lunes, 30 de marzo de 2020

¿Ser o Hacer? ¿Somos o Hacemos?, una pregunta propia para este y todos los tiempos


En este mundo dualista lleno de contrastes, hay quienes consideran que la autorealización del hombre se alcanza mediante el cultivo del Ser en vez del Hacer, como es el caso de las corrientes espiritualistas de nueva era (que dicho sea de paso beben de una espiritualidad ancestral, pues nihil novum sub sole), mientras que los hay quienes contrariamente abogan por el Hacer en lugar del Ser, como es el caso de las líneas de pensamiento de índole más materialistas. Entendiendo como Ser la búsqueda última de la esencia innata y apriorística del ser humano con independencia del sistema social de referencias, mediante prácticas metodológicas introspectivas; así como entendiendo el Hacer como la búsqueda de la esencia adquirida y por tanto a posteriori del ser humano en una clara dependencia del sistema social de referencias, mediante prácticas metodológicas extrovertidas. Un debate sobre el Ser y el Hacer que adquiere rabiosa actualidad en un tiempo en el que el mundo se ha paralizado, y con él una gran parte de la actividad productiva, obligando al hombre a un confinamiento domiciliario por fuerza mayor a causa de la crisis de emergencia sanitaria pandémica del coronavirus. Ante esta coyuntura, y dado que se nos ha otorgado tiempo suficiente para poder reflexionar, no hay pregunta más pertinente que plantearnos cuál es la mejor opción para alcanzar la autorealización humana: ¿Ser o Hacer?. Y aún más, en plena inmersión de autoretiro obligado: ¿Somos o Hacemos?, en un intento de dar respuesta a la reafirmación individual de la propia naturaleza como seres humanos.

Presentada la cuestión objeto de análisis, cabe apuntar necesariamente que la respuesta al Ser o al Hacer depende, a todas luces, de la definición conceptual que le otorguemos a dichos términos y a su relación de codependencia. Así pues, se nos abre un abanico de múltiples posibilidades.Veamos:

1.-Sobre la idea de que el Ser es el sujeto condicionante del Hacer:

a.-Podemos determinar que el Ser es aquello que existe o tiene realidad en sentido accidental, es decir que es susceptible de sufrir cambios en su estructura esencial, por lo que dicho Ser requiere ineludiblemente de la participación del Hacer para completarse en su evolución potencial y por tanto alcanzar un estado de autorealización mental y emocional.

b.-Pero, asimismo, podemos determinar que el Ser es aquello que existe o tiene realidad en sentido substancial, es decir que es un ente absolutamente completo per se, por lo que dicho Ser no requiere de la implicación del Hacer para completarse, al contrario éste Hacer puede devenir un factor desvirtuador de la esencia innata y apriorística del Ser como ente autorealizado que es.

2.-Sobre la idea de que el Hacer es el sujeto condicionante del Ser:

c.-En esta línea argumental, y por la ley de la lógica del tercero excluido, podemos determinar que el Hacer es aquello que existe o tiene realidad en sentido accidental en relación a un Ser que no es substancial por devenir una naturaleza evolutiva en potencia.

d.-Y por último, y bajo el principio lógico de no contradicción, no se puede determinar que el Hacer es aquello que existe o tiene realidad en sentido substancial frente al Ser, pues ello equivaldría al reductio ad absurdum de que puede existir un Hacer sin un Ser previo.

Expuesto lo cual, podemos deducir que dependiendo de la escuela filosófica de la que partamos (del dualismo en que participa la espiritualidad o del monismo que se circunscribe a una existencia materialista), revalorizaremos el Ser sobre el Hacer o a la inversa. No obstante, personalmente abogo por un punto medio. Es decir, considero que el Ser es aquello que existe o tiene realidad en sentido tanto substancial como accidental, pues si sólo fuéramos de naturaleza substancial y por tanto autorealizados apriorísticamente perteneceríamos a la dimensión de la perfección propia de los dioses, y si sólo fuéramos de naturaleza puramente accidental equivaldría a negar los rasgos singulares innatos que nos caracterizan como individuos diferenciales de los unos con los otros a imagen y semejanza de una hoja en blanco pendiente de ser rellenada.

Así pues, podemos concluir que la búsqueda de la autorealización personal del Ser humano encuentra su camino tanto en el Ser como en el Hacer. Un juego de equilibrio entre opuestos complementarios que permite al hombre tanto reafirmar sus rasgos singulares apriorísticos como evolucionar, desde dicha base consustancial, hacia un desarrollo evolutivo potencial por integración a posteriori de nuevos elementos en su mismidad. Lo contrario significaría negar la naturaleza empírica del ser humano a la luz de la Razón. Es por ello que no se puede Ser sin Hacer, pues ello equivaldría a no vivir, a no crecer desde la experimentación de la vida; ni se puede Hacer sin Ser, pues ello equivaldría a afirmar una existencia desde la no-existencia absoluta o relativa.

Por lo que la pregunta del ¿Ser o el Hacer? es un absurdo cuya lógica tan solo puede entenderse desde una posición reaccionaria frente a una sociedad polarizada en alguno de ambos extremos. En este sentido, es por todos conocido que vivimos en una era en la que se exalta el culto al Hacer en una sociedad de marcada filosofía productivista, donde el capitalismo como nueva religión imperante entiende la autorealización como bien individual superior a alcanzar mediante el desempeño de un rol social hacedor rentable dentro de un modelo existencial homogeneizador, propio de una lógica mecanicista por fabril, en cuyo contexto el Ser queda despreciado por no ser susceptible de estandarización a los intereses productivistas de turno. En este contexto, se puede llegar a entender la batalla yerma entre los que hoy por hoy enarbolan el estandarte del Ser, como respuesta de rebeldía y resistencia humanista al sistema imperante, y los que defienden la bandera del Hacer, como dignos feligreses de la parroquia productivista reinante, más allá de que unos u otros sean más o menos espiritualistas o materialistas. Y a la espera que llegue el día en que logren comprender, a la luz de la filosofía natural en sentido clásico, que el hombre es a su vez Ser y Hacer.

Dicho lo cual, en este parte de guerra sanitario particular que cada confinado gestiona en la intimidad de su cotidianidad, no dejemos de aprovechar la ocasión para revaluar el equilibrio, si es de menester, entre la relación de nuestro Ser y Hacer personal para beneficio de una existencia lo más gratificante por autorealizada posible. Pues como bien apuntó Aristóteles: in medio virtus, la virtud (de la buena vida) se encuentra en el punto medio.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 29 de marzo de 2020

La Solidaridad, ¿una ilusión para la naturaleza egoísta del hombre?

Foto Carmen Vivas / El Independiente

Todo el mundo conoce el significado, aunque sea intuitivamente, del concepto de Solidaridad como implicación con una causa ajena por un lado, así como un acto requerido en situación de necesidad por otro lado. Por lo que podemos afirmar que implicación y socorro respecto a terceros son las dos ideas estructurales del concepto de Solidaridad. Es decir, si en un supuesto acto de Solidaridad no concurre o bien la implicación con causa ajena o bien la prestación de ayuda en un estado de clara necesidad, no podemos hablar de Solidaridad. En tal caso, Solidaridad sin implicación con la parte requerida hay que considerarla como caridad limosnera, mientras que Solidaridad sin la concurrencia de un estado de necesidad debe considerarse como beneficencia de escaparate, siendo tanto la caridad de limosna como la beneficencia de escaparate variantes manifiestas de un egoísmo interesado. Y todos sabemos que Solidaridad y egoísmo son dos ideales antagónicos por naturaleza.

Dicho lo cual, ¿qué tendencia se considera como natural por apriorística en el ser humano, la Solidaridad o el egoísmo? Si consideramos que prima la primera sobre la segunda, entenderemos la reticencia del hombre de ser egoísta por encima de ser solidario. Mientras que si lo consideramos a la inversa, entenderemos la resistencia del hombre de ser solidario por encima de ser egoísta. Como respuesta genérica a esta doble tesitura, y tomando como caso práctico objeto de estudio el comportamiento del hombre en la actual crisis de emergencia sanitaria global de la pandemia del coronavirus, queda en evidencia que el ser humano es mayoritariamente egoísta por naturaleza en su manifiesta defensa particular de la supervivencia identitaria, lo cual es patente de manera transversal en los multiniveles existentes dentro del sistema de organización social global: a nivel inter vecinal, a nivel inter regiones administrativas de un mismo Estado, e incluso a nivel inter países considerados como “aliados”.

Así pues, si la Solidaridad no es una característica innata del ser humano, debe considerarse por exclusión un elemento filosófico cultural (de hecho, es un concepto relativamente moderno fruto de la ilustración francesa). Una premisa que asimismo no es en absoluto desmerecedora de su alto valor antropológico, y por extensión sociológico, pues la Solidaridad institucionalizada, como otros elementos culturales adquiridos como puedan ser los derechos laborales, el respeto por el medio ambiente o la lucha contra la desigualdad entre géneros, fundamentan los resortes de una evolución en positivo de las sociedades humanas que trascienden al ser humano como ser animal a la categoría de ser social racional. En este sentido, podemos afirmar que el hombre requiere de la Solidaridad como ideal cultural para convertirse en una mejorada versión de sí mismo y, por extrapolación, para crear unas sociedades mejores por más humanizadas.

Lo que está claro, por otra parte, es que las sociedades modernas no integrarían como propio la Solidaridad como ideario individual y grupal a alcanzar sin un consenso colectivo previo. Un consenso social que encuentra su raíz en un sistema de creencias compartido (como herencia de una evolución secular del pensamiento humanista), forjado por una escala singular de valores morales. Por lo que hablar de Solidaridad es hablar de Ética Social. En esta línea argumental, la Solidaridad como Ética abarca tanto la ética de las virtudes, que entiende la Solidaridad como una virtud del comportamiento de las personas a título individual, como la ética de los principios, que concibe la Solidaridad como un principio rector para el conjunto de la sociedad cuya ascendencia afecta de manera integral al modelo de organización de la vida social. Dos caras de una misma moneda de la Solidaridad como Ética Social: la ética de las virtudes y la ética de los principios, una de ámbito individual y otra de ámbito institucionalizada por colectiva, que se retroalimentan mutuamente en el sistema de creencias que conforman la filosofía del hombre moderno, con mayor o menor eficacia.

Tanto es así que la Solidaridad en su dimensión de Ética Social de los principios representa el eje vertebrador de la Ética Política de las sociedades modernas. Pues los principios de Igualdad (de oportunidades) y de Justicia social, como valores superiores de las Democracias actuales, parten de una Ética Política asumida por la humanidad que bebe directamente de la Ética Social de la Solidaridad. O dicho en otras palabras, el comportamiento de la sociedad como sistema de organización política y el comportamiento de los individuos miembros de dicha sociedad como personas libres, se expresan de manera codependiente bajo la regulación normativa del ideario filosófico humanista de la Solidaridad.

La Solidaridad, por tanto, es la Ética Social que los seres humanos nos hemos otorgado culturalmente como seres sociales, bajo el pleno convencimiento que el hombre no puede vivir solo, sino que al contrario necesita vivir en convivencia común para supervivencia y desarrollo evolutivo de la propia especie, lo que comporta de manera implícita una actitud activa de colaboración mútua en los diversos aspectos de la vida humana.

Negar la Solidaridad entre miembros de una misma comunidad social, ya sea en el ámbito interterritorial de un mismo país o en el ámbito exterior entre países con un mismo proyecto socio-político y económico (como es el caso de la Unión Europea), no hace más que menoscabar a nivel político la Democracia global como valor universal, menospreciar a nivel económico la posibilidad de un Mercado humanista como garante del Bienestar Social colectivo, y primar el egoísmo sobre la Solidaridad a nivel social como vuelta a la antigua Ética individualista del hombre preilustrado. Todo un retroceso para la madurez del proyecto común denominado Humanidad se mire por donde se mire.

Quien sabe, quizás la Solidaridad no es más que una ilusión del hombre como ser animal que se cree en su soberbia pueril un ser elevado a la categoría de social. (Ver: El hombre moderno no sabe vivir en sociedad). La Solidaridad, como elemento cultural no innato a la naturaleza humana que es, será previsiblemente plenamente integrado por el hombre -más allá de una imposición por obligado cumplimiento normativo-, cuando éste finalice el irremediable tránsito de su propia evolución biológica a una evolución única y exclusivamente cultural a la luz del conocimiento (Ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento). Solo entonces, la Solidaridad primará sobre el egoísmo en la naturaleza humana, pues habremos completado la metamorfosis de seres animales a seres sociales. Mientras tanto, y aun más cuando vienen tiempos mal dados, el hombre continuará siendo un lobo para el propio hombre.



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano 

sábado, 28 de marzo de 2020

El deber inalienable de defender a nuestros ancianos (versus una “purga” social)


Resulta a todas luces mezquino, propio de una descarada bajeza moral, que un gobierno europeo contemporáneo como es el caso de los Países Bajos -país que cabe recordar fue colonia española durante casi cien años en la época abarcada desde Carlos I hasta Felipe IV-, reproche a los estados soberanos de España e Italia el actual estadio de colapso sanitario en plena batalla contra la pandemia del coronavirus por atender a “personas viejas” en las preciadas por limitadas Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) hospitalarias. Una crítica directa y feroz a la gestión de los recursos públicos sociales de los países del sur de Europa en situación de emergencia sanitaria que, la llamada Europa del Norte (entre los que se encuentran, además, Alemania y el resto de los países nórdicos), esgrimen como baza política para incumplir el principio de solidaridad de ayuda económica entre países miembros de la Unión Europea cuando más se necesita.

Política europea a parte, cuyo proyecto común se demuestra cada día más como una enteléquia (Ver: Unión Europea, la farsa de una historia de desencuentros e intereses partidistas), la discrepancia de visiones interculturales sobre el trato social que se merecen nuestros ancianos es tan antiguo como la propia humanidad. De hecho, desde los orígenes del hombre como ser pensante, existen dos grandes posiciones antagónicas que marcan el perfil evolutivo de las diferentes sociedades modernas: la visión platónica que tiene una concepción positiva de los ancianos en sentido de utilidad social y de virtudes morales, características que recoge el filósofo en su obra La República; y la visión aristotélica que contrariamente tiene una concepción negativa de los más mayores en sentido de inutilidad social y asimismo de vicios morales, rasgos que recoge tanto en su obra La Retórica como en su Ética a Nicómaco.

No obstante, salvo etapas oscuras como la edad media e incluso el renacimiento profundamente influenciados por la línea aristotélica en la escolástica de Santo Tomás de Aquino, la norma general del pensamiento occidental de tradición grecoromana en su evolución a lo largo de los siglos se fundamenta sobre la reafirmación de la posición platónica de valorar la vejez como un bien social a proteger, ya no tan solo por utilidad colectiva como bien público sino de manera indisociable como defensa responsable de la dignidad de la vida humana. En este sentido encontramos tanto al filósofo romano Cicerón en su Diálogo sobre la vejez, que como primer gerontólogo de la antigüedad apuesta por la buena calidad de vida que le corresponde vivir al ser humano en sus últimos años de existencia; pasando por Schopenhauer en sus aforismos que defiende el valor positivo de la vejez con independencia de las dificultades propias de la edad (pues la vejez se llegó a considerar una enfermedad de la que la sociedad debía de prescindir); hasta llegar al siglo XX con la filosofía espiritualista de Hesse en su obra Elogio a la Vejez, o con el existencialismo de Simone de Beauvoir (discípula y compañera de Sartre) con su ensayo La Vejez (1970) que critica la actitud negativa de la sociedad, principalmente la de Estados Unidos y Francia, para con los ancianos. Entre otros.

Asimismo, cabe apuntar que dicha corriente de pensamiento positivo sobre la vejez, propia de una visión cosmológica de corte humanista que sobrepasa las diferentes escuelas filosóficas habidas, ha sido integrado en los principios rectores de la mayoría de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho modernos en su sistema de salud pública, a través de la ciencia de la gerontología como promoción de los cuidados y salud de nuestros más mayores, y de la la geriatría como especialidad médica que se ocupa de su prevención y enfermedades. Por lo que cuestionar el concepto del principio de dignidad de vida de las personas ancianas como un bien público a resguardar, representa atentar tanto contra los valores políticos universales de igualdad y justicia social de las democracias avanzadas, como contra la filosofía humanista -como ideario evolucionado común por consenso colectivo- del hombre como ser trascendental más allá del rol social que ocupa.

Expuesto lo cual, cabe afirmar categóricamente que las sociedades consideradas como modernas por evolucionadas socialmente tienen el deber de proteger a sus miembros más vulnerables, bajo los principios rectores de la Democracia, entre los que se encuentra la población de la tercera edad con especial relevancia. Una obligación política que emana de una responsabilidad de ética social de cuidar y proteger a aquellos miembros de la sociedad que han aportado con su esfuerzo existencial a la construcción de la misma a lo largo de su vida, así como de una responsabilidad moral individual con los ancianos en calidad de nuestros ascendientes familiares con rango de padres o abuelos que nos han otorgado la vida y, en muchos casos en plena situación de crisis económica de rabiosa actualidad, el paraguas social necesario para el sustento de innumerables familias en situación de precariedad económica.

Reducir el concepto de dignidad de vida de nuestros padres o abuelos al valor de utilidad social presente, no solo deshumaniza a las personas ancianas y por extensión al resto de generaciones, sino que equivale a otorgar a la vida un valor productivo en términos de rentabilidad económica, muy propio de la filosofía ultraliberal y por ende carente de toda empatía humana del pensamiento capitalista que impera en el orbe occidental desde las últimas décadas.

Es por ello que frente a postulados que abogan por “sacrificar” a nuestros mayores como estrategia de purga social en pos de rentabilizar la gestión de los recursos públicos de una sociedad no caben medias tintas, sino que al contrario hay que plantar oposición de manera tan decidida como enérgica. A los políticos u otros destacados miembros de la sociedad global, que haberlos haylos (como el caso de Lagarde cuando era directora general del Fondo Monetario Internacional, actual presidenta del Banco Central Europeo, sirva de recordatorio de paso), que defienden tan semejante barbaridad humana, solo cabe el reproche moral alto y claro del conjunto de la ciudadanía, así como la apertura sin dilación de diligencias civiles que acarree el cumplimiento de una pena de trabajo social en centros sociosanitarios de atención de mayores, en combinación con la obligatoriedad de realizar estudios humanistas. Frente al liberalismo deshumanizante, más Platón y Cicerón aunque sea por imperativo legal.


Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 27 de marzo de 2020

Diccionario del Alma (Enardecimiento / Energúmeno, -na) XXXVIIIª Entrega

Nueva entrega del "Diccionario del Alma" allí donde lo dejé con la misma paciencia y motivación de quien tiene un macro puzzle inacabado, sabedor que lo divertido está en el viaje del proceso (que inicié a finales del 2013, y que no sé cuando lo acabaré). Para quienes lo conocen, saben que éste no es un diccionario al uso, sino que describe el eco que cada palabra resuena en mi alma (en un momento concreto y determinado de mi vida, lo que son susceptibles de continua revisión, pues yo -como todos-, no soy nunca siempre igual), por lo que no están todas las palabras sino tan solo aquellas que siguen este criterio.


Enardecimiento: La expectativa de la cuenta atrás por romper salvajemente las restricciones de la dieta.
Encabalgar: La vida en pareja.
Encaballar: El machismo sobre el género femenino.
Encandilar: La responsabilidad de mis hijas frente al estudio.
Encanecer: El desgaste de los problemas.
Encanijarse: Los charlatanes ante la evidencia de la Razón.
Encantado, -da: A mi edad, yo sin ruidos ambientales molestos.
Encantador, -ra: Persona que no tiene impedimentos internos y ni externos en mostrarse con sincera naturalidad.
Encantamiento: Al que me indujo mi mujer desde el primer día que nos conocimos.
Encantar: El poder de la televisión.
Encantes: Un baúl de los recuerdos.
Encanto: Una percepción profundamente personal.
Encañado: Lo que los transportes urbanos a los ciudadanos.
Encañar: Método discriminatorio del mercado laboral.
Encañonar: Las obligaciones derivadas del sistema capitalista.
Encapotar: La nube de la crisis económica sobre el bienestar social.
Encapricharse: El pulso del sentimiento contra la razón.
Encapuchar: Un gesto que produce miedo, a no ser que se trate de poner la caperuza al bolígrafo.
Encaramar: La sociedad superficial a los showmans mediocres.
Encarar: Enfrentar los sueños a la realidad.
Encarcelamiento: Una privación de la libertad individual que puede llegar a ser de carácter tan sutil como eficaz.
Encarcelar: Un acto de contención necesaria contra los hombres que son lobos para los hombres.
Encarecer: 1. Una táctica de los ricos para comprar más barato. 2. La causa dilatoria de la brecha de desigualdad social.
Encarecidamente: Una voluntad decidida.
Encarecimiento: Siempre el precio de la vida cuando ésta más lo necesita.
Encargado,-da: En las malas organizaciones, un rottweiler; en las buenas, un distribuidor de juego.
Encargar: Ceder una responsabilidad.
Encargo: Si se acepta, una obligación adquirida.
Encariñarse: La carga emocional del conocimiento por roce.
Encarnación: La forma de la vida.
Encarnado, -da: Una idea que trasciende la teoría.
Encarnadura: El misterio de la regeneración.
Encarnar: Todo ser humano en su rol profesional.
Encarnizadamente: El odio empuñando la muerte.
Encarnizado, -da: Las disputas fundamentalistas.
Encarnizamiento: Un acto sin ética.
Encarnizarse: Los bancos sobre los desahuciados.
Encarrilar: El trabajo de los padres con sus hijos.
Encartar: La política respecto a la cotidianidad de los ciudadanos.
Encartonar: 1. Un efecto colateral de la vejez. 2. Proceso natural de una idea sostenida en el tiempo.
Encasillado: Primar el hacer sobre el ser.
Encasillar: La respuesta tan fácil como cómoda de la sociedad.
Encasquetar: La acción primordial del sistema educativo.
Encasquillarse: Aquel que intenta reinventarse sin recursos.
Encastillar: La finalidad última del hogar.
Encausar: El dedo acusador de la ley.
Encauzar: Tarea continua de la sociedad por evolucionar.
Encéfalo: Genéricamente, en términos sociológicos, en estado plano.
Encelarse: 1. Toda persona, especialmente los hombres, de manera cíclica. 2. El seguro de supervivencia de la biología.
Encenagarse: El político y el ejecutivo.
Encendedor, -ra: La pareja inseparable de mi pipa.
Encender: Permanecer en la luz.
Encendido: 1. Un acto mental con un alto coste de energía personal. 2. El medio para la trascendencia humana.
Encerado, -da: La dependencia del brillo.
Encerar: Alargar un tiempo de vida útil.
Encerrar: 1. Un acto impositivo de control. 2. En el caso de los animales, una aberración carente de toda sensibilidad contra la propia naturaleza.
Encerrona: El precio de la experiencia por desconocimiento o inocencia.
Encestar: Tirar un papel en la papelera.
Encía: El escudo protector del mordisco.
Encíclica: Una carta intrascendente para el hombre de razón.
Enciclopedia: Una pasión infantil que perdura aun en la madurez.
Enciclopedismo: La base filosófica de los actuales Estados Sociales y Democráticos de Derecho.
Encierro: Si no es por voluntad propia, un fastidio.
Encima: Su interés depende del sistema de referencias.
Encina: Un paisaje ya borroso del Mediterráneo.
Encinar: Un espacio mágico.
Encinta: La belleza de la divina feminidad.
Enclaustrar: Un acto que, en el pleno uso de las facultades mentales de una persona, puedo llegar a comprender.
Enclavar: Lo que la deuda de Estado a las clases trabajadoras.
Enclenque: La solidaridad.
Enclocar: El estudiante en su silla de estudio.
Encoger: El dinero en tiempos de crisis económica.
Encogido, -da: Actualmente, el consumo impulsivo.
Encogimiento: Estado natural del que no se mueve para no gastar.
Encojar: La economía productiva sin clase media.
Encolar: Apañar un roto.
Encolerizar: El pico de una rabia por impotencia.
Encomendar: (se) Solo a mis seres queridos.
Encomiar: A los sanitarios, fuerzas de seguridad y servicios públicos en su lucha contra la pandemia del coronavirus.
Encomiástico, -ca: Los aplausos en los balcones a las ocho de la tarde de la ciudadanía en estado de confinamiento domiciliario.
Encomienda: Encargo de rabiosa actualidad de la humanidad a la Ciencia.
Enconamiento: A los políticos irresponsables y negligentes por ombligocentristas.
Enconar: Estrategia de los independentistas contra la concordia social.
Encontradizo,-za: Táctica más o menos descarada de quien busca un beneficio personal.
Encorar: El cinturón de cuero a la cintura.
Encordarse: Casarse con una persona, una empresa, o un ideario.
Encortinar: Proteger la intimidad.
Encorvar: El peso de la vida sobre la espalda del hombre.
Encovar: Meter a una persona en un piso urbano minúsculo y sin luz solar directa.
Encrespar: 1. Un juego ilusionista con el cabello. 2. Personalmente, comer en un espacio apretado entre comensales.
Encrucijada: La vida misma a cada nuevo paso.
Encruelecer: Un abuso de uso excesivamente común de los partidos de raza identitarios.
Encuadernación: Un amor a primera vista.
Encuadernador, -ra: Un cirujano de libros.
Encuadernar: Abstenerse si no implica vocación.
Encuadrar: El hábitat de referencia de los pensamientos colectivos.
Encubiertamente: La verdadera intención a descodificar de los políticos.
Encubridor, -ra: Sin lugar a dudas, la distracción del consumismo.
Encubrimiento: Engañar a sabiendas.
Encubrir: Propio de los cobardes y los egoístas que tienen algo que esconder moralmente reprobable.
Encuentro: Si es esperado, toda una fiesta.
Encuesta: Un engaño intencionado encubierto en la misma formulación de las preguntas.
Encumbrado, -da: El arte humanista.
Encumbramiento: Solo se alcanza a través de la idea del hombre como ser trascendental.
Encumbrar: En la actualidad, un ejercicio desvalorado por una grave carencia de criterio.
Encharcar: Sobresaturación de sujetos en un medio no diluyente.
Enchufar: El networking de ciertos círculos sociales.
Enchufe: Carta de recomendación de la dedocracia.
Ende (por): Un familiar vulgar del Ergo.
Endeble: La liquidez del sistema financiero español.
Endeblez: La consistencia de demasiados argumentos de moda.
Endecasílabo, -ba: Un versar muy de Garcilaso de la Vega.
Endemia: La alergia primaveral.
Endémico,-ca: La envidia y la apariencia española, propio de complejos de inferioridad no resueltos.
Endemoniado, -da: Sin inmiscuir a la religión por medio, la personificación del mal en la humanidad.
Endentecer: El descubrimiento del placer por morder.
Enderezador: La autodisciplina.
Enderezar: Regresar al camino.
Endeudarse: El destino insalvable de los pobres.
Endiablado, -da: Un chiquillo travieso por impertinente.
Endibia: No es de mi predilección, la verdad sea dicha.
Endiosamiento: Lo que el rentable opio del pueblo convierten a los futbolistas.
Endiosar: Estatus de tuerto en un país de ciegos analfabetos.
Endocardio: Las paredes de la vida.
Endocarpio: El hueso a evitar.
Endomingarse: Aparentar ser guapo e incluso elegante.
Endosar: El muerto que nadie quiere.
Endrina: La perla del pacharán.
Endulzar: 1. La vida, todo lo posible. 2. El café, siempre.
Endurecer: Experimentar.
Endurecimiento: Efecto del paso por la vida.
Enea: Antigua ciudad griega.
Enebro: La madre ancestral del pacharán.
Enemigo, -ga: Un envidioso por acomplejado.
Enemistad: Una mistad que nunca fue.
Enemistar: Proceso natural estadístico de conocerse.
Energía: 1. La fuerza motriz del Universo. 2. El alfa y el omega del mundo de las formas.
Enérgico, -ca: Personas con un alto nivel asegurado de éxito social.
Energúmeno, -na: Tipo de tribu urbana muy prolifera.


jueves, 26 de marzo de 2020

Tipos de responsabilidad personal de carácter social frente a la vida


Ayer noche, en ocasión del artículo “La sombra alargada de la Muerte nos obliga a cuestionarnos nuestro paso por la vida”, mi mujer Teresa y yo mantuvimos una entretenida tertulia filosófica nocturna, al calor de un buen vino copa en mano, sobre la idea de la universalidad o no de la pregunta trascendental que supuestamente se hace todo ser humano, al filo de su muerte, respecto a la utilidad y aprovechamiento de su propia existencia en vida, entendida como aportación social realizada. Una premisa que si bien personalmente daba por hecho, tal y como se pone de manifiesto en la reflexión anteriormente citada, mi mujer de dogma existencialista frente a la vida y nihilista frente a la muerte me obligó por la fuerza de la lógica de la razón a someterla bajo cuarentena de duda. Por lo que de éstos barros de debate racional a altas horas de la noche de ayer éste nuevo lodo de pensamiento reflexivo de hoy.

Siempre he partido de la base, por condicionamiento de una formación clásica de corte humanista debo admitir, que el hombre es un ser social por naturaleza como bien apuntó inicialmente Aristóteles y confirmó posteriormente, con todos sus matices, el ilustrado Rousseau a través de su Contrato Social, base de la filosofía política de los actuales Estados Sociales y Democráticos de Derecho. Pero no es menos cierto que la idea filosófica del hombre como un ser social se ha visto corrompida principalmente en los dos últimos siglos, y con mayor fuerza si cabe en las últimas décadas, por el capitalismo liberal que ensalza el individualismo como bien superior de las sociedades modernas. (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

Es por ello que cabe apuntar que ante la pregunta trascendental que supuestamente se puede llegar a plantear una persona en su lecho de muerte sobre si su vida ha tenido o no algún tipo de utilidad para el conjunto de la humanidad, si nuestro efímero paso por la vida ha dejado o no algún tipo de legado para la misma como requisito imprescindible de autoexamen obligado para alcanzar una muerte serena y en paz, no necesariamente se cumple como norma estandarizada, y por tanto no puede considerarse de carácter universal a la luz de una filosofía de vida individualista. Pues la pregunta trascendental objeto de la presente reflexión de la que se parte deriva de una concepción vital de responsabilidad social respecto a los demás, propio de la idea del hombre como ser social por naturaleza, que no se da en la lógica de la idea del hombre como ser individual, y por tanto egocentrista, por naturaleza adquirida dentro de las culturas hedonistas.

Por otro lado, y como nota aclaratoria, el hecho de cuestionarse sobre la construcción en vida de un legado para la posterioridad, no debe entenderse dicho legado exclusivamente en el sentido de la búsqueda de un reconocimiento post mortem de nuestra actividad mortal, ni que dicha aportación en vida vaya dirigida al conjunto de la humanidad stricto sensu, ya que el concepto de humanidad en este sentido puede tanto abarcar tan solo el ámbito de vida de nuestros seres queridos más allegados hasta alcanzar al conjunto de la misma, según cada caso en particular y sin que ello sea objeto de ningún juicio de desvaloración moral. Solo faltaría.

Expuesto lo cual, frente a la idea planteada inicialmente de si toda persona en fase terminal se cuestiona sobre su aportación realizada en vida como legado personal al abrigo de obtener un estado de consciencia gratificante que le aporte un tránsito en paz, y sobre la premisa ya asumida que dicha pregunta trascendental no es de carácter universal por irrupción de la filosofía existencial individualista contemporánea, cabe definir tres grandes perfiles conductuales de responsabilidad personal de carácter social frente a la vida:

1.-Responsabilidad Social Natural

Entenderemos en éste grupo a aquellas personas que, desde una visión de la vida integrada en la responsabilidad personal social, tienen la imperiosa necesidad existencial de preguntarse sobre la utilidad de su legado en vida como medio de trascendencia personal. En este caso, nos encontramos ante un hombre como ser social por naturaleza, heredero de un sistema de referencias humanista, y cuyo concepto de responsabilidad personal social se fundamenta en una Ética de valores morales universales.

2.-Responsabilidad Social Desnaturalizada

Entenderemos en éste grupo a aquellas personas que, desde una visión de la vida conceptualizada culturalmente pero no integrada en la responsabilidad social, no se cuestionan la pregunta sobre la utilidad de su legado existencial por ausencia de una requerida necesidad vital de trascendencia personal, inclinándose previsiblemente por priorizar un simple balance vital de aprovechamiento y disfrute personal. En este caso, nos encontramos ante un hombre como ser social desnaturalizado, heredero de un sistema de referencias propias del Mercado, y cuyo concepto de responsabilidad personal social se fundamenta en una Ética de valores morales temporales.

3.-Responsabilidad Asocial Individual

Entenderemos en éste grupo a aquellas personas que, desde una visión de la vida ni conceptualizada culturalmente ni integrada sobre la responsabilidad social, solo se cuestionan el simple balance de aprovechamiento y disfrute personal de su existencia como sentido de una entendida responsabilidad vital de obligado cumplimiento única y exclusivamente consigo mismos. En este caso, nos encontramos ante un hombre como ser individual, heredero de un sistema de referencias hedonista, y cuyo concepto de responsabilidad personal social se fundamenta en una Ética de valores morales particulares.

No cabe decir que, salvo raras excepciones de autofidelidad y coherencia personal, en una sociedad ecléctica y altamente cambiante por global el ser humano moderno genérico puede combinar en su haber existencial los tres tipos diferentes de responsabilidad personal social, de acuerdo a sus filosofías de vida adoptadas en cada etapa de su viaje mortal. Pero que aun y así, y llegado el momento del recuento final, como moribundos que todos sin excepción llegaremos a ser en nuestro lecho de muerte (con o sin la sombra alargada de la guadaña pandémica mediante), el resultado último de nuestro balance vital revelará de manera diáfana el grado de tipo de responsabilidad personal social que prima sobre el resto. Y a partir de aquí, cada cuál deberá reformular la pregunta de la mejor manera que estime oportuno sobre su nivel de aportación, aprovechamiento o satisfacción de la vida vivida de cara a afrontar emocional e intelectualmente su tránsito a la dimensión del nunca jamás.

No obstante, y a modo de conclusión, considero que el hombre es un ser social por naturaleza en sentido clásico porque asimismo el hombre es un ser trascendental, elemento diferencial por idiosincrasia del resto de animales. Por lo que no hay mayor elevación personal que el hecho de vivir la existencia desde un trabajo continuo de trascendencia respecto con uno mismo y en relación con los demás como miembros de una misma comunidad (Responsabilidad Social).Un arte de vida elevado, propio del humanismo, que permite afrontar la muerte desde la serena gratificación de una trascendencia cumplida. Aunque sé, como filósofo efímero convencido, que toda reflexión expuesta es susceptible de ser rebatida argumentalmente e impugnada filosóficamente.



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 25 de marzo de 2020

La sombra alargada de la Muerte nos obliga a cuestionarnos nuestro paso por la vida

Bergamo, Italia. Imagen de féretros por muerte de coronavirus

Pocas veces en la historia de la humanidad la sombra alargada de la Muerte se llega a percibir colectivamente de manera tan tangible como en la actual situación de una plaga pandémica, de naturaleza tan ancestral como casi bíblica, a la que se ve sometida el conjunto de la población mundial. Sí, vivimos un tiempo en que podemos sentir, aun sin ver, el revoloteo de la temida guadaña sobre nuestras propias cabezas.Y en esta situación, el estupefacto hombre moderno que hasta la fecha creía controlarlo todo, como inconfesable animal temeroso frente a las fuerzas sobrenaturales del Destino, se aferra a la vida agarrando catatónicamente uno de los dos cabos de salvación más próximo a su mano: el de la Razón, como bastión de la ciencia, o el de la Fe, como refugio de creencias supersticiosas. Según rece la convicción de cada cual. A su vez que, indistintamente, éste hombre de Razón u hombre de Fe intenta esconderse, en lo más profundo de su intimidad doméstica, para procurarse no ser delatado en su efímero aliento vital a los escrutinadores sentidos en alerta de la sombría y gélida figura de la Parca.

En esta tesitura, es inevitable relacionar las ideas de la Muerte y del Destino en un intento vacuo del hombre de todos los tiempos por dar respuesta existencial a conceptos opuestos irreconciliables como son la vida y la muerte, o el propio sentido del bien y del mal. No obstante, permítaseme no entrar en los mismos por haberlos desarrollado ya con anterioridad (Ver: Reflexión sobre la Muerte y ¿Existe el Destino o es otra cosa?), y porque es licencia de autor entretener los pensamientos en estas horas de espera sine die en reflexionar cómo el hombre, en nuestra frágil condición, afronta un devenir hacedero de naturaleza tan indecible como es la Muerte.

En condiciones normales, y en el seno de sociedades tan avanzadas sanitariamente -gracias al alto nivel de desarrollo de la ciencia médica- como opulentes en recursos de bienes y servicios sanitarios -por fortaleza del sistema de Bienestar Social, aun en estado de colapso-, una persona media suele someter a examen de consciencia el resultado del balance entre su haber y deber existencial al final de un largo viaje transitado por el mundanal teatro de la vida. Pero en una situación de plaga pandémica como la que nos toca vivir de rabiosa actualidad, donde la regla estipulada como normalidad adquirida queda suspendida a expensas de los caprichosos designios de la mortífera huesuda, queda abierta la caza aleatoria contra toda persona con independencia de su edad, género, condición social, capacidad intelectual, ideología, tendencia sexual, o raza. Todos, sin excepción alguna, podemos ser llamados sin aviso previo, y lo que resulta más terrible sin ocasión de podernos despedir de nuestros seres más queridos, en la cosecha indiscriminada de la larga guadaña.

Ante esta realidad de una posible fatalidad del azar, al ser humano consciente no puede más que embargarle dos imperiosas sensaciones, una de carácter emocional y otra de carácter mental. Emocionalmente, la posibilidad de una muerte sobrevenida por incontrolable y misteriosa activa instintivamente el profundo miedo ancestral a dejar de existir, más allá que la persona abrace el agnosticismo, el ateísmo o algún tipo de teísmo entre las 4.200 religiones existentes en el planeta. Una emoción básica que cada persona, en el fuero de su interior, deberá gestionar en concordancia con su credo individual llegado el caso. Mientras que mentalmente, la idea de una muerte súbita por repentina y rápida nos hace plantearnos una pregunta indelegable de ámbito trascendental: Y yo, ¿qué legado dejo para la humanidad?. Una pregunta, reformulada de manera tan diversa como personas respiran, cuya respuesta es tan singular como singular es la suma de historias que conforman la vida mortal de un hombre, y que obviamente traspasa el umbral del sentido de la individualidad de una existencia propia percibida como satisfecha o insatisfecha.

No obstante, tanto la adecuada gestión emocional que contrarreste el profundo miedo de dejar de existir, como la búsqueda de una respuesta gratificante a la pregunta mental trascendental de la aportación individual hecha en vida a la humanidad, solo tienen un fin último y común a todos los seres humanos: morir en paz. Pues no existe mayor terror para cualquier moribundo que afrontar el postrero suspiro con un profundo miedo a morir y con la triste e incluso rabiosa decepción de una vida mal vivida por desaprovechada.

Que la vida es un tiempo que nos regala día a día la Muerte, lo sabemos desde que tenemos consciencia de razón. Pero todos, a excepción de suicidas y otras tipologías de trastornos mentales, anhelamos vivir en el ilusorio de un tiempo eterno, emulando así la naturaleza reservada para los dioses. Y en ese imaginario entretenemos nuestra volátil vida en múltiples tareas mundanas por cotidianas, llegando a confundir lo verdaderamente importante de los superficialmente prioritario. Hasta que la alargada sombra de la Muerte hace presencia de manera prácticamente corpórea guadaña en mano, con una absoluta falta de cortesía y decoro por los sueños propios y de nuestros seres queridos, invadiendo atropelladamente la tranquilidad cotidiana de nuestras vidas para alterarlas en un inquietante estado colectivo de terror contenido. Es entonces que uno, como mortal que es y frente a la inevitabilidad de dejar un día cualquiera de ser, en un presente vívido en el que la Muerte se manifiesta descaradamente como una realidad tangible más allá de las fúnebres estadísticas televisadas, no puede más que hacerse la gran pregunta de carácter trascendental: Si hoy me toca partir, ¿cuál habrá sido mi aportación en ésta vida?.

Una gran pregunta que merece una gran respuesta, pues no es un tema menor. Y cuya conclusión, previsiblemente, puede llevar a una redefinición personal de la escala de valores, lo cual en muchos casos seguro resulta un ejercicio muy saludable. Pues al final, mejor tarde que temprano, todos deberemos enfrentarnos a una propia autoevalución existencial en nuestro día particular del juicio final. No obstante, y mientras gocemos del privilegio del tiempo suficiente para reflexionar sobre ello indulgencia de la Parca mediante, e independientemente del resultado al que cada cual pueda llegar, no está de más que en éstos tiempos de corte apocalípticos nos proveamos de alguna moneda de plata para guardar a buen recaudo como paño en oro en el bolsillo, por si a caso nos viéramos en la imprevisible e imperiosa necesidad de tener que pagar al mítico barquero Caronte que conduce a los difuntos al otro lado del río de este mundo. Pues, solo la Muerte y el Destino, conocen los dados con los que juegan.

[Este artículo ha sido revisado / ampliado a posteriori  en: Tipos de responsabilidad personal de carácter social frente a la vida]



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 24 de marzo de 2020

Teorema de las ruedas de hámster interconectadas en red


En estos días de cuarentena aconsejada u obligada que vive el hombre en la práctica totalidad del globo terráqueo a causa de la pandemia del coronavirus, cuyo efecto directo más patente es el confinamiento domiciliario (Ver: Confinamiento o el síndrome del león enjaulado), se multiplican por cientos los vídeos que corren por las redes sociales de personas haciendo ejercicio en los espacios limitados de sus hogares urbanos. La razón causal debe encontrarse en tres factores determinantes: en una primera instancia de carácter fisiológica, en el alto grado de necesidad de actividad que tiene el ser humano como animal inquieto que es; en una segunda instancia de índole cultural, en la reafirmación de un comportamiento estereotipado dentro de una sociedad que rinde culto al deporte como bien estético y saludable; y en una tercera instancia más de ámbito psicoemocional, y derivado de las dos anteriores, en la dependencia del hombre social de sentirse altamente valorado por la comunidad conocida (e incluso desconocida, pero no por ello menos expuesto) a la que pertenece. Sea como fuere, y salvando las singularidades de cada caso en particular, lo cierto es que dicho comportamiento de rasgo casi impulsivo, que con independencia de las motivaciones particulares conduce a la persona a un estadio de placer autogratificante, es perfectamente equiparable al hábito conductual propio de los roedores en las conocidas ruedas de hámster.

Expuesto lo cual, observemos que en este supuesto real de rabiosa actualidad tenemos dos componentes claves: la rueda de hámster en la que hemos convertido los pequeños espacios domiciliarios urbanos, y la conexión entre las mismas a través de internet mediante las aplicaciones de las diversas redes sociales existentes. Por lo que podemos decir que en la actualidad somos protagonistas excepcionales de una sociedad de ruedas de hámster interconectadas en red.

Pero más allá de la curiosa imagen que nos plantea el caso objeto de reflexión, lo interesante es dilucidar las implicaciones del mismo sobre la naturaleza humana. En este sentido, destacaría tres rasgos característicos a modo de teorema:

1.-Si partimos de la hipótesis que una red interconectada de ruedas hámster retroalimenta, bajo la lógica del principio de simpatía (o principio de halo), un trabajo conjunto por común por parte de personas a título individual que es, en este caso, correr en la rueda de hámster (entendida como metáfora de hacer deporte en situación de reclusión domiciliaria).

2.-Podemos afirmar como tesis argumental que las ruedas de hámster interconectadas en red son, por un lado y en sentido formal reproductores de comportamientos humanos, mientras que por otro lado y en sentido substancial se equipara a un gran ordenador multiorgánico al verse afectadas más de dos personas en un dinámica conductual preprogramada.

3.-Por lo que se puede concluir, vista la relación existente entre hipótesis y tesis, que una red interconectada de ruedas de hámster permite potencialmente codificar conductas humanas con un alto nivel de control por parte de un primer emisor conductual con una clara y definida intencionalidad.

Realmente, la naturaleza del presente teorema expuesto no desvela nada que ya no conozca el neuromarketing, como poderosa herramienta al servicio de los intereses partidistas de la oligarquía de las economías de Mercado, en un mundo global e interconectado a tiempo real por las tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Pero sí que pone en relevancia, una vez más, la fragilidad de la voluntad humana entendida como libre albedrío, lo cual debe hacernos revalorizar la denostada capacidad del pensamiento crítico a nivel individual como garante de la libertad personal y autodefensa saludable frente a una premeditada maquinaria de control de masas.

Ser partícipes de la teoría de la rueda de hámster interconectada en red no es negativo per se, como manifestación de un contexto sociológico singular por temporal, mientras el hombre preserve su plena consciencia de ser racional capaz de trascender a voluntad crítica la dinámica conductual de los tan simpáticos como simplistas amigos roedores. No obstante, no todas las ruedas de hámster se muestran tan evidentes en la compleja sociedad humana en la que coexistimos, y de las que somos en muchos casos coautores necesarios por acción u omisión, por lo que cada cual a las luces de su propio entendimiento y capacidad dilucidora debe preguntarse si vive su existencia cotidiana como un ser humano de pleno derecho natural o como un dúctil y manipulado por dirigido roedor. ¿Persona o ratón?, he aquí una pregunta existencial para el examen de consciencia individual solo apta para valientes y amantes de la libertad personal.



Nota: Para artículos de reflexión sobre filosofía contemporánea del autor se puede acceder online a la recopilación del glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 23 de marzo de 2020

¿Reconstruir o Reinventar la sociedad?, dos opciones posibles para la era postpandémica


Como sabemos, reinventar no es lo mismo que reconstruir, ya que la primera equivale a crear una nueva realidad sobre la basal existente, y la segunda equivale a reparar una realidad destruida o deteriorada para dejarla tal y como era manifestada con anterioridad. Y, ¿cuál es el factor clave que determina una u otra opción?. Sin lugar a dudas: la percepción de beneficio social. Entendida ésta en términos de seguridad y bienestar, por parte de la subjetividad colectiva, frente a un incierto por desconocido sistema de referencias de una nueva realidad a afrontar en un futuro a corto y medio plazo.

Frente a esta línea de pensamiento, la percepción de beneficio social como palanca de acción colectiva se verá decantada, a la luz de la naturaleza humana, por la reconstrucción o la reinvención de la sociedad siempre y cuando se cumplan los siguientes factores clave:

1.-Primará la reconstrucción sobre la reinvención cuando exista la expectativa de cumplimiento de un estado de seguridad y de bienestar social como constante ininterrumpida de la realidad previa originaria a la crisis vivida.

2.-Primará la reconstrucción sobre la reinvención cuando, aún no existiendo la expectativa de cumplimiento de seguridad y de bienestar social como constante ininterrumpida de la realidad previa originaria, la sociedad no llega a alcanzar un punto de inflexión de cambio de mentalidad colectiva derivado de la crisis experimentada, por irrelevancia temporal y/o de intrascendencia en las consecuencias sociales derivadas de ésta.

3.-Primará la reinvención sobre la reconstrucción cuando no exista la expectativa de cumplimiento de un estado de seguridad y de bienestar social como constante ininterrumpida de la realidad previa originaria a la crisis vivida.

Y, 4.-Primará la reinvención sobre la reconstrucción cuando exista un punto de inflexión de cambio de mentalidad colectiva alcanzado por la sociedad, derivado de la relevancia temporal y la trascendencia de las consecuencias sociales existentes como efecto directo de la crisis experimentada.

Ante la contingencia de dichos escenarios, cuya suma de historias posibles conducen a la resolución de uno u otro tipo de realidad, los acontecimientos marcados por el flagrante Principio de Realidad apuntan a que nos encontramos en un alto grado de valor porcentual sobre las dos últimas premisas expuestas, las cuales tienen como denominador común la preponderancia de la reinvención sobre la reconstrucción de la realidad social. Argumentos suficientemente respaldados y desarrollados en anteriores reflexiones como “Coronomía: ¿qué escenario económico nos deparará el día después de la pandemia?” y “El Bienestar Social, un patrimonio a defender fuera de las leyes del Mercado”, por lo que no voy a extenderme en los mismos.

Dicho lo cual, la pregunta pertinente no es si la sociedad contemporánea alcanzará un punto de inflexión de cambio de mentalidad colectiva en su percepción de beneficio social que le lleve a optar por la reinvención de la sociedad en detrimento de la reconstrucción de la misma, ya que dicho estadio se prevé plenamente asumido en un plazo de tiempo breve por el propio proceso tan disruptivo como transformador de la actual crisis de la pandemia global aun en fase de previsible larga y compleja evolución (teoría de la rana y el agua hirviendo), sino que la pregunta que debemos plantearnos es qué rasgos característicos por singulares va a conllevar dicho cambio de mentalidad colectiva. Una respuesta que, por su carácter transversal al conjunto de la sociedad, comporta una multirespuesta acorde a los diversos niveles afectados de la dimensión humana actual.Veamos los más relevantes:

A.-Economía

A nivel económico, una previsible reinvención de la sociedad como efecto directo del cambio de mentalidad colectivo del principio de percepción de beneficio social, conllevará necesariamente una reestructuración de las reglas del Mercado tal y como las conocemos, las cuales pivotarán sobre dos grandes ejes estructurales:

1.-Por un lado, un cambio de paradigma tanto en la explotación, producción y distribución glocales en los recursos de bienes y servicios, como en la dinámica misma de dicho mercado laboral.

2.-Y, por otro lado, una mayor tendencia socializadora de los actores públicos sobre el sector privado.

Dos grandes líneas de trabajo legitimadas al amparo de una imperante por necesaria sostenibilidad de la protección del principio de dignidad para la vida del conjunto de las personas, y su desesperado equilibrio con la supervivencia de unos Estados obligatoriamente sobreendeudados.

Dicho en otras palabras, la reinvención social en materia de las economías de Mercado conllevará a una redefinición del Capitalismo tal y como lo conocemos hasta la fecha, no en un sentido negativo de abolición por substitución de otro sistema económico opuesto, sino en un sentido positivo de evolución humanista del mismo que permita corregir las grandes desigualdades sociales existentes fruto de una mala praxis ultraliberal del propio Mercado protagonizado en las últimas décadas.

B.-Política

A nivel político, una previsible reinvención social como efecto directo del cambio de mentalidad colectivo del principio de percepción de beneficio social, y derivada asimismo de la necesaria reinvención económica anteriormente expuesta frente a un sistema capitalista fallido que requiere de una apremiante actualización humanista, conllevará necesariamente una reestructuración de los pilares rectores de la Democracia tal y como la conocemos, los cuales pivotarán sobre dos grandes ejes estructurales:

1.-Redimensionamiento al alza del Estado de Bienestar Social sobre cualquier otra política presupuestaria gubernamental.

2.-Y redefinición del principio de libertad, en los Estados de Derecho, como derecho fundamental de los ciudadanos y valor superior del ordenamiento jurídico.

Si bien el primero se fundamenta en la emergencia de la protección y defensa de la vida digna de las personas a título individual en un estado de posguerra pandémica, el segundo viene derivado de éste ante el obligado requerimiento de alienar por reajuste la libertad individual a los preceptos del orden social y del interés general, resituando los márgenes de la libertad personal en el mismo plano orgánico de un derecho real (y no teórico) de igualdad de oportunidades entre los miembros de una sociedad.

Dicho en otras palabras, la reinvención social en materia política conllevará una redefinición de la Democracia como sistema de organización social, en el que el Estado asumirá un papel más paternalista y las libertades individuales se verán supeditadas al bien común por imposición del principio de disciplina social (Ver: Disciplina Social, la defensa del bien colectivo frente a la irresponsabilidad individual). En este sentido, si bien la esencia de las democracias se mantendrá intacta en la orbe de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho, la reinvención social transmutará, por consenso político de las mayorías, el modelo de Democracia Liberal actual en un modelo de Democracia Socializadora.

C.-Sociología

Mientras que a nivel social, una previsible reinvención social como efecto directo del cambio de mentalidad colectivo del principio de percepción de beneficio social, y derivada asimismo de la necesaria reinvención económica y política anteriormente expuestas, conllevará un cambio en los parámetros éticos de la sociedad como colectividad y, por extensión, en los hábitos cotidianos de las personas a título individual como actos reflejos de los nuevos valores morales imperantes.

Por lo que es presumible entender que, en una nueva sociedad reinventada que transita de una filosofía liberal a una filosofía socialibizadora en materia tanto económica como política, el individualismo entendido como expresión de una libertad radical propio de una cultura hedonista -es decir, que actúa exclusivamente desde su propia voluntad sin atender a las normas de comportamiento que regulan sus relaciones con la realidad social más inmediata-, se verá profundamente abocado por imperativo legal hacia la conversión de un individualismo más responsable y solidario por colectivizado. Lo cual no implica en absoluto la extinción del individualismo como medio y capacitación del desarrollo personal, sino una reformulación del mismo en un nuevo sistema de referencias sociales donde el bien colectivo se impone sobre el bien privado. Es decir, pasaremos de la máxima vigente de Hobbes de “el hombre es un lobo para el propio hombre”, a retomar la máxima clásica aristotélica de “el hombre es un ser social por naturaleza” en el sentido de que todos los miembros de una misma sociedad nos necesitamos recíprocamente tanto para sobrevivir como para asegurarnos una vida digna en común. En este contexto, se puede afirmar que el individualismo inconscientemente social trascenderá hacia un individualismo conscientemente social.

Expuesto lo cual, y a modo de síntesis, podemos concluir que la crisis sanitaria global de la pandemia ocasionada por el coronavirus nos abre la puerta, o mejor dicho nos empuja, hacia la posibilidad de aprovechar una oportunidad histórica de cambio integral para la mejora evolutiva tanto de las deficientes sociedades democráticas, como del desequilibrado sistema económico de corte capitalista actual. O al menos desde un punto de vista de estadística de probabilidades, ya que al final todo dependerá de la decisión que tomen las sociedades en su conjunto en concordancia con su nivel concreto de madurez de consciencia social colectiva. ¿Reconstruir para quedarnos como estábamos o reinventar para mejorar? He aquí la cuestión. Sabiendo que ambos escenarios no quedan exentos de la consiguiente etapa que nos toca afrontar de una crisis económica, política y social propia de un estado natural de posguerra.

No obstante, sea cual sea la opción elegida finalmente, en línea o a contracorriente al Principio de Realidad, toda decisión tomada siempre será temporal en la historia de la humanidad hasta que la ley del movimiento pendular nos obligue, por reacción evolutiva, a replantear nuevamente los fundamentos de la realidad conocida en sentido opuesto. Pues la vida, y con ella las sociedades humanas, se rige por un flujo continuo cuyo movimiento evoluciona en espiral ascendente mediante la fuerza cinética creada por la alternancia entre sus opuestos en un mundo profundamente dual. Un movimiento evolutivo que, para aprendizaje de la soberbia humanidad tecnológica, ahora sabemos mejor que nunca que puede estar producido por un imprevisible cisne negro tan pequeño e incontrolable por invisible como lo es un virus de nueva generación. Por lo que el control humano sobre la realidad autoconstruida no deja de ser una ilusión por temporal. Así pues, aprovechémonos positivamente como sociedad, mientras dure, de dicha ilusión. Como dijo el César, alea iacta est.



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