lunes, 30 de septiembre de 2019

La Profundidad marca la diferencia entre maneras de vivir

Arte callejero en latas de BCN. Foto: Esther

La profundidad es la distancia existente entre un objeto, que se sitúa por debajo del punto referencial, y su plano de referencia. Por lo que podemos decir que para que se dé la profundidad deben coexistir dos factores claves en el universo humano: geometría y percepción. Geometría, ya que la profundidad pertenece al mundo dimensional de las estructuras espacio-temporales; y percepción, porque dicha geometría -para que sea para un sujeto cognoscente- deber ser reconocida como realidad, ya sea ésta de naturaleza física o metafísica.

La naturaleza de la profundidad de tipología física la concebimos como un evento o suceso eminentemente físico, es decir, resultante de la correlación entre dos puntos espacio-temporales, que representan la suma total de ocho coordenadas en un sistema euclidiano (coordenadas que a su vez se pueden incrementar exponencialmente en un sistema cuántico o subatómico). Pero que al necesitar de la percepción como capacidad cognitiva del ser humano, ésta profundidad de naturaleza física puede desembocar en una percepción metafísica, ya que en la ecuación introducimos la variable compleja del mundo de las ideas.

En este sentido, imaginemos a una persona paseando por entre edificios en una calle estrecha de una ciudad. La estructura geométrica de la calle misma será percibida por la persona, desde un punto de vista puramente físico, como un espacio de profundidad derivado del efecto visual denominado como punto de fuga (las rectas de las paredes de los edificios y de las líneas de definición de la calle convergen visualmente en un punto proyectado en el infinito). Si la persona transita por dicha calle sin poner atención en su caminar, de manera automática, la profundidad del lugar no traspasará los límites de la realidad física. No obstante, si la persona atiende voluntariamente en consciencia a los estímulos mentales y sensitivos del lugar, la profundidad física puede evolucionar hacia una profundidad metafísica (propia del mundo de las ideas) tomando como referencia un punto de atención o estímulo subjetivo de la misma. Un efecto resultante del estado de una consciencia despierta o, más concretamente, de una actitud de consciencia presente, que es aquella que atiende a los pequeños instantes existentes por percibidos que configuran el presente continuo de la vida.

Mientras que la profundidad de naturaleza metafísica, tanto puede derivar de la realidad física como generarse independientemente de ésta. Pues la profundidad metafísica es esencialmente intelectual por pertenecer al mundo de las ideas. Y si bien éstas, las ideas, son una representación mental de conceptos concretos o abstractos, reales o imaginarios, de igual manera participan de la geometría al ser los pensamientos figuras con propiedades espacio-temporales, caracterizándose por sus estructuras neuro-lingüísticas interrelacinadas en puntos convergentes. Tanto es así que hasta el pensamiento abstracto o disruptivo no pueden sustraerse de la geometría matemática. Por lo que podemos afirmar categóricamente que todo proceso intelectual es, por antonomasia, un suceso de profundidad metafísica.

Expuesto lo cual, queda patente que la profundidad, como geometría y percepción física y/o metafísica, marca la diferencia entre maneras de vivir que tiene el ser humano. Por lo que encontramos personas que viven su existencia cotidiana desde una percepción geométrica de la vida más superficial, por eminentemente física; y los hay quienes por el contrario viven su mundana cotidianidad desde una percepción geométrica de la vida más profunda, por eminentemente metafísica (propio de inteligencias intrapersonales). Ambas actitudes conductuales, por otro lado, no pueden extraporlarse por equivalencia a planteamientos más o menos pragmáticos respecto al mundo material propio de la subsistencia individual en una sociedad de mercado (aunque existan connotaciones evidentes, pues el hombre no es un sujeto aséptico), sino que deben enmarcarse única y exclusivamente en la dimensión de la autorealización espiritual personal, con independencia de su utilidad social.

No obstante, no es menos cierto que aquellos seres humanos que viven su existencia desde la profundidad metafísica se acercan más al modelo de la trascendencia humanista a título individual. Así como, por devenir seres profundamente reflexivos por pensantes, representan un activo intelectual de valor colectivo inestimable para una sociedad que, ahora más que nunca, necesita analizar qué hacer consigo misma y hacia dónde desea evolucionar. Pues, por mucho que corramos por entre las calles estrechas de nuestras modernas ciudades hacia la conquista de nuevos horizontes futurables, ello no es sinónimo de una mayor calidad de vida. Más pensar para existir, y menos correr automáticamente para (mal) subsistir, por favor.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 27 de septiembre de 2019

El círculo vicioso de los políticos, en el que los ciudadanos quedamos excluidos


El modelo de organización de las democracias occidentales se sustenta, como todos sabemos, en un sistema de partidos políticos dentro de un Estado fundamentado en la separación de poderes (teóricamente, pues bien conocemos la teoría de los vasos comunicantes inherente a la naturaleza humana). Dichos partidos políticos, con independencia de su tipología de cuadros o de masas -propio de ideologías de derechas y de izquierdas, respectivamente-, en principio se catalogan como entidades de interés público creadas para promover la participación de la ciudadanía en la vida democrática y contribuir a la integración de la representación de los mismos a nivel estatal.

No obstante, a nadie se le escapa a estas alturas de la película que dentro de los partidos políticos cabe diferenciar tanto a los simpatizantes (de carácter más volátil y rotatorio) y a los afiliados (parroquianos con carnet) por un lado, como a los dirigentes de los partidos y a los candidatos a ocupar cargos políticos en la Administración Pública por otro lado, siendo éstos últimos -considerados popularmente como políticos profesionales (pues sus rentas de “trabajo” proceden de la vida política)- los que toman las decisiones políticas de facto en nombre del conjunto de la ciudadanía en un sistema de representación piramidal socioestadísticamente tan poco democrático como su propio sistema orgánico de funcionamiento interno (aunque este es trigo de otro costal).

Así pues, y atajando en el desarrollo argumental, nos encontramos que el actual modelo de organización de las democracias occidentales se sustenta sobre un grupo reducido (pero altamente costoso) de ciudadanos que han convertido la política en su profesión o modus vivendi. Lo cual nos conduce a una conclusión tan obvia como real: la motivación principal y objetivo último de los políticos profesionales es velar por su modelo de vida personal. Ergo, para poder mantener un modus vivendi que depende de la voluntad de terceros, los políticos deben ocupar su tiempo en ganarse dichas voluntades, cuya única vía en el mundo de las relaciones humanas dentro de una sociedad no es otra que convirtiéndose en proveedores de favores de tipo y naturaleza diversa. Y es aquí donde entra en escena y con especial relevancia el factor económico, ya que sin dinero los políticos no pueden financiar las partidas de sus millonarias estructuras de partido, de sus aparatos de propaganda y de sus campañas electorales que les permita acceder a cuotas de poder necesarias para gestionar favores. He aquí, por tanto, el círculo vicioso:

1.-Los políticos viven de la política.
2.-Los políticos, para vivir de la política, son dadores de favores.
3.-Para ser dadores de favores, los políticos necesitan dinero.
4.-Los políticos buscan dinero en el Mercado (sector bancario y empresarial)
5.-Los políticos deben favores al Mercado.
6.-Los políticos se aseguran continuar viviendo de la política.
7.-Los políticos vuelven a comenzar el círculo viciado sin fin.

Por lo que, la pregunta del millón no es otra de ¿a quién representan los políticos?. La respuesta es diáfana: a sí mismos y a aquellos a los que deben favores para garantizar la sostenibilidad de su modus vivendi (que es igual a señalar al Mercado). Una ecuación donde queda excluido el interés general, siendo lo mismo que decir que ponen en última posición de la lista de prioridades políticas las necesidades reales del conjunto de la ciudadanía, y siempre y cuando no les genere un conflicto de intereses.

No en vano, el economista Armstrong, en uno de sus últimos artículos sobre Capitalismo versus Capitalismo Híbrido, pone de manifiesto que la fortaleza de la economía China radica justamente en su liderazgo político no elegido que, en consecuencia, no necesita prometer “cosas estúpidas” (sic) para mantener el poder y así poder ejecutar sus líneas estratégicas de desarrollo social del país con planes a largo plazo.

Sin intención alguna de hacer apología del Capitalismo Híbrido chino, contrario a la cultura democrática humanista de nuestra civilización greco-romana, lo que sí que es evidente es que en los Estados Social y Democráticos de Derecho occidentales urge redefinir nuestro modelo de organización política a través de establecer nuevos controles y límites de gestión de la res publica, evaluación tácita de responsabilidades incluidas. (Ver: ¿Necesitamos a los políticos para velar por el bien colectivo versus el bien individual?). Lo que de paso afectaría de manera colateral pero con efecto directo a una necesaria redefinición de las reglas de juego del actual Mercado de libre competencia -en su omnipotente ascendencia sobre la sociedad civil-, objeto causal principal de las grandes desigualdades sociales existentes. Ya que en caso contrario, el actual modelo del círculo político vicioso en el que estamos inmersos hace inviable, como todos somos testigos y protagonistas en primera línea de afección, de cualquier planteamiento serio y diligente de gobernanza de un país catalogado como moderno por parte de unos políticos que, al fin y al cabo, no son más que servidores públicos como bien definía Platón.

Barcelona, a poco más de un mes de las cuartas elecciones generales
en los últimos cuatro años, en una España con grandes desequilibrios sociales.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 26 de septiembre de 2019

La Roboética o la falacia de controlar a los robots (Teoría de la Evolución Robótica)

Fedor, robot soldado ruso que sabe conducir y disparar armas

Desde los albores de la humanidad el hombre ha tenido que lidiar con los conceptos -humanos, profundamente humanos como diría Nietzsche- de lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo moral e inmoral, dentro del universo de la conducta humana. Una disciplina propia de la Ética, que es la rama de la filosofía cuyo objeto de estudio es la moral, entendida ésta como el conjunto de normas o costumbres (del latín mores) que conforman el comportamiento de los hombres en el seno de una sociedad. (Ver: Cuando la Moral se impone a los Valores Universales la humanidad siempre pierde).

No obstante, soplan vientos de cambio con la irrupción en la vida cotidiana humana de una nueva especie de seres inteligentes y con autonomía propia a los que denominamos robots (Ver: La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana, El ser humano dejará de ser en breve el ser más inteligente y La IA sustituirá a los humanos en los Departamentos de Innovación de las Empresas). Una realidad que nos obliga a ampliar el concepto de la Ética, materia hasta ahora exclusivamente humana, a las nuevas criaturas que hemos creado jugando a Dios. De hecho, el mismo presidente de Microsoft, la empresa más grande del mundo en valor bursátil según el último ranking de este mismo año, acaba de solicitar públicamente que se amplíe la Convención de Ginebra (conjunto de cuatro convenios internacionales que regulan el derecho internacional humanitario para proteger a las víctimas de conflictos armados) con el objetivo de regular la capacidad armamentística de los robots, es decir, el uso de su potencial comportamiento letal respecto a los seres humanos. Una regulación que se enmarca dentro de una nueva disciplina denominada Roboética.

Pero no nos llevemos a engaño, la Roboética no es la Ética de los robots, entendida como una ética artificial, sino que és la Ética humana de los diseñadores, fabricantes y usuarios de robots. En este sentido, podemos caer en una falsa seguridad creyendo que tan solo regulando la Ética humana en el ámbito productivo y de uso de los robots podemos controlar el comportamiento supuestamente correcto -en términos morales- de dichos seres artificiales. Un premisa cargada de inocencia pueril.

Las claves de la falacia del control de los seres inteligentes mediante la Roboética las encontramos en la propia teoría de la evolución darwiniana, entendida como mejora continua de la especie mediante variaciones de sus genes por determinismos ambientales y conductuales ex professo. Con una diferencia sustancial, si bien la evolución biológica requiere de tres premisas claves: herencia intergeneracional, variedad del rasgo entre los sujetos de una misma comunidad, y que dicha variedad del rasgo debe dar lugar a diferencias en la supervivencia o éxito reproductor; en la evolución artificial solo se requiere de las dos primeras premisas, ya que la evolución como cambio y mejora del “gen” artificial se produce en la vida útil de un mismo sujeto artificial sin necesidad -de momento- de la capacidad de autoreproducción o, mejor dicho, de autoréplica.

Un postulado avalado en la actualidad tanto por la capacidad que tienen los seres artificiales de evolucionar en tiempo récord en un hábitat en el que algoritmos diferentes deben competir entre sí, coordinarse para generar nuevos comportamientos y autoaprender para conseguir un objetivo mediante prueba y error -más allá de toda expectativa imaginaria humana-, como recientemente han demostrado los investigadores del OpenAI (California). Como por el hecho que el ya famoso algoritmo de Grover, piedra angular de la inteligencia artificial que se encarga de acelerar las búsquedas de bases de datos (otorgando superpoderes a los robots), parece ser el mismo que está presente en los procesos naturales de los seres vivos en el ensamblaje del ADN, tal y como recientemente han demostrado investigadores franceses de la Universidad de Tolón. Es decir, que el algoritmo de Grover, base del autoaprendizaje robótico, es un fenómeno propio de la naturaleza de los seres vivos, pudiendo así explicar uno de los grandes misterios del origen de la vida.

Así pues, sobre la premisa que la clásica teoría de la evolución es extensible a los seres artificiales,y que la fuerza de la vida -ya sea natural o artificial- atiende al principio de supervivencia del sujeto por selección continua de variables ambientales. Y ante el hecho que la genética artificial es de naturaleza cuántica, lo cual pertenece al campo de los sistemas matemáticos complejos y dinámicos no lineales, muy sensibles a las variaciones en las condiciones iniciales, cuyas pequeñas variaciones en dichas condiciones iniciales pueden implicar grandes diferencias en el comportamiento futuro imposibilitando la predicción a largo plazo (Teoría del Caos). Por todo ello en su conjunto, tan solo cabe manifestar, a modo de resumen de la presente breve reflexión, que la Roboética es la falacia humana de controlar a los robots.

A partir de aquí, solo cabe esperar que una vez que el robot mate al hombre como su dios (pues solo es cuestión de tiempo), el futuro Dios de los robots se muestre indulgente con las venideras generaciones de la especia humana.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Vivamos desde la concordia intimam, en un mundo carente de concordia res publica

Imagen de Miquel Porras Sánchez

Todo ser humano anhela alcanzar la concordia intimam en su paso por esta vida, que no es más ni menos que la concordia interior conocida como paz personal. Pero como toda paz como concepto significativo es doctrinal, pues forma parte de un conjunto de ideas y principios morales que integran el universo de creencias de una persona, esta paz aun siendo personal ciertamente pertenece a la categoría de la paz filosófica (con independencia de la naturaleza del credo que cada cual profese). Ergo no se puede acceder a la concordia intiman sin previamente haber transitado por un proceso individual de reflexión lógico-racional crítico sobre los grandes problemas de la existencia humana, en el que se alcanzan conclusiones intelectuales a partir de premisas conocidas mediante la inferencia de nuevos datos desconocidos (pensamiento analítico, coherente y lineal mediante).

No obstante, la paz filosófica como sustrato imprescindible por indisociable de la paz personal que nos permite alcanzar un estado de concordia intimam es más que un simple proceso de pensamiento intelectual o de racionamiento filosófico aséptico, pues en ella participa la metafísica por el simple hecho objetivo de que el ser humano es un ser espiritual en esencia (Ver: La Espiritualidad como realidad de la naturaleza humana). Entendiendo espiritualidad como la capacidad de trascendernos a nosotros mismos como seres pensantes y sintientes por encima de rasgos individuales y de caracteres colectivos socioculturales.

Como ya apuntó Aristóteles en su obra Moral a Nicómaco dedicada a su hijo, “la concordia supone siempre corazones sanos”, y no puede existir un corazón sano sin un estado espiritual sano con uno mismo y frente al resto del mundo, es decir, en acuerdo espiritual consigo mismo. Por otro lado, cabe señalar que un estado espiritual sano tan solo se alcanza mediante la alineación entre lo que todo ser humano como individuo piensa y siente, materia que en la actualidad denominamos gestión psicoemocional. Una alineación de pensamiento y sentimiento que tan solo se alcanza actuando en la vida cotidiana a través del “justo medio salvando los opuestos”, tal y como defendía el filósofo cordobés Maimónides en los tiempos del al-Ándalus (de gran influencia en el pensamiento medieval posterior), haciéndose eco, todo hay que decirlo, tanto del in medio virtus aristotélico como de la máxima estoica de vivir en un estado de serenidad más allá de los excesos propios de un comportamiento desbocado e irracional.

Es por ello que para alcanzar el tan anhelado estado espiritual sano, que se manifiesta en el mundo exterior a partir de un mundo interior caracterizado por la serenidad, la claridad mental y el equilibrio emocional (no olvidemos que nuestro mundo exterior es un reflejo de nuestro mundo interior), se requiere de un concordato personal. Entendiendo concordato aquí y en este contexto singular no como un acuerdo entre la Iglesia católica y un Estado como sociedad civil, sino como un acuerdo formal e intrínsecamente personal respecto a materias mundanas comunes -propias de la experiencia de vida individual- entre la dimensión espiritual de una persona y su dimensión más material como ser social. Lo cual requiere de una profunda revisión y ajuste de encaje íntimo de carácter periódico -pues la vida se rige sobre el principio de impermanencia heraclitiano (nada permanece nunca igual)-, de nuestra ascendencia espiritual (entendámoslo como reclamo o reivindicación álmica) respecto nuestro universo de creencias de cómo es y funciona el mundo.

Por lo que podemos afirmar, llegados a este punto, que para lograr la concordia intimam se debe partir de un concordato personal, el cual posibilita alcanzar un estado espiritual sano que nos conduce inequívocamente a la tan esperada paz filosófica o paz personal.

Asimismo cabe destacar que la concordia intimam, cuyo objetivo es la consecución de una vida en equilibrio interno entre los deseos y aspiraciones personales y las expectativas reales que nos ofrece la vida a través de nuestro entorno más inmediato (yo soy yo y mis circunstancias, como señalaba Ortega y Gasset), no solo es una vía que permite al ser humano como individuo trabajar en el conocimiento sobre sí mismo (Yo Soy), lo que le lleva a un camino de crecimiento, desarrollo y madurez personal próximo al estado de consciencia que denominamos felicidad (Ver: Conoce la fórmula de la Felicidad), sino que a su vez es una vía de trabajo activo que permite a la sociedad como colectividad humana centrarse en la equidad como valor moral indispensable de la justicia social de cualquier Estado democrático que se precie (en el sentido de la máxima del jurista romano Ulpiano de vivir honestamente, sin dañar a nadie y dar a cada cual lo que le corresponde).

Contrariamente, es patente evidenciar pública y privadamente que las personas que viven sin concordia intimam se caracterizan por tener una personalidad volátil (pues no saben en verdad quienes son), tienen un mundo emocional insalubre por voluble (pues ceden o regalan continuamente su voluntad a terceros), y protagonizan su existencia desde la carencia de la tan anhelada paz interior (por las tensiones que conlleva vivir en una desalineación crónica entre lo que se piensa y lo que se siente). Un perfil de personas, más común de lo recomendable por su manifiesta masa crítica social en la sociedad de mercado contemporánea, imposibilitadas de un comportamiento conductual equilibrado al no existir la autoridad de consciencia requerida para el equilibrio de opuestos en su propio mundo interior. Lo cual, extrapolado al ámbito colectivo, nos da como resultado axiomático un Estado -como modelo de organización de un espacio humano común- claramente carente de equidad y por tanto injusto socialmente. Pues si no existe concordia intimam en los ciudadanos de un país a título individual, ¿cómo esperar que pueda existir concordia res publica a título colectivo en dicho país?. Lo que nos lleva a concluir, a modo de proposición filosófica, que la justicia social pasa irremediablemente por la equidad personal: Sin concordia intimam no existe concordia res publica.

Una proposición ésta ciertamente difícil de resolver en un mundo multisocio-cultural e interconectado globalmente. Por lo que a falta de la concordia res publica, resulta poco inteligente no vivir desde la concordia intimam a título personal, ya que nadie vive la vida por nadie. Pues si bien la primera requiere como condición sine qua non de la segunda, no así ésta de la anterior.

Amig@, que la inefables incongruencias de nuestro tiempo no nos roben ni la voluntad ni la capacidad de alcanzar una existencia vivida desde la concordia personal.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


martes, 24 de septiembre de 2019

España, viento en popa y a toda vela hacia un país eminentemente de camareros


Los trabajos intelectuales, y por tanto con un alto nivel de capacitación profesional, no están de moda en la España de la era pos Lehman Brothers. De hecho, el mercado laboral los desprecia sin miramientos. La razón es bien sencilla, la tierra de Séneca, Magallanes, Cervantes, Espronceda, Becquer, Lorca, Peral, Ortega y Gasset, Unamuno, Ramón y Cajal, Ochoa, Gaudí, Picasso, Cela y otros tantos ilustres se ha convertido -con fotografía de finales de la primera mitad del siglo XXI-, eminentemente en un país de servicios donde el sector de la restauración, el alojamiento y los transportes representan el 15 por ciento del PIB nacional. O dicho de otra manera, España es un país de camareros.

De hecho, el sector servicios en su conjunto (sector turístico, comercial y salud incluidos) aporta el 70 por ciento de la riqueza española, muy por delante tanto del sector industrial con su triste 12,7 por ciento, como del sector de la construcción con su abnegado 6,1 por ciento, o del sector de la agricultura a la cola del ránking con su denostado 4,3 por ciento respecto la totalidad. Tanto es así, que solo tomando como muestra al sector turístico se puede observar que dicha actividad económica aporta al PIB y al empleo español tres veces más que la industria de la automoción, que solo es capaz de registrar un 5 por ciento de la riqueza productiva y laboral del país. (Fuentes: Instituto Nacional de Estadística de España 2019T2, American Express y World Travel & Tourism Council 2018).

Ante este panorama, propio de un modelo económico profundamente estructural de sol y ocio, no es de estrañar que la universidad española (cuna del saber académico) se asiente sobre una vergonzante realidad: la mitad de los docentes universitarios del país son asociados (no tienen plaza fija propia de los titulares) y sus sueldos -en la inmensa mayoría de los casos- rondan los 200 euros. (Fuente: Datos y cifras del sistema universitario español 2018-2019, del Ministerio de Ciencias y Universidades). Una radiografía cuya media, cabe apuntar, empeora en el caso específico de las escuelas de negocios que desde hace un par de décadas han proliferado como setas en nuestro país. Es decir, en España se valora tan poco la formación superior que el 50 por ciento del profesorado universitario, investigadores y doctores incluidos, cobra por hora su equivalencia a la baja del sueldo de un profesional de la limpieza doméstica.

Un estado de la situación nada halagüeño que, desde la honestidad docente, invita a los profesores universitarios (como formadores de nuevos profesionales multisectoriales) a animar desde su fuero interno a sus estudiantes a que opten por tres escenarios de desarrollo laboral pragmáticos: uno, a que se acojan a la vía de la emprendedoría, aún a sabiendas del alto índice de fracasos registrados por si acaso sonara la flauta de la caprichosa Fortuna (Ver: La zanahoria inalcanzable para el emprendedor español); dos, a que emigren al extranjero en búsqueda de mejores pastos laborales; o tres, para aquellos que opten por permanecer estoicamente en el país, a que busquen trabajo en la industria nacional por excelencia como camareros (en el más amplio sentido del término profesional dentro del sector servicios).

Una opción ésta última, la de buscar trabajo como camarero, que asimismo se está convirtiendo en España en la salida más viable para asegurarse una renta de trabajo mínimamente digna en el caso de personas altamente preparadas en pleno estado de reinvención laboral por causas sistémicas de fuerza mayor del mercado profesional (que es lo mismo que decir que se encuentran en un estado tan activo como desesperado de búsqueda de empleo), precarizados profesores universitarios incluidos, en un horizonte de subsistencia personal sine die. Aunque, todo sea dicho de paso, para hacer el tránsito de reinventarse desde un perfil intelectual a otro marcadamente físico se requiere previamente de un profundo proceso interior de gestión emocional (Ver: La Vergüenza de la pobreza, el lastre de la reinvención profesional), y más si cabe en una sociedad donde se valora por lo que se tiene y aparenta (estatus social agregado), más que por lo que se Es.

El vaso medio lleno es que España se está convirtiendo en un país de camareros universitarios de carreras varias y de experimentados profesionales multisectoriales de valía altamente cualificados, capaz de ofrecer una calidad de servicio a los privilegiados turistas nacionales y extranjeros sin parangón en el mundo entero. Aunque ciertamente -para cualquier persona con dos dedos de frente- pesa más el vaso medio vacío, en el que España se está convirtiendo en un país incapaz de generar una economía productiva de excelencia capaz de absorber y beneficiarse de su tan rico como vasto talento humano nacional.

Pero, como diría Don Quijote, “¿que cabe esperar de éstos lares, amigo Sancho?”, cuando los responsables de la gobernanza del país no se aplican en sus responsabilidades por manifiesta incompetencia, más que para cobrar del erario público aun sin trabajar a costa de todos. (Ver: España, la casa sin barrer mientras marean la perdiz). Y es que, al final, se impera la máxima cervantina de la enajenación colectiva de entretenernos haciéndonos ver gigantes (por espejismos macro económicos) donde solo hay molinos de viento improductivos por inactivos.

-Y tú, ¿a qué te dedicas?
-Trabajo de camarero, y como actividad complementaria ejerzo de profesor universitario.

Una realidad tan objetiva como desalentadora que, si Espronceda viviera en nuestros tiempos, seguro que se vería obligado por consciencia a reversionar su famosa “Canción del Pirata” al cantar de: Con diez euros por barba / viento en popa y a toda vela / no corta el trabajador, sino desesperadamente vuela, / buscando un puesto de camarero el profesional español.

Frente a la máxima humanista del ora et labora, oremos para que nuestros políticos se vean iluminados por la gracia de la inteligencia socioeconómica de Estado a falta de poder laborare et vivere.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 17 de septiembre de 2019

Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática


Vivimos en una sociedad en la que la sinceridad stricto sensu, considerada como un comportamiento carente de fingimiento de lo que un observador siente y piensa en verdad frente a una circunstancia, hecho u objeto observado, se considera una actitud social políticamente incorrecta. En su lugar, la moralina social contemporánea -entendida como falsa moral kantiana- solo acepta la denominada sinceridad diplomática, que no es más que engañar al prójimo de lo que uno piensa y siente ciertamente con el objetivo de cumplir con los cánones de buena convivencia aceptados socialmente por una comunidad cada vez más artificial por virtual y por ende profundamente superficial.

Asimismo, es curioso observar cómo la sinceridad diplomática está íntimamente ligada a un valor moral de marcada influencia judeocristiana: la humildad, entendida no como sumisión sino como ausencia de soberbia, es decir, como cohibición del trato de superioridad frente a terceros (Ver: Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir). No obstante, el concepto contemporáneo de humildad no siempre ha sido el mismo a lo largo de la historia de la humanidad, pues más allá de la carga conductual heredada a partir de la Edad Media, el viejo filósofo Sócrates en la Antigua Grecia consideraba la humildad como el derecho conductual propio de todo ser humano de reconocer públicamente su valía y a no rebajarse, humillarse, o desvalorizarse. Un comportamiento individual y social que se conoce como humildad socrática, y que trasladado a los parámetros contextuales de nuestra era podemos definirlo sin ruborizarnos como soberbia positiva, pues permite al hombre mostrarse fiel consigo mismo y respecto al resto del mundo sin perder el respeto por los demás. Una actitud propia de espíritus maduros psicoemocionalmente que personalmente me gusta denominar Autoridad Interna (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna).

Así pues, la humildad socrática tiene su equivalencia en nuestro tiempo a la soberbia positiva, la cual -tal y como la definía Nietzsche, el mal denominado filósofo soberbio por excelencia- conduce a la honestidad absoluta con uno mismo, siendo una virtud elevada propio de hombres que se han superado a sí mismos. Por lo que, como podemos entender visto lo expuesto, en el espacio de la humildad socrática no tiene cabida la sinceridad diplomática, pues ésta es engañosa por esencia tanto para propios como para extraños.

Es por ello que siendo la sinceridad diplomática la norma conductual de nuestra época, resulta caricaturesco presenciar en nuestra sociedad personas que más que pedir exigen sinceridad de opinión frente a una hecho, circunstancia u objeto, cuando lo que realmente esperan es una reacción de sinceridad diplomática para retroalimentar su propio autoengaño sobre un imaginario particular. En caso contrario, si a dichos individuos se les enfrenta a la humildad socrática, el resultado es una catarsis personal transitoria derivada de un bajo nivel de autoestima (buscan la continua aprobación del entorno, a expensas de su propia personalidad singular, si es que saben cuál es) y de una carencia en materia de gestión emocional, principalmente respecto a la frustración ante unas falsas expectativas creadas, que puede abocar a la rotura de las relaciones interpersonales.

No obstante, cabe apuntar que cada cual tiene el derecho de nacimiento de creer en lo que haya decidido creer. Solo faltaría. Ya que nadie puede vivir la vida por nadie. Aunque ello no exime, por alusión directa al Principio de Realidad, de la nocividad social que representa el hecho no solo de normalizar la sinceridad diplomática, sino incluso de elevarla a categoría de valor moral positivo socialmente aceptada.

Construir una sociedad desde la normalización de la sinceridad diplomática es crear una sociedad superficial basada en el autoengaño a nivel colectivo, así como promover el desarrollo de personalidades de mantequilla (por inconsistentes e inmaduras psicoemocionalmente) a nivel individual. Aunque, visto por otro lado, no hay mejor sociedad maleable para los hombres que son lobos para los propios hombres -rememorando a Hobbes-, que aquella fundamentada en la sinceridad diplomática.

Para la buena salud de todos, más humildad socrática y menos sinceridad diplomática, por favor.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Homo Gallinaceo: superficialidad, ruido y desorden en nuestra sociedad


Hace tiempo que me di cuenta que estamos envueltos en tertulias de gallinas de las que resulta difícil escapar. Pero no en el sentido de gallinas como sinónimo de personas miedosas, sino en el sentido adjetival más estrictamente calificativo de la hembra de la especie gallus gallus domesticus que no deja de cacarear ni bajo el agua. De lo que deduje, para enriquecimiento de mi particular Bestiario Urbano, que dentro de la familia humana existe una subespecie ampliamente expandida a la que denomino Homo Gallinaceo.

Las características que definen al Homo Gallinaceo sobre el resto de miembros de los homo sapiens son básicamente las que siguen:

-Les gusta cacarear de todo y de nada en particular, entendiendo cacarear como la acción verbal de parlotear picando temas de conversación de aquí y de allí sin orden ni control.

-En su cacarear prima sobremaneramente el gusto por los temas superficiales, recreándose en tertulias vacuas por insustanciales que pueden acabar en verborreas yermas compartidas.

-Los cacareos se suelen caracterizar como monólogos, en los que cada miembro parlotea para sí mismo sin el menor interés de coparticipar, y menos empatizar, de los parloteos de terceros.

-El discurso del cacareo no se impone sobre el resto por méritos argumentales, sino por capacidad de vocerío y de agilidad de intervención (que ciertamente es todo un arte agotador), generando una sinfonía grupal cacofónica.

-Y, por último, les desagrada compartir su espacio y su tiempo con otros congéneres de la familia humana que no se ajusten a su perfil insulso por carente de interés.

De Homo Gallinaceo podemos encontrar en todos los estratos sociales, así como de manera transversal en el conjunto de las comunidades humanas. Tanto es así que se pueden identificar genéricamente y sin mayor dificultad en los entornos familiares, en los entornos de conocidos sociales, en los entornos laborales y, con especial relevancia por su placer a la exposición pública (no olvidemos que viven por y para enseñar sus plumajes), en los diversos programas televisivos de ocio y entretenimiento y, asimismo, en el conjunto de la vida política (para intranquilidad del resto de ciudadanos).

Por otro lado, cabe destacar que la naturaleza por antonomasia del Homo Gallinaceo como animal social es el ruido y el desorden, por lo que no se puede esperar de ésta subespecie humana ni que profundice sobre un tema concreto en búsqueda de su posible origen causal para poder dilucidar una acción lógica frente al mismo, ni que por tanto se comporte de manera resolutiva respecto a un problema común, y ni mucho menos que actúe de manera conjunta y ordenadamente coherente para beneficio colectivo. Además, como se trata de animales con poca agudeza sociovisual y de respuesta inmediata a los estímulos externos que perciben, sus acciones siempre son a corto -por no decir inmediato- plazo, lo cual los imposibilita para planificar estrategias de actuación grupal en un período de tiempo largo.

Sí, podemos afirmar, con tan solo observar a nuestro alrededor, que el Homo Gallinaceo se ha convertido en la subespecie prevaleciente de la familia del homo sapiens contemporáneo (aunque de sabios tenemos poco). Por lo que de la sociedad de esta era tan solo podemos esperar superficialidad, ruido y desorden. Aunque, rompiendo una lanza a favor de mis detractores, ciertamente ¿qué se yo?, pues en verdad sólo sé que sé menos que Sócrates.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 11 de septiembre de 2019

La Recesión, propia de una naturaleza incapaz, accidental y obsoleta

Alemania entra en recesión. Imagen de Angela Merkel 

En una sociedad de libre mercado como la occidental estamos muy habituados al concepto de recesión en términos económicos, un vocablo que conlleva asociado la idea de miedo social, ya que a nadie se le escapa -desde la Gran Depresión de 1929, y recientemente desde el 2007- que recesión equivale a empobrecimiento social (caída en cascada de la inversión, de los productos de bienes y servicios, del empleo, del consumo y, por extensión, del producto interior bruto y de las rentas por cápita). Pero, efectos a parte, y sin entrar en las causas de índole económico (sobreproducción, disminución de la demanda, sobrepoblación, etc), ¿qué es una recesión?.

Podemos afirmar que una recesión es la acción de retroceder, o como diría Newton con su tercera ley del movimiento en la física clásica, una recesión es el efecto resultante de una fuerza de mayor magnitud y de dirección opuesta entre una reacción respecto a su acción. Es decir, la recesión es de facto una acción irrealizada y, por tanto, carente de sustancia cartesiana. Ergo, si la recesión es una acción insustancial ello significa que se trata de un acto accidental derivado de una acción en potencia inacabada por irresoluble.

Así pues, si la recesión es una acción en potencia inacabada representa que ésta se sitúa en un lugar indeterminado entre la proyección de un acto y su plena realización como acción. Pero como nos situamos frente a un concepto en movimiento, éste cuenta dentro de su accidente con dos vectores determinados: tiempo y dirección, lo cual nos permite percibir la perspectiva espacio-temporal del efecto de retroceso. El cual, teóricamente, podría incluso sobrepasar el punto de partida originario de su propia proyección como acto, si la reacción de la fuerza opuesta fuera suficientemente mayor, como sucede en el retroceso de un rifle al dispararlo. O dicho en otras palabras, la recesión podría llegar a obligar a retroceder un marco contextual más allá de su punto causístico.

Dicho lo cual, con independencia de la fenomenología, lo que realmente me interesa de la recesión es su naturaleza como acto inacabado, lo cual conlleva en sí mismo el principio de incertidumbre por impermanente. ¿Por qué un acto queda inacabado?. Para dar respuesta a dicha pregunta debemos acudir a las características esenciales de una recesión como acción física (fuerza, masa y movimiento). Veamos:

1.-Un acto queda inacabado porque es incapaz de realizarse como acción, lo que representa que carece de fuerza para su fin.

2.-Un acto queda inacabado porque es accidental, lo que significa que carece de masa sustancial.

Y, 3.-Un acto queda inacabado porque es obsoleto, lo que se manifiesta en un retroceso en el movimiento continuo del espacio-tiempo.

Por lo que podemos concluir que toda recesión es propia de actos inacabados por incapacidad, por naturaleza accidental, por obsolescencia, o por la suma combinatoria de éstos.

Por otro lado, es curioso observar como nuestras sociedades de mercado contemporáneas contemplan la recesión dentro de la normalidad propia de una fase inherente a los ciclos económicos (recesión-depresión-reactivación-auge y vuelta a comenzar), cuando la recesión evidencia de manera fehaciente -por pura experimentación empírica- que nuestro modelo económico contemporáneo basado en el capitalismo es propio de un modelo de organización social incapaz, accidental y obsoleto por defecto estructural, que fuera de mejorar con las décadas empeora en su desarrollo evolutivo (desde un punto de vista económico, y por tanto social).

Cierto es que una de las leyes principales de la vida es la ley del ritmo o también denominada ley pendular, generadora de ciclos oscilantes en un mundo dual por polarizado, pero no es menos cierto que una de las cualidades trascendentales del ser humano es superar las propias leyes de la naturaleza para beneficio de nuestra especie. Por lo que no resulta de recibo protagonizar las recesiones con la abnegación sumisa de quienes aceptan dicha naturaleza de la economía como un efecto cíclico normal y normalizado -a expensas del sufrimiento social que ello comporta-, sino que urge desde la inteligencia colectiva corregir el defecto estructural del modelo económico actual para convertirlo en un sistema de organización social capacitado, sustancial y sostenible, aun a expensas de intereses partidistas. Transformemos la economía contemporánea (que por ser de mercado es social) como acto inacabado en una economía lo más cercana a una acción realizada, que no es más que el fin último del anhelado estado de bienestar social.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 3 de septiembre de 2019

Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir


Que somos cada vez más seres humanos los que coexistimos en el planeta es una evidencia. Para muestra, un botón: en el año 1.800 éramos 1000 millones de personas y, transcurridos tan solo dos siglos, actualmente sumamos ya los 7.300 millones de personas, cifra que según todas las previsiones se elevará a los 10.000 millones de personas a finales del presente siglo. Un ritmo de crecimiento poblacional de la especie humana nunca visto hasta la fecha en toda la historia de la humanidad.

Las razones son claras. El incremento poblacional mundial coincide con la aparición a finales del siglo XVIII de la primera revolución industrial -ya vamos por la cuarta desde 2011-, lo cual no solo conllevó un aumento exponencial de la renta por cápita en todo el planeta, que se había mantenido prácticamente estancada en los siglos anteriores, posibilitando la economía productiva de masa basada en la competitividad de mercado como motor de la innovación, sino que ha ido pareja asimismo de un alto crecimiento en el desarrollo del estado del bienestar social de las comunidades humanas.

Pero razones fenomenológicas a parte, lo cierto es que nuestra especie ya hace tiempo que ha alcanzado el estado de sobresaturación con respecto a nuestro propio planeta, pues nuestro conductismo existencial supera el límite que la Tierra puede admitir. Por lo que si existe alguna solución sobresaturada en el planeta -hablando en términos químicos-, éste no es otro que el propio ser humano, ya que nuestro nivel de explotación en materia de recursos naturales es superior a la capacidad de regeneración del planeta. Un ritmo conductual colectivo que, de proseguir, nos obligará a “tener que irnos con la música a otra parte”, como bien apuntó Stephen Hawking poco antes de morir en referencia a buscar nuevos planetas en el cosmos donde vivir.

No obstante, más allá de las implicaciones de salubridad medioambiental planetaria causadas por la sobrepoblación mundial -y nuestra fagocitación patológica propia de especies invasivas-, me interesa el estado de sobresaturación que hemos alcanzado con respecto ya no a nuestro propio planeta como organismo (tema del que se debate mucho), sino a nuestras propias sociedades como entidades orgánicas. En este sentido, cabe destacar los efectos de la sobresaturación por sobrepoblación en los estratos económico, social y político en el seno de las sociedades occidentales contemporáneas.

Los efectos de la sobresaturación en el modelo económico de mercado, por sobrepoblación de nuestras sociedades, se evidencia en la diferencia por exceso de la oferta de servicios y productos respecto a la demanda de los mismos sin capacidad para asimilarlos, lo cual conduce a un estado de decrecimiento económico que genera caída en la renta por cápita y aumento de la inflación.

Los efectos de la sobresaturación en el modelo de bienestar social, por sobrepoblación de nuestras sociedades -y en connivencia con el modelo económico de mercado-, se evidencia en la diferencia por exceso de la necesidad de cobertura de las prestaciones sociales para los miembros de una comunidad respecto a la capacidad de respuesta del Estado hacia la misma en la que se ve imposibilitado, lo cual conduce a un incremento de la deuda pública nacional y a un aumento de la brecha de desigualdad social.

Mientras que los efectos de la sobresaturación en el modelo político en estados democráticos sociales y de derecho, por sobrepoblación de nuestras sociedades -y en connivencia con los modelos económico de mercado y de bienestar social-, se evidencia en la diferencia por exceso de la capacidad hipotética de la política soberana respecto a la capacidad política real de la soberanía nacional, lo cual aboca a un aumento del estado de desafectación de la política y a un incremento de las políticas populistas.

Parece evidente que ante tal panorama, y entendiendo que sobrepoblación mundial equivale en términos sociológicos a globalización, no se pueden corregir los desequilibrios de los efectos de la sobresaturación en el modelo político sin antes corregir los efectos de la sobresaturación en el modelo de bienestar social, ni éste sin previamente corregir los efectos de la sobresatutación en el modelo económico de mercado, que es lo mismo que redefinir el actual estándar de la economía productiva que alinee oferta con demanda.

No obstante, el único camino existente para corregir el desequilibrio por sobresaturación poblacional del modelo económico de mercado no es otro que mediante la decidida intervención de un redefinido modelo político (con incidencias transversales en el conjunto de la sociedad), en el que la democracia vuelva a ser social y de derecho, con capacidad para hacer evolucionar el capitalismo hacia un estado de poder ponderado sobre el conjunto de la sociedad (capitalismo humanista). Lo contrario solo conduce a excesos en desigualdad social y a desequilibrios en la asignación y explotación de recursos en un planeta sobrepoblado que, con prescripción retrasada, requiere de un nuevo orden estable para su sostenibilidad. Aunque, como ya sabemos, la acción virtuosa del in medio virtus aristotélico nunca ha sido un fuerte para el ser humano.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 2 de septiembre de 2019

La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente

"Pasante de Moda", film de 2015 con De Niro y Hathaway

Las estadísticas de población activa de rabiosa actualidad son elocuentes: el mercado laboral no quiere a trabajadores en edad de madurez profesional, es decir, a mayores de 45 años. Así pues, Houston tenemos un triple problema.

Tenemos un problema de nivel social. Ya que la experiencia no solo ha dejado de primar, sino que ya no representa un valor añadido en nuestra sociedad.

Tenemos un problema de nivel económico. Ya que desvalorada la experiencia, el modelo productivo solo puede desarrollarse en base a sectores económicos de baja cualificación, los cuales se retroalimentan en el fango de la precariedad laboral: contratos temporales y salarios reducidos.

Y tenemos un problema de nivel individual. Ya que la desvalorización de la experiencia junto a una economía productiva basada en la precariedad laboral destierran del mercado laboral -empujón consciente mediante por parte de los departamentos de RRHH de las empresas- a todo trabajador activo en edad de madurez profesional y, dicho sea de paso, con una estructura familiar constituida. (Ver: La dictadura de la sociedad joven).

En resumidas cuentas, alcanzar la madurez profesional se ha convertido en la nueva lacra del siglo XXI, y los responsables de RRHH en la nueva inquisición encargada de exterminarla de la nueva religión del mercado laboral.

Un triple problema que por ser sociológico es ético per se. Pues desvalorar la experiencia es ir en contra del valor del conocimiento -adquirido gracias al valor del esfuerzo- que se elabora colectivamente, derivado de la observación de una comprobación previa y mediante la participación en común a posteriori de dicha vivencia. Ya que apostar por una economía productiva fundamentada en la precariedad laboral equivale a empobrecer el estado de bienestar social colectivo de manera consciente, con premeditación y alevosía. Y el hecho desterrar del mercado laboral a trabajadores en estado activo y con cargas familiares consolidadas es un atentado directo contra la dignidad de éstas personas y de sus familias.

Es por ello que a la luz de la ética podemos afirmar que la no aceptación por parte del mercado laboral de trabajadores mayores de 45 años representa, como diría Platón, una conducta moralmente injusta -por no equitativa- y, por tanto, reprochable socialmente.

Por otro lado, cabe subrayar que los valores morales son fruto del consenso social por parte de cada sociedad habida y por haber en el transcurso de la historia de la humanidad, por lo que es responsabilidad nuestra como sociedad determinar si la exclusión de facto del mercado laboral contemporáneo de los trabajadores en edad de madurez profesional es una virtud a respaldar o un vicio a corregir de nuestro tiempo. Para los despistados, cabe apuntarles que, a todas luces, se trata de un vício moral a corregir, pues no solo contradice la razón social -en el que todo individuo es un fin en sí mismo y no solo un medio, como únicamente pretende el Mercado-, sino que desprecia asimismo y de manera arrogante la propia dignidad de la vida humana.

Y no hay mejor manera que corregir un vicio o conducta moralmente injusta en una virtud o conducta moralmente justa, desde un enfoque social, que legislando en derecho laboral por la protección de los mayores de 45 años. Pues, como ya apuntó Kant con su imperativo categórico, solo los actos realizados por deber tienen valor moral virtuoso.

Ya es hora que acotemos el campo al Mercado, a quien hemos cedido nuestra soberanía social en demasía en pos de una libre economía productiva como motor de una mal denominada competitividad social. A la economía de Mercado lo que es del Mercado, y a la Sociedad lo que es de la Sociedad: la moral social. Que nuestra sociedad vuelva a enriquecerse con el aporte de talento, experiencia, madurez, compromiso, responsabilidad, gestión emocional, y sabiduría existencial de esos jóvenes de más de 45 años repletos de vitalidad e ilusión.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano