domingo, 7 de junio de 2020

Imprudencia, la cuarta parada del Ulises moderno en su viaje personal


No hay que ser un Ulises clásico para haber experimentado, en piel propia o ajena, el sentimiento de la Imprudencia ante una situación, circunstancia o hecho. Si bien justamente la Imprudencia es el tema principal que se deriva de la cuarta parada del viaje que Ulises, en su intento por regresar a su país Ítaca tras finalizar la guerra de Troya, realizó en la isla de Eolo, tierra flotante del señor de los vientos. Según narra Homero en la Odisea, Eolo entregó a Ulises una bolsa de pellejo de buey con vientos del oeste para que condujera su nave de vuelta a Ítaca, pero tan pronto divisaron tierra tras nueve días de navegación parte de la tripulación abrió la bolsa para saciar su curiosidad, lo que desató una tormenta de vientos que los devolvió de vuelta a la isla de Eolo deshaciendo así lo navegado. La Imprudencia, por tanto, se me tercia como el cuarto concepto a analizar, desde un enfoque tanto de la Filosofía Contemporánea como de la Filosofía Efímera, en éstas Reflexiones filosóficas del viajede Ulises, un viaje sea dicho de paso que la Odisea describe durante diez largos y tormentosos años.

De hecho, la Imprudencia es un comportamiento humano de máxima actualidad en plena fase de desescalada en estos tiempos de emergencia sanitaria a causa de la pandemia del coronavirus. Donde una parte relevante de la población actúa de espaldas a cualquier medida de control y de protección contra el contagio viral, equiparable al hecho de que el virus, que ha parado en seco al mundo durante los últimos meses con un balance nada desdeñable de muertes a su paso, haya desaparecido por arte de magia y sin vacuna mediante de la faz de la Tierra. Una conducta social imprudente que nos puede arrastrar, al igual que le sucedió a la tripulación de Ulises en su insensatez de jugar con la bolsa de los vientos de Eolo, al punto de partida del que salimos: nuevo repunte de contagios y fallecimientos con el consecuente restablecimiento del estado excepcional de confinamiento domiciliario para el conjunto de la población. Como diría el premio Nobel Saramago: no es que sea pesimista, es que el mundo (o mejor dicho su gente) es pésimo.

Hablar de Imprudencia, por tanto, es hablar de comportamientos deficientes en sensatez, carentes de cuidado, faltos de reflexión, ausentes de meditación, insuficientes en previsión, escasos de responsabilidad, excedidos de temeridad, suficientes en precipitación y abundantemente ligeros. Es decir, la Imprudencia es una conducta exenta de Razón suficiente a la luz de la Lógica. Es por ello que siendo la Imprudencia un acto que implica un cierto riesgo para el que lo comete, si quien incurre en dicha conducta arriesgada es una persona en relación consigo misma y en plena asunción de sus responsabilidades, la Imprudencia solo debe entenderse dentro del ámbito de la imbecilidad humana, es decir de aquel perfil de personalidad que es poco inteligente y que por tanto padece algún grado de deficiencia mental. Pero si contrariamente la Imprudencia, ya sea personal o grupal, implica un cierto grado de riesgo para terceros a los cuales se pone en peligro su seguridad o incluso sus propias vidas sin habérselo propuesto, concurriendo en consecuencia un desenlace con resultado lesivo, entonces nos hallamos ante un delito tipificado en el código penal español de Imprudencia temeraria. Y ello con independencia de que en el mismo concurra la existencia de un concurso de delitos por añadidura como pueda ser el homicidio imprudente.

Y justamente de Imprudencia temeraria puede calificarse la actual política gubernamental que se está llevando a cabo en la desescalada del estado de excepcionalidad por emergencia sanitaria en pos de la tan ansiada vuelta a la “normalidad” social prepandémica, a la vista de cuatro indicadores diáfanamente objetivos:

1.-El coronavirus, como afirma la comunidad científica, aún no se ha extinguido.

Solo ayer y en el transcurso de 24 horas, en mi tierra natal de Cataluña se registraron 302 nuevos contagios y 17 muertes, según fuentes del Departamento de Salud regional que contradice así de facto los datos ofrecidos por el Ministerio de Sanidad, los cuales señalaban un solo fallecimiento en el conjunto de España en el mismo período de tiempo.

2.-La comunidad médica aun no ha encontrado una vacuna que contrarreste o palie los efectos del coronavirus.

Por lo que toda persona contagiada por el coronavirus está indefensa frente a la enfermedad, quedando a expensas de su propia capacidad fisiológica de lucha y resistencia contra los posibles efectos devastadores que puede producir el virus en el cuerpo humano.

3.-España como país sigue sin inmunidad frente al virus.

El país tan solo cuenta a día de hoy con una tasa del 5’2% de inmunidad en el conjunto de su población, frente al 60 por ciento que estiman los científicos como el umbral necesario para conseguir una inmunidad colectiva o, como le gusta denominar a los epidemiólogos, de inmunidad de rebaño.

Y, 4.-Todos los informes académicos sanitarios apuntan a la previsión de un nuevo rebrote de contagios con una segunda ola de fallecimientos pasado el verano, pudiendo alargar la crisis sanitaria del coronavirus hasta bien entrado el año que viene.

Ya que los meses estivales, comprendidos entre junio y septiembre, son aquellos en los que se prevé un alto ratio de volumen de contactos interpersonales por parte de una población que vuelve a un estado de normalidad prepandémica en términos de relaciones sociales, agravado si cabe aun más por el previsible relajamiento colectivo en plena época turística de sol y playa.  

Expuesto lo cual, es una obviedad deducir que en la actualidad existe una contradicción entre las medidas de contención sanitarias a aplicar y la precipitada política de apertura social llevada a cabo por los diversos gobiernos de turno, rompiendo así la sintonizada y coherente praxis existente entre criterios científicos y políticos que marcó el inicio de la pandemia (ver el Hombre de la Razón se antepone al Hombre de la Fe en: “Pandemia, una reflexión sobre su triple efectología”).  

La causa de dicho comportamiento político propio de la Imprudencia temeraria cabe buscarlo en dos tipos de razones de naturaleza diferente. Por un lado, encontramos el fundamento de una razón políticamente inconfesable, como es el miedo a las revueltas sociales (las cuales comenzaban a emerger) por puro agotamiento de la ciudadanía en su tensa continencia de permanecer recluidos en sus casas durante tres meses, sin vida social alguna, experimentando un inhabitual estado de privación de sus libertades individuales autopercibidas como derechos fundamentales por nacimiento propio como ciudadanos democráticos de pleno derecho (ver: Confinamiento o el síndrome del león enjaulado). Y, por otro lado, encontramos el fundamento de una razón políticamente confesable, como es la imperiosa necesidad de reactivar lo poco que queda, tras la hibernación sanitaria del país, de una maltrecha economía productiva en una España que entra en una grave situación de crisis de liquidez con un paro estructural que puede alcanzar el 20 por ciento de la población activa (ver: Pandemia, ¿salvar vidas o salvar la economía?). Es decir, panem et circenses antes que seguridad sanitaria. Eso sí, los políticos se cubren las espaldas pidiendo, en plena desbandada de una masa desbocada, máxima responsabilidad ciudadana a título individual a falta de poder continuar imponiendo la disciplina social (ver: Disciplina Social, la defensa del bien colectivo frentea la irresponsabilidad individual): Las autoridades gubernamentales advierten que el uso de la mascarilla es de uso obligatorio, así como la distancia de seguridad de dos metros entre personas.

Dicho lo cual, queda evidenciado que, en plena actualidad, la gestión frente a la prevención de la Imprudencia como comportamiento conductual humano se deja a merced del nivel de responsabilidad individual. Una llamada gubernamental a la responsabilidad personal que asimismo no genera demasiada confianza en lo que a la especie humana se refiere, y menos aún cuando estudios recientes demuestran que nuestros cerebros se vuelven literalmente ciegos a la evidencia de una opinión contraria a la propia cuando estamos muy confiados de nuestras propias creencias. Es decir, que cuando una persona tiene mucha confianza en una decisión, como pueda ser el caso que nos ocupa de estar libre de coronavirus en un entorno de falsa normalidad social, dicha persona toma tan solo aquellas informaciones que reafirman su decisión, pero no procesa aquellas otras informaciones que la contradicen aunque sea para su bien (ver: Así “esconde” nuestro cerebro la información que contradice nuestras creencias). Un sesgo de confirmación arraigado en los procesos de pensamiento de la mayoría de personas que hace patente la poca fiabilidad de un llamamiento general a la responsabilidad individual. Es decir, mente que no ve, corazón que no siente. He aquí el caldo natural para la Imprudencia sociabilizada.

Así pues, frente a una sociedad imprudente, el Ulises moderno tan solo puede intentar no perder y mucho menos ceder el control personal sobre las medidas de protección sanitaria que le afectan a nivel individual, pues en caso contrario le puede ocurrir lo mismo que al Ulises clásico, que relajado en la confianza depositada en su tripulación se vio arrastrado por la imprudencia de éstos, los cuales impacientes y falsamente seguros de sí mismos abrieron la bolsa de los vientos de Eolo antes de tiempo, llevándoles a desandar lo andado. Y ante este panorama, como dijo el César, solo nos toca rezar con el mantra del alea iacta est, a la espera que las moiras nos sean indulgentes.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano