sábado, 19 de diciembre de 2020

Preludio de la crónica anunciada de unas fiestas navideñas dickerianas, ¿o quizás no?

En éstas fiestas navideñas, en pleno inicio de la tercera ola del temido manto invisible del Covid, parece como si nos encontrásemos ante las puertas de la llegada del Fantasma de las Navidades Futuras de Dickens, pues el escenario futurible -a menos de una semana vista- augura unas fiestas un tanto frías y solitarias. Al menos así se percibe para una cultura como la ibérica, y más especialmente la mediterránea, que es digna heredera de los banquetes greco-romanos por generosamente abundantes tanto en comida como en comensales allegados.

No obstante, si algo caracteriza a nuestra cultura bimilenaria es justamente el impetuoso espíritu de exaltación a la vida, y por extensión al buen vivir. Por lo que no es de extrañar que en estos días, picardía ingeniosa mediante, nos veamos a contra racionalidad empujados al juego del burladero no solo con la guadaña covidiana, sino también con las normas de restricción sanitarias impuestas por las autoridades competentes. Lo cual, es merecido de destacar, nos ha convertido en unos expertos intérpretes de parte de los Diarios Oficiales en los que se publican las resoluciones territoriales de las normativas restrictivas (hasta 17 diferentes en toda España), frente al defecto de forma y contenido acusados en los informativos mediáticos que en su intento de sintetizar pedagógicamente las nuevas leyes de uso y comportamiento excepcionales acaban por confundir al más docto.

No hay que decir que éste flagrante perfil conductual de corte profundamente hedonista del homo hispanis se debe, principalmente en el contexto presente, tanto a un hartazgo exacerbado frente a las continuas y cambiantes medidas restrictivas para la vida cotidiana de las personas –confinamientos individuales y sociales incluidos-, como en una predecible normalización sociabilizada de la situación de riesgo sanitario por la ya cansina prolongación en el tiempo de la misma (Ver: Confinamiento o el síndrome del león enjaulado). Un comportamiento que se ve agudizado, aún más si cabe en la inminente época de fiestas navideñas y a diferencia de otras culturas más desapegadas en materia afectiva, por la imperiosa necesidad emocional del homo hispanis del contacto –por no decir roce- de piel con los seres queridos. Un rasgo racial-fisiológico tan imprescindible para nosotros como el aire que respiramos, lo que nos aboca, aun frente a los peligros de una pandemia mortal, a abrazar como grito de guerra existencial la máxima del carpe diem. Puesto que, al fin y al cabo, ¿qué es una vida que no se puede disfrutar de vivir?.

Sí, el fantasma dickeriano del futuro, por mucho que anuncie su llegada en ésta fiestas navideñas tambores gubernamentales mediante, no va a llegar. Y no porque no lo intente en plena tormenta perfecta covidiana, sino porque se le va a burlar. Ya que la fuerza de la vida, o mejor dicho por vivir, en el homo hispanis siempre encuentra la manera de manifestarse, sabedor que su tiempo de vida es tan incierto como prestado. Un instinto básico de supervivencia individual y colectivo cuyo acto, aun pudiendo parecer a todas luces imprudente, no está reñido con unas normas mínimas autoimpuestas de prudencia (en el seno de un grupo familiar) para el goce de una festividad de la vida protegida.  

Ciertamente, y con independencia de culturas de origen, no hay mayor acto de penalización de libertad para una persona que la prohibición de encontrarse con sus seres queridos. Una necesidad que, de manera singular para el homo hispanis, es vital por ser de naturaleza emocional, superando por creces cualquier otro lúcido criterio de índole social o económico (aun siendo éstos de Estado). Pues el homo hispanis es ferviente creyente, tal y como bien plasmó un escritor anónimo en el Lazarillo de Tormes, que mas cuando la desgracia ha de llegar, elijas el camino que elijas, uno termina por llegar a su destino.  Así que: Felices fiestas y saludable año nuevo!. Y quien opte por prevenir (la familia) por no llorar, que recuerde que solo se llora lo que no se puede disfrutar. Que la vida no es un activo financiero a futuro sino, cautela intermedio, un estado de gracia del que solo se goza en un tiempo concreto: el presente.