sábado, 7 de noviembre de 2020

La Teoría de la Readaptación: readaptarse o morir (en el intento)

Hay una gran diferencia entre la Teoría de la Evolución darwiniana y la Teoría de la Readaptación -ésta última creada bajo licencia de autor del que escribe como objeto de la presente reflexión-, ya que si bien la primera se contempla en el continuo temporal de un proceso que conlleva siglos, la segunda deviene ya no en un  escenario de años, sino de meses, en el mejor de los casos. Y si bien ambas tienen como factor vertebrador la supervivencia del individuo como parte de una especie, la Teoría de la Evolución se circunscribe al ámbito biológico (a día de hoy ya superado por la raza humana, ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento), mientras que la Teoría de la Readaptación a la que me refiero se limita al ámbito laboral, cuya  dimensión humana es de una gran trascendencia para el hombre contemporáneo. Puesto que a nadie le resulta ajeno, a éstas alturas del desarrollo de la humanidad, el hecho objetivo que el mundo laboral representa el principio existencial sobre el que se sustenta la identidad del hombre del siglo XXI, no solo afectando a todos y cada uno de los niveles de la famosa pirámide de Maslow (que contempla la cobertura de necesidades fisiológicas, de seguridad, sociales, de estima y reconocimiento, y de autorrealización), sino inclusive al propio concepto de dignidad de la vida humana actual que es un valor resultante del cómputo de todas aquellas en su conjunto, por representar las rentas del trabajo la fuente mayormente en exclusiva para el sustento vital de la práctica totalidad de los individuos en una sociedad de consumo sin modelo social alternativo. Es decir, no hay vida para el hombre moderno fuera de la sociedad instaurada, ni pertenencia a la misma sin capacidad económica para sufragarla.

Es por ello que, en tiempos como los presentes, en un mundo en continuo cambio y transformación vertiginoso, cuya única certeza no es otra que la incertidumbre propia del principio de indeterminación, la Teoría de la Readaptación como modelo conductual automatizado de las personas por imperativo de fuerza mayor fruto de un instinto existencial por intentar adaptarse a un entorno profesional volátil lleno de abismos, adquiere una trascendencia de rabiosa actualidad. Readaptarse, por tanto, no significa ni más ni menos en el contexto actual que agarrarse a un flotador laboral a mano, por precario que sea, para sostenerse a flote en una sociedad de consumo cuyo estado del  bienestar social brilla por su ausencia por hacer aguas, aunque ello implique saltar de flotador en flotador laboral por puro instinto de supervivencia, en una realidad que se deconstruye cada día en un juego más propio del purgatorio en el que los perfiles laborales se extinguen para crear unos nuevos que vuelven a extinguirse aceleradamente para crear otros diferentes en un ciclo sin fin aparente. Un juego macabro capaz de enloquecer al más cuerdo y de desesperar al más optimista. A imagen y semejanza del castigo que Zeus procuró a Prometeo tras robar el fuego del Olimpo, condenándole a la pena ejecutada por un águila que le comía su hígado inmortal, el cual tras crecer nuevamente cada día, el águila volvía a comérselo al día siguiente. Este, y no otro, es el crudo concepto de readaptarse en los tiempos que corren.

La Teoría de la Readaptación contemporánea acusa una adaptación continua de la persona al siempre nuevo entorno laboral cambiante, lo cual implica un esfuerzo constante de reinvención profesional y por extensión curricular, que a su vez requiere de grandes dotes personales de gestión psicoemocional tanto de resilencia como de resistencia, pues aquel que no sabe sortear los renovados retos incesantes o se rinde a la fatiga intrínseca que conlleva el propio proceso, cae sin remedio al abismo. Es por ello que todo readaptado sigue luchando adelante, conscientes que aún resilentes y resistentes no hay seguridad de éxito alcanzable. Pero como bien saben todos los readaptados: la esperanza es lo último que se pierde, aunque en ello vaya la vida (pues el tiempo empleado no es oro, sino tiempo de vida que se va descontando). Y no hay peor horizonte futurible para un readaptado que hundirse bajo el nivel de las arenas movedizas de la precariedad de las que intenta salir con todas sus fuerzas, aunque ello implique luchar contra un entorno socialmente hostil por excluyente. Echando mano de una tuneada versión shakesperina, podemos resumirlo con la leyenda que reza: readaptarse o morir (aun en el intento), esa es la cuestión.

No obstante y siendo rigurosos, cabe apuntar que la Teoría de la Readaptación si bien puede aplicarse de manera abrumadoramente extensiva al conjunto de la sociedad, y más en los tiempos que nos tocan vivir, no es universal. Pues ésta no es aplicable a aquellos individuos que en tiempo de una realidad tan incierta como impermanente como la actual, viven por encima de los designios cambiantes del mercado laboral, ya sea inactivos y aun así imperceptibles a éstos, ya sea inclusive con capacidad de modular la realidad ambiental para su propio beneficio. Siendo la diferencia sustancial entre los readaptados y éstos últimos, en que si bien los primeros dependen su subsistencia de las rentas del trabajo, los segundos viven de rentas del capital. O, dicho en otras palabras, en una sociedad de consumo y del bienestar donde se paga por vivir en ella de manera ineludible y por imperativo legal, la diferencia la establece, como bien apuntó Quevedo, en el poderoso caballero Don Dinero.

Expuesto lo cual, es oportuno señalar que la Teoría de la Readaptación es directamente proporcional a la desigualdad social, en términos de distribución media de la renta de una sociedad entre el conjunto de sus conciudadanos. Dos magnitudes sociales directamente relacionadas que van más allá de la aplicación de medidas correctivas en materia de políticas de justicia fiscal (condición sine qua non para que haya justicia social), las cuales permiten redistribuir las rentas de un país para sostener y dar cobertura a políticas asistenciales propias de los Estados de Bienestar Social tan necesarias hoy en día, sino que afectan de manera directa no solo a las estrategias del mercado laboral de una sociedad, y con ello al modelo productivo por el que apuesta un país, sino que afectan asimismo de lleno a las políticas educativas que deben estar alineadas con la actividad profesional real por factible. O, dicho en otras palabras, la sociabilización de la Teoría de la Readaptación como realidad ciudadana pone en relieve la urgencia de cambios estructurales de una sociedad de manera transversal. Pues solo existen ciudadanos readaptables como perfil profesional normalizado en sociedades claramente fallidas.  

Más allá de lo expuesto, solo hay un escenario peor que una sociedad inmersa bajo los parámetros de la Teoría de la Readaptación, que no es otra que una sociedad desesperada por incapacidad de poderse readaptar laboralmente ante la flagrante necesidad de una subsistencia personal y familiar. Y ya se sabe que de la desesperación laboral, la cual conlleva penuria económica, a la rabia social hay un pequeño y frágil paso. Así pues, recemos a los dioses del Olimpo para que nuestros gestores de la res publica tengan la sabiduría suficiente para estar a la altura de las circunstancias históricas que nos tocan vivir. Fiat lux!

España, a 7 de noviembre de la segunda oleada

de la Pandemia del Conoravirus (2020)