sábado, 14 de noviembre de 2020

La Pandemia, el año cero de la nueva era


Que la pandemia es una causa-efecto que tiene un impacto directo sobre toda (pan) la población (demos), es un hecho objetivamente indiscutible ocho meses después de que la OMS declarase oficialmente el brote de coronovarius como pandemia global. Pero este tsunami infeccioso que afecta peligrosamente a la salud del ser humano, va más allá de alterar la vida cotidiana de las personas, pues lleva consigo el impetuoso germen arrollador de la creación de una nueva era de la humanidad en la que los hombres vivirán en un mundo que será de todo menos real. O, al menos, donde el principio de realidad se verá profundamente redefinido.

La pandemia está transformando, de manera tan acelerada como descarada -por su carencia de disimulo-, el bosque figurativamente hablando en el que habita el hombre. Mientras éste no ve más allá de los árboles que tiene justo frente a sus narices (llámense confinamiento, pérdida de empleo, cierre de negocios y empresas, alarmas sanitarias, limitación de derechos fundamentales, devaluación de la calidad de vida, necesidad de reinvención profesional, instinto de supervivencia familiar, malabarismos científicos, reality show políticos, redefinición del modelo educativo, o reinvención de los principios democráticos, entre otros), el hombre queda impedido de la capacidad para ver el conjunto del bosque. Un bosque que, sin que el hombre de a pié se percate, está transmutando su naturaleza esencial material en una de carácter virtual por tecnológica, con la misma rapidez que una manzana madura en el suelo se ve afectada en un proceso de podredumbre por unas bacterias que la consumen para reconvertirla en una nueva realidad conforme al famoso principio de conservación de la masa: la materia no se crea ni se destruye, solo se transforma. Con la singularidad que dichas bacterias no son biológicas, sino algorítmicas.

Es decir, la contaminación tecnovírica del bosque, al que también podemos denominar realidad o hábitat natural del ser humano, está transformando el mundo clásico tetradimensional en un nuevo universo multidimensional cuya esencia o arjé último son ceros y unos estructurados, tal como moléculas con identidad natural propia, en un conjunto de algoritmos con capacidad de autoevolución. Donde el espacio físico queda engullido por el espacio virtual de internet, entendiendo éste como un nuevo caldo primigenio de vida mediante la interrelación de megadatos de información, los cuales cocrean un horizonte de conocimientos exponencialmente infinitos potenciados por el aprendizaje profundo de la inteligencia artificial. Llegando incluso, allí donde la naturaleza virtual requiere corporizarse por requerimiento obligado de las leyes físicas, a iniciar la colonización del espacio exterior propio del ser humano mediante robots o seres tecnológicos con un nivel de independencia característica de cualquier animal que se precie, pero con una capacidad de inteligencia potencial muy superior a la humana. [Ver: La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana, Como seres imperfectos ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección?, y La Roboética o la falacia de controlar a los robots (Teoría de la Revolución Robótica)].

Una nueva era futurible a corto plazo cuyo año cero se inicia con la actual pandemia global, por devenir ésta –sin discusión alguna- un acelerador de realidades posibles gracia mediante de la incipiente cuarta revolución industrial fundamentada en la inteligencia artificial, la cual aboca al ser humano a un nuevo paradigma existencial con una afectación directa y transversal al conjunto de sus dimensiones más vitales. No es por ello baladí que la estrategia transmutadora maestra de la realidad por parte de las nanobacterias tecnológicas resulte tan precisa como inteligente: primero afecta y coloniza el elemento nuclear sobre el que se vertebra la sociedad humana conocida como es el mundo laboral. Y, a partir de ahí, como un juego expansivo más de dominó que de ajedrez, coloniza el mundo profesional (con sus roles caducos) y por extensión el mundo económico, para proseguir imperativamente con el mundo educativo (ya en fase obsoleta) y paralelamente con el mundo del ocio (tan sociabilizado como delirante por consumista), y así proseguir su fogatización infalible por el conjunto de actividades de la vida cotidiana del ser humano. Llegados a éste punto, tal será la transformación de nuestra realidad que, sin lugar a dudas, el mundo tal y como lo conocemos dejará de existir.

Ciertamente, los árboles no nos dejan ver el bosque. Pero no por ello es menos cierto que la transición inter realidades es un hecho, por lo que la cuestión no es otra que readaptarse o morir, aunque sea en el intento (Ver: La Teoría de la Readaptación). Mientras tanto, como ciudadanos tan parejos como perplejos a aquellos que protagonizaron la caída del Imperio Romano, continuamos aferrándonos a un juego existencial del que no solo nos han arrebatado el tablero y las fichas, sino que por no haber no hay ya ni panem et circenses. La nueva era tecnológica ya está aquí, y con ella la sombra alargada de la tecnopurga social se ceba sobre todo el primer mundo. La pandemia, por tanto, ha dejado de ser sanitaria para convertirse en existencial. El hombre postpandémico o será tecnológico, o no será.

Es por ello que expuesta la presente reflexión y a la espera del día final del mundo contemporáneo, de cuyo proceso transitorio rezo para que se alargue más allá de mi corta esperanza de vida aunque ello implique alargar la agonía, me permito deleitarme estoicamente -e incluso con cierto pose de descaro contra la (re)evolución tecnológica-, con el sabor a madera de mi inseparable pipa ahumada que me reconecta con el placentero mundo clásico de una civilización en peligro eminente de extinción. Y mientras fumo, a la espera de lo inevitable, no puedo evitar rememorar las más que acertadas palabras del César: alea iacta est.