domingo, 27 de diciembre de 2020

Cuatro buenos y malos hábitos de vivir la Vida

Aun recuerdo cuando un viejo profesor, a mis doce tiernos años, me dijo que la vida era una secuencia continua de pequeños instantes vividos. Un aforismo del que rápidamente deduje una premisa existencial: si no ponemos atención en estos pequeños instantes que se concatenan en el presente ininterrumpido, perdemos la vida al pasar por ella sin sentir haberla vivido.

Ciertamente, con un mínimo de observancia podemos identificar cuatro grandes malos hábitos que nos imposibilitan vivir la vida, ya sea por exceso o defecto. Véase: Si nos obsesionamos por la volatilidad del tiempo, el hombre tiende a correr, y en la velocidad de la carrera, acelera de tal manera el tiempo presente que lo hace desaparecer. Si en cambio nos proyectamos ansiosamente sobre el tiempo futuro, el hombre tiende a despreciar la vida presente para vivir un imaginario a alcanzar cuyo horizonte es tan engañoso, en distancia y corporeidad, como un espejismo en medio del desierto. Si por el contrario vivimos con apatía en piloto automático, el hombre tiende a ignorar la vida que vive hasta el punto de colapsar en un grave estado de autismo autoinducido, incapacitándose no solo en ver sino incluso en recordar su propio monótono deambular diario. Y, si nos anclamos por añoranza en un tiempo pasado por percibido como mejor, el hombre tiende a transfigurarse irremediablemente en un fantasma atrapado en una dimensión tan paralela como irreal por inexistente. Varias son, pues, las formas que tenemos para dejar de vivir la vida, aunque todas sin distinción comparten una misma causalidad: el desarraigo del único tiempo en el que trascurre la vida, que no es otro que el tiempo presente.

Dicho lo cual, de igual manera que podemos identificar los cuatro grandes malos hábitos que nos imposibilitan vivir la vida, podemos asimismo identificar los cuatro grandes buenos hábitos que nos permiten vivirla, los cuales a diferencia de los primeros no son independientes entre sí sino que forman parte, de manera codependiente, de un mismo corpus natural. El primero, sin lugar a dudas por no haber alternativa posible al amparo del principio de realidad, es vivir la vida desde el justo e inequívoco tiempo presente, pues la vida solo existe y transcurre en el ahora perpetuo. El segundo es, como elemento forzosamente necesario para la realización del primero, vivir desde una consciencia despierta, pues el hombre tan solo puede anclarse intencionadamente en el flujo continuo del tiempo presente desde la consciencia, a su vez que es imprescindible saber –por pura fisicología humana(*)- que el hombre única y exclusivamente puede desplegar su capacidad intencionada de ser consciente desde el tiempo presente del aquí y el ahora, de ahí la máxima que reza que consciencia es presencia y presencia es consciencia. Pero, aun expuesto lo anterior, la verdad es que no hay vida vivida si no se goza de la misma, pues una vida no gozada no es vida sino muerte en vida, por lo que el tercero de los grandes buenos hábitos no es otro que el imperativo existencial, por derecho natural, que nos decreta la irrenunciabilidad a disfrutar de la vida. Estado de gracia para el cual se requiere, como condición sine qua non, el cuarto y último buen hábito a identificar: la desdramatización de la vida en sí misma. Pues no hay vida a disfrutar si se dramatiza, siendo el dramatismo un estado que inexorablemente niebla la mente y endurece el corazón de los hombres haciéndoles perder la brújula interior que señala las verdaderas cosas que, aun aparentemente pequeñas, son las más importantes de la vida, tales como reír, mostrar afecto sincero por y con los seres queridos, y apreciar –cordialidad y empatía mediante- los buenos detalles y momentos vividos en su más amplio sentido. Que la vida solo se muestra rígida y encorsetadamente seria en la mente de los hombres no es ningún secreto, como tampoco lo es el hecho objetivo que la firme voluntad consciente de desdramatizar la vida posibilita a las personas la oportunidad de disfrutar del instante presente vivido con el mismo espíritu desapegado, inocente y divertido de un niño.       

No obstante, éste gran cuarteto de buenos hábitos para vivir la vida: presente, consciencia, disfrutar y desdramatizar, no están exentos de un trabajo intrapersonal para quienes ya somos adultos (por adulterados cultural y socialmente), donde una óptima gestión emocional juega un papel relevante por clave. Pues en el hombre no existe mayor enemigo para vivir la vida, y por extensión para experimentar el buen vivir, que un mundo emocional personal almidonado por autocontenido, deficiente por castrado, o deteriorado por enfermo, que cohíbe a la psiqué del individuo de experimentar el regalo del momento presente. Es por ello que, de manera natural, la práctica psicoemocional de los cuatro grandes hábitos para vivir la vida acaban cocreando un quinto buen hábito en calidad sustancial de condición necesaria por resultante: la higiene ambiental. Es decir, aquellas personas que han aprendido a vivir la vida concebida como la suma de pequeños instantes vividos, aprenden a su vez a valorarla en su justa medida (siendo la unidad de medida de la vida un tesoro por ser limitada y caduca), lo que les aboca a discriminar negativamente aquellos entornos percibidos como de poca o nula aportación existencial, convirtiéndoles en personas exigentes en relación a aquellas vivencias que desean vivir. Un hábito conductual externo reflejo, cabe apuntar por otro lado, de una madurez de conciencia interna por personal.

Como dijo el viejo profesor, la vida es una secuencia continua de pequeños instantes vividos. Y para aquellos que deseen reaprender a vivir la vida cabe señalar que nunca es tarde si la dicha es buena, pues los hábitos, al ser aprehensibles, hábitos son (sabedores que no hay hábitos sin práctica, ni práctica sin disciplina). Dispongámonos pues, los unos y los otros, ligeros de equipaje emocional y mental, a atrapar los pequeños instantes de nuestro presente con ganas de disfrutarlos, ya que a través de ellos transcurre la historia de nuestra propia vida. Conocedores que de vida solo hay una, y que nadie vive la vida por nadie. Y tú, ¿te vas a perder o a desperdiciar la tuya?.

 

(*) Fisicología Humana: Concepto compuesto creado por licencia del autor que significa el “estudio de la física humana”.