domingo, 3 de noviembre de 2019

El Positivismo Pseudoreligioso: la trampa hacia la infelicidad de los pusilánimes


Hoy en día, o eres positivista o “no se te juntan”, como dirían en el argot juvenil. Y es que actitudes incluso como el enfado por desagrado y la no aceptación de una realidad concreta no es una opción socialmente bien vista en los tiempos que corren. Pero, ¿qué es eso del positivismo?. Realmente, cuando hacemos mención al positivismo podemos aludir a tres tipos bien diferenciados. Véase:

En primer lugar tenemos el Positivismo Filosófico (o filosofía positiva), que entiende que el conocimiento auténtico es aquel fundamentado en la verdad objetiva resultante de un razonamiento empírico por uso del método científico. Un tipo de positivismo sintetizado en la célebre frase del filósofo empirista Bacon de “el conocimiento es poder”, o en la locución latina sapere aude (atrévete a saber) popularizada por Kant. Pero no, no es éste el tipo de positivismo al que nos referimos inicialmente, pues el Positivismo Filosófico es un planteamiento que sociológicamente se encuentra en desuso en los tiempos presentes, no solo porque toda la Filosofía ha sido desterrada de la sociedad contemporánea, sino porque ésta atiende en su día a día más a un conocimiento de tipo mitológico (inducido por la fantasiosa y artificial cultura de ocio consumista del Mercado) que por un conocimiento estrictamente objetivo de la realidad. (Ver: Vivimos en una sociedad en la que valemos más por ser clientes/consumidores, antes que ciudadanos y personas y En una sociedad visual, la palabra se destierra comomedida contra la libertad de pensamiento ).

En segundo lugar tenemos el Positivismo Jurídico (o derecho positivo), que entiende que la ley escrita y desplegada socialmente como una creación humana -mediante un órgano soberano legislativo- es de obligada observación y cumplimiento (iuspositivismo). Pero no, tampoco es éste tipo de positivismo al que nos queremos referir como objeto de la presente reflexión, ya que el Positivismo Jurídico es un planteamiento que sociológicamente -al igual que sucede con el Positivismo Filosófico-, se encuentra actualmente en serio entredicho por una tendencia creciente y de rabiosa actualidad a favor del derecho natural, el cual propugna la existencia de un derecho inherente al individuo como ser humano que es de naturaleza superior e independiente respecto al derecho positivo. Aunque más que derecho natural, éste cada vez se asemeja más a la proclama de un derecho animal asalvajado, aunque éste es trigo de otro costal. (Ver: Elfuturo de la Constitución: en manos de la educación sobre libertad de nuestros jóvenes, ¿Qué es la Democracia? (carta abierta a los jóvenes catalanes), y Dura lex, sed lex: el garante de la tranquilidad social ).

Y en tercer lugar tenemos el Positivismo Pseudoreligioso (o positivismo buenista de new age), que entiende que vivir desde la impertérrita pose de un estado de alegría es el credo incontestable del comportamiento individual en una sociedad profundamente hedonista -por ocio-consumista- que vive por y para la apariencia social. (Ver: La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea). Un planteamiento de vida que sociológicamente no solo está aceptado, sino que incluso se manifiesta como el rasgo conductivista por antonomasia del hombre del siglo XXI.

En este sentido, y visto lo expuesto, podemos afirmar que vivimos en una sociedad mayoritariamente antipositivista desde un punto de vista filosófico y jurídico, pero paradójicamente profundamente positivista a nivel pseudoreligioso, entendiendo aquí la pseudoreligiosidad como un conjunto de creencias tan amplias como laxas que configuran un férreo sistema cultural de comportamientos y prácticas que buscan la trascendencia de la persona como individuo social exento de dolor mundano y bendecido por el estado de ánimo imperturbable de la alegría. (Ver: La sociedad del no-dolor no permite el sufrimiento como crecimiento personal).

Positivismo Pseudoreligioso versus Pensamiento Positivo

Ciertamente éste último tipo de Positivismo al que nos referimos procede de la corriente del Pensamiento Positivo elevado a la categoría de pseudoreligión, lo cual ya de por sí denota un profundo proceso de viciamiento y adulteración en su esencia conceptual. Tal es el falseamiento al que se ha sometido el Pensamiento Positivo como elemento sustancial por parte del Positivismo Pseudoreligioso como elemento accidental (en términos aristotélicos) -bajo el principio de la cultura del mínimo esfuerzo personal-, que ambas ideas se han convertido en la antítesis una respecto de la otra en calidad de juicios de valor conductual opuestos. Hasta tal punto, que si tenemos que comparar los rasgos más definitorios de ambos, cabe destacar las siguientes diferencias notables:

El Pensamiento Positivo requiere de un estado de conciencia despierta y activa por parte del individuo, propio de personas que realizan un trabajo de crecimiento interior, practican la higiene tanto psicoemocional como ambiental para tal fin, y gestionan su inteligencia emocional desde el conocimiento e integración saludable de las cuatro emociones básicas de todo ser humano: la alegría, la tristeza, la rabia y el miedo. [(Ver: Conoce la fórmula del Pensamiento Positivo y Manual de la Persona Feliz (Tecnología mental para una buena salud emocional)]. Es decir, el Pensamiento Positivo se ejerce desde el Yo Soy (que implica autoconocimiento de la propia identidad como individuo y coherente fidelidad respecto a uno mismo) versus el Yo de los Otros (que implica vivir la existencia desde la anulación de la propia personalidad para vivir conforme a los mandatos de terceras personas).

Mientras que el Positivismo Pseudoreligioso requiere de un estado de conciencia dormida y pasiva (o sociozombificada) por parte del individuo, propio de personas que viven por y para el exterior (rasgo distintivo de carácteres pusilánimes), que no practican ningún tipo de higiene psicoemocional y mucho menos ambiental más que el mal entendido “buenismo” ciego, y que gestionan su inteligencia emocional desde la exaltación de la alegría como única emoción básica humana permisible. En esta línea, los positivistas pseudoreligiosos destierran a la tierra de los proscritos emociones básicas tan saludables -por necesarias para la naturaleza del hombre- como son la tristeza (que nos empuja a la reflexión y nos sirve tanto para ser conscientes de algo perdido, como para poder soltar aquello que ya no nos pertenece o nos hace daño), la rabia (el verdadero limitador afectivo de todo aquello que emocionalmente nos daña o molesta), y el miedo (que no solo advierte de un peligro, sino que también nos permite evaluar nuestra propia capacidad de afrontar una amenaza posible). Es decir, el Positivismo Pseudoreligioso se ejerce desde el Yo de los Otros versus el Yo Soy: la autoridad externa somete por anulación a la Autoridad Interna. (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna).

Sentimientos/Actitudes proscritas por el Positivismo Pseudoreligioso

Qué decir, asimismo, que el Positivismo Pseudoreligioso no solo prohíbe por socialmente incorrectas las emociones básicas de la tristeza, la rabia y el miedo, sino por extensión el vasto espectro de sentimientos derivados de los mismos, y sus respectivas actitudes. Así pues, entre los sentimientos/actitudes reprochables por el positivismo buenista de new age, encontramos:

1.-En el ámbito de la tristeza: el abatimiento, el aburrimiento, la aflicción, la angustia, la ansiedad, la apatía, el apego, el arrepentimiento, la ausencia, el aturdimiento, la autocompasión, la condolencia, la congoja, la culpa, la decepción, la derrota, el desaliento, el desamparo, el desánimo, el desconsuelo, la desesperación, la desilusión, el desmoronamiento, la depresión, el duelo, la falta de realización, la humillación, la indiferencia, la infelicidad, la impotencia, la insatisfacción, la lástima, la melancolía, la nostalgia, la pena, la pesadumbre, el pesimismo, la pereza, la preocupación, el rechazo, el remordimiento, la soledad, el sufrimiento, y el tormento, entre otros.

2.-En el ámbito de la rabia: la agresividad, la amargura, la ansiedad, el asco, la aspereza, los celos, el cólera, el despecho, el desprecio, el enfado, el enojo, la envidia, el fastidio, la frustración, la furia, el hastío, la hostilidad, la indignación, la impotencia, la ira, la irritación, la malicia, el malhumor, la obstinación, el odio, el orgullo, la prepotencia, la rebeldía, el rechazo, el recelo, el rencor, la repugnancia, el resentimiento, el sufrimiento, y la venganza, entre otros.

3.-Y en el ámbito del miedo: la alarma, la angustia, la ansiedad, el apego, el arrepentimiento, la baja autoestima, el bloqueo, la carencia, el desasosiego, el encarcelamiento, el espanto, el estrés, la fobia, el histerismo, el horror, la inquietud, la impotencia, la inseguridad, la intranquilidad, la obstinación, el pánico, el perdón, el pavor, el rechazo, el remordimiento, la sospecha, la sumisión, el sufrimiento, la timidez, el temor, el terror, y la vergüenza, entre otros.

Sentimientos/Actitudes aceptadas por el Positivismo Pseudoreligioso

Mientras que por otro lado, el Positivismo Pseudoreligioso -como ya hemos apuntado- acepta como valores a realzar todos aquellos sentimientos y actitudes derivados de la emoción básica de la alegría, como son: la aceptación, la admiración, la adoración, el alivio, el amor, la atracción, la autorrealización, el cariño, la compasión, el contento, la curiosidad, el deleite, el deseo, la determinación, la empatía, el encaprichamiento, la ensoñación, el entusiasmo, la esperanza, la euforia, la exaltación, la excitación, el éxtasis, la fascinación, la felicidad, la fortaleza, el gozo, la gratitud, la impaciencia, el interés, el júbilo, la libertad, el optimismo, la paciencia, la pasión, la paz, la piedad, el placer, la plenitud, la presencia, el respeto, la satisfacción, la seguridad, la simpatía, la templanza, la ternura, la tranquilidad, y la valentía, entre otros.

En resumidas cuentas, y para no alargarnos más, podemos sintetizar el Positivismo Pseudoreligioso en tres grandes rasgos característicos:

1.-Sumisión ciega -que no aceptación- de la realidad bajo la máxima del “todo pasa por algo” (aunque no se sepa realmente el por qué y para qué), a imagen y semejanza del avestruz que esconde la cabeza bajo tierra frente una situación desagradable a la espera que vengan tiempos mejores.

2.-Inhibición de los sentimientos y actitudes derivados de las emociones consideradas como negativas (tristeza, rabia y miedo), viviendo de manera enajenada cualquier tipo de realidad dolorosa o dañina, como si no pasase nada, y siempre manteniendo una sonrisa de botox (por estática) de cara al exterior. Una actitud, dicho de paso, propia de los locos.

y, 3.-Apariencia obligada de mostrarse feliz, o al menos alegre, en una clara cesión de la soberanía individual del Yo propio para beneficio del Yo de los Otros. En este punto, la conciencia emocional (como reflejo de la autoconciencia de una personalidad como identidad individual) queda anulada por el grado superlativo de importancia que se otorga a la opinión externa, reduciendo la conducta propia a la (i-)lógica del qué dirán.

En definitiva, el Positivismo Pseudoreligioso es un camino certero hacia la pérdida de personalidad de los individuos, abocándoles a vivir una existencia dócil de poca inteligencia y entendimiento (definición académica de tontos), en un sinsentido vital fundamentado en una falsa felicidad irreal por enajenada que bien puede sintetizarse en la reedición trasnochada del famoso eslogan hippie del flower power (sentirse bien es todo lo que importa) bajo nuevos parámetros consumistas. Paradojas de la Historia.

Asimismo, bajo una engañosa apariencia de inocuidad e incluso inocencia, el Positivismo Pseudoreligioso tiene un gran efecto negativo secundario para la salud psicoemocional de las personas, al igual que todas las prácticas conductuales de alteración de conciencia. Pues toda falsa felicidad, pasado el efecto de euforia, siempre acaba trayendo frustración en la vida de las personas por imperativo del Principio de Realidad sobre un imaginario ficticio; es decir, por falta de cumplimiento real de las expectativas generadas. Y la frustración, exenta de una gestión adecuada, aboca irremediablemente a la infelicidad.

Es por ello que cabe reivindicar, ahora con más énfasis quizás que nunca, que los estados emocionales y conductuales del enfado y la no aceptación de una realidad (por poner algunos ejemplos), fruto de las emociones básicas de la tristeza y la rabia, no son incompatibles con el Pensamiento Positivo. Pues éste gestiona aquellos, para beneficio de la propia persona, sí, pero respetando los tiempos de integración, desarrollo y madurez emocional que tiene cada individuo en relación a su realidad singular. Pues solo reconociendo primero el abanico de sentimientos y pensamientos experimentados fruto de una siempre impermanente vida no exenta de vicisitudes, para a posteriori poder gestionarlos (no se puede gestionar aquello que se desconoce), puede devenir el Pensamiento Positivo como un instrumento de sanación y beneficio tanto personal como colectivo.

Pero no quisiera acabar esta reflexión sin antes apuntar que por encima de los principios rectores del Pensamiento Positivo se sitúa el libre albedrío del ser humano (ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?), que tiene toda persona de vivir la vida desde aquella actitud razonada que le de la gana vivir. !No faltaría más!. Que los pusilánimes continúen sonriendo bajo los efectos enajenadores de su Positivismo Pseudoreligioso, que yo en mi inalienable personalidad decidiré si hoy quiero mostrarme cabreado o, por el contrario, contento con mi propia vida mundana, profundamente mundana. Y si tengo fama de gruñón, como decía el gran actor y novelista español Fernando Fernán Gómez, que los demás lidien con el chaparrón que uno ya no está en edad de corregirse, y menos de aguantar tonterías.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano