miércoles, 5 de febrero de 2020

Unión Europea, la farsa de una historia de desencuentros e intereses partidistas


La Unión Europea, entendida stricto sensu como la unión de los diversos países que forman el viejo continente Europeo, es una farsa. Un imaginario romántico que los políticos (díganse eurodiputados), bajo el beneplácito de ciertos grupos económicos de la oligarquía europea, se han ocupado de vender al resto de conciudadanos tal si de trovadores fantasiosos se tratase, al complaciente relamido de suculentos honorarios que inflan sus propias carteras y egos a pares iguales.

Éste quehacer remunerado de entretenimiento público por parte de los bien pagados trovadores entrajados, ejercido en primera persona o mediante juglares o ministriles secundones repartidos entre las diversas cortes señoriales de sus respectivos países de origen, han protagonizado una interpretación fabulosa -la cual han llegado a creerse a pies juntillas, pues en ello les iba llenar el cazo- que ha sido respaldada en tiempos de bonanza por los señores de Europa (pues ya se sabe que cuando a los ricos les va bien y están contentos muestran su cara más generosa), pero que en tiempos de vacas flacas ha quedado en evidencia ante la incongruencia contrastada entre poesía cantada y realidad cotidiana (pues ya se sabe que cuando a los ricos les va mal y están enojados muestran su cara más egoísta e interesada). Solo hay que observar, el seno de la mal denominada Unión Europea a lo largo de la última década, las grandes discrepancias interterriroriales existentes en materia de política económica y jurídica, los dos grandes pilares vertebradores de cualquier cohesión territorial, que incluso se ha llegado a cobrar alguna que otra víctima como medida tan ejemplarizadora como gratuita (pero no por ello menos interesada) del nuevo orden hecho Ley. Tal fue el caso de la humillante expropiación en toda regla de la milenaria Grecia, cuna de la civilización europea, de la que la oligarquía económica europea con Alemania a la cabeza se benefició del saqueo obteniendo su propio botín. (Ver: Grecia rescata la Democracia Europea).

La Unión Europea es una farsa por sustentarse sobre una ilusión, aquella que promulgaba que un cuarteto de países (Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia) podían modernizar, en términos de productividad y chequera mediante, al resto de países de cola (los 24 miembros restantes, España incluida), con el objetivo de convertir a la vieja Europa en una potencia económica de mercado capaz de lidiar en la misma plaza y en condiciones de igualdad con gigamercados monoestatales consagrados como Estados Unidos, así como de nuevos emergentes como China. Una relación de connivencia entre los países miembros de la Unión Europea basada en un acuerdo de carácter tan tácito como de facto (bajo la complicidad de una Democracia que desde el minuto cero ha mirado hacia otro lado), en la que la tetracabeza de ratón manda y la larga cola de león obedece, claudicando ésta incluso en materia de cesión de soberanía nacional propia bajo la contrapartida mercantilista de alimentarse -insaciablemente, todo sea dicho de paso- de las ubres de la gran vaca sagrada llamada la nueva Europa. Un alegato que se puede expresar más alto, pero no más claro.

Una farsa de sueño común, por inviable, de la que Gran Bretaña (el tercer país más rico de Europa y el segundo en aportación al presupuesto del proyecto comunitario hasta la consumación del Brexit el pasado 31 de enero) despierta con dolor de cabeza tras cincuenta años de relación. Una más que larga relación en cuyo periodo el país británico, por primera vez en su historia, observa cómo registra una tendencia de retroceso imparable de su propio PIB nacional, observa contrariada el hecho de aportar más dinero a la Unión Europea de lo que recibe en términos porcentuales y, además, se siente incómodamente atada a los designios de un parlamento europeo que nunca acaba de considerar como propio. De hecho, los británicos siempre han sido un pueblo muy suyo e independiente, como bien caracteriza su naturaleza ancestral de piratas y colonizadores natos.

Con independencia del devenir futuro de un Brexit duro o consensuado y sus consecuencias a uno u otro lado del canal de la Mancha (de lo cual ya se ha escrito mucho), lo cierto es que el proyecto de la Unión Europea no solo se ha desquebrajado, tras la decisión unilateral de Gran Bretaña de recuperar su propia libertad como estado soberano a todos los efectos, sino que asimismo ha quedado seriamente debilitado como presumible potencia mundial. La devaluación del euro como moneda de cambio internacional está a la vuelta de la esquina (por la pérdida del PIB británico), y el agujero presupuestario en las arcas comunitarias -para inquietud de la cola de león que se ha acomodado al subsidio comunitario- no va ha ser suplido por el sobreesfuerzo de ningún otro estado miembro con posibilidades, como así ya lo ha anunciado Alemania como primera potencia europea -que suficiente tiene con mantenerse fuera de una posible recesión económica nacional- por si alguien aun mantenía algún atisbo de esperanza al respecto.

De lo que se deduce que el horizonte próximo de Europa pasa, como proyección de un previsible efecto dominó, de una pérdida real de peso en el juego del mercado mundial capitalizado por EEUU y China en primer lugar, de una consiguiente debilitación del propio modelo de Bienestar Social en segundo lugar, y en consecuencia de un auge del populismo en tercer lugar; una tendencia sociopolítica en potencia ésta de la que, como es por todos intuido, yace latente el germen de futuras tentaciones segregacionistas por parte de países miembros de la zona euro. (De hecho en España, aunque por motivos de discrepancia con la jurisprudencia europea, ya se han levantado las primera voces que respaldan un “Espexit”).

Sí, el proyecto de la Unión Europea es una farsa, no solo por que tras años de implementación se ha mostrado un modelo debil por incapaz, sino porque es una utopía la estandarización en términos económicos, sociales y jurídicos de las diversas soberanías históricas que configuran el gran puzzle de una vieja Europa recelosa de sí misma, y sobre todo porque Europa hace tiempo que ha dejado de ser el crisol de la civilización en la nueva era tecnológica de la humanidad marcada por la globalización. Ya que en un mundo global, los mercados no vienen definidos por la lógica geográfica, sino determinados por la lógica de la innovación productiva que es quien cataloga y segmenta los sectores económicos posibles a nivel mundial bajo parámetros de glocalización. Una potestad de la que la Unión Europea carece por demostrada incompetencia.

Mientras tanto, Gran Bretaña va a volver a surcar los siete mares bajo su propia bandera en busca de nuevos tesoros, con la confianza recuperada del que se siente libre de navegar a sus anchas, para compensar los posibles desequilibrios que el Brexit pueda conllevar a su PIB nacional. Y a la espera que las grandes fortunas de la vieja Europa, frente a la inquietud de un populismo creciente, busquen refugio en Londres como previsible nuevo paraíso fiscal con régimen tributario favorable y al resguardo del secreto bancario versus el presumible afán recaudador del continente por mantenerse a flote en su persistente política de panem et circenses.

Que la Unión Europea sea una farsa, no significa que Europa lo sea. Que los trovadores a sueldo no nos encandilen como sirenas en alta mar. Lo que se requiere, y con urgencia, es una redefinición de las reglas de interrelación entre los países soberanos miembros, en base a una actualizada visión clara y definida del valor que Europa -en la riqueza de su diversidad- debe representar en un nuevo mundo polarizado y lleno de retos. Que Europa deje de ser un problema para sus ciudadanos y comience a ser una solución para sus problemas cotidianos, conscientes que el modelo continental de los Estados Social y Democráticos de Derecho está en grave peligro de extinción ante la dictadura de un Mercado global. (Ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial). En caso contrario, se puede volver a cumplir el mito de Europa que fue raptada por Zeus, o en este caso por el dios pagano de la globalización, aunque en vez de enreinarla seguro que acabará sometiéndola a un cautiverio sine die.

¿El futuro de la Unión Europea?. Malos augurios se presagian mientras persista la farsa de una historia de desencuentros e intereses partidistas blanqueado por los trovadores de Bruselas, taquígrafo en mano de los eurotecnócratas franco-germanos. Aunque, eso sí, siempre nos quedará Europa como un imaginario humanista y cultural.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano