miércoles, 27 de mayo de 2020

Pandemia: ¿salvar vidas o salvar la economía?


Manifestaciones contra el Gobierno por la apertura de la economía
Hace días que deseaba reflexionar sobre un debate de rabiosa actualidad entre la opinión pública en pleno contexto de la pandemia del coronavirus: ¿salvar vidas o salvar la economía?, y tras haber finalizado el trabajo previamente priorizado en mi agenda pensante (Revisión filosófica de los 12 trabajos de Hércules), ya puedo afrontar el nuevo reto reflexivo. Un problema éste, el de optar por medidas extraordinarias de contención sanitaria que afectan a la paralización de la economía de todo un país o en cambio el de apostar por la normal actividad productiva en detrimento de proteger la salud del conjunto de la ciudadanía, cuyo debate ha despertado pasiones entre defensores y detractores de uno y otro bando. Un tema que, cabe señalar para poder situarnos en la justa medida, es propiamente objeto de estudio de la Ética Aplicada, que es aquella materia de conocimiento que examina controversias entre éticas específicas, ya sean normativas o no. Y más específicamente, apuntar que el caso que nos ocupa se podría enmarcar dentro de la clásica duda ética denominada Dilema del Tranvía por su casuística, que plantea la disyuntiva de un vehículo que tras descarrilarse sin control obliga al conductor a optar por girar hacia uno u otro lado de la acera con el consiguiente atropello mortal de una persona joven o de un grupo de ancianos, respectivamente. Así pues, y con independencia del presente ejemplo cuyas variaciones narrativas existen por centenares, el planteamiento en cuestión, que centra el enfoque en la elección entre vidas o economía, es un conflicto profundamente ético en tanto que una u otra decisión afecta por descarte el desarrollo natural de la otra parte de manera gravosamente negativa.

No cabe decir que aquellos que parten del postulado de primar la vida sobre la economía, propio de la filosofía humanista, optarán por salvar vidas; mientras que aquellos otros que priman el capital en detrimento de la vida humana, propio de la filosofía ultraliberal capitalista, optarán por salvar la economía. Pero, en todo caso, ¿cuál es la opción moralmente correcta?. En ambos casos concurre el principio de exclusión o mejor dicho de sacrificio, en base al valor comparativo otorgado a cada una de las entidades perceptibles de ser afectadas. Por lo que éste doble horizonte de sucesos posible, como acción de una voluntad consciente selectiva, debe entenderse bajo la lógica del choque frontal en un mismo espacio temporal entre dos sistemas de creencias divergentes, para cuyos credos sacrificar su bien más preciado representa un verdadero sacrilegio. Por consiguiente, siendo la elección del objeto a sacrificar un juicio de valor discriminatorio reflejo de un sistema de creencias determinado, los cuales emanan de un imaginario moral tan singular como desigual, la respuesta al dilema planteado solo puede hallarse en el análisis contrastado de dichas naturalezas morales.

Si profundizamos un poco más en el substrato moral conjunto por tratarse de sistemas de creencias coexistentes, podemos observar que si bien ambos son aparentemente contrapuestos, comparten un mismo paradigma común: salvaguardar el bienestar personal. No obstante, dicho paradigma aun en coincidencia simbólica difiere en su contenido significativo de raíz, ya que si bien para los humanistas el bien personal tiene naturaleza existencial por ser la persona el bien a proteger, para los ultraliberales es de clara naturaleza material por ser el capital el bien a proteger. De lo que se deduce que unos y otros parten de un tipo de observancia del comportamiento ético diferente, estando éste para los humanistas basado en el suceso principal (que es la mortalidad causada por el coronavirus), por lo que el objeto a proteger es un cuerpo temporal definido en su principio y fin como es la vida humana; mientras que para los ultraliberales la observancia del comportamiento ético se basa en el suceso derivado (que es la repercusión financiera negativa originada por los efectos de control sobre la pandemia), siendo el objeto a proteger un cuerpo temporal sin singularidad por estar sujeto a la impermanencia de un continuo cambio y transformación como es la economía. De lo que aquí se deriva una nueva cuestión, ¿debe la Ética ocuparse de entidades definidas por singulares o indefinidas por carecer de singularidad? O, aún más: ¿debe la Ética poner su atención sobre decisiones concretas o sobre las relaciones existentes y futuribles entre las mismas?. Si en todo caso consideramos que todas las respuestas posibles planteadas son correctas, ¿cuál prima más sobre las otras para determinar qué es más o menos Ético?.

Realmente, todas éstas preguntas no son más que una simple estratagema propia de malabaristas de la lógica, que buscan enredar la razón y alejarnos de la verdad última que subyace en la respuesta cierta al dilema ético entre salvar vidas humanas o salvar la economía en un contexto como una pandemia en ésta caso provocada por el coronavirus. Un burdo intento por convertir dicho dilema en un problema racional irresoluble, para beneficio ya sea de unos u otros.  No obstante, tanto una defensa argumental fundamentada desde un suceso principal o desde un suceso derivado en verdad no tiene mayor consistencia para la Ética que el hecho de observar desde la moral un tipo de comportamiento conductual relativo a los mismos, y en todo caso emitir un juicio de valor en base a la cultura social imperante y al sistema de creencias de partida. Por lo que carece de razón de peso para intentar rebatir e incluso devaluar la intencionalidad de discernimiento de la Ética Aplicada ni en éste, ni en ningún otro caso donde medie conflicto entre comportamientos éticos dispares, ya que al fin y al cabo el examen crítico de la Ética no se basa tanto en la moral como conducta humana, sino en la reflexión filosófica de los valores en los cuales ésta se fundamenta.

Testear la doble moralidad posible

Así pues, para poder resolver cuál de las dos opciones planteadas, la de salvar vidas o la de salvar la economía, es la opción eticamente más correcta, cabe acudir al análisis objetivo de la naturaleza de los valores morales que influencian los sistemas de creencias implicados. Para ello no existe metodología más rápida, y certificada en su diagnosis de calidad a lo largo de la historia del pensamiento de la humanidad, que testear dichos principios morales a la luz de los valores universales como patrón ético de referencia atemporal por apriorístico. Por lo que partiendo de esta premisa, y sin intención alguna de hacer ninguna tesis al respecto, tan solo exponiendo dichos valores universales como unidad de medida ética, que no son otros que la Amistad, el Amor, la Bondad, la Confianza, la Dignidad, la Equidad, la Fraternidad, la Gratitud, el Honor, la Honradez, la Igualdad, la Justicia, la Libertad, la Paz, el Respeto, la Responsabilidad, la Sabiduría, la Solidaridad, la Tolerancia, la Valentía y la Verdad (Ver los Valores Universales en la sección de Antología Efímera del Vademécum del Ser Humano), podemos llegar a la conclusión aunque sea intuitivamente que aquella conducta moral que defiende el valor de la vida humana es eticamente superior a aquella conducta moral que defiende el valor de la economía sobre la propia vida del hombre. Y aún más, que ésta última no puede concebirse como una conducta moral sino propia de la moralina, que es aquella conducta moral falsa por distorsionada que se fundamenta en intereses particulares alejados de los valores universales. Pues en la defensa de la economía sobre la vida humana pueden observarse la concurrencia de principios tales como el egoísmo, la insolidaridad, la desigualdad, la falta de respeto o la denigración de la Dignidad del ser humano, entre otros, los cuales son de naturaleza claramente antagónica a los valores universales.  

Por otro lado, cabe señalar que el caso que nos ocupa de la disyuntiva entre vidas o economía es en realidad un falso Dilema del Tranvía, pues en éste el objeto susceptible de sacrificio en ambas historias posibles se encuentra al mismo nivel de valor, que no es otro que la vida humana. Mientras que el valor del objeto excluyente en el dilema entre vidas y economías es desigual, ya que no posee el mismo grado de valor la vida humana que la salubridad de un sistema económico, por mucho que culturalmente el hombre contemporáneo se esfuerce en equipararlos. Por lo que puede concluirse que en el caso que nos ocupa no se trata en absoluto de una materia de Ética Aplicada stricto sensu, sino más bien de un proceso de desambivalencia entre Ética verdadera y Ética falsa a la luz de la crítica de la razón pura en términos de imperativo categórico kantiano.

Condicionamientos sociológicos

No cabe decir, por otro lado, que la observancia del comportamiento ético desde la plusvalía de la economía como bien superior a defender por encima incluso del valor de la vida humana es resultado directo, en la actualidad, del éxito de los preceptos de la ideología capitalista (elevada a categoría de religión) en el sistema de creencias imperante a nivel global, la cual requiere para su pleno desarrollo del destierro de toda filosofía humanista en cumplimiento con el principio de la física clásica que dicta que dos entidades no pueden permanecer a la vez y en el mismo tiempo en un mismo punto espacial. Una nueva moral postindustrial invasiva al amparo de la exaltación institucionalizada del individualismo, como medio necesario para la retroalimentación de un modelo productivo de libre competencia, que en consecuencia lógica acarrea comportamientos conductuales tanto individuales como sociales claramente de corte egoísta. Por lo que frente a políticas que exigen disciplina social, derivadas de medidas racionales de prevención y control social en la lucha contra la emergencia sanitaria provocada por la pandemia del coronavirus, es previsible prever que un ciudadano occidental medio como producto cultural que es de la filosofía capitalista, aun sin reconocerse como ultraliberal, acabe reaccionando instintivamente de manera revulsiva y contestataria contra cualquier acción que, aun al amparo de un bien colectivo respaldado por la comunidad científica, sea perceptible de atentar tanto contra su conducta individualista como contra su arraigado esquema emocional vertebrado desde el egoísmo personal. O dicho en otras palabras, no hay contención conductual exigida que sea sostenible, ni llamada a la responsabilidad social de las personas en pos del bien colectivo que valga, para aquellos seres humanos que han crecido en la promoción cultural del individualismo y el egoísmo. Los cuales, aun de manera inconsciente, frente al dilema planteado de salvar vidas o salvar la economía, optarán por ésta segunda no por convicción o ideología, sino como vía de escape a su naturaleza tan individualista como egoísta, al menos tan pronto superen el miedo a una situación de riesgo potencial por normalización de la misma, pues el hombre acaba acostumbrándose a todo por simple naturaleza dúctil con la realidad.

En este sentido, debe señalarse asimismo que el dilema entre vida o economía genera sociológicamente un proceso de polarización social, en el que cada polo opuesto centripita para sí todos aquellos elementos de la sociedad  que le son afines por naturaleza. Por lo que no puede establecerse una relación directa entre volumen de afiliación a uno u otro posicionamiento social, y la consideración positiva o negativa de la observancia del comportamiento ético. Es decir, por mucho que la inmensa mayoría de ciudadanos de una sociedad opten, por determinismo cultural y condicionamiento psicológico, por salvar la economía en detrimento de las vidas humanas, no por ello debe considerarse como una conducta Ética adecuada, a la luz del test comparativo con los valores universales anteriormente expuestos. Lo único que puede deducirse de dicho resultado social hipotético es que, desde un punto de vista Ético, nos encontramos ante una sociedad moralmente enferma por desvirtuación o transgiversión del esquema de valores de su sistema de creencias. 

Por lo tanto, y a modo de conclusión, ante el debate de rabiosa actualidad en la opinión pública en pleno contexto de la pandemia del coronavirus de resolver el dilema de salvar vidas o salvar la economía, queda claro que aquella conducta que se ajusta a la Ética no es otra que la de salvaguardar primero la vida humana para posteriormente ocuparnos de la economía. Al hombre lo que es del hombre, y a la economía lo que es de la economía. Y al individualista y egoísta, más educación en valores clásicos, por favor.

A orillas del Mediterráneo,
en una España de luto oficial por las víctimas del coronavirus.


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Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano