sábado, 12 de diciembre de 2020

El agua, cuando se convierte en oro, deja de ser vida

Que el agua es vida, y por contraposición la ausencia de la misma es muerte, es una máxima latente en todo organismo viviente por puro y ancestral instinto de supervivencia básico. Una correlación de identidades tan integrada en la psiqué del hombre contemporáneo que incluso, en nuestra pueril exploración de búsqueda de vida en el espacio exterior, rastreamos indicios de agua en sus diferentes estados manifestantes como premisa irrefutable para la posible existencia de vida alienígena. Y si bien sabemos, a estas alturas del conocimiento humano, que la vida requiere en su complejidad de otros elementos primogénitos como son el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y el nitrógeno, no es menos cierto que, desde hace casi 27 siglos, no hacemos otra cosa que reafirmar el postulado del presocrático Tales de Mileto quién decretó que el agua es la esencia primera de toda vida existente y por existir.

Manifestado lo cual, no me avergüenzo en admitir que hace cuatro días escasos me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo ante la noticia de que el agua ha comenzado a cotizar en la bolsa de Nueva York –más conocida como Wall Street-, el mayor mercado de valores del mundo en volumen monetario y el primero en número de empresas adscritas. Es decir, las fauces tan hambrientas como feroces por impiadosas del derecho a la explotación comercial de la propiedad privada, al que denominamos Capitalismo, le ha hincado con fuerza y decisión los colmillos al agua sin intención previsible de liberarla. He aquí, sin lugar a dudas, el principio de agonía del agua como recurso vital de libre acceso para el conjunto de la humanidad. Pues ya sabemos que, si de algún vicio capital peca el capitalismo, éste es justamente el de la avaricia descarada por desmedida sin atisbos de rubor mediante.     

No obstante, todo hay que decirlo ingenuidades aparte, lo cierto es que el hecho que el agua se haya convertido en un producto a especular en el mercado bursátil de futuros, como ya lo es el petróleo, el oro o el trigo, era de esperar –y de hecho ya tardaba- en una economía de mercado global y en la lógica capitalista de un planeta sobresaturado con recursos limitados (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir). De hecho, de haberlos ya los había quienes a finales del siglo pasado anunciaban, como neoprofetas, que el agua se convertiría en el petróleo del futuro (a corto plazo). Puesto que solo se requieren dos elementos singulares para dicha ecuación: que el producto sea vital para la vida cotidiana del hombre y que dicho producto sea escaso tanto en su abastecimiento como en su distribución. Características las cuales cumple el agua por idiosincrasia natural.

Pero, la pregunta pertinente es: ¿resulta ético que el consumo del agua, como elemento imprescindible para la vida, quede concentrado en manos de grupos especuladores como son los financieros?. Ya que si bien el agua es un bien común de dominio público prácticamente en todo el planeta, la cotización en bolsa de la preciada sustancia molecular del H20 abre las puertas a nivel mundial a un control partidista del uso y consumo del agua al amparo de los principios rectores del capitalismo, pues convierte el agua en un activo financiero privado. O dicho en otras palabras, un grupo financiero de Wall Street podría decidir (en un futuro imaginable por viable) sobre el uso o no del agua de un río, de un manantial, de un pozo o de una presa para los habitantes de un pueblo cualquiera del planeta, según sus propios intereses de rentabilidad financiera. Lo cual, desde una conceptualización amplia del caso, este grupo de inversión estaría asimismo decidiendo sobre el propio futuro de la vida de dicha población, pues la vida resulta incompatible exenta de agua. En cuyo supuesto, ¿podemos afirmar que dicha práctica financiera es compatible con la Ética?

En éste, como en todos los supuestos controvertidos en materia de Ética aplicada, existen dos caras de una misma moneda: para la filosofía capitalista es plenamente ético, pues prima el capital al amparo de una supuesta cesión previa de los derechos sobre el uso del agua (malabarismos legales mediante); mientras que para la filosofía humanista es categóricamente anti ético, pues devalúa el valor de la dignidad de la vida humana sujeta a criterios de cotización de recursos. Como siempre, nos encontramos frente a la eterna batalla de las res privada versus la res publica, el derecho del bien privado contra el derecho del bien público, más acuciante si cabe desde que el Capitalismo se ha erigido como nueva religión mundial (con toda la transmutación de las escalas de valores morales que ello implica).

Sobra apuntar que, como humanista declarado, abogo por el agua como recurso de bien común. Y como defensor de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho apelo a la imperiosa regulación de los Mercados como garantía de la res publica. Pues es por todos bien sabido que el hombre se convierte en un lobo para el propio hombre, como bien anotó Hobbes, desde el momento en que el hombre deja de ser el activo principal a proteger en una sociedad. Si sustituimos al hombre por el capital ¿qué nos queda?, más que una sociedad dividida entre ciudadanos de primera con derecho de vida adquirido, y ciudadanos de segunda con derecho de vida alienable.

Pero aún más, si concebimos el agua como un bien común, por imprescindible para el sustento de la vida humana, ¿cómo podemos a su vez concebir su uso y disfrute como un bien privado? La respuesta a éstos opuestos manifiestos se ha visto reconciliado, a lo largo de la historia de la humanidad, sobre la premisa que dicho bien privado sobre el uso del agua siempre ha estado sujeto al agua como recurso declarado de bien común bajo principios de redistribución equitativa y solidaria, siendo el Estado como garante de la res publica el mediador ecuánime entre todas las partes implicadas. Un sistema de gestión pública voluntarioso del buen hacer que salta por los aires desde el preciso momento en que el Estado, como gobierno de todos los miembros que participan de una misma comunidad, pueda ser sustituido por un grupo financiero, como gobierno de unos pocos para beneficio propio, que previsiblemente reemplace los principios de equidad y solidaridad del agua como bien público por principios de parcialidad e insolidaridad, dando así lugar a una inevitable adulteración peyorativa del concepto del bien común. Pues, ¿se puede continuar aceptando el agua como bien público sobre la práctica admitida de la injusticia social de su uso como bien privado?. Un escenario futurible que, a todas luces, resulta inadmisible.

En resumidas cuentas, el uso del agua como bien privado no puede atentar contra el agua como recurso natural de bien común. Un axioma que viola la declaración hostil de principios de la cotización bursátil del agua -no nos dejemos embaucar por el lobo disfrazado de oveja-, pues nunca el Mercado ha velado por el bien común por ser manifiestamente contra natura. Dicho lo cual, solo cabe esperar que nuestros gobernantes, como gestores del bien común, no se dejen encandilar por la flauta financiera de los hamelines financieros de Wall Street, pues todos sabemos como acaba el cuento. Si permitimos que el agua se convierta en oro, para unos pocos, dejará de ser vida, para todos los demás. Entonces poco nos servirá llorar como el rey Boabdil, pudiéndonos aplicar la célebre frase de su madre readaptada ante las presumibles restricciones de acceso al agua: Lloremos como esclavos sedientos lo que no supimos defender como hombres libres saciados.