martes, 19 de mayo de 2020

Afrontar la Calumnia: noveno trabajo del Hércules moderno

Reina Hipólita y sus amazonas en Wonder Woman, 2017

Amigo o amiga, imagina por un instante que eres un Hércules moderno, el cual debe realizar una penitencia de obligado cumplimiento impuesta por la más alta autoridad de tu sociedad para poder resarcirte de un grave daño causado en antaño, y con éste objetivo –beneplácito del Oráculo de Delfos mediante- se te encomienda que realices el total de Los Doce Trabajos de Hércules. Por lo que, tras haber acometido con éxito los ocho primeros, debes ahora enfrentarte al noveno trabajo que es robar el Cinturón de Hipólita. No cabe decirte, sea dicho de paso, que por mucho que viajes hasta Temiscira, lo que hoy en día se conoce con el nombre de Terme, una ciudad turca de la provincia de Samsun ubicada a orillas del Mar Negro, no hallarás el mítico Cinturón.  El cual era famoso tanto por ser mágico como por ser un regalo del dios de la guerra Ares a su hija Hipólita, reina amazona que finalmente fue dada muerte por el propio Hércules tras una enredada situación derivada de una malintencionada conspiración por parte de Hera, esposa de Zeus. Así que únicamente te queda afrontar el trabajo metafóricamente; es decir, acabar con aquello que el Cinturón de Hipólita representa, que no es otra cosa que la Calumnia. Dicho lo cual, la pregunta pertinente es: ¿cómo afrontar la Calumnia?.

Es por todos conocidos que la Calumnia es una acusación falsa hecha contra alguien con la intención de causarle daño o de perjudicarle. Por lo que podemos decir que para que exista la Calumnia deben concurrir dos elementos claves: la Falsedad y la Malevolencia. De lo que se puede deducir en una primera instancia, y de manera plenamente inocente, que luchando contra éstas se puede combatir la Calumnia. Nada más lejos de la realidad. Ya que la Falsedad y la Malevolencia como elementos estructurales de la naturaleza de la Calumnia no se presentan en su forma pura, sino que para que cumplan con el efecto deseado, han sido previamente adobadas con premeditación y alevosía para que en su exposición pública se perciban tres rasgos muy característicos: Verosimilitud, Reprobabilidad Moral e Imposibilidad de Verificación. Y todo ello, para mayor enredo, en relación directa con la participación de tres sujetos necesarios para que se de la Calumnia: el calumniado en calidad de víctima, el calumniador en calidad de autor intelectual y material, y el público en calidad de destinatario de la Calumnia como idea consumible. Veámoslo:

I.-La Calumnia como Verosimilitud
Para que toda Calumnia sea efectiva en su objetivo de dañar la honorabilidad de una persona, atentando de ésta manera contra su verdad y honra, dicha artimaña debe resultar verosímil. Una Verosimilitud que se busca mediante la intervención de dos factores claves:

1.-En primer lugar tenemos la manipulación sutil de una circunstancia, situación o hecho que mostrada de manera parcial, sesgada, o desde un desafortunado ángulo interesado pueden llevar a un error de percepción de la realidad por parte del observador. Tal es el caso de una verdad explicada a medias, de un hecho sacado de su contexto, o de una imagen incompleta.

2.-Mientras que en segundo lugar tenemos un juego vil con el estereotipo social del sujeto como objeto de la Calumnia, en el que juega un papel relevante los prejuicios colectivos como palancas necesarias para la presunción de culpabilidad. Tal es el caso de los políticos a quienes se les presupone corruptos, a las personas honestas a quienes se les presupone que en su intimidad guardan affaires de deshonestidad, a los deportistas de élite a quienes se les presupone infieles, o a los millonarios a quienes se les presupone personas sin escrúpulos, entre otros muchos ejemplos. Una lógica que se enmarca dentro del refrán consensuado popularmente, fiel reflejo de la baja condición humana, del “piensa mal y acertarás”.

II.-La Calumnia como Reprobabilidad Moral
Pero además de la Verosimilitud, para que tenga éxito el efecto buscado en la Calumnia como acción dañina contra la honra de una persona, dicho malintencionamiento debe activar en el público -como cómplice necesario para la ejecución de la Calumnia- aquel punto concreto en su sistema de creencias colectivo que produzca un resultado de rechazo social. Es decir, debe avivar y mejor aun excitar una pasión singular en el imaginario social digna de la reprobación moral. Lo cual es en sí mismo tanto paradójico por enjuiciar moralmente una conducta no realizada, como irracional al sobrepasar los propios límites de la Ética por atribuir al calumniado conductas inexistentes. Por lo que ciertamente lo único reprobable moralmente es dicha reprobación por parte de aquel público objetivo destinatario de una acción tan falsa como malintencionada.

