, que es el faro propio de la verdad objetiva que ilumina la lógica de la razón humana.

Es por ello que no es de extrañar que los relatos mitológicos de las religiones suelan chocar de frente con la lógica aplastante por universal del Principio de Realidad, llegando a exponerse en un ridículo público manifiesto por puro reductio ad absurdum. En esta línea, la última perla que me ha llegado vía vídeo, gracias a mi mujer Teresa, de un relator de mitos con hábito negro a través de las redes sociales, es el aviso de denuncia formal por parte de una de las más grandes religiones monoteístas del planeta, como es el catolicismo, contra prácticas tan saludables como el yoga o las técnicas de mindfulness (hoy en día materia de cátedra universitaria) a las que considera verdaderas puertas de entrada delos demonios -como seres sobrenaturales malignos- en nuestras vidas. Es tal el absurdo de dicha afirmación categórica a la luz de un humanismo ilustrado, que no voy más que a echar mano del concepto romano clásico sobre religión que lo define como escrúpulo supersticioso. A partir de aquí, sobran las palabras. Y sobre relatores de mitos, personalmente me decanto por Homero (La Iliada, La Odisea), Sófocles (Edipo Rey), Platón (Diálogos), Apolonio de Rodas (El viaje de los argonautas), entre otros tantos mucho más interesantes y de mejor agüero.


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