No obstante, la conducta social expuesta, empíricamente tan normalizada como generalizada, tiene su razón de ser en una sociedad carente de estructuras de pensamientos individuales con criterio propio al no ser educada en el razonamiento crítico. Una sociedad cuyos miembros se caracterizan por ser consumidores pasivos de estados de opinión ajenos, que previamente han sido debidamente precocinados, sazonados y paquetizados al gusto. Tal si las opiniones que alimentan y dan forma a la mentalidad colectiva fuera un consumible marketizado más en el gran supermercado de la voraz cultura consumista, en el que el ciudadano consumidor tan solo debe ejercitar el mínimo esfuerzo de abrir la boca y tragar automáticamente aquello que se le ofrece a punta de lengua para continuar viviendo, a imagen y semejanza de un rumiante, sin necesidad de pensar por sí mismo. Y justamente en éste perfil sociológico contextual imperante es donde la Calumnia consagra su éxito, no solo porque ésta crece con fuerza en aquellos campos donde el pensamiento crítico destaca por su ausencia (pues donde no hay razón crítica no existe la exigencia de análisis alguno), sino porque al propagarse con suma rapidez por entre un volumen ingente de consumidores de estados de opinión pasivo, como virus que infecta mediante el aire, resulta imposible sino ya su extinción sí al menos su posible y deseable retractabilidad. Ya que cuando la Calumnia sobrepasa el umbral del punto de inflexión en la mentalidad colectiva, dicha idea, aunque sea falsa, persiste como una nueva verdad adquirida en la sociedad de acogida.

III.- Imposibilidad de Verificación
Por otro lado, junto a la Verosimilitud y la Reprobación Moral, el tercer factor que hace de la Calumnia una acción malintencionada de éxito prácticamente asegurado, y por tanto de naturaleza infalible, no es otra que la Imposibilidad de Verificación. Es decir, la ausencia de medios y recursos necesarios para probar la certeza del contenido significativo de la Calumnia, ya sea dicho proceso probatorio de la certeza en su doble sentido positivo como verdad o negativo como falsedad, y asimismo como carga de prueba de defensa o prueba acusatoria por parte tanto del calumniado, como del calumniador, y asimismo del público objetivo receptor de dicha Calumnia. Es por ello que el calumniador o calumniadores, para blindar la Imposibilidad de Verificación de la Calumnia suelen echar mano, intervención de poder mediante, de los medios de comunicación. Ya que a través de los mismos no solo se garantizan una rápida y masiva difusión de la Calumnia, preservando incluso su propio anonimato como autores intelectuales de tal fechoría, sino que además afianzan la implantación de la nueva falsedad en el conjunto de la sociedad por un alto ratio en el volumen de impactos (des)informativos, cuya contraofensiva resulta misión imposible para un mortal medio. (En éste punto cabría afrontar la Ética en el periodismo contemporáneo muy dado a la falta del contraste informativo por intereses debidos, aunque ésta es materia de otra reflexión).

En este sentido, la instrumentalización de los mass media como medios materiales necesarios de desprestigio de los calumniadores, por tanto, no busca más que cumplir con el objetivo último de toda Calumnia: que no es otro que la destrucción social de una identidad personal, atentando públicamente de esta manera contra la dignidad y el honor individual del sujeto calumniado. O dicho a la inversa: a menor radio de exposición de la Calumnia, mayor es la posibilidad de verificación en sentido positivo o negativo de la misma, por simple aritmética de escala de espacios y variables abarcables sujetas a evaluación. Y asimismo, cabe señalar que la verificación negativa de una Calumnia, en tanto y en cuanto quedan demostrados como ciertos los hechos que se imputan, deja de ser de facto una Calumnia por no concurrir el factor de la falsedad, por lo que aquel o aquellos que imputan unos hechos verídicos nunca procurarán imposibilitar su verificación ante la posibilidad de incurrir en falso testimonio. De ahí que la Calumnia, a la luz de la consciencia de la participación de un hecho moral grave, esté tipificado en los diversos ordenamientos jurídicos como un delito, y más concretamente como un delito contra el honor de la persona. Y aun así, como podemos observar en la sociedad actual, la Calumnia no solo se ha convertido en una conducta normalizada (evidenciando una baja talla moral generalizada), sino que ha llegado incluso a sociabilizarse en ciertos círculos sociales como un instrumento pseudolegítimo de lucha contra la competencia o el adversario, tal y como podemos ver de manera más plausible en el mundo de la política, de la empresa y hasta en la farándula.

Expuesto lo cual, y retomando el reto de afrontar la Calumnia como noveno trabajo herculiano, el Hércules moderno tan solo puede hacer frente a la labor encomendada mediante la práctica de la trascendencia sobre la propia naturaleza de la Calumnia. Que no es más, y no por ello es menos, que afianzarse en su verdad desde la fuerza de su Autoridad Interna, es decir sin ceder su poder personal a terceros y sin permitirse dejarse arrastrar por fuerzas de distorsión externas, y siempre al amparo de una consciencia tranquila por limpia. Pues no hay más mundo que sostener en pié que el propio, por mucho que el resto del universo se desmorone en el gran teatro que es la vida de los hombres. Al final, nadie vive por nadie, y uno siempre debe vivir consigo mismo. Así que frente a posibles ataques exteriores de falsedades malevolentes, por intereses ocultos o conocidos, entendibles o sin entender, no cabe más que reforzar la atalaya de la verdad personal mediante la fuerza de la propia mismidad. Y a partir de ahí, que cada cual entienda y crea lo que considere que debe entender o creer. Conscientes que no existe Hércules empoderado, en términos de héroe clásico, en aquel que vive prisionero de una sociedad enferma por calumniadora. Frente al falso y malintencionado testimonio, la trascendencia por medio de la verdad propia como estado de consciencia personal. Y llegada la muerte, si se diera el caso, paguemos un gallo a Esculapio, tal y como decretó Sócrates antes de expirar, o luchemos hasta el último suspiro a imagen y semejanza de la reina amazona Hipólita.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano